Tecnología
La pesadilla tecnológica: vuelve el luddismo

El autor reseña el reciente libro La pesadilla tecnológica (Technology is creepy, Ed. El Salmón, 2019) y repasa las líneas generales del pensamiento de Nicholas Carr, azote de la amoralidad generalizada, estupidización compartida y falso utopismo que rodean a la Web 2.0 y a sus profetas.

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publicado
2019-04-03 12:06

No calificaríamos nuestra época como luddita porque el uso generalizado de tecnología, especialmente la digital, indica lo contrario. Al tiempo, asistimos en los últimos meses a un goteo ininterrumpido de libros y artículos, al menos, decididamente ‘anti-maquínicos’. Los buenos modales tecno-políticamente correctos exigen ser crítico con la tecnología pero no declaradamente luddita aunque, en el caso de Nicholas Carr en su reciente libro, La pesadilla tecnológica (Technology is creepy, Ed. El Salmón, 2019), la crítica adquiere tal dimensión que difícilmente podría escapar a esta categoría.

Su punto de partida comienza de forma moderada: “Nos guste o no, la Web 2.0, como antes la Web 1.0, es amoral. Es un conjunto de tecnologías —una máquina, no la Máquina— que altera las formas y la economía de la producción y el consumo. No le importa si sus consecuencias son buenas o malas. No le importa si nos ofrece una conciencia superior o una disminuida. No le importa si ilumina la cultura o la oscurece. No le importa si nos está conduciendo a una edad dorada o a una edad llena de oscuridad. Así que dejemos ya la retórica utópica y veamos las cosas tal como son, no como querríamos que fuesen”. El dictamen final también es claro: la tecnología ha transitado del sueño liberador a una pesadilla de control y atontamiento, en la que hay que hacerse cargo de que la utopía se ha convertido en distopía.

Esto nos propone Carr, otrora editor ejecutivo de la Harvard Bussiness Review y actual azote de la vacuidad, amoralidad generalizada, estupidización compartida, avaricia rampante, falso utopismo, mitología barata, banalidad, narcisismo, idolatría, insustancialidad, apresuramiento, irreflexividad… y otras lindezas que dedica a las Web 2.0 y a sus profetas. Esto es, a esa teratología digitalista de palmeros, propagandistas, arribistas, atontados, predicadores vanos o interesados vendedores de aceite de serpiente tecnológico. Quien lea el libro se va a sorprender y a divertir incluso, o al menos a escandalizar y defraudarse ante este mundo High Tech que al tiempo es Low Thought.

La tecnología ha transitado del sueño liberador a una pesadilla de control y atontamiento, en la que hay que hacerse cargo de que la utopía se ha convertido en distopía.

Nicholas Carr (1959) ya es un veterano batallador bregado contra lo digital, Internet y las redes sociales. Ya en 2003 en su controvertido artículo It Doesn´t Matter, señalaba cómo la proliferación de inversiones en tecnología debería llevar a un progresivo desinterés empresarial por este terreno y no a caer en los cantos de sirena de los tecnólogos; lógicamente, ello supuso el virulento contra-ataque de esas compañías. En 2009 su crítica alcanzó un nivel más general con El gran interruptor. En él ofrecía una hipótesis basada en la historia: la democratización de la electricidad, convertida en un suministro doméstico como el agua corriente o el gas, es el precedente de la actual sociedad interconectada. Que la información se haya convertido en otro suministro básico más, implica, como ocurrió en otros saltos tecnológicos, una transformación radical de la sociedad y la economía, en ocasiones, en absoluto deseable. Su modelo de negocio se basa, entre otras cosas, en extraer el valor gratuitamente de los amateurs y despedir a los profesionales, pues las grandes tecnológicas se dedican a cosechar gratuitamente el trabajo de cualquier ciudadano conectado.

En su ensayo de 2010, Superficiales, las cosas van mucho peor: Internet está acabando con la cultura, con el cerebro y con la capacidad de concentrarse y de reflexionar, de tomar el tiempo necesario y así poder informarse de manera adecuada, paradójicamente, en medio de una opulenta sociedad de la información. No todos están de acuerdo con su postura, por ejemplo, Evgenii Morozov, a quien molesta su deriva psicologista en vez de fijarse en lo más importante: la estructura socioeconómica que engendra y da sentido a esta tecnología.

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La pesadilla tecnológica se compone de materiales muy diversos: desde entradas publicadas entre 2005 y 2015 en su blog “Rough Type” (tipo duro) a una colección de aforismos “tweet” y una colección de ensayos breves y reseñas. No existe una secuencia lineal en los diversos textos por lo que el lector puede saltar de uno a otro a capricho. La colección de temas resulta, a quienes se aventuran en estos terrenos, sobradamente conocida: desde las grandes empresas como Google, Facebook, Instagram, Snapchat, Wikipedia y similares a impresiones sobre sus célebres portavoces como Brin, Page, Zuckenberg y Jobs. También aparecen los grandes conceptos tecnológicos del digitalismo como la sabiduría de la multitud, el trabajo colaborativo, la computación en nube, el transhumanismo, la inteligencia artificial… El estilo ágil y brillante de Carr convierte la lectura en placentera, tal vez alterada con ciertas salidas de tono en forma de insultos directos y la superficialidad de algunos comentarios en los cuales el sarcasmo gana decididamente a la profundidad. Ello tal vez se deba a que las tonterías que infestan los discursos pro-tecnológicos hacen perder la paciencia. A veces el marketing pro-tecnológico es tan desaforado que directamente resulta cómico sin pretenderlo y por ello resulta tan difícil parodiar a Zuckenberg mejor que el propio Zuckenberg.

En cualquier caso, su papel desmitificador se cumple de manera sobrada y es quizás el mejor Carr de todos sus libros, además de por la gran diversidad de temas tratados, precisamente, por su agilidad y humor. Se trata no obstante de una posición ante la tecnología digital antes de una teoría filosófica o sociológica pero que muchos, intuitivamente, podemos compartir. En sus propias palabras: “Cuanto más inteligente es una red informática menos inteligentes son quienes están conectados a ella”. Más allá de la boutade, quizás sea más cierto de lo que todavía pensamos.

Ciertamente no estamos viviendo una época luddita, pero gracias a Carr y otros intelectuales proto-ludditas –entre los que falta todavía un gran teórico- quizá sí al comienzo de una reacción luddita, una alergia o un virus social que se expande progresivamente y que esperamos nos despierte en algún momento de esta pesadilla tecnológica.

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