Música
La Casa Azul, pop al cubo

Siete años después, Guille Milkyway regresa con un nuevo disco de La Casa Azul. Cada vez más acompañado, su música sigue ofreciendo paradojas: ofrece canciones que respiran pesadumbre pero lo que suena contrarresta lo que quiere plasmar.

La Casa Azul
La Casa Azul, en uno de sus últimos conciertos en Madrid. Álvaro Minguito

publicado
2019-04-04 06:00

Se echaba mucho de menos a Guille Milkyway. Demasiado. Envuelto en un sinfín de empresas ajenas a sus propias canciones y a imprevistos inesperados, el retorno de La Casa Azul se fue estirando en el tiempo como un chicle Boomer sin fin. Pero, después de siete años, La gran esfera ya ha impactado: el meteorito que el planeta pop estaba esperando para, más que nunca, devolver la atención a su eje de atracción. Sobre todo ello, y sobre las bondades de su reciente clásico instantáneo, nos habla Guille como únicamente sabe hacer: a flor de piel.

Durante estos siete años sin un álbum de La Casa Azul has estado rehaciendo un disco de Nino Bravo o remezclando a Camilo Sesto, entre muchas otras cosas. Creo que tu labor tiene un punto interesante de dignificar cosas que, incluso, son tendentes a la burla y el menosprecio. Algo totalmente impensable en la cultura inglesa. En España, la mentalidad siegue siendo muy rockista. ¿Hasta qué punto sigue habiendo un punto de menosprecio al pasado del pop español?
No sé, es algo que yo también me pregunto muchas veces. Supongo que responde a muchas cosas a la vez. Una que veo clarísima es por el devenir sociopolítico que tuvimos la desgracia de vivir en España, de dictadura, y una posdictadura compleja. Digamos que, en ciertos sectores, como que se repudia, sin centrarse en ninguna clase de espíritu crítico, en general. Hay un manto ahí como que todo lo cubre, por el que es muy difícil acercarte a ciertos discos.

Por otro lado, pienso que tenemos este carácter de centrarnos mucho en los personajes. Esa cosa construida alrededor de las cosas. Me da la sensación de que a cierta gente se le hace difícil poder hablar de “Vivir así es morir de amor” sin hacer antes una especie de análisis de la figura de Camilo Sesto, del personaje. Y eso pasa con mucha gente. Pasa con Raphael, pasa con Julio Iglesias. Es muy difícil hablar de sus discos, de sus arreglos, de la misma producción de las canciones. Aspectos puramente artísticos, musicales, sin pasar por ahí. Y luego, supongo que otras cosas que tienen que ver con el carácter de aquí. Supongo que el pop no forma parte tanto de nuestro ADN, en cuanto a raíz. Supongo que es una suma de todas estas cosas. Eso sí, creo que va a menos, claramente. Pero bueno, es algo que está ahí.

En este sentido, creo que tanto Elefant como Antonio Galvañ, Paco Tamarit y tú habéis sido muy importante en esto último.
Cuando mencionas a todos estos, creo que el punto total de unión va bastante por ahí: de partir de una base. Todos tenemos prejuicios, pero sí que tenemos un gusto más desprejuiciado de lo que hemos estado acostumbrados a tener a nuestro alrededor. Tiene un nexo de unión, independientemente ya de gustos. Pero sí, yo, por ejemplo, con Elefant, digamos que, desde el segundo cero, mi conexión fue a través de poder hablar con libertad de cualquier disco, independientemente de lo que acarreaba el personaje, el momento, lo que representa ese disco en esa especie de idea común. Y con Antonio y Paco, igual.

De hecho, Paco Tamarit está ahora en tu nueva banda. ¿Qué supone para ti poder contar con un músico de su capacidad, con su fabuloso pasado en Serpentina?
A ti te será fácil entender que la conexión que tengo con Paco, a todos los niveles, es un poco como encontrarme con esa especie de alma gemela que uno siempre anhela, que muchas veces no se encuentra. Como músico, Paco roza la excelencia total, también como amigo, respecto a nuestro acercamiento a la música, al arte, en general, y a todo. Para mí hay una especie de simbiosis que es muy importante. Y luego, su capacidad para observar desde un prisma más bondadoso. Se lo digo casi cada día, cuando quedamos para ir a ensayar o tocar. Él toca muchos palos, está muy acostumbrado a tocar en grupos con una vertiente más rockera, por decirlo de alguna manera. Con La Casa Azul, tengo la sensación de que él también se libera un poco de eso. Un día me dijo que, con La Casa Azul, hay momentos del concierto que duda si es del grupo o el público. Tiene esa sensación de poder disfrutar del concierto desde la vertiente del que lo está viendo. Eso es algo que también he querido muchas veces que me pasara a mí, con mi propio grupo. Paco simboliza muy bien un punto de inflexión en mí, como músico, y del grupo.

