Bienes comunes
Nuevos comunales, antiguas prácticas

Respuesta de César Roa al texto de José Luis Carretero publicado en este mismo blog. El autor de La defensa de los comunales explica su visión sobre el concepto comunal.

Bosque
Foto: Andrea Kirkby

publicado
2017-12-17 07:24

"El hombre de estos campos que incendia los pinares y su despojo aguarda como botín de guerra, antaño hubo raído los negros encinares, talado los robustos robledos de la sierra. Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares; la tempestad llevarse los limos de la tierra por los sagrados ríos hacia los anchos mares; y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra"

Antonio Machado, Por tierras de España

Me siento muy honrado por la lectura atenta y generosa de José Luis Carretero. José Luis, además, me lanza el guante para desarrollar un poco más el concepto de comunales como vía para un nuevo tipo de desarrollo agrario. A modo de respuesta ante un desafío muy superior a mis fuerzas, me gustaría escribir unas breves líneas que podrían dar pie a un debate más ambicioso.

Los antiguos romanos hacían una distinción del mundo natural entre ager, silva y saltus. El ager englobaría a todas aquellas tierras que eran cultivadas regularmente por los hombres en contraposición a la silva, un territorio salvaje donde morarían bestias feroces no apto para la vida civilizada. Entre el ager y la silva, por otra parte, se encontraría el saltus, un terreno formado por montes y bosques que, si bien no podía prestarse a cultivos regulares, no por ello dejaba de jugar un papel fundamental en la actividad agraria como depósito de leña, pasto, frutas, hojas y caza. 

El concepto de comunales arranca precisamente de aquellas prácticas colectivas que regulan un tipo de bienes que no pueden ser ni monetizables, ni fraccionables, ni reproductibles

El ager podía ser medido, troceado, delimitado, vallado, apropiado y asignado a un único propietario, pero no así el saltus. No podía serlo, porque las comunidades campesinas eran conscientes de que lo necesitaban en su totalidad y la destrucción de una parte terminaba acarreando la destrucción de servicios vitales para los vecinos. Sólo la aprobación de la comunidad en su conjunto podía autorizar las intervenciones en el saltus.

El concepto de comunales arranca precisamente de aquellas prácticas colectivas que regulan un tipo de bienes que no pueden ser ni monetizables, ni fraccionables, ni reproductibles. Para una comunidad campesina un bosque de robles, castaños y hayas tiene un valor que no puede ser reducido a una suma monetaria. Sin duda, una compañía maderera podía hacer una oferta para comprarlo y repoblarlo exclusivamente de pinos, pero la hoia perenne no sirve como alimento para el ganado como sí valen las hojas caducas. Además, cuanto mayor sea la variedad de las especies que componen el bosque, mayores los obstáculos a la propagación de los temidos incendios. Finalmente, ofreciendo el bosque una barrera natural contra riadas y avalanchas, su desaparición agudiza la erosión y la pérdida de humus ante las lluvias torrenciales.

No es de extrañar, pues, que las comunidades campesinas hayan tendido a desarrollar estas prácticas comunales para garantizar su supervivencia a largo plazo. Esta conciencia de que es preciso proteger al saltus, o en otras palabras, que hay una serie de terrenos sobre el que la comunidad debe imponer normas colectivas, constituye un claro anticipo del ecologismo. 

Las sociedades humanas nacen, viven y se reproducen sobre un espacio físico, la forma de tratar ese espacio físico es sintomática de cómo nos relacionamos entre nosotros

Frente a caricaturas que ven al ecologismo como un lujo de urbanitas acomodados, es muy conveniente recordar que las sociedades humanas nacen, viven y se reproducen sobre un espacio físico y que la forma de tratar ese espacio físico es sintomática de cómo nos relacionamos entre nosotros. Y un paisaje devastado suele ser la prueba fehaciente de maltrato a las familias campesinas.

Menciona José Luis el gravísimo problema de la organización (o más bien desorganización) del territorio. Vivimos sobre un país con comarcas cuyas densidades de población son propias del círculo polar ártico. Otras, por el contrario, han succionado recursos, poblaciones y flujos de energía de manera masiva. En estas últimas, la urbanización ha seguido un modelo de “mancha de aceite”, donde aglomeraciones de residencias privadas sólo accesibles por vehículo privado han crecido como hongos alrededor de los grandes centros urbanos que concentran el poder político y económico.

Este tipo de concentración de la población, la energía y la riqueza es un reflejo de la política de “sálvese quien pueda” que parece haber impregnado el modelo económico español. Se trata de una política de un individualismo extremo, donde se anima a los ciudadanos/ consumidores a pertrecharse de las mejores posiciones en la lucha del todos contra todos. Los antiguos comunales, las viejas prácticas colectivas y la nueva y no tan nueva conciencia ecológica deben ser una herramienta para hacer frente a la distopía que se cierne sobre los “páramos malditos” como tan certeramente denunciaba don Antonio Machado.

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1 Comentario
Salyana 11:49 17/12/2017

Creo que lo comunal (o lo neocomunal) no debería limitarse al saltus -al menos, en nuestras aspiraciones- y que otras (nuevas y viejas) formas de comunalismo deberían extenderse al ager. Gracias por el artículo.

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