Medios de comunicación
Las gafas de realidad unidimensional de la prensa digital

David Jiménez polemiza sobre la relación entre el Ibex 35 y los medios de comunicación, pero la cultura empresarial de Silicon Valley no solucionará nuestros problemas.

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David Jiménez, autor de ‘El Director’. David F. Sabadell
Ekaitz Cancela

publicado
2019-05-14 06:00

Hace tres años, durante la inauguración de un Congreso patrocinado por Telefónica, el entonces director de El Mundo salió a la palestra y pronunció las siguientes palabras ante una audiencia repleta de aficionados al periodismo digital: “El cambio de mentalidad no tiene vuelta atrás (…) el matrimonio entre tecnología y periodismo es ya para toda la vida, sin él sería imposible la profesión periodística”.

En un discurso entusiasta sobre las oportunidades de internet, David Jiménez añadió que estamos ante “una transformación que sabemos que es necesaria y, sin embargo, todavía hay compañeros que ven en todos estos cambios una posible amenaza y que se aferran a la nostalgia como antídoto contra estos y con la idea de que un pasado siempre fue mejor”.

Es posible que en las escuelas de periodismo de Harvard, donde Jiménez realizó en 2015 una estancia que consideró “transformadora”, la tecnología no sea entendida como un producto socio-histórico, es decir, que su desarrollo se encuentra sujeto a luchas constantes. Este argumento, pese a que no parezca relevante para alguien curtido en el arte de narrar revoluciones, resulta central a la hora de evitar toda clase de promesas tecnosolucionistas. También para evitar que los discursos corporativos bloqueen las iniciativas políticas en favor del bienestar colectivo.

Por eso, a fin de valorar la función social de los periodistas y el estado de la deliberación pública en este presente digital, hemos de tener en cuenta la manera en que se construye la ideología dominante. Nos referimos a una serie de relatos difusos caracterizados por depositar sus esperanzas, sea sobre el devenir de la prensa o de la democracia, en manos de los nuevos capitalistas tecnológicos, quienes ponen en jaque ambas creaciones de la modernidad con sus modelos de negocio. Y más concretamente, a las disertaciones que reproducen la forma de concebir el mundo de las empresas new age mediante el ataque a élites un poco más pasadas de moda.

Básicamente, esto es lo que nos encontramos en El director (Libros del KO, 2019). A su autor, colaborador de The New York Times, le bastan unas cuantas páginas de polémica bien aderezada con anécdotas sobre la compra de voluntades periodísticas, las presiones políticas o la primacía de los interés empresariales sobre el derecho a la información para culminar que el periodismo puede recomponerse de su “crisis moral” y erigir estructuras empresariales más eficientes gracias a las tecnologías digitales. Para ello, nos dice, hemos de acabar con la hegemonía (Jiménez usa el vocablo “triunfo”) de los mediocres, es decir, enterrar a los dinosaurios periodísticos que no se hayan adaptado al famoso lema Move Fast and Break Things.

Si bien resultan necesarias las narraciones sobre las dinámicas del poder corporativo, aún si cabe más descarnadas en el capitalismo a la española, hemos de ser muy cuidadosos a la hora de emplearlas para responder de manera más amplia a los problemas que afrontan nuestras sociedades. El riesgo, como evidencia este manuscrito: terminar asumiendo las mismas lógicas sistémicas que nos han traído hasta la crisis presente, por mucho que se vendan con otro naming en el mercado de las ideas.

Ello implica entender el neoliberalismo, una palabra que no contempla el vocabulario de Jiménez, ya no solo como una ideología, sino como un proceso de mercantilización que se remonta largos años atrás y que aún no ha sido extirpado. De este modo descubriremos la función histórica de los periódicos: proveer a los hombres de negocios (la mayoría lo eran y lo siguen siendo) información actualizada y veraz sobre los mercados en los que participan.

La prensa es la expresión de una forma de transmisión de conocimiento determinado y sus principios dependen de un sistema de comunicaciones diseñado de acuerdo a la economía de mercado

Y pese a que la libertad de opinión, juntos a otros derechos políticos conquistados en el Siglo de las Luces, permitiera a las imprentas adquirir una labor mas noble como herramienta al servicio de la burguesía ilustrada, ello no significa que se alterara su función. Seamos claros: la prensa es la expresión de una forma de transmisión de conocimiento determinado y sus principios dependen de un sistema de comunicaciones diseñado de acuerdo a la economía de mercado, la cual también determina la opinión pública. Si estas estructuras han sufrido una transformación radical, ello hemos de investigarlo, no dejarlo en manos de la intriga y, mucho menos, confiar en las empresas privadas que han tomado la batuta de estos cambios.

