Deuda estudiantil Estados Unidos Montaje Laura Corcuera
Más de ocho millones de estadounidenses no pueden devolver los préstamos universitarios. Laura Corcuera

Deuda estudiantil en EE UU
Atrapados en la pesadilla de la deuda: once historias para no dormir

El Salto recoge las vivencias y testimonios de once estudiantes y antiguos estudiantes que han pasado por la universidad estadounidense y han sufrido de diferentes formas el peso de la deuda.

Minnesota, Chicago y Nueva York
21 feb 2020 11:00

En la actualidad, una persona se gradúa en la universidad estadounidense con una media de 21 años y una deuda de 32.000 dólares. Si no puedes pagar a tiempo, esta deuda se acumula con intereses y aumenta hasta las seis cifras. Ir a una universidad privada y hacer estudios de postgrado (sobre todo másters) es un suma y sigue que puede perpetuar esta deuda de por vida.

La deuda estudiantil ha seguido creciendo desde el reventón financiero de 2008, generando situaciones dramáticas para más de ocho millones de personas en Estados Unidos. Hoy casi la mitad de los estudiantes endeudados no puede asumir su deuda educativa y entra en el campo de “morosos” y “delincuentes”, con penalizaciones tan dramáticas como no poder ejercer la profesión para la que se formaron, alquilar una casa o tener un seguro sanitario.

Más de ocho millones de personas en Estados Unidos. Hoy casi la mitad de los estudiantes endeudados no puede asumir su deuda educativa y entra en el campo de “morosos” y “delincuentes”
El mercado de préstamos estudiantiles mueve más de un billón y medio de dólares. Según la revista económica Forbes, la deuda estudiantil acumulada ha batido récord en 2019 y sigue creciendo camino de los dos billones de dólares. El Departamento de Educación del gobierno Federal de EE UU no ofrece estadísticas tan claras, pero sí consejos para evitar los impagos crecientes de un sistema que los medios especializados tildan de “estafa” y “catástrofe nacional”.

Deuda estudiantil en EE UU
La burbuja de la deuda estudiantil en Estados Unidos

En un recorrido de un mes y medio en tren por Minnesota, Chicago y Nueva York, El Salto habla con estudiantes, investigadores, profesores, expertos en políticas educativas y activistas para desentrañar la burbuja de la deuda educativa, un sistema que ha atrapado a decenas de millones de personas en Estados Unidos.


En 2009, el Gobierno de Barack Obama lanzó el programa IBR para condonar deuda estudiantil y solucionar el problema. Diez años después, teóricos y gestores proponen un parche similar para un sistema educativo convertido al libre mercado desde los años 80.

Al gobierno federal y a los bancos les preocupa el aumento de la deuda estudiantil por cuanto tiene que ver con el descenso de inversiones en compras de casas, coches o activos en bolsa. Pero detrás de lo que medios comerciales llaman “defecto de la economía”, aparecen tragedias personales y familiares: inhabilitaciones laborales, cuadros de ansiedad, estrés, depresiones, medicalizaciones y hasta suicidios.

El 27 de agosto de 2018 dimitía el jefe del Área de Préstamos Estudiantiles. Seth Frotman renunció a su puesto en la Oficina de Protección Financiera a los Consumidores de EE UU debido a las “diferencias con la Casa Blanca”, según informó la CNN. El ex funcionario acusó a la administración de Trump de usar esta oficina “para proteger los intereses de las empresas privadas y no de los estudiantes”.

Deuda estudiantil en EE UU
Cómo funciona la educación superior en Estados Unidos

Los precios por curso académico oscilan entre 15.000 y 30.000 dólares anuales en las universidades públicas y community colleges. Entre 45.000 y 80.000 dólares anuales, en las universidades privadas y colleges.


La desconfianza de estudiantes y familias en los préstamos educativos está aumentando. Y no faltan argumentos. En la web Student Debt Crisis se pueden leer cientos de testimonios.

La clase media precarizada ve la universidad como “una estafa peligrosa para las familias”, porque “se puede perder todo” por intentar mantener a lxs hijxs en la universidad. Hay préstamos garantizados y otros no garantizados. Cuanto “Más bajo es el perfil socioeconómico, más probable que pidan préstamos”. ¿Estamos ante el fracaso de un modelo educativo? Las universidades ya no crecen como lo hicieron en las décadas precedentes.

