Nobleza obliga: sobre un caso de confluencia político-económica entre las élites azteca y española

Las élites a los dos lados del Atlántico y los cerca de mil descendientes de Moctezuma.

Guillermo de Grau i Rifé
Guillermo de Grau en su representación de Príncipe Guillermo III de Grau-Moctezuma, junto a su mujer. Atrás, como recurso retórico, un cuadro con la imagen de María Xipahuatzin, hija de Moctezuma II.

publicado
2018-01-01 07:14:00
“Observar una costa que se desliza ante un barco 
equivale a pensar en un enigma” 
Joseph Conrad. El corazón de las tinieblas


Su nombre era Guillermo de Grau i Rifé. Así lo confesó en 1952, cuando fue detenido por la policía de Barcelona. También dijo que todo había sido un cuento, uno de su invención, y que ya estaba cansado de mantenerlo. A Guillermo se le acusaba de falsificación de títulos nobiliarios, específicamente de falsificar documentación para ir por la vida diciendo que era el príncipe Guillermo III de Grau-Moctezuma y cabeza de la Orden soberana e imperial de la Corona de México, descendiente del enlace matrimonial entre doña María Xipahuatzin, hija de Moctezuma II, con Don Juan de Grau, quienes tuvieron un hijo, en 1536, nacido en Toloriu y bautizado como Juan Pedro de Grau y Moctezuma, barón de Toloriu y emperador legítimo de México, símbolo de la unión entre dos dinastías monárquicas y que daría inicio a esta fabulosa historia.

De esa unión perdura una placa, en el mencionado pueblo de los pirineos, firmada por el chevalier L. Vidal Pradal de Mir, uno de los muchos pseudónimos de Guillermo de Grau, en este caso en su faceta de heredero de los caballeros de la orden de la corona azteca de Francia, con la cual también ofrecía títulos nobiliarios. A 200.000 pesetas por un condado, 300.000 por un marquesado o un millón por un ducado. Los títulos concedidos son rimbombantes, como el que le otorgó a José Castán Tobeñas, famoso jurista de la época, nombrado Caballero del Gran Collar de la Soberana e Imperial Orden de la Corona Azteca o el concedido a su panadero, el señor Ramón March, nombrado pastelero de honor de la corona azteca, en el año 1974. Es posible imaginar a Guillermo III en su panadería de la esquina, ungiendo a Don Ramón con la baguette recién comprada en una mano y el cetro azteca en la otra.

El rastro del falso príncipe habría terminado en Andorra, a donde huyó en los años sesenta si no es por que finalmente fue detenido el 13 de abril de 1987, en Barcelona, por haber montado una ONG para luchar contra la droga usando dinero vinculado a la venta de falsos títulos nobiliarios. 

Sin embargo, la historia de un bribón materializada en una posiblemente apócrifa placa también nos invita a preguntarnos por el único hecho indudable que representa, a saber, el encuentro de dos personajes, provenientes de mundos disímbolos y que de tan alejados en lo geográfico como en lo cosmogónico, nos parece ahora increíble que sociológicamente quizás pudieran haber tenido algún punto en común que los emparentaba: el privilegio de haber nacido nobles. ¿Podemos de esta historia particular y rocambolesca sacar algún indicio que nos hable de una identificación de clase entre las dos noblezas? No es este el espacio para relatar todos los hechos, variados, sangrientos y contradictorios, que precedieron a la caída de Tenochtitlan, pero un poco de contexto nos ayudaría a hacernos las preguntas correctas.

EL FIN DEL IMPERIO AZTECA

Estamos justo después del sitio que puso fin al reinado de Moctezuma II. Los españoles comandados por Hernán Cortés, aunque llegaron a tierras mexicanas con tan solo 40 jinetes y 400 infantes, ya habían logrado obtener apoyo de miles de guerreros pertenecientes a los pueblos sojuzgados por los mexicas, sin los cuales no habrían podido derrotar al más grande y poderoso Imperio en la historia de Mesoamérica. Algunos historiadores remarcan la inestimable ayuda que recibió Cortés de Xicotehncatl “El Viejo”, quién, gracias a su labor diplomática, logro juntar a Totonacas y Tlaxcaltecas en torno a la empresa española. Por otro lado, la explicación más aceptada es que los pueblos mexicanos que arrasaron Tenochtitlan acabaron con toda la nobleza mexica, sin embargo se desestiman otros datos, como la conformación de bandos dentro de la nobleza azteca, llegando incluso a confrontaciones, donde unos abogaban por dar muerte a los españoles y otros a generar alianzas con ellos. Moctezuma mismo fluctuaba entre una y otra posiciones.