Uno de las cuestiones más relevantes a este respecto es que ese capitalismo industrial retratado por el periodista Karl Marx dio lugar al auge de los mercados financieros y al sistema de precios defendido sin tregua por uno de sus ferviente críticos, Friederich Hayek. Ello provocó un fuerte estrés en el modelo de funcionamiento de los periódicos, quienes siguieron la idea del pensador austriaco y comenzaron a competir ferozmente con los anunciantes por la atención de los otrora ciudadanos que participan en la esfera pública. Hace 40 años comenzaba a ser más necesario ilustrarlos sobre cómo comportarse en los mercados, descubrir novedades en estos o entregarles herramientas informativas para que se emanciparan gracias al consumo racional.

De este modo, el proceso de creación de opinión (clave en la idea de libertad de la Ilustración) fue reformulado en líneas neoliberales a fin de que el sistema capitalista se consolidara en buena parte del mundo, no solo como algo coherente y legítimo, sino como la única opción viable. Los periódicos compitieron por bonos de reputación para llevar a cabo dicho cometido y así cobrar enormes sumas a quienes más tarde quisieran explotar su marca, cuantificada en torno a la llamada credibilidad, y así seguir justificando su utilidad en el mercado.

Para comprobar cómo se plasmó la ideología neoliberal en la subjetividad del homo periodisticus es necesaria una investigación sobre el trasfondo psicológico, antropológico e histórico del ser humano. Aunque algunos estudios académicos nos ofrecen pruebas suficientes de cómo el tratamiento periodístico sobre Wall Street o la City convirtió a las financieros de altos vuelos en autoridades fiables sobre política económica. Los contenidos sociales, o críticos, dejaron de cotizar al alza en las páginas de apertura.

Cuando este modelo se derrumbó, los periódicos fueron los primeros en pagar el rescate al sistema con la absoluta degradación de su función y la pérdida de credibilidad. Este dato se ignora en la exposición autorreferencial de Jiménez, quien sigue el estilo inaugurado por José Antonio Zarzalejos para concluir vagamente que “la crisis se había convertido en la coartada perfecta para romper algunas de las reglas sagradas del oficio”. Solo en lo que parece un suceso puntual acaecido en 2008, este afirma: “El mercadeo de información había contaminado incluso el mítico género periodístico de la entrevista, que ahora se ofrecía a cambio de publicidad o dinero”. ¿Este es el único efecto destructivo de la forma mercantil que preocupa a Jiménez?

Los misterios de la prensa que desvela ‘El director’ son, en realidad, sucesos normales en el ‘modus operandi’ de las empresas, tan antiguos como la corrupción en la formación de la opinión pública

Un análisis más exhaustivo sobre su genealogía histórica tendría en cuenta las estrategias cuasi delictivas que han emprendido los capitalistas para mantener una posición dominante en los respectivos mercados. Si bien es necesario señalar a quienes ahora las practican, firmas que se han beneficiado de la reestructuración de la economía política en torno a las comunicaciones, como Telefónica, también hemos de buscar estas prácticas en contextos históricos más amplios. En los inicios del siglo XX, el banco J.P Morgan Chase comenzó a comprar a los mejores periodistas en circulación para que escribieran en contra de las medias antimonopolio planteadas por Roosevelt. Puede que no lo consiguiera con Joseph Pulitzer, pero la descripción de los hechos que realiza este libro no contribuirá a preservar su legado.

Medios de comunicación
David Jiménez: “El gran fracaso de la prensa fue convertirse en parte del sistema que debía vigilar”
David Jiménez dirigió ‘El Mundo’ durante 366 portadas. En ese tiempo conoció de cerca la existencia de acuerdos inconfesables entre la prensa y las empresas del Ibex 35 que ahora desvela en un libro, ‘El director’.

Los misterios de la prensa que desvela El director son, en realidad, sucesos normales en el modus operandi de las empresas, tan antiguos como la corrupción en la formación de la opinión pública. La información, o la desinformación, es una herramienta central en la competencia de mercado (y también en la guerra, como debiera saber Jiménez). Va de nuevo: no estamos ante una particularidad específica de la prensa española, por muy inquietantes que puedan parecer algunos ejemplos, sino ante un supuesto básico que contempla toda teoría de la firma. Ningún periodista que se considere crítico debe renunciar a una crítica lo más actual posible sobre las relaciones de poder. De lo contrario, acabará contemplando en sus manifestaciones más recientes toda una serie de posibilidades redentoras, como las que este periodista atribuye a internet. También normalizando que una serie de capitalistas tecnológicos, mucho más poderosos que los Alierta o Botín de turno, conquisten la infraestructura digital sobre la que se erige todo lo demás.

