Bailando con nuestra gente

Queipo de llano, homenajeado. La catedral de Sevilla, convertida en un café. ¿Difícil de creer? Pasen y lean la primera entrega de Tras lo imposible, una serie que explora los límites de lo que se considera factible.


publicado
2018-02-23 12:37:00

En estos tiempos en los que quieren atarnos bien corto, cabe aún el recurso a la imaginación. Cuanto escribamos en este número y en los siguientes serán simples ejercicios que pongan en juego esta potencia del espíritu, señalando caminos que ya fueron recorridos aunque nos parezcan puras ensoñaciones.

Arrancamos con una bestia parda en el más oscuro episodio de nuestra historia reciente. Famosos fueron sus discursos radiofónicos. Recuerda:

“Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los cobardes de los rojos lo que significa ser hombre. Y, de paso, también a las mujeres. Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen, ¿no han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen”. 

Queipo de Llano encabezó con Mola y Sanjurjo el golpe militar que desembocó en la Guerra Civil y fue clave en la toma de Sevilla la roja. Para vencer la resistencia obrera todo valía: si en el barrio de Triana usaron mujeres y niños como escudos humanos, en el barrio de La Macarena bombardearon a la población indefensa. Después vendrían las detenciones, violaciones, emasculaciones, los miles de fusilamientos y el terror sembrado entre los supervivientes para asentar el sempiterno orden. En Sevilla, solo entre julio de 1936 y enero de 1937 fueron asesinadas 3.028 personas. Luego dirigió las operaciones en Málaga con una de las mayores matanzas de civiles de toda la guerra, machacando por mar y aire a quienes huían en desbandá hacia Almería. Quedó como virrey del terror en Andalucía. Aún hoy es incierto el número de personas asesinadas bajo su mandato. Se estima que en torno a 60.000 todavía yacen en cientos de fosas comunes por nuestra tierra. Solamente en algunas regiones de Camboya hay más desaparecidas.

Tras 40 años de dictadura y otros tantos que vinieron después, andamos con leyes y planes, comisiones y oficinas, placas y monolitos o anuncios de exhumaciones que no llegan. Es inconcebible para la razón democrática que, en el cementerio de Sevilla, miles de cadáveres siguen amontonados en fosas, mientras se honra al genocida en la basílica de La Macarena. Para los hermanos mayores de la hermandad está ahí enterrado por sus méritos como hermano. No son pocos. Tras volver de la masacre de Málaga fue nombrado hijo de la ciudad de Sevilla y aprovechó la ocasión para devolver la corona de La Macarena a la hermandad, que la había donado para financiar la causa.

Le gustaba presidir las procesiones y terminó sus días amortajado con la túnica de hermano, enterrado en la basílica que se construyó a escasos metros de la muralla donde mandaba fusilar. Se incumple la ley pero la familia no quiere mover sus muertos y los hermanos mayores ejercen de celosos guardianes de su hermano honorífico. Menudos son cuando defienden lo suyo y no solamente de puertas para adentro. Si, por ejemplo, el modisto polaco Arkadius Weremczuk presenta en la London Fashion Week una colección basada en la iconografía católica, usando un atavío similar que recuerda a su Macarena, anuncian medidas legales.

Si un local de música electrónica en Barcelona utiliza el nombre, ponen en marcha a sus abogados: los dueños habían mantenido tanto el nombre del local como algunos de sus antiguos adornos; antes había sido un tablao flamenco, pero lo cambiaron todo por ahorrarse problemas. ¿Quién no lo haría? Son dos muestras absurdas. El poder de los prebostes de la hermandad lo conocen bien el Ayuntamiento de Sevilla y la Junta de Andalucía cuando amagan intervenir en este y en otros casos.
Esperamos que la ley se imponga.

Mientras tanto, y como ante tanto absurdo la razón descabalga, dejemos a la imaginación ir más allá. En los primeros momentos del golpe del 36, el pueblo perdió un tiempo precioso metiendo fuego a iglesias y bailando en derredor. La parroquia de San Gil no se salvó, pero sí lo hicieron las imágenes de la Hermandad de la Macarena allí veneradas. Se levantaría la basílica para albergarlas y servir de postrer mausoleo. El lugar escogido fue un solar donde antaño estaba la taberna Casa Cornelio.

Esta taberna era un conocido refugio de anarquistas, comunistas y gente afín, hasta que durante la huelga general revolucionaria de julio de 1931 fue destrozada a cañonazos para mostrar la determinación de las fuerzas del orden. Ante las limitaciones del presente, en ocasiones la historia ofrece el rescoldo de lo factible, que puede trascender lo que nos atrevamos a imaginar. Al final de la Primera República, cuando la insurrección cantonalista de 1873, en Sevilla se decidió convertir la catedral en un café y, hasta que llegaron el general Pavía y sus soldados, así fue. ¿Imposible? Ya lo hemos hecho. ¿No te gustaría tomarte algo, echarte un cante o marcarte un baile? Nos están esperando.

Casa Cornelio

1 Comentario
Julio 20:47 31/3/2018

Triste la historia de nuestra España.
Después de tanto tiempo las heridas aún no han cicatrizado.

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