De hecho, he leído que para próximas grabaciones te has llegado a plantear comenzar a hacer cosas en estudio en formato banda.
Claro, para mí es una cosa que me ha costado mucho toda la vida. También debido a mi forma de trabajar. Con el paso del tiempo, mi proceso creativo se ha ido cada vez más a un todo a la vez. Cada vez me cuesta más separar fases en lo que es la composición, la grabación, la producción, los arreglos. Porque va todo a una.

Me he acostumbrado a trabajar muy de dormitorio, y he llevado eso un poco al extremo: construir un estudio alrededor de esa idea con todos los medios, con todo el acceso a la parte técnica, para que todo suene como debe sonar. Esa es mi forma de trabajar. Pero sí es cierto que el hecho de haber comprobado que no haber seguido con esta idea en directo, sino haberme preocupado por crear una banda, por sonar como pensaba que debíamos sonar, lo ha cambiado todo de golpe. A mí me ha transformado mi vivencia en directo. Ahora disfruto, y creo que ofrecemos algo artísticamente mucho más interesante que antes. Y hace plantearme que, en un futuro, eso tiene que pasar de alguna manera. También estoy viendo que cuando sí creas esa simbiosis, eso ya no se va a alejar tanto del proceso artístico como hasta ahora. Con Paco, estamos hablando, y le puedo decir: “Aquí lo que veo es algo de tipo tal”, y automáticamente no solo entiende esa idea, sino que la supera, digamos. Su acercamiento a eso es mejor que lo que tienes en la cabeza. Por ejemplo, esto me ha pasado ahora con algunas canciones, como “A T A R A X I A”, que claramente ahora es más bonita en directo, y es por su trabajo, por sus guitarras.

Ahora que citas “A T A R A X I A”, pienso en la producción de este disco, que es de un perfeccionismo casi kubrickiano. Me vienen a la cabeza cortes como “El momento” y “Ivy Mike”, y hacen preguntarme cómo llegas a resolver puzles instrumentales con una red interna de tal complejidad para que suenen esencialmente pop.
Sí que entiendo que la gracia de todo se perdería si, al final, la canción no sobrevive por encima de todo, y no se escucha el pop en el sentido que yo le quiero dar. Paco y yo lo llamamos “chiribitas”: si eso pasa a ser un análisis secundario del que lo está escuchando, que para mí es como debe ser. A mí me pasa mucho con cosas que me gustan, que me parecen súper interesantes y que las disfruto a nivel auditivo, pero que no transcienden. Es una escucha agradable e interesante, pero donde no sobrevive esa idea central, que es la canción. He hecho mucho esfuerzo para mejorar en esto. Creo que me ha pasado en toda mi vida artística. Y cada vez soy más crítico conmigo mismo. Está muy bien divertirse e intentar reproducir esta maraña que me divierte, que está en mi cabeza, y seguir mi instinto a la hora de decidir que se queda y que no para que sobreviva la canción. Creo que es algo que considero que hago mejor que antes.


Con La gran esfera, me ha pasado como cuando escucho ABBA: mini dramas bermangianos como “The Winner Takes it All”, cuya medicina la es misma música de la canción. Como el salvavidas que te salva de lo que dice la letra. ¿Hasta qué punto la parte instrumental es la cura para el dolor de la lírica de canciones como “El momento” o “Nunca nadie pudo volar”?
Te mentiría si te dijera que eso es lo que he querido buscar. No es así, realmente. Y soy muy fan de aplicar esta clase de trucos y fórmulas para esa cosa del pop que hace que las cosas funcionen. Pero en este caso sí me doy cuenta de que es así. Y no es muy glamuroso decirlo, pero esa cosa terapéutica, lo que he querido narrar con todo este disco, con las canciones —algunas están aquí, otras no—, era una debacle. En realidad, la decadencia de la relación de pareja de largo recorrido. Y nunca tuve la intención de narrarlo desde una perspectiva festiva. A veces, también te digo que esto también es una carga: he querido hacer canciones claramente que respiren pesadumbre a todos los niveles, y al final siempre hay ese elemento de la música que está contrarrestando eso mismo que quiero plasmar. Supongo que es una jaula de la que me cuesta salir.

