Bebés robados
La Audiencia Provincial juzga el caso de Adelina Ibáñez, el segundo de bebés robados que llega a juicio

El 18 de octubre la Audiencia Provincial de Madrid juzga a un médico de la clínica Santa Cristina acusado del robo del hijo de Adelina Ibáñez en 1975.

Adelina Niños Robados
Adelina Ibáñez muestra un retrato de 1975, año en el que le quitaron a su hijo. Álvaro Minguito

publicado
2019-10-17 06:00

Adelina Ibáñez Mezcua dio a luz en la clínica Santa Cristina el 27 de octubre de 1975. Le dijeron que su hijo había muerto, pero nunca se lo creyó. Es el segundo caso de bebés robados que llega a juicio en España. En concreto, el próximo viernes, 18 de octubre, en la Audiencia Provincial de Madrid. Como acusado, el ginecólogo Joaquín Botija, para quien la Fiscalía pide la absolución al considerar que, hasta el momento, no se han presentado pruebas que demuestren que el citado médico interviniera en el parto.

La clínica Santa Cristina, ubicado en el barrio de O’Donell, en Madrid ya ha aparecido en varias de las historias de bebés robados denunciadas en el Estado español. También otra de las protagonistas del caso de Adelina, la monja sor María, que murió en 2013 dejando sin resolver decenas de casos en los que estaba acusada de robo de bebés.

Adelina Ibáñez nos recibe en su casa para contarnos su historia. Con 73 años de edad, sus problemas de salud la obligan a ir siempre acompañada de una bombona de oxígeno. Le preocupa no llegar al juicio, a pesar de que será tan solo dentro de unos pocos días. Lleva 44 años luchando por encontrar a su hijo. Fue una de las primeras mujeres que, hace ya once años, comenzaron a concentrarse en Plaza de Castilla, en Madrid, para denunciar y pedir justicia ante los casos de bebés robados durante el franquismo y en los primeros años de democracia.

La historia de Adelina comienza el 25 de junio de 1975. Fue el día que acudió por primera vez a Santa Cristina. “Yo era una mujer separada judicialmente de mi marido, tenía a mis hijas bajo mi custodia y tutela en el domicilio de mis padres, pero yo era una mujer muy joven cuando me separé y me eché pareja y me quedé embarazada de nuevo”, explica Adelina. La primera opción en la que pensó Adelina fue el aborto, pero, cuando acudió a la clínica para llevarlo a cabo, esta estaba tomada por la Policía. “Entonces retrocedí, comencé a tocar mi tripa y a sentir remordimientos de haber querido abortar. Me dije que no, que quería sacar adelante mi embarazo como pudiera, y mi pareja también lo quería”. Al no poder utilizar la cartilla de la Seguridad Social de su aún marido, acudió a pedir ayuda a la asistente social del hospital. Era María Gómez Valbuena, sor María.

“Cuando llegué al despacho de sor María, tenía la puerta entreabierta y me dijo que me sentara, me echó el brazo por encima, me agarraba la mano, me acariciaba… en fin, le conté mi historia, le dije que era separada, que me había quedado embarazada y que no sabía de qué tiempo estaba porque yo tenía bocio”, recuerda Adelina. En esa primera visita, la monja le dio un sobre y le dijo que fuera con el mismo al médico.

El médico le hizo el historial, la reconoció, le anunció que estaba de cuatro meses y la mandó al laboratorio para que le hicieran un análisis de sangre y otro de orina, para que fuera con los resultados a sor María. La monja entonces le dio una tarjeta con el número de historia y donde ponía también “sala 30”. “Yo no sabía lo que eso significaba. Fui un cangrejito a la orilla del río, le conté a sor María todos mis problemas, y ella fue a por mí directamente”, lamenta.

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A los quince días de su primera visita a Santa Cristina volvió a consulta. “La primera vez que la vi me pareció una monja encantadora, pero la segunda vez ya le vi un algo que ya no me parecía tan encantadora”, recuerda Adelina sobre esa segunda visita. En esta ocasión, Adelina recuerda que la moja le insistió en que lo mejor que podía hacer en su situación era dar el niño en adopción, que entonces “no se enteraría nadie, que no era pecado, que no había justicia que me castigara”. La monja la amenazó con que ese niño “nacía del pecado, pero que, si se lo daba, el niño estaría libre de pecado”.

Le dije que yo no quería dar a mi hijo, que quería tenerlo. Entonces me acaricia la cabeza, siempre mofándose de mí, y me dice que, cuando pariera, ya hablaríamos

“Yo le dije que había ido para que me ayudara a tenerlo, no a darlo y que, si en algún momento le había dicho sí a algo que tenía que ser no... Sabía que era sorda y podía confundir alguna palabra”, afirma Adelina. “Le dije que yo no quería dar a mi hijo, que quería tenerlo. Entonces me acaricia la cabeza, siempre mofándose de mí, y me dice que, cuando pariera, ya hablaríamos”.