De hecho, la auténtica tragedia para los Moctezuma y casi también para los españoles ocurrió cuando el pueblo, enfurecido, se dio cuenta de la traición que planeaban sus gobernantes. Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, narra que, después de que Moctezuma hablara con la multitud para pedir “respeto” hacia los invasores, estos se enfurecieron atacándolo con lanzas y piedras. Debido a la minoría española, estos no pudieron protegerlo y murió rodeado de españoles acongojados, que temían que su aventura americana terminaría en aquel momento.

Con la nobleza mexica caída en desgracia por su propio pueblo y los españoles huídos a refugiarse con los tlaxcaltecas, fue cuando cobró un valor decisivo para los conquistadores las alianzas con los pueblos rebeldes mesoamericanos.

LA DESCENDENCIA DE MOCTEZUMA

Resulta confuso saber cuantos miembros de la familia real lograron rescatar los españoles, ya que, según los cronistas, la descendencia de Moctezuma en aquel momento superaba la centena sin contar las cerca de cincuenta concubinas embarazadas. A pesar de que las cifras han sido cuestionadas por “exageradas”, tampoco han sido desmentidas. Como sea, ateniéndonos a la documentación con la que se cuenta, se pueden trazar varias líneas dinásticas que perviven a uno y otro lado del Atlántico.

Por un lado, se encuentra la línea trazada hasta Tecuichpo Ixcaxochitzin (Isabel de Moctezuma), hija del emperador y considerada su legítima heredera. La corona española le otorgó a ella el título de emperatriz y de sus descendientes surgiría, por un lado, la Casa Moctezuma, dueña de gran parte del centro histórico de Cáceres, capital de Extremadura, y por otro lado, la rama del condado de Miravalle, mucho más desperdigada. Esta rama se encuentra a ambos lados del Atlántico, y de ella habría surgido hasta un secretario de Gobernación priista, el zedillista Esteban Moctezuma Barragán, posteriormente presidente de la Fundación Azteca de la culebronera TV Azteca, surgida tras la privatización de la televisión paraestatal Imevisión en 1993.

De esta rama consanguínea surgiría, muy recientemente –una curiosa por no llamar surrealista–disputa. María del Carmen Enríquez de Luna y del Mazo, XII Condesa de Miravalle, exige, desde su palacete en Granada, que el Estado mexicano le pague lo que se le adeuda de “la pensión Moctezuma” una compensación por “derechos dinásticos” entregada hasta 1933 por el Gobierno mexicano, año que suspendió su pago coincidiendo con la supresión de la monarquía y todos sus privilegios por parte de la II República española. Esta suspensión se mantuvo durante al franquismo debido al no reconocimiento mexicano del gobierno antidemocrático español. Al momento de la suspensión, los herederos aztecas recibían un pago anual de 1.480 gramos de oro, que en 2010 equivalían a unos 60.715 dólares

Blanca Barragán, una de las herederas de la rama mexicana de Moctezuma, explica que “el caso de la deuda a los Moctezuma no está cerrado, porque el Gobierno de la colonia española lo inscribió en el Gran Libro de la Deuda Pública, y la deuda pública es imprescriptible. Simplemente se ha dejado de cobrar desde 1934, por lo que el Gobierno mexicano debe, sumado a la gran deuda, casi otro siglo de intereses. Es una cantidad para volverse locos”. La Barragán, que pertenece a la decimoquinta generación de descendientes de la Emperatriz Isabel, dice que tiene en su poder “la documentación necesaria para ganar un juicio al Estado mexicano por concepto de la deuda”.

Otra rama de los Moctezuma sería la de la estirpe de Tlacahuepantzin Yohualicahuacatzin (Pedro de Moctezuma), su hijo Diego Luis de Moctezuma fue llevado a España por el rey Felipe II, su descendencia obtendría el Ducado de Moctezuma de Tultengo. De esta rama saldrían generales que lucharon en la guerra de Independencia de Estados Unidos, otros tantos generales españoles y Francisco Javier Girón, descendiente de Moctezuma Xocoxotzin en undécima generación y fundador de la Guardia Civil española. De este mismo linaje descendería la tan mediática, y ahora fallecida, duquesa de Alba.