Las familias y estudiantes con menos recursos culturales y económicos caen en una trampa peligrosa: asumir hipotecas y préstamos educativos muy por encima de sus capacidades económicas

Desde 2008, todo ha cambiado. Hay universidades muy ricas (NorthWestern Universidad o la Universidad de Chicago mueven cientos de millones de dólares en sus fondos particulares y tienen más reservas que el propio gobierno del Estado de Illinois al que pertenecen. Estos fondos cotizan en bolsa y generan beneficios anuales que llegan al 15%.

Las familias y estudiantes con menos recursos culturales y económicos caen en una trampa peligrosa: asumir hipotecas y préstamos educativos —para las tuition, room and board— muy por encima de sus capacidades económicas, por lo que terminan derivando en una situación mucho peor que la inicial. “El sueño americano educativo es una gran promesa hecha de falsedades”, dice desde Detroit Stephen Trimboli, activista y artista newyorkino que no fue a la universidad. “Y el sueño se convierte en pesadilla. Quien se beneficia de este sistema no son ni estudiantes ni profesores, sino los bancos”, continúa.

“Quítate la deuda y vuelve a disfrutar de la vida” es el lema de una de las empresas privadas dedicadas a la refinanciación de deuda estudiantil. El banco privatizado que más beneficio económico saca de este modelo económico se llama Sallie Mae.

Los préstamos de bajo interés del Gobierno federal son para cantidades que no superan los 5.000 dólares anuales. Los préstamos privados —sobre todo a través de Sallie Mae— suponen cantidades mayores —de cinco cifras— con tasas de interés de entre el 8,25% y el 10,75%. Ante una situación creciente de impagos y de acumulación de deuda privada, el Departamento de Educación ha creado en 2019 un sistema de aplazamiento o incluso condonación de la deuda para casos concretos de estudiantes o ex estudiantes —por ejemplo, si tienes cáncer o si eres exmilitar con alguna minusvalía—.

La otra cara del mercado educativo estadounidense es que el sistema de becas es real, aunque la presión sea muy alta para mantener la beca. Personas no estadounidenses, por ejemplo, españoles y españolas que desde los 80 han estudiado con becas en EE UU a cambio de trabajar para la Universidad mientras estudian su máster o doctorado. Al terminar sus estudios tienen derecho a permiso a solicitar un permiso de prácticas de trabajo (Optical Practical Training, OPT), pero eso no garantiza que encuentren trabajo en el plazo concedido para buscar. Por otro lado, para contratar ahora a una persona con un OPT la empresa contratadora debe justificar que esa es la única persona capacitada para ese trabajo —se acercan años de escasez laboral—. Nadie te pide nada después de terminar el PHD (doctorado) eso es cierto. Una vez conseguido el trabajo utilizando el OPT comienzan los trámites legales para obtener un green card (permiso de trabajo en EE UU).

Deuda estudiantil en EE UU
“Los medios de comunicación no han explicado el proceso de transformación de la universidad”

Como parte del especial sobre deuda estudiantil, El Salto entrevistó en Chicago a Brian Holmes, ensayista y escritor, sobre la historia de la deuda estudiantil y su impacto en el presente. 


En la cultura neoliberal, hablar de ingresos (incomes) y de condiciones materiales de vida es un tabú. En EE UU, este tabú esconde un drama que empezó a hacerse público gracias a las protestas ciudadanas de 2011 (Strike Debt, Occupy Wall Street) que comenzaron a exigir que la educación —en todas sus etapas— vuelva a ser un derecho. Piden condonación de deuda y llaman a la desobediencia civil pacífica.

Aún con todo, el alumnado de educación superior en EE UU sigue asistiendo mayoritariamente a universidades públicas —mucho más económicas— en ciudades cercanas —sin tener que dejar de vivir en la casa familiar—. La tendencia a asistir a la universidad pública sigue en crecimiento. Como muestra un estudio del portal Statista, en 1969 un total de 5,9 millones de estudiantes asistía a la universidad publica estadounidense y 2,11 millones lo hacía a la privada. En 2019, medio siglo después, 14,87 millones de estudiantes asisten a la universidad pública frente a los 5,15 millones que a la privada. Además, el porcentaje de universidades públicas ha aumentado del 67% en 1965 al 74% en 2016.

BRENDA: 20.000 dólares de deuda 

Hija de un químico palestino y de una maestra de California. La mitad de los estudiantes de su universidad paga la matrícula completa —casi 70.000 dólares anuales—. “La otra mitad tenemos becas que cubren el coste —matrícula y tasas, casa y comida en campus— de los dos semestres, en carreras de dos o de cuatro años”.

