Opinión
Límites modernos, pedagogías decoloniales

Continuamos con el debate entre Helios F. Garcés y Santiago Alba Rico sobre izquierda y racismo. Los textos anteriores pueden leerse en El Salto y en Cuarto Poder.

Estatua de Colón en Barcelona
Estatua de Colón en Barcelona Nùria
Helios F. Garcés

publicado
2017-04-21 16:49

Especialmente desde que la tan magnética como conflictiva palabra “decolonial” comienza a sonar con creciente frecuencia –lo cual no quiere decir con mayor honestidad– en el Estado español, son cada vez más las voces que se preguntan aparentemente angustiadas, desorientadas e incluso a menudo airadas qué función específica deben ocupar las subjetividades occidentales construidas como blancas en la lucha contra el racismo.

Es de vital importancia advertir que los cuerpos/mentes que forman parte de las comunidades racializadas –sean cuales sean los marcadores que organizan las opresiones que les afectan– ya combaten suficiente violencia y complejidad como para destinar parte de su preciada energía en resolver las preguntas que las personas blancas lanzan sobre sí mismas desde la fanoniana zona del ser. No obstante, conviene permanecer en un estado de alerta políticamente sensible. Para comenzar no a responder dichas inquietudes, sino a reconducirlas con claridad, las palabras de Houria Bouteldja, que suscribimos enérgicamente y acogemos para devolverlas en forma de sugerencia a nuestros compañeros en la izquierda anticapitalista, llegan como aire fresco: “… que (los blancos) prioritariamente luchen por la descolonización de la izquierda”.

Teniendo en cuenta la pasividad general, la actitud de arrogancia y de preocupante desprecio con la que la militancia general del amplio espectro político del Estado español se niega a abordar todo lo relacionado con el racismo en sus propios territorios, es necesario reconocer y honrar el gesto que el filósofo Santiago Alba Rico ha tenido al recoger públicamente el guante y prestarse al debate. Acorde a las agudas palabras de Sadri Khiari: “Por ser la compañera indispensable de los indígenas (los racializados), la izquierda es su primera adversaria”, aseguramos que en estos momentos, al menos en el Estado español, las alianzas entre subjetividades racializadas antirracistas y los segmentos interesados de la izquierda etnocéntrica pasan necesariamente por afrontar una ardua y profunda discusión pendiente, cuestión largamente postergada.

Esta necesaria discusión a la que hacemos mención debe desarrollarse tanto en el plano epistemológico como en el terreno de las prácticas políticas, quedando atrás el tan nocivo como en realidad ilusorio límite que divide sectariamente ambos campos. A tenor de ello, aunque pueda resultar abstracto, es indispensable volver sobre los diversos enfoques que utilizamos para abordar el racismo, perspectivas teóricas desde las que inevitablemente respiramos. Para ello, es necesario reconocer que el ejercicio literario, aun cuando éste alberga pretensiones de cientificidad, emana de concepciones y categorías que se edifican sobre cuerpos. En los cuerpos/mentes –y esos cuerpos/mentes hunden sus raíces en ancestralidades– es donde se encarnan radicalmente nuestras nociones, preguntas y afirmaciones en torno al racismo y ahí es donde al fin dejamos de enfriarnos en la mera teorética para comenzar, ya sí, a vibrar y, reconozcámoslo también, empezar a arder. 

Herencias del antirracismo moral

Determinadas tradiciones del antirracismo occidentalocéntrico, lastradas por su cinismo epistémico, nos impiden clarificar cuestiones que resultan esenciales para abordar este debate. Según dichas perspectivas, la construcción de las identidades nacionales o culturales, en abstracto, explican y sitúan al descubierto per se el supuesto germen original del denominado problema racial. Tales aseveraciones contribuyen, en nuestra opinión, a extirpar artificiosamente el racismo moderno de sus coordenadas históricas y geopolíticas.

La problematización paranoica de la construcción de las identidades, sin tener en cuenta el mapa de jerarquías en las que se inscriben, se ha constituido como una hábil estrategia de evasión ante la responsabilidad occidental en la conformación del Estado colonial y sus consecuencias. Ante esta observación, la reacción de las personas progresistas racializadas en la blanquitud suele responder a su sentido inconsciente e interiorizado de culpa. Esto les lleva a negar la supuesta acusación personal, rechazando el temido veredicto antiblanco con cada nervio de su organismo. Tenemos que tranquilizar a los gadje; lo que nos interesa señalar aquí aludiendo a la responsabilidad política, no a la culpa, es la dimensión fundamentalista del universalismo occidentalocéntrico; dimensión que se internacionaliza a través de la modernidad situándose como centro epistémico del sistema-mundo, que impregna las relaciones sociales, los imaginarios simbólicos y que sigue vertebrando las reflexiones dominantes en torno al propio racismo.
No desechamos el “juicio”, no desechamos la “razón”. Desde el amor por nuestras propias cosmovisiones les sugerimos que si quieren seguir empleándolos, los descolonicen
Cedric J. Robinson dedica su histórico Black Marxism. The Making of the Black Radical Tradition a profundizar en el carácter racial del propio capitalismo. No se trata entonces de que el racismo cumple un papel en el seno de la economía política. Se trata de que es uno de los principios ordenadores que guían la organización estructural de los mecanismos culturales que conforman la racionalidad occidental moderna. El colonialismo y la esclavitud no volvieron locos a los europeos, sino que en base a los mismos se edificó la faceta sacrifical de su divina razón. Estos fenómenos no rompieron Europa, sino que sobre la explotación de los cuerpos y conocimientos que los sufrieron la edificaron. El racismo no es precisamente la sinrazón. Esto obliga, particularmente a los blancos sinceros de la izquierda, a poner en marcha un ejercicio de autocrítica radical.