De hecho, esto debiera ser relevante para nuestro autor, y más aún si tenemos en cuenta la fecha de publicación de su libro. Precisamente, el mes en que Microsoft supera el billón de dólares en valor de Bolsa, en parte gracias al incremento en los beneficios de su sector computacional. Lejos de ser irrelevante, este dato nos habla de cómo ha cambiado la explotación comercial de internet a lo largo de los últimos años. En buena medida debido a la competencia intercapitalista entre los gigantes tecnológicos, esta infraestructura cada vez se encuentra menos orientada al consumo, o a su monetización mediante la publicidad, y más a la oferta de servicios en la nube o de inteligencia artificial a grandes empresas o gobiernos.

Por supuesto, ninguno de estos sucesos han pasado inadvertidos para la prensa, cuyas tendencias ofrecen una imagen cargada de actualidad sobre la estructura misma del sistema. Pero esta hemos de buscarla en el estado de ese método mecánico de reproducción de textos periodísticos llamado imprenta, cuya muerte Jiménez pretende que observemos sin extraer conclusiones más amplias o sugiere que no seamos melancólicos, y no en las tendencias corruptas de los productores de información. Para ello debiera anunciarse, como decíamos, un hecho con cierto carácter de prognosis: en el lugar de aquella forma técnica de comunicación se han colocado los algoritmos de dos empresas y otras técnicas digitales de producción, distribución y reproducción de mercancías.

Las cifras son suficientemente indicativas al respecto: El País, El Mundo, ABC, La Vanguardia y La Razón registraron en febrero de 2019 una difusión conjunta de 428.090 ejemplares de media. Esto son menos ejemplares de los que de media ponía en circulación El País el año en que estalló la crisis en España.

Ante este acontecimiento histórico, por el cual las imprentas se convierten en barreras al libre flujo del capital, existen dos posiciones. La primera es creer que nos encontramos ante una revolución divina a la que debemos adaptarnos manteniendo una fe devota en los mercados libres, como hace Jiménez cuando esboza sucintamente cifras similares en un capítulo llamado “lector agresivo” (“nos jugábamos el futuro en acertar con nuestra oferta digital y su plan de negocios”). La segunda implica entender estas dislocaciones como un derivado de la propiedad privada de las tecnologías digitales y, por ende, prestar atención a la precarización de los periodistas, la descualificación de sus empleos (ahora combaten la desinformación para plataformas cuyo modelo de negocio se asienta en que exista la desinformación) o a la sustitución de fuerza de trabajo por máquinas para ahorrar costes en las redacciones. La última postura aspira a comprender en detalle algunas de las características de la producción, la segunda no entiende nada más allá del consumo.

Afrontar estos sucesos en el marco de transformaciones económicas más amplias, es decir, observar los sucesos narrados por Jiménez desde esquemas como la teoría económica de la empresa, también nos ayuda a entender la tendencia política de nuestro director en lo que respecta al modo de maximizar las ganancias de la empresa periodística en el mercado digital. Si bien sus intenciones no se exponen de manera clara en el texto, no hace falta tener un oráculo para saber que implican explotar aún más a los freelances o trabajadores precarios, los cuales deberán autoorganizarse para adaptar su producción a las nuevas condiciones materiales impuestas por los capitalistas tecnológicos.

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El proceso de intercambio de mercancías, una cuestión a la que Marx dedica todo un capítulo en el primer libro de El capital, tiene lugar gracias a que unas empresas tecnológicas han eliminado las barreras económico políticas al libre flujo de capital y colocado las suyas propias, lanzando además un fuerte envite a la democracia. En cambio, la interpretación de este autor no va más allá de describir una “loca carrera por las audiencias”. Más bien, una salvaje competencia para poner a circular mercancías en los mercados creados por Google o Facebook. Claro que, para Jiménez, cualquier problema se resuelve culpando a “la burocracia de La Segunda y las resistencias nostálgicas de La Primera”.

En las páginas de este producto periodístico encontramos los posos ideológicos más asentados de nuestra época. También una apuesta por los nuevos modelos de negocio empresariales de la economía digital y una defensa tácita de la explotación de la mano de obra mediante discursos propios del coaching, como el que enarbola nuestro director cuando escribe “Failure is not an option”.

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Sirva el siguiente extracto a modo de primer ejemplo sobre cómo se anteponen las “ataduras” de Silicon Valley, empresas que controlan los medios de acceso a los lectores, en detrimento de las del Ibex 35, quienes solamente ejercen su poder a través de la publicidad, un negocio que también controlan Google, Facebook y cada vez más Amazon: “La razones del desplome eran estructurales y se debían sobre todo a factores que estaban fuera de nuestro control, lo que hacía aún más urgente acelerar una apuesta digital, de calidad por el periodismo independiente que nos permitiera algún día desarrollar un plan de suscripciones digitales capaces de sostener el negocio”.