Brenda tiene una beca de la propia universidad que cubre el 50% del costo total. Una beca de Pfizer, la farmacéutica para la que trabaja su padre, cubre el otro 50%. En 2019, Brenda va a empezar un postgrado de enfermería en un hospital universitario. Ha conseguido una beca completa que le cubre el 100% de los costos. Está muy contenta. “Sin la beca completa —casi 100.000 dólares anuales—, no podría desplazarme, ni seguir estudiando en la universidad”.

“La desigualdad también se ve aquí, aunque vayamos a la misma clase”. Brenda tiene 21 años y a pesar de todas las becas recibidas, tiene una deuda estudiantil de 20.000 dólares

Brenda también tuvo becas en el instituto por tener buenas notas. Está interesada en el trato y cuidado que ofrecen los hospitales estadounidenses a los pacientes a través de la lengua. Esta estudiante habla palestino, inglés y español. “Mucha gente latina no entiende bien el inglés, así que el español en los hospitales es muy necesario. Me interesa aplicar lo que estudio a algo que sea útil socialmente”. Le gustaría mejorar el sistema de salud estadounidense y que todas las personas tuvieran acceso a una sanidad universal y gratuita. Mientras hablamos, el ejército israelí ha vuelto a bombardear Gaza, donde residen su abuela paterna, sus tías, tíos y primas.

Brenda se siente afortunada yendo a una universidad privada de artes liberales. “Me doy cuenta de las diferencias de clase que hay dentro del campus. Hay estudiantes que vienen de familias muy muy ricas. Son estudiantes personas blancas fundamentalmente. Hay estudiantes de procedencias humildes, sobre todo personas racializadas que estudian con becas, como yo, y lo compaginan trabajando en el campus, por ejemplo en el comedor de la cantina o en la cocina fregando platos. Cuesta mucho dinero dormir y comer en el campus (comer diez días cuesta 2.000 dólares) y la cosa es que sólo los estudiantes de cuarto curso pueden vivir fuera del campus. La desigualdad también se ve aquí, aunque vayamos a la misma clase”. Brenda tiene 21 años y a pesar de todas las becas recibidas, tiene una deuda estudiantil de 20.000 dólares.

AMELIA: 24.000 dólares de deuda

Amelia describe su experiencia para solicitar una ayuda económica completa —tasas, alojamiento y comida— en la universidad como un proceso “individualizado, estresante y muy difícil”. Tiene 19 años, ha acudido a muchas reuniones para evaluar su ayuda financiera en la universidad y dedica todo su tiempo libre a trabajar. “Las universidades alientan a los estudiantes de bajos ingresos a trabajar más horas para recibir la ayuda financiera que solicitan”, afirma.

Amelia se queda gran parte del verano en el campus universitario para trabajar a tiempo completo —40 horas semanales— y rebajar su deuda, pero le “queda muy poco” después de pagar el alquiler en el campus —1.000 dólares—. El movimiento estudiantil empezó el año pasado una campaña para hacer que el trabajo en la universidad se remunere a 15 dólares la hora —en este Estado, se paga menos de 10 dólares—. “Fuera del campus el salario medio es de 16 dólares la hora”, dice. “Un movimiento como el nuestro podría haberse iniciado mucho antes. Cada verano hay estudiantes que no tienen recursos para comida siquiera y tienen que afrontar gastos de transporte y gastos médicos inesperados”.


La organización CarlsTalkBack consiguió también en 2018 que se aprobara una compensación económica en la universidad por el desplazamiento al lugar de trabajo. Además, En Estados Unidos, después de la ley Affordable Care Act, los empleadores están obligados a dar un seguro de salud a las personas empleadas, durante –al menos– la mitad del tiempo laboral.

“No tengo ningún seguro de salud por mi trabajo. Hay muchas prácticas laborales aquí que son legales pero definitivamente no son morales”, confiesa Amelia 
“Como nos dijeron durante la semana de estudiantes nuevos —la primera semana del año académico—, si trabajas en la cafetería o en un lugar que tiene posibilidades altas de lesión, puedes obtener compensación, pero yo, por ejemplo, no tengo ningún seguro de salud por mi trabajo”, confiesa Amelia. “Hay muchas prácticas laborales aquí que son legales pero definitivamente no son morales y creo que la gente deberíamos pensar lo que pasa en la universidad fuera de las 30 semanales en las que todos los estudiantes estudiamos juntos”.

