Coronavirus
No hay danza sin martillo

El tiempo de confinamiento no es un tiempo muerto donde solo opera el poder sobre una masa de gobernados reducidos a la pasividad. Como todo tiempo, es tiempo de lucha. También en esta fase, la socialización de los saberes tecno-científicos va a ser crucial para la autodefensa y la autodeterminación de las masas.

Fin Confinamiento Total Bilbao 17
Un cliente de un supermercado sale con la compra junto a la cola de entrada Christian García
Investigadores de sistemas complejos en el UBICS (Universidad de Barcelona) y miembros de Heurística.
16 abr 2020 13:31

Para empezar, agradecemos a Hordago – El Salto el espacio concedido a este debate, convencidos como estamos de que la socialización del conocimiento tecno-científico es más que necesaria para aumentar la capacidad de deliberación democrática de nuestra sociedad. Desgraciadamente, no podemos agradecer al Dr. Loayssa ni el tono ni las formas (ver los tres artículos anteriores: “¿Hay alternativas al estado de alarma y al confinamiento?“, ”El confinamiento como mal menor, contingente y revocable“, y ”Confinamiento total: un golpe brutal e injustificado"). En el afán de apuntalar su visión de las políticas de confinamiento, en varias ocasiones malinterpreta sus propias citas o hace caso omiso de los casos que no encajan con su relato, llegando a situarse muy cerca de la fabricación de bulos científicos y manteniendo una actitud de poco rigor intelectual.

Tampoco queremos entrar en un debate estéril, siguiendo y comentando punto por punto sus argumentaciones. Nuestro interés, tanto en nuestra primera réplica como ahora, no es mantener un debate académico con el Dr. Loayssa, sino aportar elementos para la comprensión de un fenómeno complejo que nos atañe a todos. Lo repetimos: estamos convencidos de que la comprender la realidad es un paso necesario para empezar a transformarla. Llámenlo, si quieren, materialismo.

Por eso, empezaremos volviendo, una vez más, a la cuestión de la letalidad de la Covid-19, pues no hay otro punto de partida posible para la evaluación de la gestión de la crisis. Seguiremos con un breve repaso sobre la eficacia de las medidas de distanciamiento social, para pasar a examinar el trasfondo ideológico detrás de éstas y de las posibles alternativas, y acabaremos nombrando algunos de los puntos críticos que habrá que afrontar en la fase de desescalada en la que nos encontramos. De hecho, nos parece casi agotador tener que seguir insistiendo en cuestiones como la letalidad real de la Covid-19 o la eficacia de las medidas de confinamiento cuando la batalla real ya empieza a estar en otro lado.

La cuestión de la letalidad o la técnica del avestruz

En nuestra primera réplica, decíamos que “la letalidad real de la Covid-19 —definida como la fracción de casos que tienen una evolución fatal— se situaría ligeramente por encima del 1%”. Para mostrarlo propusimos un breve repaso de algunos casos representativos.

En su contra-réplica, el Dr. Loayssa olvida muy convenientemente el caso de Bérgamo, donde hace dos semanas, el 0,4% de la población total ya había fallecido por causas relacionadas con la crisis sanitaria, es decir, por la Covid-19 o por no haber podido ser atendida como es debido por un sistema sanitario saturado. Estos son datos reales de personas reales, en un lugar relativamente cercano y parecido por estructura de edad, esperanza y estilo de vida.

Escoger centrarse solamente en el caso del crucero Diamond Princess, muy peculiar por el reducido tamaño y la composición de la población —personas sanas de clase media-alta— para retorcerlo con proyecciones estadísticas más que dudosas, carece de sentido.

Decir, como hace el Dr. Loayssa, que la letalidad de la Covid-19 es el 0,12%, a estas alturas, es casi un bulo científico al nivel del terraplanismo. Lo vamos a demostrar con un ejemplo algo más significativo que un crucero con unas pocas personas. Vamos a ser prudentes y vamos a dar por buena la cifra de 20.000 personas fallecidas para la Lombardia italiana. En ese supuesto, los casos reales acumulados, dados por el cociente entre defunciones y letalidad, serían 20.000/0,12% = 16,7 millones. Una pena que en dicha región sólo vivan 10 millones de habitantes. Insistimos: estamos subestimando el resultado porque las muertes reales son más y existe un retraso de varios días entre las fecha de contagio y las fecha de fallecimiento, así que estos supuestos no son representativos de ninguna población real. En Lombardía el número de defunciones oficiales por Covid-19 supera las 10.000, pero se estima que las reales son al menos el doble, aunque más probablemente rocen las 40.000. Millones de lombardos infectados no estarían incluidos en los nuevos casos de los últimos diez o quince días. Si repetimos el cálculo para el caso de la Comunidad de Madrid, obtendremos el resultado de que, hace ya varios días, el 90% de los habitantes estaría infectado. ¡Arriba esa inmunidad de rebaño!, que diría la cuenta parodia @CoronaVid19.