Tal como en “Podría ser peor” y “El final del amor eterno”, la nostalgia resuena como un punto de motivación para encarar el futuro y no algo perdido en el pasado. En cierto modo, casi suena como un disco conceptual en torno a este tema. ¿Componías las letras bajo esta idea en conjunto o fue algo que fue saliendo de forma natural?
Realmente no era así. Con este disco, simplemente, era describir la decepción del mundo que te cae encima, y no ser capaz de tirar adelante. Simplemente hacer una descripción de eso, de la manera más cercana a como yo me he sentido. Y ese contrapunto que comentas. El origen de estas canciones no ponían tanto el foco en mí ni en esto de utilizar esta nostalgia para encarar el futuro. No revivir la nostalgia, sino crear un halo de esperanza alrededor de eso, y eso es algo que surgió al final de todo. En el último año, ha sido cuando retomé algunas canciones.

Precisamente, me di cuenta de que mi propia situación se estaba empezando a desmarañar. Ver un poco más la luz me hizo darle este punto de ver que la nostalgia es jodida. Tratarlo físicamente. Al haber dado este punto de esperanza al disco, la propia nostalgia ya no es como un gancho con el que colgarte.


Por cierto, integrar términos en una canción pop como “morfogénesis mental” es vainiquero a tope, igual que los términos nucleares en “Ivy y Mike”.
Precisamente, el otro día, viajando con el grupo, escuchamos una canción del último disco de Vainica Doble. Y, de repente, dicen “me hallo en un brete”, en medio de una imagen muy poética. Y, de golpe, ¡plas!, rompe con todo eso. Esta clase de recursos te ayudan a la hora de visualizar una imagen. Decir “morfogénesis mental” es mucho más esclarecedor que intentar explicar este cambio de paradigma. Sobre todo, si encuentras una manera de romper la narrativa de golpe y que, además, facilite que la imagen sea más clara.

Al igual que ritmos de base trap como en “A T A R A X I A” o los guiños a las cuerdas de la ELO, en La gran esfera hay toda clase de cruces temporales en el sonido. ¿Hasta qué punto eres consciente de estar creando un mural que refleja la exaltación de la liturgia pop?
Para mí, el disfrute de la música parte de ahí. Está claro. Así es como vivo la música pop, y me apasiona: de la misma manera que he sido influenciado para poder escuchar todo, cualquier cosa. Por eso mismo soy muy consciente de todo lo que hago. Para mí, ese acercamiento transversal al sonido es la clave. Y te diría que tiene mucho que ver con lo que me comentabas antes de “The Winner Takes it All”. En el fondo, todo este tipo de cosas, y el hecho de que la escucha sea descifrar, refleja que yo también me divierto mucho en el estudio. Juego muchísimo con las cosas del sonido, con los momentos. Muchas veces, también se trata de ese acercamiento. En la música pop, al menos en lo que yo hago, creo que juega un papel importante, y tiene sentido si al final transciende al simple juego, y emerge el discurso propio de poder expresarte artísticamente. La verdad es que me divierto. Ahora estoy en una época muy activa en el estudio, con el grupo. Y me interesa mucho esa cosa de volver a mezclar mucho todo. Es que, de hecho, es como a mí me gusta, como me siento. Yo cuando entraba de pequeño en la tienda de discos, era lo que hacía: para escuchar en el tocadiscos, cogía toda clase de cosas a la vez, y muchas me interesaban. Y así es como lo sigo haciendo.

Al igual que Vainica Doble, Sparks, ABBA o la misma ELO, creo que, más que nunca, tus estribillos buscan el límite del lirismo. El mismo que podía hacer que Vainica Doble pudieran llegar a recordar a Mocedades en algún momento. Equilibrismo sin red que puede hacerte caer del sentimiento a la pomposidad. Como podría haber pasado en “El colapso gravitacional”. No sé si eres consciente de poder caer en eso.
Totalmente de acuerdo. Es una línea muy fina. Y es tan fina que, claramente, a veces caes. O no te das cuenta hasta el último momento. Lo que pasa es que no puedo hacerlo de otra manera. Tal como yo lo vivo, tiene que ver con la no contención. Dar rienda suelta un poco a eso. La no contención para mí es clave para poderme realizar: en el estudio, tocando o haciendo canciones. Lo que pasa es que tienes que tener esa visión externa para saber de qué lado estás cayendo, más que nada porque eso se puede girar en contra tuya. Es por lo que tú dices: cuando algo ya no te gusta porque crees que ha caído en el lado incorrecto y que eso mismo se lo está comiendo. Bueno, es un problema para uno mismo porque luego ya no te podrás identificar con lo que has hecho. Y a mí me ha pasado millones de veces. También te diré que la caída tiene que ser muy clara para que yo pueda sentir que ya no es válido. Puedo escuchar cosas con un disfrute total y profundo, con una capacidad que otra persona quizá ya no tenga para aceptarlo como lo hago yo o Paco. En este sentido, los dos somos iguales. Nuestro límite está lejano. Pero mucho, vamos.

