Perdón por los soberbios

Marta Sanz

publicado
2017-09-12 11:02:00

Cada vez que escribo tomo la palabra desde la conciencia del privilegio. Después de dos décadas, existe una comunidad de lectores que dedica su tiempo a mis relatos y el proceso de comunicación literaria se cumple. Con la escritura intento descubrir orden en el caos o, al revés, busco quebrar la claustrofobia del molde civilizatorio o poner bajo la lente la violencia sistémica. La palabra significa cuando llega y, en esa llegada conflictiva ­—se interponen el mercado y el filtro del gusto dominante—­, soy una trabajadora autónoma autoexplotada. Mi marido está parado y yo con mis músculos me aferro a la fibra de la clase media y viajo a encuentros literarios, colaboro con mil publicaciones, hago crítica, doy charlas, imparto clases, voy a clubes de lectura, presento libros… Soy una privilegiada que critica el sistema desde cierta posición de centralidad, me desgasto en mi obcecación o en mis contradicciones, y cada día me duelen más la clavícula y el iris del ojo. Mis enfermedades son el precio que pago por mi pluriempleo.

Todavía existe una aristocracia cultural, pero la mayoría somos trabajadores que no reivindicamos nuestros derechos, porque quejarse no queda bien: te dedicas a una actividad prescindible que, además, te gusta. El adjetivo prescindible lo merecemos: hace años nos comportábamos bufonescamente, como palmeros de un mundo que algunos imaginaron como el mejor de los posibles. El holograma de la libertad conquistada relega la cultura al espacio espectacular y le resta su sentido desvelador, transformador, educativo, su raigambre pejiguera… Se hace demagogia y expresar un juicio contra el “gusto” de la mayoría parece un desprecio hacia los menos privilegiados: jalear el imperio de lo cuantitativo, lo que no se piensa dos veces y sale del corazón, la creencia de que existe una opinión pura, no desvirtuada por la ideología dominante, no parece sin embargo una manera de ejercer la democracia, sino de justificar el desbaratamiento de la escuela pública.

En el populismo neoliberal se devalúa el conocimiento: se confunde el saber con la falta de frescura y con la incapacidad para encontrar fórmulas salvadoras que se hallan en los valores empresariales del emprendimiento y la resiliencia

Los pobres blancos —poor whites de Faulkner— alzan a Trump al poder como ejemplo de pudrición democrática: para estos votantes, el discurso de izquierda es un asunto de actores pijos que posan. Algo de razón tienen. En el populismo neoliberal se devalúa el conocimiento: se confunde el saber con la falta de frescura —publicitaria— y con la incapacidad para encontrar fórmulas salvadoras que se hallan en los valores empresariales del emprendimiento y la resiliencia. El self-made man de Sillicon Valley no tiene estudios superiores. La self-made woman tampoco. La estulticia nos iguala, pero no nos hará libres. Se esgrime el imperio del corazón frente a la soberbia de la inteligencia: frente a la posibilidad de que el resentimiento, que nos convierte en airados tuiteros y televidentes, se torne en un sentido crítico que cuestione monopolio, desigualdad, el terror de convertirnos en publicistas de lo que nos mata.

Quienes activan una idea de literatura como forma ideológica que amplía la visión del mundo tienen razones para sentir temor. La ruedecilla de la rentabilidad relacionada con un perverso deber ser de la literatura —entretenida, fácil, irónica, cursi, conmovedora, anestésica, cosmética, esperanzadora, política y retóricamente correcta, reconocible…— puede expulsarlos de ese mercado donde algunos encontramos hueco porque la inquietud política aún tiene su público. Hoy se nos obliga a satisfacer al cliente. A pedir perdón por soberbios, empollones, mesiánicos, abstrusos, gilipollas.

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