Si un estudiante no tiene seguro de salud, la universidad te facilita uno. Amelia explica cómo “puedes comprarlo u obtener una ayuda financiera específica para pagarlo, pero de nuevo solo existe de forma individual y es difícil”. Según Amelia, “todavía existe el mito de que todos los estudiantes universitarios tienen suficientes recursos económicos, pero en realidad hay muchos estudiantes que temen por la falta de vivienda y la inseguridad alimentaria”.

Amelia calcula que cuando termine el grado universitario tendrá 24.000 dólares de deuda. “No sé cómo la voy a pagar porque después de querría hacer un postgrado, pero no sé si ganaré suficiente dinero para pagar el préstamo, así que probablemente tenga una deuda muy alta”.

Henry: “vivimos en una deudocracia”

“En mi caso no tengo problemas porque mi familia tiene dinero. Es lo que importa en este sistema y es terrible. Mucha gente se va a graduar con una deuda muy grande. Mi deuda probablemente sea muy pequeña. Pero es un problema de estructura. Mi familia paga casi el 90% de los 66.000 dólares anuales que cuesta esta universidad”.

Henry tiene 20 años y piensa que hay que hablar más de los recursos con los que cuenta cada estudiante y que es necesario redistribuir la riqueza y cambiar el sistema universitario estadounidense. “Yo hice aplicaciones para 24 universidades. Pero el proceso para la elección de universidad está privatizado. No hay una lista pública. Es una aplicación común. Puedes aplicar hasta 20 universidades y si quieres más, lo puedes hacer con otra aplicación. Yo me postulé a cuatro con la aplicación de Texas, que tampoco es pública.

“Hay otras hojas del Gobierno federal que tienes que rellenar con la renta de tu familia, toda la información económica y fiscal. El Gobierno envía luego esa información a las universidades. Los centros te aceptan o no. Cada universidad calcula lo que tienes que pagar. El gobierno federal no presta dinero, lo hace a través de bancos intermediarios. Es un sistema muy cerrado. Sólo puedes rellenar los formularios y seguir. No hay mucho espacio para negociar precios ni para hacer nada. Hay otras gestiones que haces directamente con la universidad, como pedir becas”.

"La acumulación de deuda entre estudiantes causa mucho estrés, que se suma al riguroso trabajo académico que tienes que hacer cada día”

Sobre el tabú que suponen los préstamos y la deuda estudiantil, asegura tener bastante experiencia. “Es una situación muy complicada. Soy copresidente de los socialistas demócratas en el campus. Por ejemplo, estamos haciendo una campaña para aumentar el salario mínimo estudiantil a 15 dólares la hora. Pero solo han firmado 400 estudiantes de decenas de miles y, de momento, no ha cambiado nada. Yo no tengo la presión de tener que trabajar inmediatamente. Pero muchas veces se hacen trabajos que no tienen conexión con los estudios que has hecho. Esta presión se considera normal y, desde mi punto de vista, no es justa. La acumulación de deuda entre estudiantes causa mucho estrés, que se suma al riguroso trabajo académico que tienes que hacer cada día”.

Con respecto a los postgrados, Henry describe cómo “los másters pueden suponer cientos de miles de dólares. A veces tienes grants y scolarships y también das clases, pero obtener un máster es casi peor que un grado”.

Este estudiante apela a la necesidad de organizar un sindicalismo para el siglo XXI: “Desde hace un par de años maestros y profesores de la escuela primaria y secundaria están haciendo huelgas ilegales y organizándose en distintos estados de EE UU. Pero en muchos Estados —como Texas, donde nació y creció Henry— los funcionarios públicos, incluidos profesores, no pueden hacer huelga, ni tener collective bargaining (convenios colectivos), porque si lo intentan pierden su puesto de trabajo. Es un derecho que no tenemos en EE UU. En el sector público los sindicatos no pueden hacer casi nada (¡y son los fuertes!), con un 8% de profesorado afiliado”.

Henry piensa que en EE UU impera una deudocracia. Y ésta se apuntala con los préstamos educativos. “Las deudas estudiantiles están protegidas de forma especial por el Gobierno. Pero no dejan de ser deuda. Y esta deuda persigue a las personas durante toda su vida. La deuda crece y crece si no puedes pagarla. Tengo un amigo de más de 50 años; en los años 90 hizo la carrera de Derecho en la Universidad de Austin, la universidad pública que ahora el Estado de Texas no apoya apenas —en las universidades públicas la mayor parte del dinero son donaciones privadas, y el porcentaje de inversión pública es muy pequeño—. Mi amigo quiso trabajar en derechos humanos y le dijo “que no” a una multinacional. Ganaba menos dinero y su deuda de estudios superaba los 70.000 dólares. Él estaba pagando las cuotas, pero entre 2000 y 2003 tuvo problemas personales y no pudo pagar. Ahora tiene que vivir a la sombra de esta deuda y no tiene recursos. Yo creo que ningún partido político quiere realmente cambiar este sistema. Lo perfiló un poco Bernie Sanders y se le echaron encima”, confiesa.

