¿Qué le pasa a la izquierda extremeña?
Jónatham Moriche: "La izquierda necesita un proyecto histórico de transformación post-neoliberal para Extremadura"

Quinta entrega de la sección en la que nos preguntamos ¿Qué le pasa a la izquierda extremeña?. En esta ocasión, Jónatham Moriche responde a las preguntas elaboradas por el equipo de El Salto Extremadura. 


publicado
2018-12-06 12:40

Jónatham Moriche fue secretario de organización de Izquierda Unida y secretario general de Podemos en Don Benito (Badajoz), además de cofundador del colectivo Reacciona Don Benito. Ha participado, entre otros, en los espacios regionales Ahora Extremadura y ExtreComunes. Ha publicado textos de análisis político en medios como Rebelión, La Marea, Eldiario, Diario Hoy o El Salto.

¿Qué fue, en Extremadura, de la oportunidad de cambio que se vislumbró a partir de 2011? ¿Puede hablarse de una crisis orgánica del Régimen extremeño del 83, o solo de una reconfiguración del sistema regional de partidos?
Escribía Walter Benjamin en su Libro de los Pasajes: "la catástrofe: haber desaprovechado la oportunidad". Las izquierdas ―o si se prefiere, las fuerzas del cambio, o el campo antagonista― acumulan en Extremadura, en lo que llevamos de década, dos oportunidades perdidas ―o sea, dos catástrofes―, y se encaminan con paso firme hacia la tercera.

La primera de esas oportunidades perdidas fue la de 2011-2015. Coincidían al inicio de esa legislatura tres elementos extraordinariamente favorables desde una perspectiva transformadora: el primero, la potente lucha contra la refinería petrolera de Tierra de Barros, un movimiento de participación amplia y transversal, de envidiable virtuosismo organizativo y estratégico y que había vertebrado en toda la región un espacio político, social y cultural, no solo en defensa del medio ambiente, sino de cuestionamiento estructural del Régimen extremeño de 1983; el segundo, el retorno de Izquierda Unida a la Asamblea de Extremadura, con 3 escaños decisivos para la composición de mayoría parlamentaria; el tercero, un 15-M que, contra todo pronóstico, arraigó no solo en las cuatro o cinco mayores ciudades de la región, sino en casi todas las medianas e incluso en bastantes pueblos pequeños, que fue capaz de articularse y cooperar a escala regional y que sirvió luego de fértil caldo de cultivo para otras iniciativas, como las asambleas de la PAH, la RSP o el CAS, la campaña "Extremadura No Se Vende", la campaña por la Renta Básica o los Campamentos Dignidad.

Bien administrada, aquella coyuntura de 2011, con una izquierda decisiva en la institución y empoderada en la calle, hubiese podido servir para abrir una brecha de profundidad inédita en la hegemonía del Régimen extremeño del 83

La decisión de IU (con 3 diputados) de no pactar con el PSOE (con 30), sino abstenerse permitiendo formar gobierno al PP (con 32), adoptada por sus bases en un proceso participativo sin precedentes por extensión e intensidad, fue inicialmente muy bien acogida por los movimientos sociales extremeños, porque colocaba a Izquierda Unida en una posición nítidamente separada y opuesta a los partidos del turno del Régimen, y en consecuencia cercana al espíritu del 15-M. Pero esta sintonía entre calle e institución se fue malogrando conforme los célebres «doce mandamientos» impuestos por Izquierda Unida a Monago para permitir su investidura se fueron incumpliendo, sin que la coalición, progresivamente acomodada a su nueva posición de influyente socio parlamentario del PP, le pusiese remedio, y conforme el impacto de la crisis y los recortes alimentaba y radicalizaba la movilización social contra el ejecutivo regional, conduciendo a un choque de trenes que, a los pocos meses de iniciada la legislatura, ya desgarraba el campo antagonista extremeño de forma brutal y dolorosa, dentro de la propia Izquierda Unida, entre Izquierda Unida y los movimientos y entre los mismos movimientos.