A fin de inspeccionar la soluciones del autor a “una crisis que había hundido nuestra difusión, ingresos y moral”, tal vez fuera más conveniente fijarnos en un titular reciente: “Apple anuncia el lanzamiento en Estados Unidos y Canadá de un nuevo servicio de suscripción”. Digamos que entender los planes de las empresas tecnológicas en la industria periodística es necesario si uno quiere ganar algunas luchas, aquellas que desde hace siglos han permitido a las clases proletarias conseguir derechos laborales e influir en la dirección de los cambios tecnológicos.

Pero es bien sabido que nuestro autor prefiere replegarse en la dicotomía ‘viejas-nuevas élites’ antes que ofrecer explicaciones sobre el conflicto entre capital-trabajo que tiene lugar en la fábrica digital.

De hecho, ello es lo que le lleva a afirmar que “el retraso digital era común a todos los sectores en España, pero la prensa tenía aún menos incentivos para subsanarlos porque Los Acuerdos servían para parchear las cuentas de resultados”. Aunque así fuera, ¿tiene algo que decirnos Jiménez sobre Los Acuerdos entre los medios de comunicación españoles y Google o Facebook, ofrecidos bajo namings más tolerables como becas de innovación periodística? Desde luego que no. Y no será por falta de ejemplos.

Prodigioso Volcán, cuyo socio fundador es Mario Tascón (gurú y referencia al que David Jiménez recurre para apoyar su visión sobre la llegada de internet en un capítulo llamado “Invierno”), recibió unos cuantos miles de euros procedentes de Google para desarrollar un prototipo de generador de gráficos que “acerque la automatización al periodismo” y convierta la inteligencia artificial en el instrumento de producción por excelencia de las redacciones; uno que se encuentra en propiedad de Google y que ofrece a través de la nube, cuyos servicios también requiere El Mundo.

¿De qué sirve la valentía de la que hace gala Jiménez a la hora de señalar las presiones del Ibex 35 para no publicar determinadas informaciones periodísticas si no se entiende que la tecnología de otras empresas determina de una manera mucho más poderosa la publicación de contenidos?

No debería de ser complicado entender que el verdadero significado de “transición digital” es el siguiente: adaptarse a las modelos de negocio de las firmas tecnológicas y a los mercados que han creado. En este contexto, el único rastro de innovación es aquel que llega con cuentagotas a los periódicos mediante las becas que estas corporaciones les entregan a cambio de que miren hacia otro lado sobre las salvajes consecuencias del capitalismo digital. ¿De qué sirve la valentía de la que hace gala Jiménez a la hora de señalar las presiones del Ibex 35 para no publicar determinadas informaciones periodísticas si no se entiende que la tecnología de otras empresas determina de una manera mucho más poderosa la publicación de contenidos o, mejor dicho, como decíamos, determina la misma producción, reproducción y distribución de mercancía periodísticas?

La única referencia crítica hacia la industria tecnológica que observamos en El Director aparece en forma de apodo. Concretamente, el que pone al ejecutivo que en algún momento le prometió una revolución en el funcionamiento de la empresa periodística: “Silicon Valley no comprendía que cuando trabajas para un periódico asumes, incluso si está en manos privadas, responsabilidades de servicio público más allá de la cuenta de resultados o los bonus de los directivos”. ¡No se refiere al sector que concentra los beneficios del desarrollo tecnológico a expensas del resto de la sociedad, sino a un gestor!

Estos harvard boys, o girls, son una versión paródica del milagro chileno instigado por los Chicago Boys. Un reputado grupo de periodistas cercanos a los 40 que, tras un año trabajando codo a codo con los mayores voceros de la ideología digital, llegan a los medios de comunicación españoles con la idea de que pueden salvar la democracia apostando por buenos formatos en las redacciones, abrazando estrategias empresariales absolutamente dependientes de tecnologías extranjeras o depositando todas sus esperanzas de salvación en regenerar al reportero; una figura sin la cual, según Jiménez, no se entiende el final de la Guerra de Vietnam.

No hace falta leer a uno de sus grandes críticos, Herbert Marcuse, para entender el menoscabo de Jiménez hacia la oposición que en aquel entonces realizaron los estudiantes e, intrínsecamente, su descrédito hacia cualquier forma de participación directa en política no intermediada por las máquinas de escribir de los periodistas. Tal vez este sea el motivo por el que vota en blanco.

