LGTBIQ
Bianka Gabriela Rodríguez: “Los grupos antiderechos practican una ideología del odio”

Bianka Gabriela Rodríguez preside Comcavis Trans, organización que trabaja por el reconocimiento y el cumplimiento de los derechos humanos de las personas LGTBI en El Salvador, donde las mujeres trans tienen una expectativa de vida de 33 años.

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Comcavis Trans trabaja con personas LGTBI desde 2008. Pablo Santiago

publicado
2019-04-15 06:00

En una escuela de San Salvador disfrutaba de su único espacio de libertad Bianka, una mujer trans que en su niñez fue encerrada en una habitación durante ocho años por tener “gestos de niña”. Siendo adolescente escapó a una zona de conflicto entre pandillas, donde trabajó en una panadería para subsistir, aunque nunca cobró su salario y tuviera que dormir dos años sobre sacos de harina. Ya adulta, atentaron dos veces contra su vida. Al preguntarle si sufrió algún secuestro, responde entre risas: “Sí, pero solamente una vez”.

En este contexto, es más sencillo entender un dato macabro: la expectativa de vida de una mujer trans en El Salvador es de 33 años. Bianka tiene 26, por lo que cree que le quedan siete. Sean los que sean, Bianka ya es una mujer empoderada decidida a dedicar su vida a defender y reivindicar los derechos de las mujeres trans de El Salvador. Para eso lidera la organización Comcavis Trans, asesora a la ONU Mujeres y participa en la iniciativa por una ley de identidad de género en su país.

¿Cómo es la infancia de una persona LGTBI en El Salvador?
Ser una niña o niño LGTBI en El Salvador es muy difícil. Por ejemplo, las mujeres trans son expulsadas de sus hogares por sus padres a los 10 u 11 años debido a su identidad de género. La familia no entiende ese concepto y son excluidas, algo que también pasa con hombres gays. En este entorno, las niñas trans salen a las calles sin ninguna protección, aunque ahora exista una ley de protección, pero que no se aplica a personas LGTBI. Muchas niñas trans de El Salvador son excluidas, explotadas sexualmente y víctimas de trata. Hay un Estado pasivo que no les ofrece derechos básicos. Otro ejemplo es el de las niñas lesbianas, que sufren violaciones correctivas en las que familiares o amigos de la familia tienden a violar a la niña para corregir su orientación sexual bajo el pretexto de que si no ha probado un pene, no puede ser válida.

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Bianka RodrIguez asesora a ONU Mujeres en El Salvador. Imaxe: Comcavis Trans.

Desde la adolescencia, las mujeres trans sufren violencia y en muchos casos se ven obligadas a realizar trabajo sexual. ¿Qué riesgos tiene ser una mujer trans en tu país?
Las mujeres trans son la cara más visible de la discriminación hacia el colectivo LGTBI. Vivimos en un círculo de violencia en los hogares, pero también social, porque la sociedad no está educada para entender qué es la orientación sexual o la identidad de género. Es esa misma sociedad la que les margina y quien acaba ejerciendo esa violencia. Las mujeres trans son obligadas a ejercer el comercio sexual como único método de subsistencia, ya que son excluidas del sistema educativo y se ven sumergidas en una violencia entre pandillas. Estas pandillas ejercen muchos tipos de violencia: física, verbal, sexual, etc.

En las avenidas las mujeres trans ganan su sustento, pero tienen que pagar una cuota al pandillero para poder trabajar en cada calle. Además, tienen que hacer otro pago para ‘garantizar su seguridad’, como dicen. Si no se les paga con dinero, las agreden sexualmente.

Mi compañera Tania fue violada y golpeada durante 11 horas; estaba atada de pies y manos y sus partes genitales fueron cortadas y colocadas encima de su pecho. El asesinato sigue impune

Tu compañera Tania Vásquez, mujer transgénero y activista, fue asesinada en 2013.
Tania fue una de las fundadoras de Comcavis Trans. Según el estudio forense, fue violada y golpeada durante 11 horas. Estaba atada de pies y manos y sus partes genitales fueron cortadas y colocadas encima de su pecho. También tenía un impacto de bala que le habría ocasionado la muerte. Introdujeron su cuerpo en una bolsa plástica y la dejaron en un parque muy transitado de San Salvador. Es un caso que también nos afectó como organización, porque el Estado, a través de la Fiscalía General de la República, nos criminalizó como autores intelectuales de este crimen por odio. Cambiaron tres veces al fiscal responsable, pero el asesinato sigue impune.