Bien administrada, aquella coyuntura de 2011, con una izquierda decisiva en la institución y empoderada en la calle, hubiese podido servir para abrir una brecha de profundidad inédita en la hegemonía del Régimen extremeño del 83. Y es importante preguntarse por qué no ocurrió así, no ya por mera puntillosidad historiográfica, sino porque, más allá de los nombres propios y las coyunturas concretas y mudables, las condiciones estructurales que provocaron aquella catástrofe siguen siendo hoy las constitutivas del espacio político antagonista extremeño. Frente a un bloque de poderes tan extraordinariamente arraigado, compacto y omnipresente como el que sustenta el Régimen extremeño del 83 ―PSOE y PP (y ahora también Ciudadanos y Vox), UGT y CCOO, UPA y ASAJA, CREEx y APYME, Canal Extremadura, Diario Hoy y El Periódico Extremadura, además del propio aparato burocrático de la Junta y las Diputaciones―, la cooperación no es una opción, sino una necesidad, si es que de veras se quiere, además de testimoniar el descontento, provocar cambios fundamentales en el devenir histórico de nuestra tierra. Y esa cooperación exige la multiplicación del diálogo político razonado y transparente y de los espacios en que este se pueda desarrollar, y de las instancias de intermediación que eviten que todo lo construido salte por los aires cuando ese diálogo falla, o sea, justamente todo lo que nos faltó desde 2011 para evitar aquel choque de trenes, y todo lo que después nos volvió a faltar para evitar la desastrosa fragmentación de candidaturas de cambio en las elecciones autonómicas y municipales de 2015.

Es evidente que subyació siempre un conflicto de enorme calado entre muy distintos proyectos políticos, sustentados en lecturas distintas de la estructura económica, de clase, cultural y política de la región, de la interpretación de su pasado y de las expectativas para su futuro

Este primer nivel causal apela a lo organizativo, a estructuras muy identitarias y autorreferenciales, con severas dificultades para rendir cuentas y acordar estrategias duraderas más allá de sus propios límites orgánicos, pero más importante aún es un segundo nivel causal, de tipo cultural, teórico e ideológico, que subyace a esos problemas orgánicos, sin casi nunca aflorar del todo a la superficie y en consecuencia sin casi nunca poder ser abordado directamente, que refiere a la ausencia de un verdadero proyecto histórico compartido de transformación post-neoliberal para la región, en torno al cual, más allá de los devenires orgánicos, los liderazgos testosterónicos o las filias y fobias personales o tribales, puedan articularse de forma consistente y duradera sensibilidades y fuerzas transformadoras diversas. Visto ya con algo de perspectiva, es evidente que, bajo toda la atribulada hojarasca de convulsiones orgánicas de aquella legislatura, subyació siempre un conflicto de enorme calado entre muy distintos proyectos políticos, sustentados en lecturas también muy distintas de la estructura económica, de clase, cultural y política de la región, de la interpretación de su pasado y de las expectativas para su futuro, que inexplicablemente ni se habían debatido antes, ni se debatieron entonces, ni se han debatido después.

¿Qué balance haces de la acción de la izquierda social, política y cultural extremeña en esta legislatura 2015-2019 que ahora concluye?

Una segunda catástrofe que ha venido a continuar y profundizar la anterior. Es importante recordar cómo termina aquella legislatura 2011-2015, con una irrupción de Podemos inicialmente muy ilusionante en la campaña de las elecciones europeas de mayo de 2014 y el posterior "verano de los círculos", que como el 15-M llegó a todas las ciudades extremeñas y también a muchos municipios medianos y pequeños, y movilizó a mucha gente con y sin trayectoria sociopolítica, de forma muy espontánea, autogestionaria y descentralizada, pero que desde el mismo otoño de 2014, antes y después del primer Vistalegre, se embarra en una serie de sucísimas operaciones de disciplinamiento ideológico y orgánico, que primero devasta en su interior aquella diversidad y vitalidad original y sus potencialidades, y luego hace imposible en las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2015 la confluencia con aquel sector de Izquierda Unida no alineado con la dirección regional y sus componendas con el PP, además de con Equo y con otros actores, que terminaron concurriendo por separado a las urnas en los "encomunes" municipalistas y en la candidatura regional Adelante Extremadura. Y aún después del pobre resultado de aquellas elecciones, este cierre burocrático de Podemos no ha dejado de estrecharse, terminando de asfixiar a lo largo de la legislatura a sus sectores críticos y periféricos, y al cabo desgastando incluso a su mismo equipo dirigente y a su entorno más inmediato.

