Cuando el movimiento se para: el silencio y la inhibición del debate en los activismos



publicado
2017-09-13 08:45:00

En el marco de la creciente eclosión de discursos que apuntan a comprender, desafiar y rearticular la complejidad del mundo, se asoma una cuestión que presenta dilemas y ansiedades tanto entre quienes la observan y analizan con cautela como entre quienes se han tropezado ya con ella. Hablamos del predominio de posiciones discursivas rígidas e impermeables, que, en su intento bienintencionado por mantener la contundencia de aquello que reivindican, se desvinculan del diálogo y desatienden al valor de la reflexión.

En diferentes contextos a lo largo de la historia las voces disidentes han sido señaladas, silenciadas y eliminadas en favor de los discursos imperantes, ya sea por una genuina asimilación de estos o bien por miedo a cuestionar la autoridad (personificada o simbólica) que los instituía. En este sentido el momento actual no es una excepción, ni tampoco lo son los espacios de pensamiento y acción concebidos como espacios de crítica y resistencia a las cosmovisiones hegemónicas.

La dificultad de aceptar la diferencia y, por extensión, el desacuerdo y el horizonte del debate, se hace presente en la esfera de los activismos en un momento en el que la fragmentada diversidad de paradigmas e iniciativas parecería clamar más que nunca por un cruce de agendas. En otras palabras, la voluntad de conciliación —basada en la autocrítica y en la aceptación y negociación de las diferencias— se ve con frecuencia inhibida por una lógica de “todo o nada”, bajo la cual el activismo deja de ser un movimiento compartido, reflexivo y dialógico y pasa a convierte en un ejercicio individual, movilizado por el “yo”. Si estás de acuerdo conmigo, bien. Y si no lo estás, móntate tu propio chiringuito… y a pelear por la clientela.

El catálogo de fobias y calificativos está a la orden del día, y no es inhabitual que en el uso gratuito de estos se den situaciones como, por ejemplo, que una persona racializada sea acusada de racista por cuestionar las premisas de una iniciativa que pretende luchar contra esta forma de violencia, pero que, a su criterio personal y experiencial, parecería estar alimentándola. En escenarios como este, el foco se aleja de la aspiración a la coherencia y la consecuencia respecto a la causa, y se centra en la puesta en práctica —procedente o no— del decálogo argumentativo del movimiento en cuestión.

De la misma manera, una persona identificada como queer que critica el capitalismo rosa del Pride puede ser acusada de homófoba; una persona que pasó de ocupar a vivir en una habitación alquilada y que señala el machismo y las jerarquías que se dan a veces en el movimiento okupa puede ser acusada de vendida y prosistema; una militante feminista que opina que el género es un constructo social puede ser acusada de tránsfoba; y así ad infinitum.

Un buen ejemplo conocido de este modus operandi se dio cuando, a comienzos del año 2015, las oficinas del semanario satírico Charlie Hebdo fueron objetivo de un tiroteo que acabó con la vida de 12 personas, y quien en el marco de las protestas se oponía al lema “Je suis Charlie (Yo soy Charlie)” —señalando que se trataba de una publicación que promovía la violencia riéndose de ella— era automáticamente clasificado como detractor de la libertad de expresión y defensor del terrorismo. De nuevo, el foco se situaba en el acto concreto de no respaldar los contenidos de esa publicación específica y no en el hecho de manifestar oposición a cualquier forma de violencia, incluida aquella ejercida por las personas que llevaron a cabo el tiroteo.

La mirada parcial y defensiva desdibuja en las distintas situaciones la dirección inicial del debate, desplazándolo a discusiones unidimensionales que tienen que ver más con el impacto que produjo el haber planteado lo que se planteó que con lo que se planteó en sí. Identificar y desmontar el racismo no es lo importante, sino el hecho de que a uno lo hayan presupuesto racista (¿cómo mi iniciativa antirracista va a ser racista?). La idea de fondo no es lo que pesa, sino el hecho de haberla expuesto utilizando justo esa palabra o expresión que se presta a controversia.

El dolor de descubrir que la opinión propia no siempre es la solución a los problemas del mundo y que, a su vez, esta se encuentra condicionada por los mismos entramados perversos que intenta combatir, es, sin duda, difícil de asimilar. La combinación entre un extendido neoliberalismo y el espejismo posmoderno de que “todo es posible” nos ha llevado a pensar que no hace falta más que actitud para reclamar legitimidad política, o, incluso, que es posible luchar por una causa utilizando planteamientos que son, de base, opuestos a esta.