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Dado que esta reseña trata de impugnar la exposición de Jiménez sobre los retos que afronta la prensa porque termina abocándonos a los sesgos algorítmicos, que son de raza, género o clase, también debe ocuparse de captar de manera clara cómo estos se reproducen en el continuum del tiempo presente. No olvidemos que las tendencias de los algoritmos son fruto del desarrollo histórico del capitalismo y que, como esta narración refleja, aparecen cuando se ocultan reflexiones sobre el futuro que no tienen en cuenta al trabajador o se narran historias que omiten a este sujeto histórico, siempre antagónico al capital.

Nuestro autor, atacado por críticos liberales de poca envergadura por tener un “gusto onanista” o ser tan oportunista como El Lazarillo, solo encuentra espacio en casi 300 páginas para saldar cuentas contra los enemigos de su misma posición en la jerarquía social, sea Jorge Bustos (un propagandista intelectualmente estéril, ejemplo de la pauperización derivada de que el debate público haya silenciado el intelecto colectivo) o Lucía Méndez (quien conoce las cloacas de la política mejor que nadie porque ella misma se encargó de alimentarlas).

Ahora bien, las enormes omisiones de quien únicamente anhela nuevas organizaciones empresariales más flexibles, probablemente fruto de no haber experimentado nunca la posición de otras clases sociales en el proceso de producción (se lo impidió su labor de corresponsal bien pagado durante años en distintos lugares del mundo), no deben impedirnos pensar en la enorme presión que ejerce el capital sobre el trabajador en la economía digital.

Y para ello debemos evitar el género autobiográfico, con toda probabilidad exagerado, sobre decisiones ejecutivas tomadas durante los recortes de personal de los últimos años, y fijarnos en la lógica detrás del funcionamiento de los mercados: ahorrar costes laborales para aumentar la rentabilidad. Si la tecnología contribuye a ello desplazando a los periodistas hacia los márgenes de la sociedad, en la exposición de Jiménez solo escuchamos una férrea defensa de “la promoción del emprendimiento”.

Para comprender esta cultura meritocrática de la que hacen gala los voceros de Silicon Valley basta con fijarse en la connotación material de “los reporteros digitales”, salvo honrosas excepciones, reporteros precarios que deben cumplir con “la publicación de medio millar de noticias al día” a cambio de un salario devaluado y un poco de reputación (casualmente, aquello que ahora los periódicos tienen dificultades para rentabilizar con los anunciantes).

Pero toda la preocupación de David Jiménez se concentra en “los sobresueldos” que cobran algunos periodistas, como expuso en el programa Todo es mentira de Risto Mejide, quien precisamente cobra uno bastante elevado engañando a las audiencias con baratijas sobre la posverdad. Nunca problematiza los infrasueldos de los corresponsales freelance, entre ellos millennials con ninguna estabilidad laboral que facturan crónicas a 35 euros desde distintos lugares del mundo para el que era su periódico.

Al fin y al cabo, no es otra la apuesta de una generación de emprendedores que escuchan embelesados el sonido de las máquinas algorítmicas procedente de las cloacas de Facebook y Google. Estas empresas parecen prometerles organizaciones empresariales basadas en el modelo de negocio de las suscripciones a cambio de que los editores pongan fin al modelo gerencial. Si consiguen que el “buró jerárquico” desaparezca, los nuevos mercados se les abrirán de par en par. De este modo, el dinero que ahorran en sueldos elevados puede reinvertirse en un universo de trabajadores freelance, o “colaboradores” a demanda, como esboza Jiménez. Estos últimos generan un enorme tráfico siendo creativos con el contenido que publican en dichas plataformas, lo cual se monetiza a través de la publicidad, y también labran una reputación digital que sirve para atraer a un ejército de fans, o posibles lectores que se suscriban al periódico.

Este planteamiento parece no tener fisuras, ni críticos, aunque el control de la fuerza de trabajo cada vez sea más disciplinario. Las empresas tecnológicas atribuyen una calificación al periodista mediante todo tipo de métricas y evaluaciones constantes sobre su producción, por ejemplo, gracias a Google Analytics. ¿Qué mejor forma de que no triunfen las personas carentes de mérito o redactores poco innovadores (en ambos casos, su familia deberá poder sostenerlos en sus primeros años de entrada al mercado laboral)? Ahora contemplamos que “invertir en la calidad del diario” significa tomar mejores decisiones empresariales sobre la explotación laboral y fijar un salario variable en función del número de colaboraciones de cada plumilla.