Y otra rama de descendientes de Moctezuma se fundiría con los duques de Atrisco, de donde saldría un virrey de la Nueva España, por lo que se dio la significativa coincidencia de que un heredero azteca gobernaría el antiguo Imperio, pero ahora del lado rival español.

Por último estaría la rama catalana, que nacería de la unión de Juan del Toroliu con la princesa Xipaguatzin y que, en comparación con las otras ramas, sería la menos exitosa en términos de poderío económico-político y cuya epopeya parece terminar con el fraudulento Guillermo de Grau haciéndose pasar por emperador azteca en la Barcelona de los años 60.

En total, habría, reconocidos, alrededor de 350 descendientes de Moctezuma en España y entre 600 y 700 en México. ¿Cuáles son algunas de las preguntas que nos permite hacer el recorrido dinástico de esta rocambolesca historia de entrecruce de elites? ¿Nos autoriza una anónima placa en los pirineos a deconstruir el relato binario de unos conquistadores en tanto victimarios frente a otros conquistados en tanto victimas y generar un relato más complejo y enrevesado? Este no es lugar para agotar la pregunta, pero sí para hacer algunas anotaciones que nos lleven a cuestionar cierto relato hegemónico en el que predomina la clave imperial mientras, interesadamente, se ignoran o minimizan las complejas relaciones de clase inter-civilizatorias, que la Historia no nos autoriza a desestimar solo por que no se ajusten al dominante binarismo del par colonialista/colonizado.

MISMO SISTEMA, DISTINTA AUTORIDAD

Le debemos al marxista Enrique Semo, historiador económico mexicano, especialista en el análisis del tipo de producción colonial y precolombina, el relato más complejo del tipo de relaciones, sobre todo económicas, que se dieron entre “la república de españoles” y “la república de indios”. Cuando desembarcan los españoles se encuentran con una serie de pueblos, de un inmensa variedad y con diversos grados de “desarrollo económico”. En el caso de los mexicas, el campesinado no conoce la propiedad individual de la tierra. Se trata, efectivamente, de un tipo de propiedad comunal. Sin embargo, existía la explotación extractivista del campesinado, cuyos excedentes le son alienados por la élite político-religiosa: “El producto excedente adoptaba la forma de tributo, que iba a parar a manos del Estado y sus representantes”.

El administrador del rey de España, Rodrigo de Albornoz, en 1525 hace una clarificadora comparación entre el campesinado de una y otra cultura: (los) “de estas partes son de mucha razón y orden, y acostumbrados a contribuir a Moctezuma y sus señores como los labradores de España”. La corona española saca conclusiones ventajosas de tal situación al corroborar que aquella civilización, en algunos aspectos, se encuentra ciertamente estructurada de forma “similar” a la suya, es decir, que, a diferencia de otros pueblos precolombinos, los Aztecas poseían una estructura institucional ad hoc en tanto no era una economía de subsistencia, sino de acumulación, que generaban excedentes los cuales eran privatizados gracias a un sistema de castas que podría y debería, en la medida de lo posible, mantenerse intacto. Así, la orden real de 1523 dice respecto a los indios: “Que nos den y paguen, en cada un año otro tanto derecho y tributo como daban y pagaban hasta ahora a los dichos sus tecles y señores”. Según estos cálculos elaborados por la corona, el tributo prehispánico era un 30% del producto agrícola y artesanal total, por lo cual, la Corona, en palabras de Semo “se inclinaba a la conservación del status quo económico”, es decir, “intentó simplemente colocarse en el puesto dejado vacante por el Estado azteca”. A la manera de la famosa salsa de la Fania All Star, se trató de una operación del tipo “quítate tu, para ponerme yo”.

A este sistema político-económico mesoamericano, Enrique Semo lo nombró “despotismo tributario”, jugando, modificando y, en cierta medida, cuestionando la categoría marxista clásica de “despotismo oriental” contenida en el análisis hecho por Marx del “modo de producción asiático”. El soberano español, con tal de hacerse con el control total de los excedentes de la tierra, se enfrentó a los colonos españoles. Algunos de los nuevos colonos tenían aspiraciones señoriales y querían convertirse en clase dominante de la Nueva España. Todos querían enriquecerse rápidamente y es así que exigían al rey que les diera “luz verde” en la explotación intensiva de sus tierras de propiedad particular, haciendo uso de la fuerza de trabajo indígena. Pero no lo consiguieron. Al menos mientras en la Nueva España mandó el rey.