El martillo y la danza

Una vez reconocido el problema, hablemos de las posibles soluciones: el distanciamiento social. Antes de argumentar acerca de la eficacia de las medidas de distanciamiento social, nos vemos obligados a hacer una pequeña digresión, ya que sobre este asunto la respuesta del Dr. Loayssa está fuera de cualquier parámetro de rigor en la comunicación científica para un público inexperto. Cita tres artículos científicos que, según él, prueban “la falta de efectividad confirmada del confinamiento, la cuarentena y otras medidas extremas”, cuando ninguno de los tres artículos afirma ni puede afirmar nada parecido. El Dr. Loayssa en este caso está utilizando un principio de autoridad para convencer el lector —que no tiene los conocimientos técnicos para acudir a la fuente primaria— de algo que no está en la fuente, sin darle ningún instrumento para poder seguir los pasos que le han llevado a sus propias conclusiones. Estas prácticas son de una honestidad dudosa (además de paternalistas), y socavan, desde la base, la utilidad de la discusión científica pública para el debate democrático de masas.

Muy brevemente, intentaremos explicar que las citas aportadas por el Dr. Loayssa no dicen lo que él afirma. El primer artículo, de Jefferson y otros, es un meta-análisis: un artículo que se encarga de recopilar y sistematizar los resultados aparecidos en estudios anteriores. Los autores comparan medidas no farmacológicas de todo tipo. Sin ir más allá del resumen inicial del trabajo, se recoge que el confinamiento, junto a otras medidas, sí es efectivo. Literalmente leemos “Nueve estudios de casos sugieren que implementar barreras de transmisión, medidas de aislamiento e higiene, es efectivo para contener epidemias de virus respiratorios”. Sin embargo, Loayssa prefiere sugerir que la conclusión que se colige es la contraria, suponemos que tras leer que “Hubo evidencias limitadas de que el distanciamiento social fuese efectivo, especialmente si está relacionado con el riesgo de exposición”. El problema es que si leemos un poco más allá de esta frase, nos damos cuenta de que se refiere a lo que se dice sobre medidas tales como la imposición de separación física entre pacientes (separación de habitaciones) en entornos nosocomiales, y el rastreo de casos en aeropuertos y hubs de transporte. Lo sorprendente es que lo que se dice en este meta-análisis sobre la eficacia de las medidas de cuarentena se refiere casi en su totalidad a dos trabajos que hacen referencia a la SARS y es de nuevo esencialmente positivo. Como mucho, los autores se quejan de que los estudios son escasos. Se podría argumentar que el éxito de dichas medidas es debido a su capacidad para identificar los contactos de alto riesgo. Evidentemente, si eso fuera posible, no estaría justificado imponer una cuarentena generalizada a toda la población. Pero, de nuevo, en esta argumentación, se estaría obviando el carácter de último recurso de la medida: aunque se asume que una gran mayoría de los individuos confinados no estarán de facto infectados, el confinamiento se implementa cuando el crecimiento exponencial de la epidemia desborda la capacidad de los protocolos de rastreo de contactos, únicamente para evitar el colapso sanitario.

Otro artículo citado, de los mismos autores, no es más que una actualización en la que se añade algún estudio más. El único trabajo “relevante” reporta un estudio que se realizó en dos empresas similares en Japón: en una ofrecían a los empleados que tuvieran un miembro de su familia con gripe quedarse en casa a hacer cuarentena sin pérdida de salario, y en otra, no. El resultado, difícilmente sorprendente, es que la incidencia global de gripe en la empresa que implementó la intervención se reducía (dicho de otro modo, la intervención era eficaz en su objetivo primario), si bien era cierto que los empleados que optaban por entrar en cuarentena con sus familiares enfermos tenían más riesgo de contraer gripe que si se ausentaban del hogar para acudir al trabajo. Sea como fuere, el lector entenderá cómo la intervención aquí estudiada, aún siendo juzgada eficaz por los autores del estudio original, no tiene absolutamente nada que ver con el confinamiento a gran escala al que estamos actualmente sometidos. Resulta verdaderamente incomprensible porque el Dr. Loayssa utiliza estos dos artículos para afirmar que las medidas de confinamiento no funcionan.