SANTIAGO: “cuando me gradúe ya no habrá más dinero en la familia”

“Tengo algunas becas, la más grande es un GRASS de la universidad, 43.000 anuales. Ahora recibo 48.000. Además, trabajo diez horas semanales por las que recibo unos 2.200 dólares anuales. Sirve para poco. Para trabajar en la universidad el primer año rellenas un formulario, lo envías al College y ellos deciden dónde trabajas. El primer año estuve en el dinner hall (la cantina), dando comidas a estudiantes. Creo que no es muy justo. Los estudiantes con trabajo tenemos que trabajar mucho sólo para pagar las tasas universitarias. Y los trabajos no son iguales. En el comedor trabajas diez horas sin descanso y no puedes hacer nada más. Pero en el gimnasio, por ejemplo, te puedes sentar en el escritorio y hacer tu tarea mientras trabajas”.

“Mi universidad ofreció un préstamo a mis padres. Eran unos 6.000 dólares pero no lo acepté, porque los intereses eran demasiado altos. Tuve otra beca privada (National Merit Scholarship) de 1.500 dólares. Aquí no se dan becas para estudiantes “buenos”. Hay una competición federal que se llama National Mayor Scholars”.

“Mis padres tenían casi exactamente la cantidad que yo necesitaba para asistir a esta universidad. Así que cuando me gradúe ya no habrá más dinero en mi familia. Pero voy a terminar sin deuda. En esta universidad no es una excepción, pero en EE UU, sí. Mis padres vivían en Ohio y ahora viven en Albany, Nueva York”.

“Tengo dos hermanos mayores, yo soy el más pequeño. Mi hermano fue a una universidad estatal y mi hermana a NorthWestern. Mis hermanos tampoco tienen deudas y esto es muy raro. Todos hemos nacido en EE UU. Mi familia tiene claro el tema de la educación. Vienen de India y empezaron una vida en EE UU. Creen mucho en el poder de la educación y quieren enfatizar que la educación es casi lo único que nos van a poder pagar. No van a poder pagar un matrimonio lujoso ni nada así. La mayoría de mis parientes viven en India. Algunas tías y tíos también viven en EE UU”.

“Muchos de mis amigos están en la misma situación que yo. Recibimos mucho apoyo financiero de la universidad y hablamos mucho de esto. El año que viene me voy a vivir de alquiler con dos compañeros y hablamos del dinero que vamos a necesitar, pero en general no se habla de esto”.

JOHN: “hay un gran tabú con el dinero”

“Llegué [de Colombia a EE UU] como migrante a los diez años. El plan de progreso por el que vinimos aquí era que pudiéramos estudiar y tener mejores oportunidades que mis padres. Yo siempre tuve buenas notas en la escuela secundaria. Yo sabía que iba a ir a la universidad, pero como estábamos en una situación económica muy dura (mi mamá no podía trabajar porque necesitaba una visa de trabajo y todo eso), yo sabía que mis padres no iban a poderlo hacer por mí. Estaba seguro de que podía tener una beca, pero a muchas no me postulaba porque todavía no era ‘ciudadano’ ni ‘residente’.

Por eso mi hermana mayor cuando se graduó en la escuela y intentó estudiar en una universidades locales, comunitarias (community colleges) y técnicas le cobraron como estudiante internacional, aunque lleváramos viviendo ocho años. Era el doble de caro. Ella estaba preocupada por nuestra situación legal, pero gracias a dios, sacamos la green card. Durante mi último año de instituto, mi familia sacó la green card. Eso nos facilitó mucho el proceso y yo pude postular para el programa Guest Bridge, que conecta estudiantes de bajos ingresos con universidades reconocidas. Trabajé en esta aplicación durante mi segundo año de secundaria. Haces una lista de las universidades que te interesan. Si te aceptan tienes que ir allí cuatro años. Yo estaba contento con cualquier centro, siempre y cuando pudiera pagarlo y me ayudaran. Tuve beca completa para cuatro años (room, board andtuition, comida y alojamiento, y tasas universitarias). Pero tenía que pagarme el vuelo y los libros. Mis padres habían ahorrado para el vuelo hasta la ciudad de mi universidad. El primer año pagué unos 200 dólares por trimestre. Además, trabajaba en la universidad y con eso cubrí el coste del viaje. Pero el segundo año subieron las tasas, mi beca subió la mitad del costo real, entonces, tuve que pagar 800 dólares por trimestre. El costo de la vida también subió. Lo pagué trabajando”.