Que la dureza de estos procesos internos de Podemos ha tensionado y en muchos casos liquidado tejidos sociopolíticos preexistentes y alejado a mucha gente de la política y del activismo es un secreto a voces

Que la dureza de estos procesos internos de Podemos ha tensionado y en muchos casos liquidado tejidos sociopolíticos preexistentes y alejado a mucha gente de la política y del activismo es un secreto a voces. Sumadas estas bajas a las causadas por los conflictos de la legislatura anterior, hablamos de una descomunal sangría de capital humano y político, que ha tenido un impacto demoledor en la capacidad de movilización, la implantación territorial o la influencia cultural del campo antagonista, permitiendo al PSOE recuperar desde 2015 no solo el gobierno autonómico, sino la iniciativa ideológica e incluso el protagonismo en la calle. Ejemplo importante y doloroso de esta recuperación ha sido la capacidad del ejecutivo de Fernández Vara de conducir enteramente a su voluntad y provecho a lo largo de esta legislatura dos procesos tan fundamentales como la adaptación al cambio climático, mediante la Estrategia de Economía Verde y Circular Extremadura 2030, y la reivindicación de las infraestructuras, mediante el Pacto por el Ferrocarril, además de su ya tradicional hegemonía en todo un abanico de sectores, demandas y acciones centrales del campo progresista, del movimiento LGTBI al de la Memoria Histórica, pasando por el asociacionismo juvenil y cultural, la solidaridad y cooperación internacional y por supuesto el sindicalismo.

Hay que señalar, en justicia, un puñado de excepciones notables, como el movimiento estudiantil asambleario en la UEx, actualmente uno de los más potentes de toda la Universidad española, los movimientos ciudadanos por la movilidad urbana y contra la minería de litio en la ciudad de Cáceres y contra la corrupción y por el uso público del Hospital Provincial en la ciudad de Badajoz, la campaña en solidaridad con el ex-alcalde de Carcaboso Alberto Cañedo o algunos municipalismos rurales transformadores en el gobierno, como en Carcaboso o Talaveruela, o en la oposición, como en Hervás o Torremayor, y por supuesto el movimiento feminista, que aún operando a escala y con objetivos globales tiene también un impacto concreto y directo sobre los territorios en que se despliega. Pero la ausencia de un proyecto histórico de transformación post-neoliberal de la región, que interconecte todas estas demandas en una malla extensa y consistente, que atraviese y engarce transversalmente territorios, generaciones y sensibilidades, hace que cada una de estas líneas de antagonismo se quede en buena medida encerrada dentro de dinámicas locales o sectoriales que limitan su potencial disruptivo y transformador frente al Régimen del 83.

La unidad electoral se va a dar porque es imperativa para todos los actores partidarios implicados

Con Izquierda Unida inmersa en una lenta reconstrucción tras los conflictos de 2011-2015 y la pérdida de representación en la Asamblea, y con otros posibles sujetos alternativos de perfil más movimentista, como Ahora Extremadura, el Plan B Extremadura o ExtreComunes, sucesivamente fallidos por una suma letal de flaquezas propias y presiones externas, solo Podemos disponía de la representatividad, la visibilidad y los recursos para acometer la labor de extender y activar por toda la región esa malla de resistencias y alternativas, algo que ni siquiera intentó, en favor de una dinámica de ensimismamiento identitario, burocrático y disciplinario de muy cuestionable moralidad, enorme pobreza intelectual y resultados políticos lamentables.

