Música
Ismael Serrano: “Si algo define la canción de autor es conectar con sueños y anhelos colectivos”

Tras celebrar el vigésimo aniversario de su estreno discográfico, el cantautor madrileño Ismael Serrano firma la colección de relatos ‘El viento me lleva’.

Ismael Serrano
Imagen promocional del cantautor Ismael Serrano.

@ikerfidalgo


publicado
2019-04-06 06:00:00

En 1997, “Papá cuéntame otra vez” surgió como el himno de una generación que centró su mirada sobre la tradición de la canción de autor y una nueva hornada de cantantes que surgía entonces. Más de dos décadas después, Ismael Serrano no ha parado de sacar discos y de ser parte de un relato generacional que ha ido creciendo junto a él. Su música siempre ha estado cerca del desarrollo social y político de su tiempo y en esta conversación repasa sus orígenes, dudas y deseos.

¿A qué realidad le cantaba el Ismael Serrano de hace 20 años y el de ahora?
Quizás sirva como respuesta la evolución durante estos 20 años de “Papá cuéntame otra vez”. Cuando yo la empecé a cantar suponía la voz de un joven reprochando a sus padres el mundo que nos habían dejado. Ellos habían construido un relato edulcorado de una realidad que si bien tuvo mucho de épica, también de renuncia. Desde la arrogancia de mi juventud hacía ese reproche cargado de una ironía que no todo el mundo supo entender. Con el paso del tiempo, sería de caraduras pensar que sigo siendo el mismo joven que desafía aquella herencia. Ahora mismo la canto por la necesidad de encontrar un relato que contar a mi hija.

Sin embargo, tu también formas parte de una época política propia.
Si, cuando yo empiezo mi carrera a mediados de los años 90, prácticamente acababa de caer el muro de Berlín y se derribaban las estructuras políticas con las que habían crecido nuestros padres. Frente a los partidos políticos, surgían otros espacios de protagonismo con el auge de las ONG, el alzamiento zapatista de la mano del Subcomandante Marcos y la explosión del movimiento altermundista. Había una búsqueda constante, no teníamos claras cuáles eran las respuestas, pero sí cuáles eran las preguntas. A día de hoy, con más de 40 años, reconozco que quizás no fuimos capaces de articular un discurso propio. Para mí, las denuncias siguen siendo las mismas y todo eso sigue estando latente, pero tengo un sentimiento de no haber podido asumir las responsabilidades que nos correspondían.

Pareciera entonces que hablemos de una generación intermedia, que se sirve de la nostalgia de épocas anteriores y que llega al 15M con el escepticismo propio de la edad. ¿Podemos hablar de fracaso a la hora de buscar ese espacio propio?
[Suspira]. Hablar de fracaso sería resignarnos a que no nos queda más por hacer y no quiero resignarme a eso. A lo mejor hemos perdido la oportunidad de ser protagonistas, como debe ser la juventud en todo proceso de cambio, pero eso no quiere decir que no podamos acompañar y dar fuerza a todos los cambios que vienen y a una juventud que se mira a sí misma. Para mí, el 15M supuso entre muchas cosas una generación que se asumía como protagonista. Si bien muchas reivindicaciones tenían que ver por no verse aceptados como parte de un sistema, el grueso del movimiento era un cuestionamiento directo a la manera de funcionar de nuestra sociedad.

Esos espacios de protagonismo han vuelto a virar.
Sin duda, el protagonismo de hoy pertenece al feminismo. Debemos saber dar un paso a un lado, ceder espacios de visibilidad y acompañar de otra manera. Para mí, las mujeres son la clave, no solo como la resistencia al fascismo que se nos viene encima sino también en el cambio que tiene que venir. Por lo mucho que se juegan y porque son conscientes de que son un sujeto político determinante en la construcción de otros modelos de futuro.

Se abren entonces otros espacios de lucha política.
Bueno, es que una de las reivindicaciones básicas del feminismo es una cuestión muy cruda, que es la supervivencia. ¡Es que las están matando! Por supuesto hay también una herencia de años y años de una opresión patriarcal en los propios modos de vida y no son una minoría que se pueda excluir a través del discurso del odio, son una fuerza muy grande.


Volviendo al nacimiento de tu carrera. Desde el primer disco en 1996 llevas cosechando éxito tras éxito. Un público fiel, giras por el Estado y por Latinoamérica en las que eres recibido con un cariño desbordante. Desde esta rutina, ¿has tenido miedo de perder la perspectiva?
Claro, me pasa diariamente y de hecho creo que el reto es ese. Hay que revisarse constantemente y aceptar que uno vive con contradicciones entre lo que le gustaría ser o cómo le gustaría que fuera el mundo y cómo vive. Trato de ser honesto y sobre todo de ser permeable. El mayor riesgo de dedicarse a esto es acabar encerrado en una burbuja y perder la conexión con la realidad para hablar de cosas que no le interesan a nadie.

Si algo define la canción de autor es conectar con sueños y con anhelos colectivos y si estas lejos de eso, difícilmente puedes encontrar hilos que te aten a ese sentir compartido. Yo vivo en un conflicto permanente, pero entiendo que como cualquiera que tenga determinados valores que chocan en el día a día con un mundo que no permite otra cosa. La clave es no presentarse como ejemplo de nada y encontrar el equilibrio.

