Bilbao, ¿la capital o ‘El Capital’?

La mejora estética y remodelación urbana de Bilbao, exigidas por el capital global, tienen precio: convertir en privados los espacios de una ciudad que antaño eran comunales porque eran eso, barrios.

Metro de Bilbao
Metro de Bilbao, la excentricidad arquitectónica en la rutina de los ciudadanos. Ekaitz Cancela

publicado
2018-02-22 06:09:00

Un paisaje completamente distinto al de la sociedad industrial se puede ver a día de hoy en Bilbao, cuyas huellas están siendo cubiertas por el fantasma de la modernización. Está modelado por el metro, ideado para hacer de los viajes diarios una rutina de carácter global sin regreso a su propia patria.

Dondequiera que antaño se mostraron hermanados montañas y teleférico, ría y puente de hierro… allí se encuentra el núcleo de la reconversión. Justificada por su singularidad, hoy el orgullo bilbaíno es engordado a base de chabacanería esnob con el sobrenombre de galardón arquitectónico internacional. Y ocurrirá hasta que la tradición se agote, dando lugar a un nuevo espacio dedicado en exclusiva a acoger los flujos de consumo. Bajo el triunfo definitivo de las dinámicas globales, la estética se impone a base de diseño excéntrico.

“Antes la sensación de lucha recorría Bilbao”. Pero quien no supo hacer la revolución, como siempre ocurre, deja la puerta abierta a que la burguesía la emprenda

Los procesos de construcción de rascacielos, llamados viviendas, están latentes en una ciudad que en unas décadas ha superado una grave crisis de su tejido industrial posterior al franquismo, así como dejado atrás la violencia de ETA. También las torres corporativas se elevan sobre los tejados de las iglesias; y encaramándose sobre la mirada de los ciudadanos, comprimen su capacidad de imaginar. Así se justifica, a golpe de norma establecida, la gentrificación en una ciudad que a finales de los 80 “no tenía ley”, como apunta un hombre en el barrio Las Siete Calles; o de manera más realista: que estaban por destruir. “Antes la sensación de lucha recorría Bilbao”. Pero quien no supo hacer la revolución, como siempre ocurre, deja la puerta abierta a que la burguesía la emprenda.

Nuevo Bilbao
El puente de Calatrava en el "nuevo Bilbao". Ekaitz Cancela

El historiador francés Fernand Braudel describió la palabra gentry (noble) como aquella “clase que avanza progresivamente hacia su propio concepto de nobleza y hacia una forma de vida peculiar a sí misma”. Uno puede entender así que la calle en la que nació el escritor Miguel de Unamuno ahora esté rodeada de inmobiliarias que ven negocio en el aumento del precio del suelo, hostels que se anuncian con parafernalia cosmopolita del tipo “happiness is not a destination, it is a way of life” o comida rápida mejicana, asiática… ocupando espacio en una calle de pinchos y potes. También que las puertas amuralladas de la ciudad, con la estructura de centro comercial (Megapark, Ballonti…), se extiendan hacia los aledaños (Barakaldo, Portugalete…).

Margen izquierda, margen derecha

Los pueblos de la margen izquierda ya son parte de la gran ciudad, escenario donde se desarrolla la convulsión social, económica y cultural. Mientras los de la margen derecha, alejados aún de toda explotación característica de las grandes ciudades, ven emerger en la saneada Ría del Nervión pequeños bares con apariencia de embarcaderos. Allí arriban con sus veleros para disfrutar de un aperitivo bajo la sombra de lo que otrora fuera La Catedral, hoy un estadio de talla mundial más. Y en esa nueva tensión, un local contra global cada vez más cargado de desigualdad, nace el “nuevo Bilbao”.

“Es un cambio tan radical”. Así lo resume paseando junto a la Ría un hombre jubilado que sufrió en sus carnes la crisis que en 1973 se llevó por delante la industria vasca. Bilbao fue durante los dos últimos siglos un paisaje dominado por la siderurgia. Sus puertos, reconocidos en toda Europa, acogían importantes astilleros dedicados a la construcción naval. También por ser el origen desde el que se transportaban productos como el crudo y refinados de petróleo, además de materias primas como el mineral de hierro y carbón. Aún eran tiempos en los que estaba presente la dictadura franquista, o el régimen de “Patxi”, como le llaman con guasa quienes hicieron la mili durante la Transición.