¿Ves deseable y posible la unidad de la izquierda transformadora y los actores de cambio en Extremadura? ¿Qué desafíos les aguardan en el medio plazo del próximo cuatrienio, y qué estructuras y estrategias necesitaría desarrollar para enfrentarlos con éxito?

La unidad electoral se va a dar porque es imperativa para todos los actores partidarios implicados. Para Podemos, es imprescindible para mejorar o siquiera mantener sus 6 escaños, para Izquierda Unida y Extremeños, es la única manera de volver a la Asamblea. Otra cosa es cuánto capital social, cultural y político real puede movilizar hoy esa coalición electoral. Salvo que de aquí a mayo, contraviniendo todas las tendencias anteriormente descritas, esta coalición electoral desplegase una campaña de enorme virtuosismo ético y estratégico, capaz de rearticular y poner en movimiento una parte significativa de lo desarticulado y desmovilizado en estos pasados ocho años, las posiciones en la Asamblea y los ayuntamientos serán similares o como mucho algo mejores que las actuales, acercándose gracias a la agrupación de voto de Podemos, Izquierda Unida, Extremeños y Equo a la media estatal de Unidas Podemos, pero de nuevo muy lejos de antagonizar cara a cara con el PSOE por la hegemonía del flanco progresista.

En el mejor de los escenarios, la coalición obtendría un máximo de entre 8 y 10 diputados en la Asamblea, y no es seguro que pueda aportar los concejales necesarios para desalojar al PP de los gobiernos municipales de Badajoz, Cáceres y Plasencia; en elecciones generales, la ampliación de la confluencia al regionalismo progresista de Extremeños acercará el primer escaño en el Congreso por Cáceres, pero difícilmente alcanzará para aspirar al segundo por Badajoz. En resumen, y contra lo que sin duda todas y todos desearíamos, la próxima legislatura no será la de la decisiva fractura institucional por la izquierda del Régimen extremeño de 1983. Tercera oportunidad perdida, tercera catástrofe. Son demasiadas.

A partir de mayo de 2019, la izquierda extremeña deberá reflexionar sobre si quiere perseverar en este tristísimo sendero de oportunidades perdidas o prefiere ensayar otros derroteros

A partir de mayo de 2019, la izquierda extremeña deberá reflexionar sobre si quiere perseverar en este tristísimo sendero de oportunidades perdidas o prefiere ensayar otros derroteros. Ninguna alternativa de cambio es posible en Extremadura sin una implantación territorial extensa, que requiere una perspectiva orgánica federativa y cooperativa entre las y los muchos y diversos, y la acción cultural de gran alcance que la sustente. Para demoler un régimen y cambiar una sociedad hace falta algo más que un nuevo partido, hace falta toda una nueva cultura política. Mientras Extremadura se siga mirando y pensando políticamente a sí misma en los términos y con los límites del periodismo del Diario Hoy y Canal Extremadura, los tuits de Fernández Vara, la agenda cultural de las Diputaciones, los informes del Club Senior y los encuentros empresariales del IFEBA o la FEVAL, aquí hay Régimen del 83 para largo.

Por eso, la tarea más inmediatamente fundamental es desarrollar lo que podríamos denominar una «esfera pública antagonista extremeña» y sus instrumentos. Necesitamos revistas, libros, documentales, televisión y radio on-line, youtubers y memes, buzoneo y puerta a puerta, encuestas y consultas ciudadanas, grupos de discusión, debates presenciales, exposiciones y conciertos, todo tipo de actividades de formación, que involucren de uno u otro modo a miles o decenas de miles de personas, en los que se fragüe colectivamente la economía política crítica y el proyecto alternativo de región capaces de inspirar y cohesionar el sujeto político antagonista y confrontar la hegemónica cosmovisión caciquil-neoliberal, acrítica y despolitizadora del Régimen del 83.

