Filosofía
Política y gobierno de la ciudad en las sociedades tecnológicas

Nuestra actual concepción de la Filosofía política iniciada en la Grecia clásica fue concebida por Platón como un proyecto de imposición de la ideología de lo público frente al antiguo concepto presocrático de gobierno basado en el empleo de la tecnología y la administración de las cosas.

Tokyo: Vista aérea
Vista aérea de Tokyo (LuxTonnerre) Wikimedia Commons
Profesores de Ingeniería Mecánica y de Filosofía. Universidad de Zaragoza.

publicado
2018-10-02 10:00:00

Desde 2001, por primera vez en la historia, más de la mitad de la población mundial comenzó a vivir en ciudades. Si bien el funcionamiento de las mismas ha variado enormemente a lo largo de la historia, la disciplina filosófica continúa manteniendo un concepto de política derivado de una idea de ciudad –la polis griega- que hace mucho que no se corresponde con el funcionamiento real de nuestras ciudades. Ello entorpece la realización de estudios filosóficos capaces de producir una teoría política revolucionaria -o emancipadora- con una mínima posibilidad de eficiencia práctica. Si bien la relación entre política y ciudad continúa siendo más importante que nunca, el problema fundamental consiste en que esa relación no es en modo alguno la que existe en el ideario académico de la actual Filosofía Política.

CIUDAD, METRÓPOLI Y POSTMETRÓPOLI

La polis griega se definía por la auto-nomía (nomos = ley) política de un determinado génos o raza sobre un espacio claramente delimitado del territorio que se diferenciaba del campo en tanto que ámbito puramente productivo sin relación directa con la política. Dicho concepto de ciudad estaba relacionado con la autonomía o “soberanía” de lo público frente a lo privado, pero también frente a otras polis o ciudades-estado, razón por la cual la idea de política desarrollada en la polis siempre tuvo una dimensión bélica (pólemos) fundamentada en la distinción “amigo-enemigo”, entendiendo dicho enemigo como el enemigo público o político (hostis) en tanto que extranjero que no forma parte de la polis, y no como el enemigo privado (inimicus) que podía ser parte de la propia comunidad.

La metrópoli del siglo XIX y comienzos del XX en cambio se caracterizaba por una doble dualidad: En primer lugar estaba la dicotomía metrópoli-colonia en tanto que oposición entre el código civil y la lex mercatoria, pues tanto jurídica como políticamente los habitantes autóctonos de las colonias no tenían el estatuto de ciudadano que permitiera aplicarles dicho código, sino que se regían ante todo por las costumbres mercantiles internacionales. En segundo lugar se encontraba, dentro de la propia metrópoli, la dicotomía producción-consumo, de modo que los centros productivos -las fábricas- junto a las zonas residenciales de sus trabajadores se situaban en espacios físicamente separados de las zonas destinadas al consumo. Este tipo de ciudad ya no podía ser concebida como un proyecto de autonomía política de una determinada gens o clase social, sino únicamente como un dispositivo orientado a controlar a través de la compartimentación espacial los antagonismos de clase provocados por el modo de producción capitalista.

Las actuales postmetrópolis van camino de convertirse en los principales dispositivos de extracción y apropiación de todo valor de cambio que cualquier persona produzca por el simple hecho de vivir y comunicarse.
Por último, las actuales postmetrópolis ya no albergan los centros productivos como una parte especial dentro de ellas, sino que debido al auge de la economía de servicios sobre el sector industrial, ellas mismas son ya las principales fábricas de producción de valor. Como consecuencia, la principal cuestión para el capitalismo neoliberal no es comprar la fuerza de trabajo del individuo y llevarla hasta la fábrica, sino hacer que cualquier tipo de persona trabaje donde sea, como sea, y para quién sea, de forma que continúe creando valor de cambio que se vierte automáticamente al mercado para que, una vez allí, el capitalista financiero pueda apropiarse de dicho valor a expensas de sus verdaderos productores.