“Durante el primer curso trabajé en la cocina fregando platos ocho y diez horas semanales. En segundo me fui un trimestre a Washington DC con un programa universitario. Para esto hice horas extra en la universidad. En primavera me fui otro trimestre a Francia y la universidad me pagó el billete. Cambié de trabajo, como profesor asistente de español, a veces asistente de profesor de American Studies, y en el gimnasio. Haciendo cuentas, hago diez horas semanales. Ahora estoy al final del tercer curso y tengo 21 años. Voy a salir sin ninguna deuda de aquí, con un doble major en ciencias políticas y en estudios latinoamericanos y un minor en francés”. Ahora John quiere ver las posibilidades de becas para hacer un máster y un PHD (doctorado).

"Me metí en el equipo de waterpolo, donde son todos blancos. Y en ese entorno no hablamos de esto. Tienen dinero”
“Hay un gran tabú con el dinero. No se menciona en grupos grandes, pero entre amigos lo hablamos bastante. En mi círculo de amigos todos somos pobres y tenemos becas. No tengo mucho contacto con ese otro lado de la universidad. A veces me entero de que algún colega está pagando el 100% en la universidad y me sorprende mucho. Hay diferencias de clase y raciales. A veces veo que no hay ningún blanco en mi mesa. Yo he hecho un esfuerzo más consciente para salir de círculos propios. Me metí en el equipo de waterpolo, donde son todos blancos. Y en ese entorno no hablamos de esto. Tienen dinero”.

Su visión de la vida en el campus universitario es que disipa las diferencias. “Vivimos cada año en un sitio diferente. El primer año te asignan una habitación. Luego puedes elegir. Si los amigos quieren salir a un bar o al cine, no pueden porque no tienen dinero, pero en esta universidad nadie sale mucho porque en el campus hay de todo y hay mucha actividad. Entonces se nota menos”.

THELONIA: “me decían 'si no tienes dinero, vuelve a grecia'”

Como extranjera, Thelonia no puede endeudarse en EE UU. Esto tiene una parte positiva y otra que le genera frustración por la precariedad en la que vive y las diferencias que siente con sus compañeros de universidad. Consiguió una beca Fullbright para estudiar en EE UU, pero la fundación recortó los fondos destinados a estudiantes griegos achacándolo a la inestabilidad financiera de la zona.

“En el fondo no quieren ayudarte y apoyarte al 100%”. Thelonia siente mucha diferencia con otros estudiantes Fullbright. “Observa qué estudiantes internacionales estudian en las universidades estadounidenses. De qué familias y países vienen. China, Corea del Sur, India, Dinamarca... Son estudiantes provenientes de familias con ingresos muy altos”.

Thelonia tiene 25 años y es la única estudiante de su facultad que viene del sur de Europa. No era consciente de la precariedad que iba a tener que soportar cuando decidió irse a estudiar a EE UU con la Fullbright. Lo tuvo que hacer todo sola. Ningún profesor le aconsejó ni ayudó. “Nadie te avisa de cómo es el sistema universitario aquí. Tuve que buscar dinero de becas de otras fundaciones y trabajar en hostelería para terminar mi máster en Artes”.

La matrícula de su máster cuesta un poco más de 60.000 dólares anuales. Dura dos años. Thelonia tuvo 14.000 dólares de apoyo para el primer curso. Pero no encontró otras becas para el segundo semestre y se sintió “en medio de la nada”. Así que pidió ayuda a la universidad y, después de varias negociaciones, la propia universidad le cubrió el 50% de la matrícula. “Es como un regateo”. Pasó lo mismo con la casa. “Algunas personas me preguntaban en la universidad: ‘si no tienes dinero, ¿por qué has venido?’. Algunos profesores me decían que si no conseguía dinero para el segundo semestre tendría que volver a Grecia. Lo sentía como una humillación y una hipocresía”. Thelonia se sintió muy sola y deprimida.

