Opinión
Ese dolor de todas

Decir que si las mujeres no tienen una presencia más destacada en la literatura es porque no alcanzamos la excelencia masculina supone negar la dimensión política e ideológica de la literatura, como si esta fuese una esfera luminosa al margen de la vida.

Olalla Castro Hernández

publicado
2019-07-21 06:00

Hace unas semanas, en una mesa redonda sobre literatura y mundo rural —donde la única escritora invitada era María Sánchez—, Fermín Herrero declaró lo mismo que unos años atrás ya había dicho Chus Visor: que el campo literario está libre de machismo y que mujeres y hombres nos situamos en él exclusivamente en función de la calidad de nuestros textos. Que si no tenemos una presencia más destacada es porque no alcanzamos la excelencia masculina, porque no estamos a la altura.

Decir algo así supone negar la dimensión política e ideológica de la literatura, como si esta fuese una esfera luminosa al margen de la vida, un espacio de pureza incontaminado. Implica obviar las relaciones de poder que configuran el campo literario, perder de vista quiénes han dictaminado históricamente qué es la buena literatura, creer en la posibilidad de un juicio estético puro, universal, objetivo y desinteresado que habría guiado a lo largo de la historia cada una de las praxis y discursos que han ido generando el canon literario. Decir algo así es escupir en la cara de Lotman, Bajtín, Cixous, Derrida, Kristeva, Foucault, Deleuze, Eighenbaum, Bourdieu, Eagleton, Adorno, Millet, Sontag; tachar de un plumazo prácticamente toda la teoría literaria del siglo XX. Decir algo así es como hablar de violencia intrafamiliar o juzgar a una víctima de violación porque no se resistió lo suficiente. Es minimizar el alcance de un sistema de explotación/opresión de género que lleva siglos funcionando y que se sustenta en una serie de desigualdades estructurales, de asimetrías incontestables que atraviesan lo material y lo simbólico hasta alcanzarlo todo.

Fermín Herrero se atrevió a insinuar que hoy en día ser mujer es una ventaja en el ámbito literario, que las cuotas y la discriminación positiva están arrinconando a los hombres

Pero es que Fermín Herrero se atrevió a ir más lejos al insinuar que hoy en día ser mujer es una ventaja en el ámbito literario, que las cuotas y la discriminación positiva están arrinconando a los hombres. Para apuntalar su discurso arrojó lo que él llamó un dato (dio igual que fuera falso) y señaló que las ganadoras del Premio Hiperión habían sido en su mayoría mujeres.

Pero la única realidad es que el Hiperión lo han ganado en toda su historia 31 hombres frente a 8 mujeres y que en los premios literarios, al igual que en las antologías, los libros de texto, los medios de comunicación y los festivales, la presencia de mujeres no sobrepasa aún el 20%, por más que esta terrible desproporción esté tratando hoy en día de repararse. Cuando María intentó disentir, él zanjó la cuestión aludiendo de nuevo a lo objetivo de las cifras: “Estoy dando datos del premio Hiperión, ¿acaso es machismo decir la verdad?”.

La verdad se inventa y los legisladores del lenguaje siempre fueron los mismos

Y ese es precisamente el problema, lo ha sido siempre: que la verdad se inventa, que la realidad se construye obedeciendo a los intereses de quienes detentan el poder, que el mundo es aquello que aseguran que es los que tienen en sus manos nombrarlo. Y los legisladores del lenguaje siempre fueron los mismos (los hombres, los blancos, los ricos), como siempre hemos sido las mismas las que hemos habitado en los márgenes de este, quienes hemos resistido susurrando. Y que esto permanentemente se disfrace, se disimule, se niegue, se minimice, se justifique, se esconda, resulta, como dijo María, profundamente doloroso.

Duele sentir sobre nuestras bocas esa mano sucia bajo la que seguimos mudas; duele tener que señalar a todas horas que el emperador está desnudo sabiendo que su séquito va a darnos la espalda. Pero con ese dolor que nos pertenece, con ese dolor de todas seguiremos buscando aquello que nos nombre: una chispa, un alud, un brillo, una semilla. Con ese dolor de todas diremos nuestro mundo. Y al decirlo, lo haremos nacer; será ya otro.

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