Más incomprensible aún resulta entender por qué cita el artículo de Saunders-Hastings y otros autores. En este texto, también de recopilación, los autores se centran en la eficacia de las medidas de autoprotección (lavado de manos, mascarillas, higiene, desinfectantes y demás). Basta con mirar la tabla 2 del manuscrito para darse cuenta que no se evalúa ninguna medida de distanciamiento social. Sólo hay una frase, en la introducción, en la que se nombra el distanciamiento social, y en la que se dice “las políticas de distanciamiento social, por su parte, son de efectividad incierta, y a menudo caras, impopulares y difícil de implementar. En consecuencia, la cuarentena del paciente no ha sido ampliamente implementada desde la pandemia de 1918, mientras que la incertidumbre con respecto a la efectividad del cierre de la escuela ha limitado su implementación en el transcurso de las últimas tres pandemias”. Cualquiera que haya tenido contacto con la literatura científica sabe que ese tipo de introducciones sirven como pretexto para justificar el enfoque concreto que se presentará en el cuerpo. Algo que un lector experto sabe, pero que citado sin contextualizar en un texto de larga difusión, es directamente incorrecto.

Hay que reconocer que antes de esta pandemia, no había evidencias de que una cuarentena masiva como la que vivimos fuese a tener efecto sobre la velocidad de propagación de los brotes. La razón principal debería ser obvia, y es que no hay precedentes —tampoco con la SARS—. Es como en el chiste de los paracaídas y los ensayos clínicos: “a día de hoy, no existe evidencia científica de que los paracaídas funcionen, pues nadie nunca ha hecho un ensayo clínico sobre la eficacia de llevar un paracaídas al saltar de un avión”. Justamente por eso y para eso, la modelización matemática, la simulación basada en datos y el razonamiento computacional son de máxima ayuda en situaciones excepcionales.

Tras esta obligada digresión, detallaremos a continuación cómo y por qué las medidas de distanciamiento social sí parecen ser eficaces para proteger a la población del impacto de una epidemia.

La eficacia del distanciamiento social

Aunque exista un extensa literatura de evaluación de las estrategias de distanciamiento social, nos centraremos en un estudio concreto que se basa en los datos de la actual pandemia. Lo haremos para ser breves, porque la fenomenología de cada epidemia es suficientemente distinta como para hacer comparaciones y, finalmente, porque una combinación tan amplia de medidas y a tan larga escala raramente se ha visto en el pasado. En concreto, nos centraremos en último informe del EPIcx Lab de la Universidad Sorbona de París. Este laboratorio de epidemiología computacional, que forma parte de la red multidisciplinar francés REACTing para el estudio de las enfermedades infecciosas emergentes, elabora informes periódicos de análisis de la epidemia de Covid-19 desde su primer brote en China. Su última entrega del 12 de abril, está dedicada al estudio del impacto de las medidas de confinamiento en la región de Île-de-France y en las posibles estrategias de desescalada.

Para ello, utilizan un modelo compartimental: los individuos se modelizan separados en distintas clases: susceptibles, expuestos al virus, infectados, hospitalizados, en UCI, recuperados y difuntos. En dicho modelo, un individuo puede pasar de una clase a otra con cierta probabilidad, dependiendo de las características del virus, de la situación del sistema sanitario y de sus contactos sociales. Los tiempos y las probabilidades de tránsito de una clase a otra se ajustan de tal manera que reproducen los datos reales. Además, y dado que el modelo considera los contactos sociales de los individuos y las condiciones de los hospitales, pueden simularse distintos escenarios teniendo en cuenta los cambios en el comportamiento de las personas (debido a los efectos de las distintas medidas implementadas y al efecto que esas tienen sobre el número de personas que acaban en las UCIs o que mueren). En este estudio se toman los datos anteriores al confinamiento para ajustar el modelo, y los de las semanas siguientes para comprobar su efectividad. A partir de ahí, se hacen predicciones a futuro y se calculan los errores estadísticos de dichas predicciones. También se evalúa el impacto de medidas distintas a las que efectivamente se han tomado.

