Una brevísima historia de la misoginia

En la actualidad, hay una corriente misógina que ha optado por decir que cuanto las mujeres hacemos o hicimos es irrelevante.

Carmen G. de la Cueva

escritora y periodista


publicado
2018-03-03 06:30:00

Escribe Anna Caballé en su Una breve historia de la misoginia (Lumen, 2005) que “las mujeres en España no deberíamos olvidar fácilmente de dónde venimos, de qué oscuridad y desdén, de cuántas descalificaciones y burlas, del silencio estremecedor que todavía nos acompaña”.

En la actualidad, hay una corriente misógina que ha optado por decir que cuanto las mujeres hacemos o hicimos es irrelevante.

Si mucha gente desconfía de Javier Marías como columnista es porque decide por los lectores y las lectoras qué autoras merece la pena leer y qué autoras no. Lo que Marías intentó hacer en su columna del 25 de junio “Más daño que beneficio” cuestionando el valor de la obra de Gloria Fuertes fue un mansplaining de manual o, como lo llamó ingeniosamente la escritora Llucia Ramis, un “mariasplaining” (Marías explains things to me). Sostiene Marías que ninguna artista fue deliberadamente silenciada por la “conspiración patriarcal” porque nunca hubo tal conspiración. En contra de esa supuesta y maligna conspiración, según el columnista, tenemos el pleno reconocimiento de las artistas en verdad valiosas que nadie ha estado interesado en ningunear. ¿Nunca?

Terminé de leer la columna de Marías tan enfadada que fui una de esas feministas que se desataron contra él en las redes. No lo pude evitar. La venganza estaba a golpe de clic. Lo pensé un par de segundos y me dije que lo que debía hacer era recurrir a la historia para demostrarle al columnista que él es un eslabón más de esa tradición intelectualmente misógina que, como dice Caballé, “ha combatido, y sigue combatiendo, a veces con desesperación digna de mejor causa, el valor de la inteligencia femenina, negándole no ya el reconocimiento sino el derecho a ser considerada parte inalienable de la producción cultural”.

Pondré tan solo unos cuantos ejemplos para ilustrar de qué manera los intelectuales misóginos han combatido desesperadamente el valor de la escritura femenina.

Uno: el periodista Carlos Rubio escribía en La Iberia en 1857 que “los esfuerzos de las mujeres que quieren ser escritoras no pueden ser más que los ridículos esfuerzos de la pulga, que procura hincharse como el elefante, porque la naturaleza no le ha concedido ni la imaginación vigorosa ni el talento despejado del hombre”.

Dos: el caso de Emilia Pardo Bazán es uno de los más llamativos; sufrió infinidad de episodios de misoginia. En una carta, Armando Palacio le decía a Leopoldo Alas ‘Clarín’ en 1885 que “acá para nosotros, no espero nada de ella, porque no es muy lista. Esta también es la opinión del público”.

El periodista José María de Pereda escribió en 1891 en un artículo titulado “Los comezones de la señora Pardo Bazán” en El Correo Catalán que “padece la buena de doña Emilia, de un tiempo acá: la comezón de meterse en todo, de entender de todo y de fallar en todo, como si el público no pudiera pasarse sin ella un solo día en las columnas de los periódicos y en la pompa de los grandes espectáculos. Es una enfermedad como otra cualquiera”.

Tres: cuenta también Caballé que en Tramas, libros, nombres. Para entender la literatura española de 1944-2000 (Anagrama, 2006), José-Carlos Mainer no considera la obra de ninguna escritora que haya publicado en la segunda mitad del siglo XX. Escribe Mainer: “Nuestro año [1952] apenas cuenta sino por una novela de Zunzunegui, Esta oscura desbandada, que acompañó a otra de Pedro de Lorenzo, Una conciencia de alquiler, que pertenece a su ciclo Los descontentos; pero no la presunta crudeza de la una, ni la corrección de la otra son, a la postre, otra cosa que moralina”.

Aquí cabría preguntarle a Marías cómo cree él que se construye el canon si un profesor universitario invisibiliza la obra de autoras que publicaron en 1952: Carmen Laforet con su segunda novela después de ganar el Nadal, La isla y los demonios; Elena Quiroga, que llegó a ser académica de la RAE, publica La sangre; María Lejárraga publica en el exilio Una mujer por tierras de España. Y aparece el primer libro de cuentos de Rosa Chacel, titulado Sobre el piélago.

Caballé vuelve a dar en el clavo afirmando que “cualquier lector poco informado cierra el libro con la seguridad de que puede explicarse muy bien la historia de la novela española de los últimos cincuenta años sin que las escritoras hayan contribuido a su desarrollo en lo más mínimo”.

¿Existe, pues, una conspiración que lleva siglos ninguneando a las mujeres? Yo diría que sí. Se llama patriarcado. Es normal que tanto Marías como algunos otros tengan cierto miedo: su palabra, una palabra que ayuda a mantener el sistema, tiene cada vez menos influencia. La voz, hermanas, empieza a cambiar de bocas.

1 Comentario
#10095 19:20 6/3/2018

Citas poco el artículo de Marías, que en mi opinión fundamentalmente y al margen de alguna boutade propia del personaje. Cabe la opción de que no te guste Gloria Fuertes, no por machismo, sino porque no le guste, sin más, lo cual tiene cierto sentido si analizamos las personalidades públicas de ambos...

Por cierto. Me encanta Gloria Fuertes

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