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El periodista y escritor David Jiménez. David F. Sabadell

Por eso, Jimenez promueve “una redacción abierta y sin obstáculos”, como lo son las plataformas multilaterales (que permiten la interacción o intercambio de servicios) tan de moda en la economía colaborativa. Una vez liberados de los malos gestores, “aristocracia del diario” le llaman los burgueses ilustrados, ese enorme gasto servirá para reducir la deuda y aumentar los contratos precarios (o tal vez acaben llamándoles contratos inteligentes) de muchos más productores de “contenido interesante”, o viral, en ambos con una tasa de retorno alta en el mercado digital. Por eso, en la división del trabajo a tres velocidades que expuso Jiménez en una ocasión en la que fue preguntado por su plan de despidos, este introdujo la categoría “breaking news”; palabra clave para entender cómo trata de reformularse la profesión en un momento de interregno, posverdad o posliberalismo, como quiera llamársele.

De hecho, ese fue el término escogido por Alan Rusbridger, ex editor jefe de The Guardian, para dar nombre a uno de los libros recientes que mejor encubren, pues lo hace de manera ambivalente, la propaganda que emana del capital tecnológico. Junto a Merchants of Truth, de Jill Abramson, antigua directora de The New York Times, ambos nos muestran detalles valiosos sobre los contornos del presente digital. Y si bien esta comparación puede parecer inapropiada, el argumento que la justifica es que debemos fijarnos en dichos manuscritos para conseguir pruebas más claras que confirmen nuestra hipótesis sobre las marcas ideológicas que esconde el ensayo de David Jiménez. O, sencillamente, porque conocen de primera mano los efectos de la crisis de legitimidad del neoliberalismo, ambos periodistas deban ser llamados a comparecer.

Sobre esta última, todo lo que tiene que decirnos nuestro director, siempre haciendo gala en sus razonamientos de un enorme sesgo profesional, es una afirmación a Vanity Fair que también deja entrever su enquistada psicología: “El periodismo de trinchera e intolerante ha creado Vox (…) Ahora hay periodistas que lo defienden y le dan autoridad moral a esas ideas”. Este pensamiento unidimensional casa mal con citar a quienes han alentado a dicho partido desde las páginas de su antiguo periódico: Javier Negre, una bioproducto de la corrosiva cultura del espectáculo aún más zafio y peligroso que Eduardo Inda. Nada que no conociera este periodista cuando aceptó tomar los mandos, pues como muestra de manera clara el actual periódico de su primer director, esa cultura pseudoliberal estaba presente desde la fundación del periódico.

Resumamos brevemente los manuscritos de ambos reputados periodistas. Por un lado, Rusbridger realiza una extensa recapitulación sobre la excepcionalidad de la industria periodística, aunque con un método más cercano a Yuval Noah Harari (sucesos históricos aleatorios sin mucha interconexión entre ellos que sirven como base para una conclusión cuyo único objetivo es la despolitización) que al materialismo histórico de Marx. No obstante, a su autor le parece conveniente citar al historiador E.P. Thompson, uno de los más fervientes críticos del determinismo tecnológico y defensor a ultranza del materialismo histórico, para terminar abrazando lo primero y despechando lo segundo. O meramente para apuntar de manera performativa que la única lucha presente tiene lugar en la arena del formato.

Aunque este hijo de John Stuart Mill prefiera abrazar a interlocutores mucho menos inteligentes y exaltados animadores de la teología new age, como Jay Rosen, Clay Shirky o Jeff Jarvis, no puede pasarse por alto su propuesta de una suerte de nuevo New Deal con los lectores para recuperar la utilidad de los periodistas. Esta idea se encuentra asentada en el descubrimiento de que existen nuevas formas de participación, facilitadas por las tecnologías, que pueden monetizarse gracias a los recién creados mercados de la conversación pública o feedback. La única concepción del “despertar” del ex director de The Guardian es una vigilia elitista que aspira a un mundo donde las noticias no desaparezcan. ¿Sirven de algo cuando se encuentren tan insertadas en los circuitos mercantiles?

Esta es una pregunta a la que Rusbridger nunca se aventura a ensayar respuesta. Por eso, si deja abierto el largo debate entre Walter Lippmann y John Dewey (uno que Jiménez cierra en favor del primero con una simple cita), esto es porque su intención es que unos cuantos capitalistas se apiaden de la famélica clase burguesa periodística para seguir manteniendo viva la democracia liberal, de la cual ya no queda ni su nombre.

“Pero los periódicos, en su forma irregular, siempre han dependido de cualquier sistema económico que impulsara el comercio de la época. La pregunta ahora es cómo se mantendrá en la era de la corporación hiper-global: las entidades sin impuestos y sin raíces que saben más sobre nosotros que nuestras propias madres. ¿Destruirán o apoyarán a un grupo de personas críticas, independientes y profesionales y también a los medios de comunicación que, en el mejor de los casos, realizan un servicio público cada vez más necesario?”