El propio Kant, citado por Santiago Alba Rico en su artículo, fue una víctima representativa de la dimensión racializada de su categoría de razón, tal y como el filósofo nigeriano Chukwudi Eze, lector serio de Kant, analiza en El color de la razón. La natural y sana desconfianza que mostramos ante la idea de “juicio” que se maneja desde tales mecanismos culturales debería ser acogida no como voluntad nihilista –esta desconfianza no es una postura moral–, sino como expresión encarnada de sus demostradas quiebras, de su manifiesta incapacidad para enfrentar un problema que ese juicio, núcleo nervioso de una civilización, contribuyó a crear. No desechamos el “juicio”, no desechamos la “razón”. Desde el amor por nuestras propias cosmovisiones les sugerimos que si quieren seguir empleándolos, los descolonicen.

La izquierda centra sus esfuerzos en demostrar el carácter superestructural de la raza en el seno de la economía-mundo capitalista en lugar de atender a la forma en la que aparece y se formula la sensibilidad racial; la manera en la que dicha sensibilidad se sistematiza y mundializa. No basta entonces con pronunciar la palabra “racismo”, es necesario replantear los parámetros de verdad desde los que se relega al mismo a un lugar eternamente secundario, funcional, manipulable.

Pero en contra de lo que pudiera parecer, para entrar en contacto con tal perspectiva no es necesario, si es que se teme tanto hacerlo, renunciar al marxismo. Reestructurándolo, descolonizándolo e incluso transitándolo, célebres voces como las de Angela Davis o Enrique Dussel, entre tantas otras, han estudiado esta imbricación entre raza y clase y han ido más allá, en el caso de Davis, en lo que respecta a las imbricaciones entre raza, sexo-género y clase.

Problematizar la modernidad

El racismo moderno encuentra su matriz histórica en los procesos de higiene racial interior, colonialismo histórico y trata trasatlántica a través de los que se inaugura la Europa imperial; a partir de los genocidios/epistemicidios sobre los que se construye la Modernidad como proyecto civilizatorio occidental. Esta verticalidad autoritaria del poder colonial se manifiesta en las funciones administrativas, educativas, laborales, policiales, judiciales, sanitarias del Estado moderno aun cuando las administraciones coloniales desaparecen formalmente.
El racismo moderno encuentra su matriz histórica en los procesos de higiene racial interior, colonialismo histórico y trata trasatlántica a través de los que se inaugura la Europa imperial
Alba Rico está en lo cierto cuando afirma que pensarse como “no racistas” es propio de nuestras sociedades, aunque esta falsa conciencia a la que hace mención es propia de la ideología de la blanquitud. Desde ese lugar de peligrosa y racista ingenuidad, producto de una forma mediocre y tibia de acercarse al fenómeno del racismo, se explica la necesidad emocional de los intelectuales de la izquierda española por aferrarse a la recuperación acrítica de determinados ídolos modernos sin cuestionar su dimensión genocida. En lo que respecta a este asunto, es importante explicar a qué nos referimos cuando señalamos que nuestra forma de acercarnos al racismo se edifica sobre cuerpos/mentes que albergan ancestralidades.

Los monstruos blancos de la Ilustración

Un ejemplo entre tantos. Durante el siglo XVIII, el Estado español había llegado a la conclusión de que la mejor forma de llevar a cabo su antigua y persistente voluntad de reducir a los Kale –conservadores, primitivos y reaccionarios según los abanderados de la Ilustración– era someter de por vida a la comunidad romaní de la península y eliminarla de la faz de la tierra.

El Marqués de la Ensenada, adalid de la Ilustración española y líder ideológico de la Gran Redada de los Gitanos, ha pasado a la historia por haber introducido la racionalidad ilustrada en la construcción de los cimientos de la Marina moderna española en el siglo XVIII. No obstante, los Kale representan la dimensión sacrificial de la Ilustración, parte de la humanidad negada sobre la que se construyeron los mitos y las instituciones fundamentales de la identidad nacional.

Tarde o temprano, es inevitable caer en la cuenta de que cuando escuchamos la palabra “Modernidad” de ninguna manera podemos sentir lo mismo; su fascinación necesariamente nos repulsa. Ineludible, cuando pronunciamos la palabra “Ilustración” no podemos pensar lo mismo; su ilusión nos enmudece. Cuando la palabra “violencia” abre su espacio de muerte en nuestros estómagos, es nuestra ancestralidad la que nos interpela, recordándonos que nuestra herida sigue sangrando, que nuestra herida clama; que nos constituye.

Nos corresponde liderar la lucha que nos libere no de un conjunto de jaulas equiparables, sino de la férrea cárcel epistemológica, concepto que la pensadora islámica decolonial Sirin Adlbi Sibai usa en su libro La cárcel del feminismo. Hacia un pensamiento islámico decolonial. Peleamos por nuestras cosmovisiones y lo hacemos en las fronteras que la modernidad nos impone. No vivimos en la nostalgia premoderna, no en la argucia postmoderna; vivimos en el mismo mundo que ustedes y, sin embargo, nos habitan otros mundos que no conocen. Nuestros mandatos: a través del amor, renovar y curar los vínculos que la colonialidad ha dañado, restablecerlos profundamente a través de una ética decolonial; canalizar la ira y vehicularla para que desemboque en el océano adecuado. Efectivamente, ustedes deben pelear por esto: si el colonialismo no es su civilización; si es barbarie domesticadora, extirpen la barbarie de su civilización, la colonialidad de su modernidad. Háganlo incansablemente en el seno de sus propias identidades y movimientos. Es su civilización la que se muere, se nos impone trascenderla de una vez por todas.

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