Pero no es ninguna broma que Bilbao entraba por entonces en una época de cambios muy profundos que le llevaron a una situación límite. De un lado, los conflictos políticos vividos en toda España fruto de los ultimos coletazos del franquismo tenían un impacto económico abrumador, además de la presión de los países occidentales para abrazar el sistema democrático. De otro, la dificultad en la esfera social —tanto a nivel de huelgas como de incremento del sindicalismo— que suponía adaptarse al establecimiento del capitalismo como sistema mundo. Y por último, aunque durante la lucha contra Franco tuviera cierto halo romántico, en el País Vasco comenzaban los años de mayor violencia de la banda terrorista ETA. Pero más allá de los días de plomo, aún falta resaltar otro factor: la fuerza de la naturaleza.

Las inundaciones de 1983 tuvieron un efecto desolador sobre buena parte de Euskadi, incluido Bilbao. El mítico mercado de La Rivera quedó reducido a escombros y el agua acabó con la planta baja de muchos pisos del Casco Viejo. Hubo daños materiales por valor de 200.000 millones de las antiguas pesetas (1.200 millones de euros). Que Marijaia —símbolo principal de las fiestas populares de la Aste Nagusia— quedara aplastada contra el quiosco del Arenal es una buena metáfora para ilustrar el proceso que aconteció después.

“A finales de los años 80 Bilbao era una ciudad fea”, dice en términos de imagen una señora del barrio de Begoña. Quizá este inocente comentario, junto con el sucinto contexto político y económico, capte lo que supuso la modernización para Bilbao. En ese levantarse y caer de la ciudad, la urbe interpretó los inicios de democratización como una oportunidad definitiva para revitalizarse y llevar a su habitantes a una nueva categoría al establecerse como centro de servicios. Bilbao debía ser una ciudad “distinta” de lo que era. O como lo resumiría más tarde el entonces lehendakari Juan José Ibarretxe: “Un Bilbao que se configura como el lugar idóneo para las personas que aman las nuevas ideas y se identifican con ellas”.

Gran Vía de Bilbao
Epítome de la globalización en la Gran Vía de Bilbao. Ekaitz Cancela

Fue durante un foro organizado en 2011 por Metrópoli-30, una asociación creada para “hacer realidad el Bilbao que los bilbaínos habían soñado desde hace casi 700 años”. Quizá por ello aquel evento contó con Anthony Giddens como estrella invitada, según contaba un artículo de entonces, para reflexionar sobre ciudad y globalización con el fin de “compatibilizar el enfoque local con los nuevos modos de vida y comunicación”. Bilbao, decían, se abría a la “modernidad cultural en una sociedad culta y abierta a las nuevas culturas”. O lo que es lo mismo, a las dinámicas de la globalización neoliberal, que el mismo Giddens, ingeniero intelectual de la tercera vía, había aconsejado abrazar a Tony Blair.

El primer reclamo de esa nueva cultura fantasmagórica fue el Guggenheim. “Una noche, Thomas Krens [entonces director de la Fundación Guggenheim] pidió volver andando a su hotel y tuvo una revelación con el espacio”, explica un artículo de El País sobre la elección del lugar donde sería levantado el museo. Una fantasía que el consistorio gestionó de forma inmediata. Era el diario británico The Times quien recientemente resumía a la perfección el “efecto Bilbao”, un fenómeno que lleva asociado el nombre del arquitecto Frank Gehry: “Contrate una starchitect [un arquitecto famoso] para diseñar la rama futurista de un famoso museo y luego, en un clima entusiastamente artístico, socialmente ambicioso y dirigido por el mercado, espere a que se desarrolle la floricultura cultural y sus frutos financieros caigan”.