Este argumento es el que lleva a Rusbridger a citar a Alexis de Tocqueville y pedir a Facebook que subsidie a los periódicos, pues son una “plaza pública” compuesta por “otras entidades públicas, como bibliotecas públicas y oficinas de correos públicas”. Por saldar cuentas rápidamente con este u otros liberales: la carretera sobre la que circula la información periodística, y también todo lo demás en la sociedad digital, es privada. Mark Zuckerberg, entre otros propietarios, cobra cuantiosas tarifas a quienes quieran usar esta red. Una vez renovado el “fin de la historia”, a los editores solo les queda pedir su Checkpoint Charlie particular.

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La libertad de expresión no puede ser un servicio premium de Google y Facebook
Facebook tiene la capacidad de organizar la sociedad de tal forma que puede permitirse eliminar la publicidad y las noticias, bases sobre las que se ha construido la esfera pública en las últimas décadas.

Desde luego, “el caos que los mercados libres habían infligido a la prensa tradicional” no se solucionará con un poco de autorregulación, por mucho que los periódicos se ofrezcan como poderes públicos para hacer más responsables a los leviatanes tecnológicos. Al menos, mientras gobiernos tan aparentemente distintos como el de Donald Trump y Xi Jinping traten de controlar al Gran Hermano bajo cantinelas sobre la “seguridad nacional”, un término que lo mismo sirve a Rusbridger para resaltar la labor de su periódico durante las filtraciones de Wikileaks como para defender que se recupere la creencia en los periodistas, quienes parecen los únicos capaces de hacer hablar a la burocracia gubernamental, aunque sea off the record: “El uso de citas no atribuidas puede contribuir a una mejor comprensión de un tema que si un periodista se limitara a citar declaraciones insípidas”. Desde luego, de no haber sido condenado a prisión por denunciar muchas de las practicas gubernamentales que los off the record legitiman, Julian Assange tendría un par de lecciones que darle a este periodista.

Asombrosamente, a estos ladrones del poder público les resulta indiferente en qué manos se centralicen las infraestructuras digitales mientras puedan acceder a los medios de creación de beneficios y establecer formas de coordinación social mediante redes informales de reputación. En concreto, Rusbridger defiende a The Guardian como una institución que opera de manera similar a una parroquia o una ONG, es decir, se coloca entre las plataformas y sus usuarios para gestionar la información que reciben estos últimos. Evitar las consecuencias del sistema de precios, esto es lo que buscan cuando piden a Facebook que reconozca su labor de “servicio público”.

En definitiva, toda propuesta de “personas conectadas entre sí a través de redes de humanidad, complejidad, experiencia, expertise y decencia” solo trata de solucionar la tensión entre “dos mundos —el viejo y el nuevo—” en favor de la antigua formación social capitalista. Al menos, y es de agradecer, no ha escrito un libro que trata de ocultar esta lucha mediante una exposición diáfana sobre los secretos de la prensa.

Al respecto, Jill Abramson, aunque haga uso de una enorme cantidad de conceptos que ni siquiera pone en duda en un presente administrado por el capital, como objetividad, nos ofrece una buena muestra del mimetismo ético existente en el momento histórico en que comenzó el crecimiento de Facebook y la desaceleración de los periódicos. Por ejemplo, al final de su primer capítulo sobre The Washington Post (ella divide el libro en lo que parece una pugna entre nativos digitales y medios tradicionales, otra de esas presuntuosas luchas que preocupan en la profesión periodística), expone los endogámicos lazos de amistad entre Katherine Graham y Mark Zuckerberg. En efecto, este es un dato mucho más relevante que el de cualquier propina que le entregue un banco a un par de periodistas madrileños.

Abramson también explica, en lo que es un ejercicio de investigación no muy exhaustivo y que contiene plagios, las relaciones sociales capitalistas. Por ejemplo, la acrobacia bursátil que pudo haber llevado a The WashingtonPost a comprar el 10% de las participaciones de la empresa de Mark Zuckerberg en 2009 (cuando se iniciaron esos expedientes disciplinarios laborales que se cobrarían, en poco más de cinco años, casi el 50% de la plantilla de ElMundo). Aquel rocambolesco suceso, al que hay que añadir que “Sulzberger y su equipo de negocios habían dejado pasar una oportunidad inicial para invertir en Google” (¡recientemente tuvieron que desmentir que esta empresa los fuera a comprar!), hubiera granjeado al periódico que publicó los papeles del Pentágono un valor de 12.000 millones de dólares. Por ordenar las cifras, esto es lo que conseguía con un 21% de las acciones de periódico Berkshire Hathaway, dirigida por Warren Buffett, mano derecha de la directora.