Los resultados de las simulaciones demuestran que: (1) las medidas de confinamiento aplicadas en Ile de France son eficaces a la hora de mantener por debajo del nivel de saturación la presión sobre el sistema sanitario (considerando también el aumento de plazas en las UCIs); (2) medidas más restrictivas, como las aplicadas en China, harían disminuir, todavía más, el número de hospitalizaciones; y (3) medidas menos restrictivas, como las aplicadas en Reino Unido (donde, por ejemplo, se permite ir a los parques), generarían un número de hospitalizados por encima de la capacidad del sistema sanitario.

La cuestión central de las medidas de distanciamiento social es que apuntan a reducir el ritmo básico de reproducción de la enfermedad (conocido como R0 ó número medio de infectados generado por un infectado) a partir de la reducción de las interacciones sociales en el espacio físico. Un R0 por debajo de 1 asegura la contención de la difusión del virus, mientras que cuanto más alto sea, más rápido será el ritmo al que se generarán nuevos infectados. Como se demuestra en el informe del EPIcx Lab, antes del confinamiento, el R0 de la Covid-19 se situaba entre 4 y 5, y las medidas tomadas lo han llevado un poco por debajo, o alrededor, de 1. Es lo que Pueyo en su post en Medium llama el martillo. Un golpe duro necesario para contener la progresión exponencial de la epidemia que, como los modelos demuestran, si hubiera evolucionado sin cortapisas, o con medidas menos restrictivas, habría generado el colapso del sistema sanitario.

Tras el martillazo, evidentemente, llega la desescalada, o más bien la danza, en términos de Pueyo. Conforme se vayan relajando las medidas de confinamiento, R0 irá subiendo y se generará otro pico epidémico. Cómo abordar la danza es el centro del debate epidemiológico y político actual. Como demuestran varios estudios, la fase de desescalada es muy delicada y medidas tomadas demasiado temprano o demasiado tarde pueden llevar a picos secundarios más altos que el primero.

El informe del EPIcx Lab se dedica a estudiar en detalle varias combinaciones y tiempos posibles de medidas menos restrictivas para gestionar esta fase. Sin entrar en detalle, queremos subrayar que resulta necesario disponer de una alta capacidad de testear a la población, de encontrar y aislar los positivos y, sobre todo, de trazar los contactos sociales mantenidos por los que luego resultan ser contagiados. Entraremos en este asunto más adelante.

En esta línea van también las medidas que defiende el Dr. Loayssa en su contra-réplica. Bien gestionadas, son buenas medidas para la danza... pero usadas como “martillo”, tienen el coste de colapsar el sistema sanitario. Se puede legítimamente asumir que se quiere pagar ese coste para defender algunos derechos y libertades personales, incluidas las económicas, pero hay que hacerlo explícitamente. Finalmente, nos es imposible no destacar que es de una ingenuidad tremenda hablar de este tipo de medidas “en vez de” el confinamiento, desde una situación como la española. Si bien Corea del Sur o Alemania no han tenido dificultades insalvables para desplegar una campaña de testeo masiva, en España nos encontramos con un tejido industrial precario, notablemente en Biomedicina, sin capacidad real de hacer, ni por asomo, algo comparable en tan poco tiempo. Lograr alcanzar una capacidad de testeo mínimamente adecuada es desde luego la prioridad número uno de la danza, pero si nos torcemos el tobillo al danzar —algo bastante probable en las condiciones actuales— tendremos que volver a coger el martillo.

El precio de las alternativas

Una vez reconocidas las evidencias empíricas de los impactos de la Covid-19 y de la eficacia del confinamiento (el martillo) a la hora de mantener controlado el estrés sobre el sistema sanitario, es posible analizar las alternativas aunque, como hemos visto, muchas de ellas incluyen el coste de colapsar el sistema sanitario y, por ende, de generar más muertes.

En primer lugar, sobre este tema, no deja de ser irónico que el Dr. Loayssa, para apuntar a las bondades de las medidas alternativas puestas en campo por el gobierno sueco, nos enlace a un artículo de opinión en inglés publicado por Joakim Book en la web del American Institut for Economic Research (AIER). Irónico porque, en primer lugar, hablando de salud colectiva, no vemos qué información de valor puede aportar un autor experto en “todo lo que está relacionado con el dinero, las finanzas y la historia financiera” como detalla en su propia biografía. Pero, sobre todo, resulta irónico por ser el AIER una de la catedrales del anarco-capitalismo yankee.

Al margen de esta llamativa cuestión ideológica, que retomaremos después, las medidas menos restrictivas, como hemos visto más arriba, tienen su coste. En el caso de Suecia, y en comparación con países similares, el número de defunciones oficialmente reportadas está creciendo a un ritmo mucho más alto que en los países vecinos, comparables por la composición de la población.