A medida que los barcos dejaban de salir a la mar desde el puerto de Bilbao y los edificios se alzaban sobre la ciudad, los ciudadanos fueron sumergiéndose bajo sus pies gracias al metro, parte fundamental de esos delirios arquitectónicos globales

Ya lo señalaba Marx: ningún orden social puede alterarse sin que los atributos de lo nuevo se encuentren en el estado existente de las cosas. Así fue con la arquitectura. Todo encuentra su conexión con este año, cuando Bilbao se convirtió en la Mejor Ciudad Europea para 2018, según los premios The Urbanism Awards, que otorga la organización internacional The Academy of Urbanism. También explica que en su 20 aniversario, Google Arts & Culture homenajeara a esta “impactante obra maestra de arquitectura contemporánea” de una forma nunca vista: con una película que mezclaba parkour con planos imposibles y una visita virtual en 360º desde su pagina web.

Pero a medida que los barcos dejaban de salir a la mar desde el puerto de Bilbao y los edificios se alzaban sobre la ciudad, los ciudadanos fueron sumergiéndose bajo sus pies gracias al metro, parte fundamental de esos delirios arquitectónicos globales. El capataz fue Norman Foster, encargado a su vez de hacer realidad el sueño de Steve Jobs: el campus circular de Apple. “Las marquesinas de vidrio —conocidas popularmente como ‘fosteritos’— son tan especiales para Bilbao como las bocas de metro Art Nouveau para París”, señalaba el arquitecto en una exposición reciente de la Fundación Telefónica. Y la comparación con la capital francesa no es baladí.

Bilbao a golpe de urbanismo

Cuando el historiador François Loyer reconstruyó las prácticas arquitectónicas de París durante el siglo XIX apuntó que “uno de los efectos más importantes del capitalismo sobre la construcción fue transformar la escala de los proyectos”. Lo resumía el geógrafo David Harvey en Paris, capital de la modernidad, quien añadía que este cambio le sirvió al sistema para “poder pensar en la ciudad incluyendo su periferia como una totalidad en vez de como un caos de proyectos individuales”. Bilbao lo hizo a golpe de urbanismo y arquitectura. Lo cual explica que Gehry, el mismo que diseñó la sede central de Facebook, dé nombre hoy a uno de los puentes más importantes de la nueva ciudad. “Un nexo de unión entre el pasado y el futuro del propio Bilbao”, resumió el actual alcalde, Juan María Aburto.

El sentido que tiene la modernización para Bilbao se puede entender de forma similar a la forma en que la describió uno de los poetas que mejor avanzó los cambios que sufrían las ciudades durante los comienzos de la modernidad, Charles Baudelaire: enfrentarse al presente y crear el futuro requiere derrocar la tradición, violentamente si es necesario.

Y en ese proceso global de destrucción creativa que encuentra en las ciudades su último punto de acercamiento, las corporaciones tecnológicas guardan un rol fundamental. “Inteligencia artificial para la siguiente locura que se te ocurra”, anuncia un cartel de Huawei colocado en una enorme fachada en plena Gran Vía. Pero el proceso no solo se plasma en la publicidad. Este populismo digital, como lo denomina el intelectual Evgeny Morozov, penetra de tal forma que las plataformas digitales ven en las urbes un lugar donde seguir extrayendo datos y crear nuevos mercados que tengan, por ejemplo, el fin de suministrar como un servicio las políticas públicas de una ciudad. Así es el caso de Airbnb, que ya se encuentra en una posición ideal para introducirse en el negocio inmobiliario.

Para mediados del año 2018 se pronostica el más grande crecimiento de la plataforma Airbnb en la ciudad vasca, un 234%. Por otro lado, una nota de prensa oficial de la plataforma incluía a Bilbao en el ranking de los destinos de moda mundiales que están despuntando en 2017 y que, se presume, romperán todas las cifras durante este año. Como apuntaba un trabajo de David Wachsmuth a partir de la ciudad de Nueva York, la gentrificación se dispara a través de la mal llamada economía colaborativa: “Los alquileres a corto plazo están facilitando una intensificación masiva y quizás sin precedentes de la mercantilización de la vivienda”.