Esa expansión hacia afuera solo es posible si en paralelo también se da una profunda transformación hacia dentro

Pero esa expansión hacia afuera solo es posible si en paralelo también se da una profunda transformación hacia dentro. Tiene que haber un desplazamiento radical de la centralidad de la vida política antagonista, desde las estructuras de partido, sus liderazgos, familias y camarillas, y ahora sus grupos de WhatsApp y Telegram, desde todo eso que siempre hemos denominado coloquialmente «la fontanería», hacia la deliberación pública, transparente y argumentada de ideas, proyectos y prácticas, que trascienda las organizaciones e incluso las confluencias entre ellas, para abrirse de par en par a la participación directa y la toma de decisiones de cuantos, se sientan o no representados por esas organizaciones, participan de sus objetivos de transformación. Procesos de ese tipo hubieran sido necesarios, por ejemplo, para encarar en esta legislatura cuestiones como las del tren y la adaptación al cambio climático: la única manera de que el campo antagonista pueda plantar cara con posibilidades de éxito a articulaciones de intereses tan potentes como las que subyacen al Pacto por el Ferrocarril o la Estrategia 2030 es poner sobre la mesa proyectos transformadores de una solvencia científico-técnica y por supuesto ética abrumadora, en cuya elaboración, difusión y defensa se impliquen activamente miles de personas de una punta a otra de la región, como ya hicieron con éxito en el pasado las Comisiones de Afectados por la central nuclear de Valdecaballeros o a la Plataforma Ciudadana Refinería No.

Ninguna organización política en solitario, y tampoco una mera coalición de partidos, está hoy en condiciones de acometer esas tareas en Extremadura, pero contemplado en su conjunto, difuminando sus fracturas interiores, el cuerpo social antagonista extremeño, dentro y más allá de las organizaciones políticas, sí dispone del capital humano y político para hacerlo ―y basta para certificarlo con repasar el ejemplar mapeo que aquí en El Salto Extremadura venís haciendo de él en estos últimos meses. Pero para que ese capital social y político disperso pueda conectarse y activarse hace falta que esa autocomprensión ecosistémica del campo antagonista, esa genérica "ciudadanía extremeña del cambio" en la que encontrarse y desde la que actuar en común, se imponga al patriotismo de siglas y el patrimonialismo de luchas. A la vista de los antecedentes, no cabe esperar que este radical cambio de paradigma se produzca espontáneamente, va a haber que pelearlo, y seguramente con dureza, frente a muchos prejuicios, inercias e intereses largamente sedimentados en nuestras propias culturas y organizaciones políticas. Pero no cabe más opción que hacerlo, porque al final la disyuntiva es sencilla: o cooperar o perder, y el cambio ya ha perdido demasiadas veces en Extremadura. En nuestras manos está la posibilidad de que la próxima vez sea diferente.

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3 Comentarios
#27336 9:28 7/12/2018

En este artículo se da una de las claves de la hegemonía socialista y la redes clientelares en Extremadura, como el PSOE copa e instrumentaliza las diferentes colectivos y plataformas (con honrosas excepciones) e incluso dos temas tan pujantes como la movilización por el tren y la adaptación al cambio climático rápidamente ha sido absorbido por PSOE-Junta y encarrilado hacia sus intereses. No dejan margen para las movilizaciones ciudadanas.

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#27313 14:58 6/12/2018

Análisis muy lúcido y necesario. Es sorprendente la tendencia que tienen las organizaciones políticas e incluso movimentistas ha cometer y caer en los mismos errores, y pasar de un movimiento participativo, abierto y asamblea a estructuras burocratizadas y encerradas en sí mismo.
Espero que la próxima coalición electoral que se está fraguando vuelva a la práctica del partido-movimiento y sepa conectar con los sectores antagonistas extremeños

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#27327 21:43 6/12/2018

Que dios te oiga donde quiera que esté, incluso aunque no exista.

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