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Adelina Ibáñez muestra la documentación que tiene guardada sobre el robo de su bebé. Álvaro Minguito

Pasaron cuatro meses en los que Adelina continuó acudiendo a las citas médicas cada quince días y llegó el día 27 de octubre de 1975, y, con él, el parto. A pesar de que sor María le había ordenado que, cuando se pusiera de parto, llevara con ella a la clínica toda la documentación sobre su paso por el hospital, Adelina decidió dejarlo en casa. Son los documentos que hoy prueban que tuvo un hijo en la clínica Santa Cristina.

Cuando llegó al hospital y dijo al personal que era de la Beneficencia, de sor María, la subieron en ascensor a una planta que Adelina recuerda con un pasillo largo, muy oscuro, con pilotos encendidos en el suelo. La llevaron hasta una habitación “muy roja, en la que apenas veía a la persona que me llevaba, que, además, iba con mascarilla y gorro blanco”. La metieron en una cama y la reconocieron. Entonces Adelina les advirtió que ella era muy rápida dando a luz y que en sus dos partos anteriores sus hijas habían nacido al primer dolor. La respuesta del personal que la atendió fue que, si le venía un dolor fuerte, jadeara y no apretara porque “tenían otro parto muy complicado y no me podían atender”.

“Yo después he ido comprendiendo lo que entonces no comprendía. Después de saber más historias sacas conclusiones”, interrumpe Adelina su relato, conteniendo las lágrimas. Recuerda que, como había advertido, a la primera contracción dio a luz. Llamó pidiendo auxilio, pero antes, según explica, tocó a su hijo: “Le toqué la cabecita, la espaldita, las manecitas y los piececitos. Encogí las piernas y le cogí para que si se escurriera”.

Una enfermera la llevó a un quirófano. Adelina explica que allí un médico la miraba de reojo. Cuando ella le miró directamente le pusieron una mascarilla y la anestesiaron. “Yo ya había parido, entraba parida con mi niño en la cama”, subraya. Cuando, un rato después, se fue despertando de la anestesia, sintió que la inyectaban algo. Preguntó por qué le ponían una inyección. “Me respondieron que estuviera tranquila, que ya me lo dirían”.

Entonces llegó una monja a la que no reconoció y a la que Adelina preguntó si había tenido un niño o una niña. La única respuesta, de nuevo, fue que estuviera tranquila. Poco después volvió el médico que antes la miraba de reojo. “Me reconoce, me toca el útero, y me dice que estoy muy bien. Le pregunto qué he tenido y me dice otra vez que tranquila, que un bebé”.

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El sobre y la tarjeta que le dieron a Adelina Ibáñez a su llegada a la clínica Santa Cristina. Álvaro Minguito


Adelina le pidió que le dejara ver a su bebé y el doctor se lo negó diciéndole que ella tenía un catarro y podía traspasarle un virus a su bebé. También le preguntó por qué le habían puesto una inyección, si cuando entró en quirófano ya había dado a luz. “El médico dice que no fue así, que yo no había entrado parida, que había parido la placenta y que me habían anestesiado para sacarme al niño, que traía tres vueltas y media y se asfixiaba”. Tras eso, Adelina recuerda que el el médico le dijo que el niño era prematuro y estaba en la UCI porque tenían que cambiarle la sangre.

De nuevo se acercó a Adelina la monja, que ahora sí reconoció como sor María. También se niega a responderle sobre el sexo de su bebé y le hace firmar un papel que la monja le dice que es una autorización para el cambio de sangre de su bebé. “Yo lo firmé, pero no leí lo que de verdad ponía en el papel. Yo me estaba fiando de una monja. ¿Qué firmé? No lo sé. Pude firmar perfectamente el dar a mi hijo”, explica Adelina con lágrimas en los ojos.

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Informe médico en el que se señala el peso de Bruno al nacer, 3,2 kilos. Álvaro Minguito


En Santa Cristina le dijeron a Adelina que no podría ver a su hijo hasta el día siguiente, a las 13h. Cuando ese día siguiente, 28 de octubre de 1975, Adelina volvió a la clínica, lo hizo varias horas antes, a las 10h. Primero fue al despacho para pedirle a sor María que le enseñara a su hijo, aunque aún no había llegado la hora fijada para ello, pero se encontró con la puerta abierta. Allí estaba esperando cuando, un rato después, vio salir del despacho de la monja a un hombre y después una mujer que portaba un cesto de mimbre. No la vieron, y ella tampoco les vio a ellos la cara. Cuando, tras ellos salió la monja, esta sí que vio a Adelina. “Vi una monja diabólica, unos ojos desorbitados, unos labios morados, un demonio, me dio un miedo terrorífico. Le dije que iba para pedirle que, si tenía tiempo, me subiera un poco antes a ver a mi hijo. Me dijo que no, que no me podía atender, y que iba a tardar”.

Cuando veo que la monja se para a hablar con la mujer y las dos vuelven la cabeza para mirarme entonces ahí es cuando yo reacciono y digo: ‘Adelina, se llevan a tu hijo, se llevan a tu Bruno, corre’

Adelina relata que la monja alcanzó a la mujer que llevaba el cestito y, tras intercambiar con ellas unas palabras, ambas volvieron la cara hacia Adelina. “Yo ya me había fijado en la tela del cestito y ya me decía para mis adentros: ‘Adelina, se llevan un niño, los niños salen de azul y las niñas de rosa. Ay Adelina’. Pero cuando veo que la monja se para a hablar con la mujer y las dos vuelven la cabeza para mirarme entonces ahí es cuando yo reacciono y digo: ‘Adelina, se llevan a tu hijo, se llevan a tu Bruno, corre’.