Aunque en 1600 los indígenas fueron declarados hombres libres y se prohibió su esclavitud, el sometimiento directo de los indígenas al poder real ocasionó que la república de indios se desarrollara a su propio ritmo, sin integración real en una comunidad de destino y bajo la mirada recelosa de los colonos, que envidiaban la “excepcionalidad” indígena en cuanto estaban exentos del pago de impuestos, no estaban totalmente sometidos al derecho penal sino el consuetudinario y, sobre todo, que sus tierras fueran inalienables, en tanto eran de propiedad comunal. Estas condiciones fueron interpretadas por los colonos como un sesgo paternalista por parte de la monarquía. Sin embargo, aunque paternalista, la excepcionalidad indígena no tenía unas bases éticas sino exclusivamente económicas: preservando el imaginario y las prácticas indígenas se intentaba mantener intacto el espacio simbólico que ocupaba el rey como sustituto del Tlatoani [del náhuatl ‘tlahtoāni’, fue el término usado por varios pueblos de habla náhuatl en Mesoamérica para designar a los gobernantes de los āltepētl o ciudades], es decir, ocupaba el “lugar vacante” dejado por  Moctezuma y, por tanto, la corona garantizaba la continuidad idiosincrática de “la tradición” del tributo:

“A pesar de su violencia, la conquista no destruyó a la sociedad indígena. Existe, al contrario, una continuidad entre lo prehispánico y lo colonial. El enlace entre las dos sociedades se encarna en la sobrevivencia de la comunidad agraria y el sistema tributario que sobre ella descansa. Esta continuidad fue posible gracias a la existencia de elementos afines en la sociedad azteca y el imperio español. Por otra parte, el desarrollo de la economía de la república de los españoles no fue lo suficientemente dinámico para impedir que la Corona y la Iglesia salvaran e incluso restauraran elementos afines del sistema despótico tributario azteca, dañado por la conquista”. 

La inestabilidad y posterior subdesarrollo de la Nueva España puede atribuirse, en parte, al hecho de que los colonos, y posteriormente el poder criollo, siempre intentaron debilitar o incluso destruir el despotismo tributario “transmitido” de los aztecas a la corona y ventajoso para esta, pero que de forma residual otorgó una cierta autonomía a los indígenas gracias al fuero otorgado por la corona con el beneplácito de las misiones católicas.

Las comunidades indígenas se encontraban entre la espada y la pared, arrinconadas por “protectores interesados” a un costado y “enemigos voraces” por el otro. Una visión retrospectiva nos enseña que, al final, terminaron ganando los colonos voraces, ya que fue el sistema de semi-esclavitud que se instituyó con el latifundismo del siglo XIX y XX lo que llevó a la sublevación indígena durante la Revolución Mexicana, pero aquí ya estamos hablando del periodo independiente.

En el México contemporáneo, el significante “azteca” se encuentra mediatizado y forma parte de la esfera de lo espectacular y la cultura de masas. Su uso político es fetichizado desde la retórica oficialista e interpretado como un gesto identitario, un rasgo conformante de la ideología nacional-estatista forjada en los albores del surgimiento del Partido Revolucionario Institucional. La función espectacular de lo Azteca debe entenderse en el sentido amplio dado al término “Espectáculo” en tanto “no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre las personas mediatizada por las imágenes”, como nos ha enseñado el situacionismo. Al turista no se le escapa la gran puesta en escena de lo azteca en el Zócalo de la Ciudad de México, corazón simbólico de la nación, donde la leyenda mexica del Águila devorando una serpiente se despliega en la monumental bandera nacional, icono donde cristaliza lo azteca en tanto poder institucional-espectacular, que luego es representado vivamente por la cultura popular gracias a esos prodigiosos personajes transformados en simulacro anacrónico de “lo indígena” que realizan sahumerios y alabanzas en la misma plaza, fuera de la catedral metropolitana, pero también en tantos otros lugares. 

Es en el mundo del espectáculo, más que en lo académico, donde se investigan las posibles alianzas del poder monárquico, ya sean ficticias o reales, entre el pasado prehispánico y la nobleza española. Transformado en espectáculo, el poder se legitima y humaniza, al “acercar al telespectador” un universo sociológicamente distante, cerrado y elitista.