“Tuve que crear mi propia comunidad para subsistir en Chicago. Además, mi madre, que es profesora jubilada en Atenas, tuvo que ayudarme pagando 10.000 dólares para terminar el primer semestre. Son unas tasas matadoras"
“Tuve que crear mi propia comunidad para subsistir en Chicago. Además, mi madre, que es profesora jubilada en Atenas, tuvo que ayudarme pagando 10.000 dólares para terminar el primer semestre. Son unas tasas matadoras. Eres Fullbright, hay mucho prestigio y marketing, pero no hay apoyo económico ni emocional”. Para el segundo año, Thelonia consiguió una beca extra de 5.000 dólares de una organización de Boston que apoya a estudiantes griegos que han conseguido pagarse, al menos, un semestre en una universidad estadounidense, que tienen buenas notas y cuentan con recomendaciones de profesores.

“Al final estás todo el tiempo mirando cómo aguantar en la universidad. Es una lucha constante que te transforma. La violencia de la burocracia se vende como “una oportunidad para ti”. Y esto cambia tu forma de pensar. Las relaciones personales se vuelven interesadas para mucha gente. Yo no me deprimí de milagro”, cuenta.

Después de terminar el primer año, la oficina de relaciones internacionales de su universidad permite solicitar otra beca (a Thelonia le descontaron el 20% de la matrícula). “Tienes que explicar por qué tu familia no puede pagar. Yo estaba sola en un país extremadamente caro”. Así que el decano de su universidad le dio otros 10.000 dólares como beca extra.

Además, Thelonia tuvo que trabajar como teacher assistant en dos departamentos de su facultad y como Grad Assistant (gestión de redes sociales, correo electrónico, visitas guiadas de captación de estudiantes) de la Universidad. Como estudiante internacional, podía trabajar un máximo de 20h semanales en la universidad, cobrando entre 12 y 14 dólares la hora. Además tuvo otro trabajo como producer assistant en un festival de performance de Chicago.

“La gente que tiene dinero no es consciente del drama que muchas vivimos”, afirma Thelonia que al final tuvo que pagar 12.000 dólares por su máster en USA, “sin contar alquiler, facturas altísimas y comida de muy mala calidad”. Para esta artista con postgrado, “es una lucha constante que te transforma en lo que quieren que seas. Vives en una austeridad total. Trabajas, trabajas, trabajas. Duermes poco y comes en McDonald si se te acaban los tickets de la cantina universitaria”.

Entre el primer y el segundo año de máster, durante el verano, Thelonia trabajó full-time en la propia universidad “para ganar un poco más” —40 horas semanales a 14 dólares la hora—. Se dedicaba a coordinar las visitas de estudiantes adolescentes, potenciales candidatos. “Estaba 12 horas diarias en la universidad”. Así fueron todos sus días durante los dos años que duró su máster como estudiante Fullbright. Ahora tiene 29 años, quiere resistir en Chicago, investigar, hacer arte y forjar su propia vida, “sin tener que trabajar por cinco dólares la hora”. Thelonia denunció el entramado educativo en su trabajo final de máster, que tituló Deptocracy.

LAURA: 50.000 dólares de deuda

Tiene 26 años, es licenciada en Derecho y trabaja en la Sociedad Americana del Cáncer. Le gustaría hacer un máster en salud pública, pero no quiere endeudarse más. Trabaja como voluntaria y aprende de su trabajo en Chicago, así que considera que no necesita pedir un préstamo de 70.000 dólares “para seguir aprendiendo, dedicar ocho meses de mi vida a un máster y convertirme en agent professor.

Su hermano está en la marina militar (Navy). Ha vivido durante meses en submarinos, en Japón y en Corea del Norte. Ha estado dos años fuera de EE UU. Se enteró de la victoria de Trump cuando salió del submarino. Ahora va a dar clases de Ingeniería informática en la Universidad de Nebraska. “¿Realmente necesitas un grado en una universidad súper cara para trabajar en esto?”, se pregunta. Ahora mi hermano trabaja en una start-up informática. Trabaja muy duro y es muy listo en matemáticas y cálculo. Hizo físicas en el ejército. Pero tiene que seguir a su superior porque si tienes pensamientos propios estás jodido”.

"Mi madre tuvo cuatro trabajos para poder ir a la universidad. Esto no debería seguir pasando. Habría que blindar los derechos básicos, no sólo educación, también sanidad”

Sus abuelos eran militares. “Los estudiantes militares no tienen deudas y cobran mucho dinero mensualmente”, dice. Su madre es profesora y sabe cómo funciona el sistema educativo. “Ha sido mi primera consejera. No necesitas ir a una universidad cara. Mis hermanos y yo hemos ido a escuelas comunitarias y universidades públicas para no tener mucha deuda y no estar muy pillados”. Considera que la meritocracia domina el mundo. Pero hablas con alguien y piensas, no es que sea más listo que yo, es que han invertido dinero en su educación para que hable tres idiomas, toque dos instrumentos musicales y tenga un par de carreras universitarias”.

