Migrantes en Barcelona: historias de persecución y esperanza

Dos de los 300 migrantes llegados a Barcelona en los últimos días cuentan a El Salto los peligros del viaje y sus primeras experiencias en la capital catalana.

Aquarius refugiados horizonte
Migrantes a bordo del Aquarius. Foto: Karpov / SOS Mediterraneé Kenny Karpov

publicado
2018-06-27 11:23:00

En tan solo un día, este 24 de junio, Salvamento Marítimo rescató 769 inmigrantes en las costas andaluzas y canarias. Andalucía ha comenzado a trasladarlos a otros puntos de España; entre ellos, Barcelona.

Desde el pasado miércoles 20 de junio han arribado a la ciudad condal alrededor de 300 personas, ubicadas al menos en dos centros, según relatan a El Salto fuentes cercanas. Algunos de ellos ya se han ido, pero una buena parte sigue en estas instalaciones.

Las mismas fuentes estiman que esta situación se puede prolongar durante el verano, ya que con el buen tiempo llegarán más inmigrantes a las costas andaluzas y, por tanto, también a Barcelona.

Los centros donde están siendo alojados son propiedad del Ayuntamiento, mientras que la Cruz Roja, quien no quiso atender a este medio, coordina su atención. Uno de ellos está ubicado en el barrio de Poblenou. Aquí hay alrededor de unos 70 y se ha habilitado el segundo piso para poder atenderlos. Un espacio que ahora estaría inutilizado, ya que está destinado a emergencias de invierno.

En la salida de la instalación, junto a la puerta, muchos de sus nuevos habitantes se sientan en la calle para matar el tiempo mientras conversan, llaman a sus familias o se peinan. Una mujer teje diminutas trenzas en el pelo de un hombre. “Es un peinado de Mamá África”, dice un joven que se encuentra sentado cerca de él. Es Emmanuel que hace tres años salió de su país, Camerún. Su sueño es poder trabajar en Europa para enviar dinero a sus padres y sus ocho hermanos que se han quedado en su ciudad de origen, Douala.

El viaje

La travesía por África no ha sido sencilla ni tampoco barata. Asegura que se ha gastado unos 10.000 euros. A veces, ha viajado en coche; otras, en autobús, y también a pie. En Marruecos cogió una patera que lo llevó a Tarifa. Una vez en la localidad gaditana se desplazó hasta Motril y, de ahí, a Almería, donde cogió un autobús de la Cruz Roja que lo ha traslado a Barcelona.

“En el autocar venían muchas personas, no sé cuántas, pero muchas”, resalta el joven. Todos ellos eran inmigrantes que han llegado estos últimos días a la ciudad. Está satisfecho con el trato que recibe en este espacio municipal, donde le ofrecen un sitio donde dormir y comer.

La estancia en el centro es voluntaria, por lo que sus moradores pueden entrar y salir cuando quieran o abandonarlo si prefieren ir a otro lado. Ahora bien, una de las normas clave es que a las 23:30h se cierran las puertas y, si no estás ahí, no puedes volver a entrar, ya que pierdes tu plaza.

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“¿Sabes dónde puedo encontrar un empleo?”, pregunta Emmanuel. El camerunés no tiene ni la residencia ni ningún permiso laboral que le permita trabajar en el país. Además, tampoco conoce a nadie que le pueda ayudar, ni en Barcelona u otro sitio de España. “Si encuentro empleo aquí, me quedo; si no, me voy a otro lugar”, asevera.

Lo mismo le sucede a Mamadu, de Guinea Conakry, que no tiene ni papeles, ni empleo ni conocidos. Se sienta al lado de Emmanuel y saca su móvil. En su país natal ha dejado a su hermana, que cuida del hermano pequeño. Sus padres se murieron, por lo que ahora Mamadu es el mayor de la familia. Por eso, decidió emprender el viaje hasta España para poder ayudarlos.

El tramo más duro fue el desierto del Sáhara que une Mali con Argelia porque apenas tenía agua y comida. Afirma que ahí vio a gente morirse de fatiga y por la falta de alimento

“Este es mi país, donde yo vivía”, dice mientras enseña en su móvil una fotografía de un paisaje montañoso. Después, sigue una retahíla de imágenes de él jugando al fútbol. Entre ellas, un montaje donde aparece junto a la estrella argentina del FC Barcelona Leo Messi. “Soy del Barça al cien por cien”, asegura mientras confiesa que le encantaría poder forjar su carrera en este club.

Este joven ha estado cinco días sin dormir por culpa de las duras experiencias que le ha tocado vivir. Salió de su país hace cuatro meses. Como no tenía dinero, tuvo que hacer la mayoría del camino a pie y sin apenas comida. “Me alimentaba de lo que me daban amigos o personas que encontraba”, resalta.

El tramo más duro fue el desierto del Sáhara que une Mali con Argelia porque apenas tenía agua y comida. Afirma que ahí vio a gente morirse de fatiga y por la falta de alimento. Pero ese no es el único hándicap con el que tuvo que lidiar en esta zona. “Hay grupos terroristas que te roban todo el dinero o la comida que llevas”, manifiesta Mamadu, que prosigue: “Si no tienes nada te disparan y te matan. Yo no tenía nada. Me escapé corriendo”.

Una vez en Argelia cruzar la frontera con Marruecos tampoco es pan comido. Se escondió debajo de un camión. En suelo marroquí trabajó durante un tiempo en una finca para poder recolectar dinero para llegar a España. Antes de venir a este país, vivió en el monte Gurugú, en Nador, donde hay una gran cantidad de subsaharianos acampados entre los árboles. De eso, Mamadu, también tiene fotografías, donde se ven como malviven en el bosque. Finalmente, arribó a Ceuta y, por mar, a Motril. De ahí fue trasladado con un autobús de la Cruz Roja a Barcelona.

“Yo también estuve en el Gurugú, pero no ahora, en el 2011”, cuenta Emmanuel. En esa ocasión no llegó a pisar suelo español. En este segundo intento sí lo ha conseguido. Ahora, le falta cumplir la segunda parte de su sueño: encontrar un empleo para sustentar a su familia.

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