Carta desde Europa
La posdemocracia trabajando: nosotros de vacaciones

Tras la tormenta de las elecciones europeas, todo vuelve a su cauce en los centros de poder europeos.

Wolfgang Streeck

Director emérito del Max Planck Institute for the Study of Societies de Colonia.

Todos sus artículos en El Salto.


publicado
2019-08-22 07:04

Recuerdan ustedes “las elecciones europeas”? ¡Qué drama! Había que salvar Europa y con ella el clima, por no mencionar la democracia, la solidaridad social, la decencia humana en general… Hicieron falta tan solo unos cuantos días para que las cosas volvieran a su cauce habitual. Los gobiernos nacionales acordaron, al igual que los grupos “proeuropeos” presentes en el denominado “Parlamento europeo”, repartirse el botín entre ellos. (Repartirse el botín es la más alta competencia y la actividad más importante de los políticos en las democracias posdemocráticas).

Todo el mundo tenía que ser incluido, imponiéndose la nacionalidad sobre las “familias políticas”, que difieren mucho menos entre sí, si es que lo hacen en absoluto, de lo que lo hacen los Estados miembros de la Unión. (Los “antieuropeos” se hallan, por supuesto, excluidos; las democracias cortadas por el patrón de Bruselas no conocen oposición). Excluidas las cuatro “presidencias” —Consejo, Comisión, Parlamento, Banco Central— y quedando por ser cubiertos únicamente los restantes puestos de la segunda, cuyo ridículo número asciende a meramente veintiséis, uno por país (¿alguien puede imaginarse una sesión de trabajo de la misma?), todo el mundo se fue de vacaciones, dejando que Europa, el clima, la democracia, la solidaridad social y la decencia humana se la apañasen como mejor pudieran y como les permitieran Boris Johnson y Matteo Salvini, sin olvidar la ayuda prestada por Emmanuel Macron y Angela Merkel.

¿Recuerdan ustedes a Jean-Claude Juncker, el primer y último spitzenkandidat designado para ser presidente de la Comisión? Como spitzenkandidat era ya un simulacro, dado que nunca había sido miembro del Parlamento europeo, habiendo dedicado su vida política a sus funciones como primer ministro del poderoso Luxemburgo, mientras se empleaba también como cotizado asesor fiscal de empresas interesadas en buscar jugosas lagunas fiscales a la hora de cumplir sus obligaciones tributarias.

Habiendo ganado la familia política a la que se adscribía su partido únicamente el 29,5% de los votos de unas elecciones en las que tan solo participó el 42,6% del electorado, un prominente filósofo alemán declaró públicamente que “sería una bofetada a la democracia” si, a pesar de todo, Juncker no era nombrado presidente de la Comisión. ¿Ha percibido alguien algún progreso democrático durante los cinco años de su mandato? Cuando Merkel y Schäuble acabaron con Syriza, el presidente Juncker no dijo ni una palabra. Tenía contribuciones más importantes que hacer a la democracia.

A principios de 2018 el Parlamento europeo había votado derogar el horario de verano vigente en el continente, si las masas así lo exigían, para lo cual debían ser consultadas. En julio y agosto, la Comisión organizó una votación on line. En todos excepto en tres países la participación se situó por debajo del 1%; por mucho la mayoría de los votos provinieron de la hipocondriaca Alemania (participación del 3,8%; Austria, 2,9%). No importó demasiado, porque la Comisión anunció que “el 84 por 100 de los europeos quieren que deje de cambiarse la hora”, mientras Juncker prometía poner punto final al cambio horario antes de las elecciones europeas de 2019, como prueba de la responsabilidad democrática propia y de la UE.

La cuestión era que ni él ni el “Parlamento” tenían la competencia para decidir tal asunto. El asunto fue trasladado a los Estados miembros para que lidiasen con los problemas reales derivados de tal decisión: ¿un huso horario único para Portugal y Estonia? Las últimas noticias afirman que el nuevo régimen horario podría entrar en vigor, si es que lo hace, a lo largo de 2021. 

¿Y el ganador es…? Quizá hay uno y su nombre es Macron. Habiendo ayudado a Merkel a desembarazarse de su acabada ministra de Defensa, Ursula von der Leyen, ha logrado eliminar la charada del spitzenkandidat sin contemplaciones. Cuenta también ahora con una solida aliada en Bruselas, que apoyará su apelación a que el gasto alemán en defensa se duplique hasta alcanzar el 2 % del PIB, lo cual hará que Alemania gaste más por ese concepto que Rusia, una potencia nuclear. Además, en Berlín von der Leyen ha sido sucedida al frente del Ministerio de Defensa por la nueva presidenta, elegida unilateralmente por Merkel, de la CDU, Annegret Kramp-Karrenbauer (mejor conocida como AKK), ya involucrada en sus primeros problemas serios al frente del partido, que es una partidaria incluso más ferviente de que el gasto en defensa se sitúe en torno al 2%.

Ambas harán todo lo posible por arrancar a Alemania de su autoimpuesta restricción en cuanto a la exportación de armamento, que Francia no ve con agrado, porque desea fusionar las industrias armamentísticas francesas y alemanas para entrar a lo grande en el lucrativo mercado bélico internacional. AKK también trabajará duro para reducir, en nombre de la compartida “cultura estratégica” franco-alemana, los poderes disfrutados por el Parlamento alemán tras la Segunda Guerra Mundial sobre la decisión de todo despliegue de tropas alemanas en el exterior.

Añádase a esto la promoción de una francesa, Christine Lagarde, a la presidencia del Banco Central Europeo, que la convierte en la primera política no economista al frente de la institución, lo cual, sin embargo, dado el estado de la profesión en estos momentos, puede no suponer una gran pérdida.

El Brexit se aproxima, Italia bien puede estar encaminándose hacia su salida de la UE, Grecia ha vuelto a manos de su vieja aristocracia política, el régimen migratorio europeo se desmorona, al igual que el tratado sobre misiles nucleares de medio alcance, Estados Unidos está a punto de destacar tropas de tierra en Polonia, al lado de la frontera soviética, y el “Parlamento europeo” está de vacaciones. No es que ello produzca un gran daño, ya que no tiene nada que decir de cierta sustancia sobre ninguno de estos temas. ¿Por qué, pues, toda esa excitación en torno a las elecciones europeas? No necesitamos contestar a esta pregunta, porque simplemente ya casi nadie recuerda la mencionada excitación.

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