Las ciudades (medievales) fueron lugares de resistencia de la burguesía frente al feudalismo aristócrata. Las metrópolis decimonónicas los dispositivos desarrollados para el control del antagonismo entre burguesía (capital) y proletariado (trabajo). Las actuales postmetrópolis van camino de convertirse en los principales dispositivos de extracción y apropiación de todo valor de cambio que cualquier persona produzca por el simple hecho de vivir y comunicarse. En ninguna de ellas funcionó jamás la política tal y como fue desarrollada por el paradigma filosófico griego.

POLÍTICA, GOBIERNO Y SMART CITIES

Mientras que el concepto de lo político basado en la polis encontraba su razón de ser en la distinción pública amigo-enemigo, la etimología de la cibernética (χυβερνήτης) que se encuentra en la base de las actuales Smart Cities hace referencia al timón de los barcos construidos por los tektones (“carpinteros”) griegos en tanto que tecnología de gobierno de los mismos, hasta el punto que las palabras “gobierno” y “gobernante” proceden del término latino gubernare que traduce al griego χυβερναειν. Mientras que el concepto de autonomía política se basa en la autodeterminación soberana –léase imposición- de lo público, el de gobierno en cambio hace referencia al desarrollo de las tecnologías con las que un determinado grupo social es capaz de relacionarse con el entorno y determinar la dirección de su movimiento.

Con la filosofía platónica el concepto urbano de lo político trata de suplantar al concepto técnico de gobierno. Esta sustitución fue aceptada hasta tal punto que prácticamente todas las versiones del diálogo platónico Protágoras traducen la “δημιουργική τέχνη” –literalmente “técnica demiúrgica”-, por “arte de la política”, cuando en realidad el término política aparece casi siempre ligado al concepto de sabiduría (Sofía) y no al de “arte” o “técnica”. Lo que se pierde con esta traducción-sustitución es doble. En primer lugar se pierde el carácter material de la técnica, pues la sabiduría es algo inmaterial. “Sabiduría política” en Grecia era, fundamentalmente, ideología de lo público. En segundo lugar, se pierde también el carácter técnico-organizativo del “demiurgo”, pues este era una especie de “ordenador” de todo el cosmos cuya actividad sería más cercana a la de la Administración Pública que a cualquier otra de las instituciones políticas modernas basadas en el sufragio. A partir de aquí, y con la honrosa excepción de las utopías renacentistas y socialistas, la ideología política de lo público será buena y el gobierno tecnocrático malo.

Oponerse al potencial de la cibernética por cuestiones neoluditas revestidas de ideología humanista en defensa de un concepto trasnochado de política es una opción reaccionaria, mistificante y elitista.
En la actualidad, el redescubrimiento de la cibernética como tecnología de autorregulación de sistemas ha reforzado nuevamente el componente organizativo-administrativo perdido en la teoría política occidental. Si bien es cierto que hasta el día de hoy su aplicación a las Smart Cities ha sido realizada en su mayor parte por parte del capitalismo neoliberal, ello no quiere decir que las nuevas posibilidades que se abren con ellas jueguen siempre en contra de la capacidad de empoderamiento del proletariado inmaterial. Opiniones bienpensantes aparte, tanto el marxismo como el leninismo se construyeron en torno al ideal que al menos en teoría vuelven a poner sobre la mesa las Smart Cities: El fin de la soberanía política sobre las personas -el fin del Estado- y el comienzo de la simple administración de las cosas por parte de los propios administrados. La tecnología cibernética es la posibilidad misma de esa administración autorregulada del común a escala planetaria por la que siempre luchó el comunismo.

En unas sociedades tecnológicas como las nuestras, oponerse al potencial de la cibernética por cuestiones neoluditas revestidas de ideología humanista en defensa de un concepto trasnochado de política es una opción reaccionaria, mistificante y elitista, pues supone dejar el futuro del proletariado inmaterial en manos del enemigo de clase mientras se permanece tranquilamente en las nubes de la academia contemplando las ideas políticas de un mundo que no es el nuestro. La Filosofía Política tradicional debe morir para renacer reconvertida en Filosofía de la Técnica. En palabras del mismo Lenin, el comunismo únicamente puede ser concebido ya como (cyber)soviets + electrificación.

Sobre este blog
La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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