En aquel entonces se fraguaba lo que después provocaría en el estallido de la burbuja financiera, un problema que aceleró la desintegración de las imprentas y que solucionó alguien con más poder que cualquier especulador financiero: Jeff Bezos. Podrá probarse este hecho en que la aversión a las acciones tecnológicas de Buffet se disipó por primera vez recientemente tras conocerse que su fondo invertía en Amazon. Este maestro en conquistar mercados para elevar la rentabilidad de sus negocios acabaría comprando The Washington Post y creando cadenas mercantiles en las que Abramson nunca se detiene. Un ejemplo es la que ata digitalmente a Arc Publishing y al negocio en la nube de Amazon con El País, gracias a la cual este último es capaz de automatizar algunos procesos de publicación. Tampoco Jiménez cree que esta sea una cuestión relevante para informar sobre el poder corporativo que somete a los periódicos.

Habría que preguntarse qué le parece a esta periodista que una pequeña parte del dinero ingresado por Bezos gracias a su negocio de computación en la nube y de software sea destinado a entregar dinero en efectivo a los nuevos y viejos medios (como Buzzfeed o The New York Times) para que expandan su presencia internacional. Aunque tal vez no sea necesario. Ahorrándonos una larga crítica sobre quienes se postula como nuevo guardianes de mercancías podemos señalar que la solución de Jill Abramson no parece tan distinta a la de Alan Rusbridger. Como expuso en una ocasión Emily Bell, quien para este último fue una visionaria que influyó en su decision sobre el modelo de negocio de The Guardian y para la primera una fuente de primera nivel sobre el “periodismo postindustrial”: “Lo que el periodismo independiente necesita más que nunca de Silicon Valley es una importante transferencia de riqueza”.

Ahora bien, también es cierto que la exdirectora solo es capaz de hacer gala de un subjetivismo tan neutralista como corporativista para someterse a estas lógicas en su conclusion: “El Times, a pesar de una década de disrupción digital que había alterado prácticamente todas sus prácticas centrales e incluso sus estándares de noticias, seguía siendo un faro de la verdad y un feroz protector de los hechos”. Sin duda, un faro que necesita la infraestructura digital de los capitalistas tecnológicos para funcionar.

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Silicon Valley no es un problema para la democracia, el capitalismo lo es
Pareciera como si Silicon Valley fuera una fuerza histórica que emerge de la nada para poner fin al debate público ilustrado de antaño. Nada más lejos de la realidad.

En definitiva, el fin de la historia es lo único que no pueden disrumpir estas empresas, parecen decirnos los tres plumillas. La lucha de clases no debe aflorar, pese a que sea tan explícita, y en su lugar debe colocarse “la libertad de expresión constitucionalmente reconocida”, en palabras de David Jiménez. Nuestra época solo necesita un poco de política, pero nada radical y dirigida desde arriba. “Los capitalistas ilustrados, como Apple, se encargarían de hacer el resto”. Desde luego, esta promesa tiene pocos visos de cumplirse, aunque los miembros de una pequeña y vieja clase que ahora se ve desprestigiada afirmen lo contrario.

Si las lentes para observar el mundo han dejado de ser periodísticas con tanta rapidez como se fabrican gafas de realidad virtual, decenas de miles le regaló Google a The New York Times yThe Guardian para que atrajeran a nuevos suscriptores, ellos sólo nos dice que las herramientas para interpretar el mundo, y también para transformarlo, están en disputa.

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Medios de comunicación
Vázquez Montalbán, periodista

Escribir deprisa, masticar despacio. El periodista Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-Bangkok, 2003) sigue siendo una referencia en el periodismo popular y en el discurso de la izquierda política no dogmática y zumbona. Su obra periodística, que fue compilada en 2011 por la editorial debate, y la reciente reedición de su ‘Diccionario del Franquismo’ son el pretexto para recuperar fragmentos de reportajes y crónicas que marcaron su tiempo y nos permiten mirar al nuestro con mucha menos ira y algo de tino.

Medios de comunicación
Verlo todo es no ver nada: cuando las imágenes ocultan lo real

En La Máscara sobre la realidad. La información en la era digital, el profesor Rafael R. Tranche analiza cómo las imágenes se han vuelto autosuficientes, suplantando el relato construido por los medios de comunicación. El resultado es una realidad en disputa sin mediadores para dotarla de sentido.

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La distopia del Gatopardo: En el sistema político italiano todo cambia para que todo siga igual

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