Se echa a llorar y, durante unos minutos, Adelina permanece callada, con la cara blanca. “Es que me dan espasmos emocionales”, explica tras varios minutos en los que coger fuerzas para continuar su historia. Adelina recuerda cómo salió detrás de ellas, pero al llegar a unas escaleras y no saber en qué dirección habían ido, volvió al despacho de sor María y, después, nerviosa, salió del centro para fumar un cigarro. Allí, en la puerta, vio un coche grande de un color claro, gris o blanco. En él se metió el hombre que había visto salir del despacho de sor María, y después a la mujer que portaba el cesto. “Voy hacia ella pero me ve la monja, la avisa, ella se mete en el coche y arranca. Y se llevaron a mi hijo delante de mis ojos. No lo pude alcanzar, no puede coger a mi Bruno”, continúa.

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Informe médico en el que consta los productos que le suministraron a Adelina y a su hijo tras el parto. Álvaro Minguito


Al marcharse el coche, Adelina volvió al despacho de sor María. “Cuando la vi venir me puse en pie y le dije: ‘Madre, usted y los dos médicos me han engañado con las firmas de la Beneficencia para robarme a mi hijo. Usted me ha robado a mi hijo”, explica Adelina llorando de nuevo. “Ella se mofó de mí, me acarició la cabeza y me dijo: ‘Tu hijo es muy guapo, se parece a ti, pero anoche se murió, no aguantó el cambio de sangre. Baja que te lo enseñen’”.

Lo que enseñaron a Adelina, de lejos, en vez de a su hijo, es, según ella afirma, un “ataíllo envuelto con un muñeco”. Les pidió que se lo acercaran, pero se negaron. Adelina volvió al despacho de sor María, donde se encontró a otra monja que le dijo que sor María no estaba, y ella por ahí no tenía ya que volver. 

Me dijo que no volviera más por allí porque llamaría a los loqueros y me llevarían al manicomio o desaparecería. Le dije que la iba a denunciar y entonces me respondió que me fuera y no volviera más
Cuando, al día siguiente, intentó enterrar a su hijo, tampoco le dejaron. Le dijeron que ya lo habían enterrado ellos en el patio del hospital. Ni siquiera la habían avisado del entierro. Acudió al médico para solicitarle el informe de su embarazo y la respuesta fue que, al haber muerto el bebé antes de las 24 horas, no había informe que dar. De nuevo fue al despacho de sor María, pero esta vez la respuesta de la monja fue aún más dura. “Me dijo que no volviera más por allí porque llamaría a los loqueros y me llevarían al manicomio o desaparecería. Le dije que la iba a denunciar y entonces me respondió que me fuera y no volviera más”.

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Informe de atención sanitaria a Adelina Ibáñez firmado por el doctor Botija. Álvaro Minguito

Ese mismo día, ya 29 de octubre de 1975, Adelina fue al Juzgado número 3 de Madrid, entonces situado en la calle General Castaño número 1, a poner una denuncia a los dos médicos que la atendieron durante el embarazo y el parto, a sor María y al hospital Santa Cristina. “De esa denuncia no me han llamado jamás”, lamenta.

Tuvieron que pasar más de 35 años hasta que la denuncia colectiva de casos de bebés robados en el franquismo llegó a los medios de comunicación y Adelina vio que había muchos casos parecidos al suyo, también con sor María como protagonista. Adelina entonces contaba 66 años y volvió a denunciar el robo de su bebé.

En 2013, la Audiencia Provincial de Madrid citó a declarar a los doctores José Zamarriego —director de la clínica Santa Cristina, también imputado en el caso del robo de las hijas de Purificación Betegón, aún sin juzgar— y Joaquín Botija. “El doctor Botija declara que él no se acuerda de ese parto y que en esas fechas no era ginecólogo”, recuerda Adelina. Ambos doctores habían firmado informes del embarazo de Adelina, pero, ante esto, la respuesta del doctor Botija fue que era posible que firmara el parto aunque no lo hubiera atendido. Por su parte, según recuerda Adelina, Zamarriego afirmó sobre Adelina que posiblemente sería anónima y entró en la sala 30 para dejar a su hijo en adopción, como lo hacían todas las que entraban en la sala 30, de las que no se recogían datos.

“Llevo 44 llorando a mi hijo”, lamenta Adelina. Los meses de octubre para ella son los más duros, en los que recuerda con más dolor el parto y robo de su bebé, y en los que su salud flojea más. “Yo tengo que llegar a ese juicio porque tengo que defender mi dignidad de mujer, que me la pisotearon”, afirma. “Tengo que defender a las demás madres, tengo que salir con la señal de victoria y con el puño en alto”, añade reuniendo fuerzas.

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