El Frente Nacional se reagrupa

El Frente Nacional francés celebró su congreso con el desafío de asentarse como principal alternativa al Gobierno de Macron. Un momento determinante para la política francesa y europea, pero que también hace aflorar las contradicciones de la extrema derecha francesa.

Campaña del Frente Nacional
Campaña del Frente Nacional
Secretaría de Europa de Podemos

publicado
2018-03-13 15:37:00

A pesar del jugoso resultado electoral que obtuvo el Frente Nacional en las últimas elecciones presidenciales francesas de 2017 -un 33,90% en la segunda vuelta frente a un escaso 18% de la famosa segunda vuelta de Jean Marie Le Pen en 2002-, la ultraderecha ‘mutante’ francesa parece insistir en reformularse o, al menos, hacer como que se reformula. Esta semana, el Frente Nacional vuelve a atraer todas las miradas. Izquierda, derecha, Francia y Europa han estado pendientes del XVI congreso que ha tenido lugar los días 10 y 11 de marzo en Lille.

Para la dirección saliente del Frente Nacional, el congreso buscaba, por un lado, recuperar un liderazgo fuerte en el partido que le permita posicionarse como principal fuerza de oposición frente al gobierno y, por otro, construir una estructura militante que permita mantener el impulso y los resultados alcanzados en las últimas elecciones generales. A la interna, una situación delicada entre la guerra de familias y la crisis de legitimidad que atravesaba su presidenta. A pesar del resultado histórico, el desarrollo final de la campaña reveló la falta de preparación de su equipo y el éxito terminó convirtiéndose en la derrota de una propuesta política que pretendía presentarse como ‘integradora’ y ‘moderna’. Esta situación ahondó las divisiones en el seno del partido y desembocó en la expulsión del que fuera director de campaña Florian Phillippot.

Dos ideas clave han determinado dicho congreso. La primera, Marine Le Pen seguirá encabezando el Frente Nacional. A pesar de los rumores que señalaban la posibilidad de que se incorporasen otros candidatos a la cabeza de la formación, con el objetivo de renovar un liderazgo desgastado después del último proceso electoral, Marine Le Pen ha sido la única candidata a la presidencia. Eric Dillies, présidente del FN en Lille, y Jean-Pierre Hottinger, representante de los franceses en el extranjero - 7º circunscripción, los otros dos candidatos que se barajaban a escasas semanas de la celebración del congreso, no consiguieron los patrocinios necesarios para presentarse.

La segunda, el partido parece insistir en las pretensiones de un lavado de cara, en esta ocasión proponiendo un cambio de nombre que busca integrar y desbloquear el freno psicológico que supone seguir llamándose, 46 años después de su creación, Frente Nacional, según palabras de la propia Le Pen. El Frente Nacional será a partir de ahora Rassemblement National (‘Reagrupación Nacional’) gracias a un escaso 52% de los votos a favor (nombre, que por cierto, coincide con el partido fascista que colaboró con los nazis durante el régimen de Vichy y parece querer conservar la más pura esencia Lepenista). Dentro de la dinámica interna de luchas, miembros como el diputado Ludovic Pajot parecen aprobar estos cambios, mientras, otros como Bruno Gollnisch, más cercano a la línea política de Jean-Marie Le Pen, parece no tener claro el impacto real que esto supondrá a nivel de votos y reconocimiento mediático.

El Frente Nacional será a partir de ahora Rassemblement National, nombre que coincide con el partido fascista que colaboró con los nazis durante el régimen de Vichy

En este sentido los cambios operados durante el congreso siguen sin atajar el problema de fondo. El partido sigue dividido y a pesar de la re-elección de su presidenta con un resultado prácticamente unánime, parece que las voces discordantes tardarán en aceptar y apoyar el ‘nuevo’ rumbo político de la formación. Las rivalidades en el seno de la familia Le Pen han tenido la virtud de disimular parcialmente la contradicción endémica que han atravesado el partido desde su fundación: aquella que consiste en elegir si se debe seguir una estrategia de derecha nacional con aspiraciones de acceder al poder y que manifiesta su respeto a la república francesa, y al mismo tiempo querer agrupar a un máximo de corrientes de la extrema derecha.