Ante la pregunta ¿puedes imaginarte otro sistema educativo en EE UU? Laura responde: “Que la gente no tuviera que pagar tasas. Mi madre tuvo cuatro trabajos para poder ir a la universidad. Esto no debería seguir pasando. Habría que blindar los derechos básicos, no sólo educación, también sanidad”, concluye. Laura tiene una deuda educativa de cerca de 50.000 dólares.

Otros estudiantes que hicieron Postgrados en EE UU
Dylan (Chicago, 27 años). Doctorado en Física. Sigue pagando su deuda y espera terminar la próxima década. Dibuja esta ecuación “Sistema Deuda = Sistema Banco = Sistema Muerte = Sistema Mercancía = Deuda estudiantil”.

Pablo (Chicago, 29 años). Máster en Artes Vivas. Migrante trans mexicano y activista. Observa en la universidad “mucho racismo, machismo, clasismo, transfobia, precariedad y dependencia de becas”. No tiene deudas porque no puede contraerlas como extranjero en EE UU. Tuvo una beca Fullbright. Ha visto “muchas vidas truncadas por la trampa de una educación mercantilizada al servicio del capital”.

Tedd (Nueva York, 48 años). Doctorado en Geografía. Tiene una deuda de 134.000 dólares que no puede pagar. No puede ejercer el oficio para el que se preparó. “La estructura de la deuda estudiantil y sus intereses son tan exigentes que pedir un préstamo supone probablemente que no puedas salir del círculo vicioso de la deuda en toda tu vida. Pero ahora todo se está moviendo. El gobierno, las corporaciones y las universidades lo saben. Las resistencias sociales contra esta trampa son cada vez mayores. Yo tengo esperanza”.

Kelly (Nueva York, 56 años). Doctorada Sociología. No quiere decir el monto de su deuda, pero tiene seis cifras y no puede pagarla. Se declara en desobediencia legítima. “Refinanciar una deuda con un banco es casi imposible si tus ingresos son pequeños y las cargas de deuda grandes. Esto es el pan de cada día para muchas personas que un día fueron jóvenes estudiantes y hoy tienen más de 60 años”.  

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Las consecuencias de la crisis de coronavirus se reparten en función de la posición de cada persona en el escalafón social. También en todo lo que se refiere a una de las columnas vertebrales del clasismo: la impartición de justicia.

Últimas

Obituario
Fausto Sánchez García: una vida comprometida con la clase obrera

Fausto Sánchez García (1928-2020) militante comunista y uno de los impulsores en Asturias de la Querella Argentina ha fallecido esta semana.

Coronavirus
Una política exterior europea a prueba de pandemias

La Unión Europea que entró en la pandemia del covid19 no va a ser la misma que salga de ella. Esta afirmación parece evidente, pero también es cierto que quizá aún no seamos conscientes de todos los ámbitos en los que esto va a ocurrir.

Opinión
El trabajo sexual en tiempos de pandemia

Nos cuesta más atender a aquellas que se han quedado colgadas en los márgenes del sistema, por eso poco o nada se ha dicho sobre las trabajadoras sexuales, que a la fuerza han desarrollado estrategias de resistencia y lucha de las que podríamos extraer muchas lecciones.

Coronavirus
Denuncian al Defensor del Pueblo los insultos a personas durante sus salidas terapéuticas

La organización Plena inclusión recibe a diario quejas de personas que son víctima de “un hecho incívico e intolerante inhumano” y recuerda que la norma permite determinadas salidas, entre ellas a personas con trastornos del espectro autista. Colectivos rechazan la polémica propuesta, difundida por redes sociales, de que estas personas vayan marcadas con un pañuelo azul.

Opinión
Minutos de esperanza

Esta situación, que no es una guerra, pero tampoco es solo una crisis sanitaria, está poniendo en cuestión todo aquello que dábamos por hecho.

Coronavirus
Una cura de solidaridad
Granada vuelve a la carga en defensa de la salud y la asistencia sanitaria pública. Distintas iniciativas ciudadanas preparan materiales de protección.
Tecnopolítica
Viralidades
Sobre el virus, la hostilidad, la necesidad de los cuidados y el deber de inmunizarnos ante el odio y la intolerancia