Si uno tira de la hemeroteca se encontrará con los intentos, que ahora resultan cómicos, por parte del régimen nacionalista mexicano de sustituir, por la vía de la censura institucional, la figura de Santa Claus por la de Quetzalcoátl", confundiendo los procesos culturales con el uso retórico institucional de la iconografía. Ha sido tal la contaminación del relato nacionalista en la cultura popular que el gobierno de Pascual Ortíz Rubio creyó poder sustituir una cosa por la otra, con mucha inocente arrogancia.

Un ejemplo de identificación a nivel imaginario con el legado de los Moctezuma se da en el trato de “traidores” al pueblo tlaxcalteca, históricos aliados de los españoles frente al Imperio Azteca. Es esta sombra que persigue al pueblo tlaxcalteca la que impulsó a Delfino Carro, escritor de origen indígena, a escribir El estigma de los tlaxcaltecas, donde describe como no solo los tlaxcaltecas estuvieron sitiados por los aztecas durante 60 años, solo para dar paso a las sangrientas “guerras floridas”, sino que además, les prohibieron a los tributarios que les vendieran productos de primera necesidad, en una especie de “bloqueo económico”.En su opinión, mientras los Aztecas tuvieron una reacción típicamente “política” al enviar regalos a los españoles, los tlaxcaltecas libraron sangrientas batallas con ellos, hasta que se dieron cuenta que tenían algo en común: un mismo enemigo. Esto ocurrió no solo con los tlaxcaltecas, sino con todos los pueblos insumisos al poderío mexica.

Si uno escribe “tlaxcaltecas” en el buscador Google, la primera sugerencia del predictor de búsquedas es “tlaxcaltecas traidores”. Es un mito que perdura con el tiempo y que muestra la persistente estigmatización de aquellos pueblos que se opusieron al Imperio Azteca, un subproducto de una cierta identificación mexicana a nivel imaginario con las élites Mexicas.

¿Por qué en el imaginario mexicano queremos vengar a Moctezuma y nos sentimos traicionados por los tlaxcaltecas? ¿puede considerarse “traidor” a un pueblo tratando de salvarse a sí mismo? Como consecuencia de cierto historicismo, se tiende a pensar en términos de “hitos históricos”. De manera antagónica se encontraría un tipo de Historia no lineal hecha de contraposiciones, intercalamientos o discontinuidades paradójicas, como aquella del “todo cambia para que nada cambie”. ¿Se le puede poner fecha de nacimiento a la injusticia y explotación de los pueblos originarios americanos? Todo  depende de  de que “pueblos originarios” estemos hablando. Cuando los españoles llegan a tierras americanas se encuentra un mosaico diverso, pero sobre todo desigual, por lo que es un error histórico hacer un corte tout court de todo el universo prehispánico.

Para los tlaxcaltecas el origen de la invasión y el abuso no se colocaría en el año 1492 o en el 1521, sino unos cuantos siglos atrás. ¿Como se podrían leer las teorías decoloniales a la luz del caso mexicano y no echando en saco roto lo dicho por Enrique Semo respecto a la estructura socioeconómica prácticamente intercambiable entre aztecas y la España feudal? El paternalismo del relato tipo “el buen salvaje”, que disimula el carácter imperial y explotador de algunas de las civilizaciones mesoamericanas, esconde un racismo, a veces disimulado ¿No es acaso racista el negarle al otro la capacidad de hacer el mal?

La veneración que se tiene hacia los símbolos de la grandeza mexica, empezando por la bandera mexicana, que lleva estampada la leyenda de la fundación de Tenochtitlan, es solo un aspecto de la doble moral mexicana que permite, por un lado, la idealización del pasado prehispánico mientras se desprecia a los indígenas reales, de carne y hueso, los que padecen la pobreza y marginación. Gloria al indio muerto. Olvido y exclusión para el indio vivo, aquel que cotidianamente es despojado de su tierra y cultura.

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4 Comentarios
Alonso 20:06 2/1/2018
Excelente artículo para empezar el año. Puede decirnos ¿cuál es el texto de Semo que cita?
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El autor 13:07 3/1/2018
Con gusto: SEMO, Enrique (1973). Historia del capitalismo en México, 1521-1763. México: Editorial ERA.
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#5755 16:12 1/1/2018
La capital de Extremadura es Mérida, y no Cáceres como se afirma en el artículo.
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El autor 10:56 2/1/2018
Fe de erratas: A pesar de ser un municipio de gran importancia para la región, la capital de Extremadura no es Cáceres sino Mérida. Mea culpa.
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