El primero de los objetivos ha hecho que su programa y discurso se adapten permanentemente a las previsiones electorales y le haya permitido disputar la segunda vuelta en las últimas elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, los vaivenes discursivos y el hecho de no haber tenido el éxito electoral esperado han conllevado que las diferentes corrientes organizadas pongan fuertemente en duda el liderazgo del partido.

El análisis a través de estas contradicciones ayuda a situar políticamente sus momentos clave: la reforma estatutaria del partido preveía la apertura de nuevos espacios de participación (telemática en particular), al mismo tiempo que integraba la expulsión de Jean Marie Le Pen como presidente honorífico, tras su expulsión de la organización en 2015; al mismo tiempo que se invitó al antiguo consejero de Trump, Steve Bannon, a intervenir durante el congreso, quien animó a asumir abiertamente una expresión pública racista y xenófoba. La sonada propuesta de cambio de nombre circula en este mismo sentido.

Los próximos meses serán sin duda determinantes para la definición de la línea política del partido. ¿Seguirá el FN en la línea del identitarismo? ¿Mantendrá el programa social que prometía en el periodo electoral y que parecían atraer el voto menos radical encarnado por el ex-vicepresidente del partido Florian Philippot? Hasta ahora, el FN ha demostrado tener la capacidad de mutar desde el discurso tradicional de los grupúsculos de extrema derecha. Su evolución electoral le ha hecho integrar en su propuesta política cuestiones como una ley electoral proporcional, una mayor intervención del Estado, multipartidismo real, un Estado firme pero controlado por las cámaras, iniciativas legislativas populares y referéndums (aunque no vinculantes), un proceso constituyente… Una propuesta además proteccionista, neutralista, defensora de la multipolaridad que incorporaba en su programa electoral políticas de empleo y de protección social peligrosamente parecidas a las abanderadas por la izquierda tradicional francesa.

La tan ansiada “desdiabolización” del Frente Nacional por parte de su dirección no tendrá lugar: siempre albergará corrientes fascistas en su seno

En definitiva, los eternos juegos de equilibrismo de una dirección bonapartista en un partido como el FN y la relativa fractura interna no son muestra de un debilitamiento general de la extrema derecha. De hecho, la tan ansiada “desdiabolización” del FN por parte de su dirección no tendrá lugar: siempre albergará corrientes fascistas en su seno. El éxito de este partido, que Marine Le Pen quizá no haya sabido gestionar hasta ahora, no se mide en su propia desdiabolización sino en la de su discurso desde hace 16 años. El fuerte escoramiento de la política francesa hacia la derecha, que va desde la propuesta del gobierno de Hollande de desposeer de la nacionalidad francesa a aquellas personas condenadas por terrorismo a la actual propuesta de Ley sobre la inmigración de Macron (de la cual Marine Le Pen se ha felicitado), pasando por la nominación del ultraconservador Laurent Wauquiez a la cabeza de Les Républicains el pasado mes de diciembre, son hechos esclarecedores.

Bajo una retórica populista, la extrema derecha ha tenido la capacidad de marcar la agenda política de la mayoría de fuerzas políticas, en particular cuestiones migratorias, alimentando el debate sobre la identidad y fomentando la división entre “nacionales” y “extranjeros”. También a nivel europeo, el FN ha conseguido capitalizar la dicotomía entre “soberanismo” y “construcción europea”, siendo una referencia para toda la extrema derecha del continente y fuera de él. De hecho, fue el propio Steve Bannon quien declaró la necesidad de construir un movimiento internacional de corte nacionalista...

¿Cómo afectará el nuevo rumbo de este partido a una Francia a día de hoy dirigida por el producto de la connivencia de las elites, el hijo de la tecnocracia, de los grupos de presión de Europa y de Maastricht, de las reivindicaciones societales, del post-nacional, de los valores de las oligarquías, de las redacciones y de las alcobas del poder? La aceleración de las reformas neoliberales y antisociales por parte del gobierno de Macron acentuarán la polarización en la sociedad francesa, el mejor caldo de cultivo para la extrema derecha. Dejando claro así que Francia necesita, más que nunca, la puesta en marcha de medidas progresistas que rompan con el orden neoliberal que amenaza con convertir el Hexágono en un tremendo lodazal contagioso que corre el riesgo de extenderse por todo el continente.

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