Siempre hay canciones que parece que hablan de quien las escucha, que conectan un relato íntimo con un espacio de identificación colectiva. ¿Crees que reside ahí la capacidad transformadora de la música?
Pues en ese conflicto vive uno. Hasta qué punto tu canción incide o influye en algo, o por el contrario contribuye a sostener un sistema que alimenta el espejismo que nos dice que se puede disentir. Hasta dónde eres utilizado como excusa para el modelo, o es real lo que sucede. Quiero pensar que la música sirve para crear espacios de encuentro y más aún en sociedades que tienden a la atomización y a la ruptura de vínculos. Creo que la música nos ayuda a pensar que no estamos solos y a recuperar una esencia de inquietudes compartidas. Con todo, uno siempre se cuestiona hasta dónde es un objeto de consumo y si los valores que transmite son consumibles de usar y tirar.

La música contribuye también al relato de la memoria. En tu último disco, Todavía (2018), reaparece la canción “Al bando vencido” (1998) mientras asistimos al auge de la extrema derecha. ¿Necesitamos las canciones para no olvidar de dónde venimos?
A mí la música me ha ayudado a crear una identidad propia. Me ha educado sentimental y políticamente. A ser parte de un tiempo por el que transitas con mucha otra gente. Es curioso cómo algunas canciones adquieren vigencia. Yo la compuse con mis abuelos vivos y ahora su generación está a punto de desaparecer. Lo bonito de las canciones son también su valor testimonial, que apelan a la memoria como valor indispensable para poder afrontar las adversidades.


En el trabajo cultural y por supuesto en la música, la precariedad inunda cualquier opción de vida digna. ¿De qué crees que es síntoma?
La precariedad se instala en lo cultural igual que lo hace en todos los ámbitos y es síntoma del mal estado de salud de nuestro presente. La realidad de cómo la vocación del artista parece el motor suficiente para justificar una dedicación sin oportunidades es comparable a la cantidad de becarios que asumen puestos de trabajo sin la remuneración que merecen así como tantas otras cosas. Tiene que ver con la devaluación del trabajo y en la cuestión cultural es a veces mucho más visible.

¿A qué te refieres?
Ahora mismo las grandes plataformas musicales ponen a nuestra disposición contenidos constantes que en ocasiones en nombre de la visibilidad eclipsan todo el trabajo que hay detrás. Pero esto también pasa en campos como el periodismo, por ejemplo. La visibilización como moneda de cambio, es una perversión de las relaciones laborales.

Ahora mismo estás inmerso en una gira acústica dentro de las celebraciones del 20 aniversario, que continúa el espectáculo que presentaste el año pasado acompañado con una banda y una producción casi teatral. Hay una vuelta a la esencia de la canción de autor y al enfrentamiento directo con el público. ¿Cuáles son los pros y los contras de este formato?
Bueno, sin duda estás mucho más expuesto con lo cual, los errores tienen un único responsable y uno no puede parapetarse en ningún lado [ríe]. Cuando estás en una banda, formas parte de un grupo que te protege. Bien es cierto que el estar solo, te permite ser más impredecible, manejar espacios para la improvisación y otras dinámicas para el tiempo del propio espectáculo. Correr cuando es preciso, ralentizar los ritmos o incluso gritar cuando la ocasión lo merece.

Y, por supuesto, la relación con el público.
Estar solo con la guitarra te acerca a la gente, eso es indudable. Se genera una complicidad sin intermediarios y mi propuesta tiene ver más con una guitarreada entre amigos. A mí nunca me ha gustado el modelo de artista que se sube al escenario y que parece un animal mitológico casi intocable. No quiere ser falsa modestia, pero es verdad que yo manejo otros códigos diferentes y es fundamentalmente porque yo me he formado como artista en los cafés y los bares en donde se recibe la energía de otra forma.

Incluso en la gira pasada, que si bien contaba con una escenografía y una interpretación mucho más reglada, el espacio de la escena representaba una vuelta a tu propia intimidad y el concierto se desarrollaba en un desván plagado de recuerdos.
Desde el inicio, tengo obsesión con no perder ese vínculo. Incluso cuando hago un gran despliegue de producción necesito que no deje de ser honesto, que siga siendo verdad aunque yo esté siguiendo un guión. Eso me pasa desde el principio, no perder nunca el ancla del origen. Los músicos somos como niños pequeños, no sabemos gestionar el miedo a la soledad o al paso de tiempo y necesitamos estar siempre atendidos. Esto es casi una confesión, pero a lo mejor tiene que ver con el papel que uno representa a través de la canción. Parece que te sientes en falta permanentemente y es algo de lo que me he ido despojando.

Es entonces señal de un aprendizaje.
Cuando era joven me ponía solemne, rotundo y circunspecto, no solo con las canciones, también a la hora de hablar o con los medios. Con el paso del tiempo, me he ido tomando menos en serio y me doy cuenta de que uno es muy ignorante y de que lo único por lo que debo esforzarme es por no dejar nunca de ser permeable.

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