No es casual que dentro de este marco surja una particular intolerancia a la divergencia, y que la reacción a esta sean, en más de una ocasión, el silencio y la retirada. Volviendo a las analogías: ¿quién se va a someter a un tribunal cuando se puede montar su propio negocio y ser el capitán de su propio barco, o, sin ir más lejos, simplemente quedarse en casa evitando recibir dardos cada vez que reflexiona en voz alta? Por otro lado, ¿quién va a invertir su tiempo y energía en recoger críticas y revisar la pertinencia conceptual de su lucha cuando, como quien pasa por una gasolinera para recargar combustible, puede continuar en la misma dirección obteniendo apoyo y reafirmación a través de las redes sociales?

En la era del “tómalo o déjalo” y del “úsalo y tíralo” la confrontación da pereza, y para muchos la oportunidad de hacer central su mirada y su experiencia es demasiado atrayente como para dejarla pasar. Una vez más en la línea del tiempo, el resultado es: un régimen social basado en la competitividad y en la escasez de un ejercicio crítico que, desde la sensibilidad, la modestia y la atención, de cuenta de la complejidad e interrelación de las cosas.

El peso de lo mainstream y lo “políticamente correcto” no es algo exclusivo de lo que comúnmente se entiende como “pensamiento conservador”, sino que, contra todo pronóstico, forma parte integral de muchos discursos que se presentan como antagónicos a este. De la misma manera que el pensamiento conservador establece formas absolutas y arbitrarias de concebir e instrumentalizar conceptos como la clase, la raza o el género, el pensamiento alternativo es a veces capaz, aún sin pretenderlo, de instituir formas igualmente absolutas y arbitrarias de luchar contra estas.

Es en esta confluencia donde la derecha, la izquierda, lo conservador y lo alternativo se funden generando un estallido de confusión, dentro del cual ya no es posible saber qué papel encarna quién o si existe siquiera una diferencia. En el momento en el que la actitud es compartida, lo que “unos” u “otros” dicen o hacen pasa a ser irrelevante.

Tal vez la cuestión del silencio y la inhibición del debate no debería ser planteada únicamente en términos de incompatibilidad política, sino en términos de algo que guarda una relación sumamente estrecha con nuestra integridad y nuestro orgullo de ser. Si el feminismo tuvo razón cuando afirmó que “lo personal es político”, no sería del todo desatinado pensar que lo político siempre tiene algo de personal.

El dolor (en este caso, el de contemplar la posibilidad de estar equivocados), además de doler, ciega, y es fácil perder la mira a la hora de apuntar y arremeter contra la causa que lo produce. De ser así, queda la estrategia de recordar que el movimiento puede conducir a lugares más claros, firmes y seguros, si se aguanta las turbulencias entre el origen y el destino. Hacerse preguntas y estar en desacuerdo no necesariamente significa estar en contra, y es en este punto medio camuflado donde reside la posibilidad de dialogar.

2 Comentarios
unaprima 7:13 16/9/2017
muy buena reflexión. el eterno cuestionamiento del ser humano no es el QUE sino el COMO. tanto en arte como en política, lo que hay o habría que hacer siempre parece más claro (los temas sociales de moda), sin embargo es en las formas de llevarlo a cabo en donde puede verse las verdaderas intenciones o motivaciones. en tiempos en los que el discurso políticamente correcto está tan definido y estandarizado, la crítica y la reflexión profunda siempre aparecen como peligros ante la militancia del "like", porque en el fondo no tiene contenido. hay que desconfiar siempre de las disidencias que son toleradas por el sistema y no tener miedo de remover el tablero si hace falta!
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Sátiro 23:06 19/9/2017
Buena reflexión...cuando leo ésto y lo comparo con los movientos sociales de hace años, hay cosas en común, y cosas diversas. Antes, las reivindicaciones eran más "materialistas", ahora son como más abstractas..no sé...porque como dices, quizá no tienen mucho contenido concreto (ni pretenden tenerlo) y en el momento de concretar aparecen las disidencias. Uno de los efectos de las redes sociales es la banalización del compromiso, como bien dices con el facilón like. Otro es la individualización de las luchas, las luchas se fragmentas, porque en algún o algunos puntos de nuestra vida todes somos minorías. A menudo nuestras luchas sociales se conflictúan entre ellas reflejan la naturaleza contradictoria de nuestro ser. ¿cuál es la parte más importante de nuestra identidad/ser/esencia? .....yo creo que el pensamiento occidental y sus categorías (de las que quizás no podemos escapar) tienen límites y estamos explorando esos laberintos sin salida en los movimientos sociales....
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