De paso, también hay que mencionar las crecientes críticas a las que se está viendo sometido el gobierno sueco por parte de su propia comunidad científica. A lo largo de los últimos días, su primer ministro ha tenido que reconocer en varias ocasiones que las medidas (no) tomadas no están funcionando como habían esperado y que está evaluándose la posibilidad de hacerlas más estrictas. Tan es así, que hasta el epidemiólogo jefe del Estado sueco ha tenido que reconocer que lo que está haciéndose no sirve alcanzar la inmunidad de rebaño: los últimos estudios llevados a cabo en la ciudad de Estocolmo estiman en un 2,5% el porcentaje de infectados en la población, cuando es necesario superar el 50%. Finalmente, mencionar que la estrategia de no intervención está teniendo como resultado que la mayoría de los casos en Estocolmo se concentran en la población migrante de los suburbios de la ciudad.

Pasando de Suecia a EEUU, el Dr. Loayssa se refiere genéricamente a medidas menos restrictivas al margen “del tono autoritario con las que las adorna Trump”. En primer lugar, esta afirmación es por lo menos inexacta, ya que las medidas difieren de estado a estado, habiendo estados con confinamiento y otros sin confinamiento. En cualquier caso, resulta llamativo que el Dr. Loayssa obvie por completo la sobrerrepresentacion de la comunidad afroamericana en las defunciones (en ciudades como Chicago suponen el 70% de los fallecimientos cuando representan un 30% de la población). Esta mayor mortalidad se puede relacionar tanto a las enfermedades previas a las que está sujeto este grupo de población (entre ellas, la diabetes) como al hecho que mayoritariamente está empleado en trabajos de baja remuneración reconocidos como esenciales también en situación de confinamientos no estricto, y por lo tanto expuesto a mayor riesgo de contagio. Ambas son condiciones de clase.

A la luz de los datos, tanto de la población migrante en Estocolmo como de la población afroamericana en EEUU, es evidente que las estrictas medidas de confinamiento, desde el punto de vista de una estrategia de clase, resultan necesarias. Por un lado, para proteger a las personas que por su condición social están más en riesgo de una evolución fatal de la enfermedad. Por otro, para bajar el ritmo de generación de contagios, en particular entre la población trabajadora considerada esencial.

Sólo la obstinación en ignorar la realidad epidemiológica del SARS-CoV-2, enterrando la cabeza en piruetas estadísticas y datos —ora subrayados ora ocultados—, hace posible un discurso que pretende mover la crítica no al gobierno de la realidad, sino a la realidad misma, en tanto que mera proyección del poder. Sin embargo, el Dr. Loayssa puede estar tranquilo, ya que se encuentra en compañía de muchos nombres altisonantes de la teoría crítica europea (Agamben, Wu Ming). Son posiciones apolíticas, tal y como uno de nosotros ya ha denunciado en otra publicación. La diferencia es que estos viejos atrezzos de la teoría crítica no recurren a un principio de autoridad científico para negar la realidad y, de paso, el consenso científico, algo más propio de terraplanistas.

Nos atrevemos a proponer una lectura ideológica de las distintas respuestas a la múltiples crisis desatadas por la pandemia.

Por un lado, se encuentran la mayoría de las instituciones estatales, apoyándose en un amplio consenso científico. Han tomado medidas más bien estrictas de confinamiento, más o menos a tiempo, y más o menos explícitamente en contra de la patronal. Desde una perspectiva crítica, podemos reconocer que estas medidas se inscriben en una estrategia de reproducción social, juntando la tradición socialdemócrata con ciertas lecturas neo-liberales (pensemos en Draghi) y, por lo tanto, quieren asegurar las condiciones de explotación futuras.

En el bando opuesto, nos encontramos con una crítica cerrada a las restricciones de las libertades personales que suponen las medidas de confinamiento. Una posición que se basa, o bien en una táctica del avestruz frente a la realidad epidemiológica —caso de cierta teoría crítica y del Dr Loayssa—, o bien en una jerarquización de valores donde la libertad personal entendida como “libertad de hacer” y la productividad priman sobre cualquier cosa, incluso sobre el bienestar colectivo (e inluidos posicionamientos de clase por parte de quien no necesita confinamiento para estar aislado de los demás, ese 1% no toma bus ni come en McDonald). Esta posición hace que se den alianzas monstruosas entre, por ejemplo, Preciado y Botín. Se trata de una posición nihilista, en el mal sentido, y apolítica. Solo tiene algo de interés en la medida que descubre el juego de la primera, pero es inoperativa en tanto que niega la realidad y supone un poder todopoderoso único generador de realidad.