Desde SOS Alde Zaharra vislumbran los peligros. “¿Estarías dispuesto a pagar un alquiler de 3.000 euros por vivir en el Casco Viejo? A este paso, lo que ahora parece una broma se convertirá en realidad. Los turistas que vienen a Bilbao pagan cifras de 100 a 300 euros por pasar una noche en nuestro barrio”, dispara un cartel en la calle Gurutze. Y añade: “Hoy en día, en el Casco Viejo es más fácil comprar un souvenir que papel higiénico”.

Solo han pasado unas pocas décadas desde que, como señala el dueño de un local de Barrenkale, delante de su bar silbaran cócteles molotov y volara gas pimienta. “Ahora parece que nos obligan a elegir entre convivir con yonkis y putas, o turistas”, apunta por otro lado una vecina de Bilbao La Vieja —ahora ‘Bilbao Lo Nuevo’—, un barrio que antaño era descrito como marginal y que este año ha abierto su primer hostel imbuyéndose en la cultura cosmopolita. La mejora estética y remodelación urbana de Bilbao, exigidas por el capital global, tienen precio: convertir en privados los espacios de una ciudad que antaño eran comunales porque eran eso, barrios.

7 Comentarios
#8911 10:08 22/2/2018

Sin duda el capitalismo exacerbado a base de la gentrificación del turismo y la especulación del capital tiene muchísimos problemas, pero el artículo parece caer en la babosa simplicidad de contrastar el pasado con los cambios del presentes en una melancolía que suena bastante reaccionaria (a pesar de que entiendo que su intención es toda la opuesta), como si fueran las dos únicas realidad posibles. Que el futuro que se esté abriendo ante nosotros no sea la mejor solución a los problemas del pasado, no quiere decir que el pasado estuviese mejor. Descartar las críticas al pasado industrial de Bilbao meramente a través de señalarlo como una incomprensión burguesa de la 'belleza', donde se condena lo viejo porque es 'feo' mientras se busca la belleza arquitectónica del 'high modernism'... en fin. Simplista. Lo que hay que buscar es vías nuevas y caminos hacia los que pueda ir Bilbao evitando los peligros y desaciertos de la actual ruta; eso este artículo ni se lo plantea. Como si lo único que hubiese para elegir fuese entre el Bilbao sucio y contaminado (sí, a esto se refieren con feo), anti-ecológico, conservador y tradicionalista, industrial (y por tanto el eslabón más bajo y más intenso del capital global de una ciudad forjada por los empresarios ingleses del hierro) y un Bilbao superficialmente bonito y de interior vacío.

La crítica está bien y es necesaria pero hagámoslo con complejidad, por favor. Y mirando al futuro, no a llorar en un rincón por lo que se perdió (y menos mal que se perdió) dejando la pista de juego del presente a que el capital siga pateándonos aquí y allá mientras nos lamentamos. Salgamos al campo.

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matriouska 11:44 22/2/2018

Comparto buena parte de la exposición y en cualquier caso respeto completamente su mirada. Sin duda hay una gran transformación a imagen y semejanza de sus pricipales gestores.en el proceso. Golpe a golpe arquitéctonico del Botxo anterior al Bilbao actual, también se ha transformado el "alma". Bilbao es un producto, una "trade mark", un shopping mall, que ha perdido caracter.

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#8908 9:54 22/2/2018

Publicar mi comentario si de verdad sois democratas, put... bolibarianos

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#8993 8:33 23/2/2018

No te cortes, no te de reprimas, o no te autocensures,...se dice putos.
Y bolivarianos de escribe con v de Venezuela, no con b de burro.

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#8915 12:02 22/2/2018

Doctor, doctor !!! Aquí, por favor, urgente

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Gorka 9:49 22/2/2018

Estais claramente en contra del progreso. Para vosotros el lugar ideal para vivir es una ciuadad estilo Caracas, con lucha obrera y tal... que pena dais

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#8959 20:01 22/2/2018

Tranquilo, ya tienes mcdonalds, burriking, y chiken no se qué.
Contento con tu libertad de elección

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