Hay una frase que me encanta, “exhausto de tanto equilibrio interior”, de “Hasta perder el control”, que me parece un acto de rebeldía y crítica brutal.
Tiene que ver con esto que te comentaba: esas búsquedas un poco exageradas con la contención, el equilibrio. Es que al final son nocivas. Es complicado, son cosas a las que todavía no les veo solución. Yo recuerdo que esta canción me puse a escribirla un día que salía después de ir a yoga, que es una cosa que me ha ido bien, como al que le va bien ir al fútbol. Pero llega un momento en que eso mismo te está comiendo por dentro. De tanto equilibrio interior, a ver si va ser peor el remedio que la enfermedad. Y me ha pasado. La canción va un poco en clave de humor. Bueno, no de humor, de un submundo creado alrededor de esa idealización del equilibrio, que es absurda. Es esa gente que vive una vida de frases hechas, de conceptos. Estás ahí en la búsqueda de equilibrarte un poco, pero hay gente que se cae, y no se da cuenta.


Siete años desde La Polinesia meridional. Entiendo que en todo este tiempo no has parado, pero ¿por qué tanto tiempo hasta La gran esfera? Y cómo es posible que, con semejante lapso temporal, sea tu álbum más homogéneo.
Este disco tenía que haber salido hace unos tres años. El hecho de que no sea así ha sido una carga, un agobio. Lo que más ganas tenía era sacar el disco para quitármelo de encima. No ha respondido a una especie de elección por querer limar hasta el último detalle. En este sentido, no tiene nada que ver. Todo lo contrario. Lo que pasa es que han ocurrido varias circunstancias a la vez, y todas no queridas. Evidentemente, sí que hay algo de incapacidad mía por cerrar las cosas, por dar los pasos por terminados. Pero esa no es la parte principal del retraso. Ha habido circunstancias personales, de salud. Y luego, que me haya empezado a meter en cositas varias, muy variopintas, también respondía un poco a, por equis razones, no poder dar por terminado el disco, y estar harto. Entre otras cosas, quería retomar pequeños espacios de respiro y tiempo. Era un bucle que se iba repitiendo. Me ponía con algo que ya no me interesaba, y a empezar con otra cosa. Cualquier excusa era buena para no volver a ello. También hubo un tema de salud, un desprendimiento de retina, que me rompió un poco todo. Me tuvo parado, con mucho dolor, mucho miedo. Al final, con todo, ha salido así. Y le he podido añadir esta visión, que me parece mucho más interesante que en su origen, que era solamente descriptiva.

De hecho, La gran esfera es un reducto de esperanza ante la dinámica actual, donde el formato álbum cada vez tiene menos peso para las nuevas generaciones, y es más difícil encontrar discos donde todas las piezas tengan un peso dentro del conjunto final.
Sí, puede ser, porque La gran esfera sí está montado con una intención de álbum. También te digo que ahora puedes dar más visibilidad a canciones que, si estuvieran dentro de un disco, no se verían tan bien que sacándolas como canciones sueltas. El álbum seguirá siendo una opción. Quien quiera hacer un disco, lo puede seguir haciendo perfectamente. Y, en cambio, antes no podías decidirte a estar sacando singles continuamente. El disco lo puedes hacer y, además, puedes optar por esta otra vía durante cierto tiempo. Entonces, no sé. Yo sigo escuchando discos enteros.

La gran esfera lo veo como tu disco más visual.
Sí, de hecho, es algo que siempre me ha interesado y, probablemente, cada vez es más explícito. Yo creo que también viene un poco dado porque cada vez me siento más seguro a la hora de producir: la capacidad para controlar, ver cómo encajan las cosas. Eso hace que pueda proyectarse mejor el aspecto más visual. Además, estoy haciendo lo mío, lo tengo muy presente: la proyección de luz, de los sonidos, el aspecto visual de lo que estás escuchando y la capacidad de expresión que te da eso. Pero creo que, más o menos, siempre me ha interesado. No sé si es una cosa más adulta. No sé, de golpe, he tenido unos cambios. Por ejemplo, tengo la necesidad de hacerlo todo de forma más reposada y, a la vez, me interesa mucho más el sonido en sí, la capacidad expresiva de los sonidos, el ritmo. Pero ya te digo que todo va muy unido a saberlo hacer. A lo mejor antes quería pero no podía. Y en eso también ha tenido que ver este impasse de tiempo, que también me ha obligado a aprender a hacer las cosas como las quería hacer en realidad. Porque estaba atrapado ahí. Y pensé que si quería continuar haciendo discos, tenía que aprender cosas que ahora sé cómo hacerlas a nivel técnico. Esa seguridad te da mucha más libertad para controlar el resultado final.

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