We want to break free... and safe

El tiempo de confinamiento no es un tiempo muerto donde solo opera el poder sobre una masa de gobernados reducidos a la pasividad. Como todo tiempo, es tiempo de lucha. La huelga de alquiler, la lucha para una renta básica de cuarentena, y distintas luchas en coalición bajo el paragua del plan de choque social están ahí para demostrarlo. Es más, como han demostrado las huelgas de los obreros de Fiat en Italia en los primeros días de la pandemia, existe el espacio para una lucha que auto-imponga el confinamiento en contra de los intereses de la patronal y en defensa del derecho propio a la salud y a la vida. La judicialización de la tardía declaración del confinamiento en la provincia de Bérgamo en Italia por culpa de las presiones de la patronal probablemente arrojará más luz sobre este asunto.

Nuestra segunda (y última) réplica al texto del Dr. Loayssa podría acabar aquí, pero queremos aprovechar este espacio para señalar los que creemos que son los focos principales del debate ahora mismo.

Nos encontramos en la fase de desescalada, es decir, en la que hay que empezar a aflojar las medidas de confinamiento de manera controlada. Cómo se controla y para la salvaguardia de qué intereses es el centro del debate y de la contienda. En los días pasados, con las presiones de la CEOE para reanudar la producción no esencial, hemos tenido un ensayo de lo duro que puede ser el enfrentamiento y de lo que podemos llegar a perder.

Como hemos señalado más arriba, la fase de salida del confinamiento necesita de la orquestación de distintas medidas para no tener que volver a imponerlo poco tiempo después. Varios estudios señalan que un rastreo a escala individual de los contactos que mantenemos puede que sea lo único que nos permita volver a salir a la calle con cierta tranquilidad. En España ya ha habido varios contactos entre la ministra Calviño y las telefónicas para obtener datos de movilidad, pero la resolución espacial de las células telefónicas no es lo suficientemente fina como para saber quién ha estado en contacto con quién y en qué momento. Resulta que esos datos existen y que están en posesión de los gigantes de la tecnología: Google y Apple, las multinacionales que ponen los smartphone en nuestro bolsillo y, de paso, un localizador.

Ya era un problema que estos datos estuvieran en las manos de las grandes corporaciones —visto lo visto con el escándalo de Cambridge Analitica— pero la cuestión puede solo empeorar si pasan a disposición de los estados. Es decir, si bien necesitamos de esa tecnología para salir del confinamiento, necesitamos también controlarla democráticamente si queremos mantener los márgenes de autonomía personal y colectiva. La batalla es tan clara que hasta Google y Apple se han dado cuenta y han sacado un protocolo para asegurar la privacidad de estos datos, a la vez de su colaboración con el sistema sanitario para la gestión de la epidemia. Protocolos de los que en principio es mejor desconfiar. Expertos tecnológicos y activistas ya están señalando alternativas para tratar estos datos como lo que son: bienes comunes cuya soberanía reside en las comunidades de usuarios.

Porque, también en esta fase, la socialización de los saberes tecno-científicos va a ser crucial para la autodefensa y la autodeterminación de las masas.

Para asegurar la corrección de la información más técnica incluida en este artículo nos hemos valido de la colaboración del Dr. Joaquin Sanz, investigador Ramón y Cajal en Genómica computacional y Medicina de Sistemas en la Universidad de Zaragoza.

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2 Comentarios
#61667 8:40 26/5/2020

Aunque me alineo más con las tesis del Dr. Loyassa, este es el primer artículo que leo fundamentado y con rigor, y desde un punto de vista de clase, defendiendo las medidas de confimnamiento. Ojalá este comité técnico-sanitario que asesora al gobierno (del que aún no sabemos ni sus nombres) diera argumentos de este tipo. Pero bueno, parece que la sociedad no los necesita, le basta con la propaganda de los medios y un discurso apocalíptico, paternalista y fomentador del miedo. En esta epidemia "retransmitida" a la que estamos asisistendo, la sociedad española se ha retratado una vez más como lo que es.

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#61580 14:10 25/5/2020

"Hay que reconocer que antes de esta pandemia, no había evidencias de que una cuarentena masiva como la que vivimos fuese a tener efecto sobre la velocidad de propagación de los brotes." Lo que hay que reconocer es que aún tampoco se ve.

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