Aunque en 2015 hubo reformas en el código penal relativo a los homicidios de odio hacia colectivos LGTBI, estos no están siendo aplicados por quien imparte justicia. El sistema político es muy inestable, con dos expresidentes del país condenados y otro acusado. Hay una falta de estado de derecho evidente que está generando una impunidad y permitiendo que los delincuentes y pandilleros sigan amenazando y ejerciendo violencia sin ser juzgados.

Eres parte del Grupo Asesor de la Sociedad Civil de la ONU Mujeres y participaste en la elaboración de un proyecto de ley de identidad género, que lleva parada un año. Hay otras leyes que no se aplican, la mayoría de feminicidios quedan impunes... ¿Por qué es tan difícil cambiar y cumplir la ley?
La Mesa Permanente por una Ley de Identidad de Género ha trabajado en un proyecto de ley que reconozca el cambio de sexo, nombre y género de las personas trans en El Salvador. Esta iniciativa, en la que trabajamos desde 2014, fue apoyada por un programa de la ONU y en 2018 una diputada del FMLN brindó el respaldo para presentar la propuesta, pero ahora está parada en la Comisión de Género. No se ha convocado a las organizaciones que elaboramos este proyecto de ley para hablar de las necesidades del colectivo, como la importancia del cambio de nombre.

Yo no me llamo Bianka, ese es mi nombre autoasignado; en mi documento de identidad aparece mi nombre masculino, aunque la foto sea femenina. Sufro de discriminación por este motivo. No hay ningún tipo de ley que regule el trabajo de las personas trans para facilitar nuestra inclusión, en la educación tampoco podemos acceder a una educación digna, no podemos acceder a viviendas públicas….

En España ahora hay un contexto diferente a El Salvador, pero hace unos años no era tan diferente. La situación en España puede volver atrás y tiene que ser la sociedad civil quien defienda los derechos ganados. El matrimonio igualitario o la ley de identidad de género pueden desaparecer, e incluso la despenalización del aborto. En El Salvador, hay mujeres que pagan hasta con 50 años de cárcel sus complicaciones obstétricas

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Comcavis Trans traballa con persoas LGTB desde 2008. Imaxe: Comcavis Trans.

¿Cómo crees que hubiera cambiado tu vida si hubieras nacido en un país con estos derechos de los que hablas?
Quizás no hubiera sido activista o defensora de derechos humanos. Quizás ahora sería una profesional graduada con título universitario, algo que no puedo tener ahora en El Salvador. Quizás estaría casada, con un trabajo bien remunerado. Habría sido diferente; no habría sufrido tanta violencia como he sufrido.

Quizás eres más necesaria como activista que como ingeniera…
[Risas] Sí, yo estudié tres años de ingeniería agroindustrial, pero por la discriminación que sufrí en la universidad pública me vi obligada a dejarlo y a buscar un trabajo, y también en el ámbito laboral de la empresa privada había resistencias para contratarme por mi expresión de género, solo porque no coincidía con mi nombre. Por eso me dedico a defender los derechos humanos y ahora lidero esta organización de mujeres trans.

Antes de ti, tu organización era liderada por Karla Avelar, que tuvo que exiliarse por un premio.
Karla es una lideresa y defensora de los derechos LGTBI que cuenta con más de 20 años cambiando la realidad de mujeres trans. Ella vivió en carne propia la violencia y la discriminación en las cárceles, ya que fue una mujer privada de libertad, fue violada, torturada… Karla es una superviviente, recibió nueve impactos de bala en su cuerpo... Por eso fundó Comcavis Trans; para mí, es un símbolo de lucha. Fue nominada al premio Martin Ennals de derechos humanos en 2017 y eso generó más violencia hacia ella y su familia. Los pandilleros, que son una estructura perfectamente organizada, la amenazaron a ella y a su familia para que les entregaran el premio sin ella haberlo ganado. Karla vivió unos meses agonizantes. Después tuvo que exiliarse porque ponía en riesgo la vida de su madre. Karla no hubiera aguantado otro atentado contra su vida. Hizo bien en solicitar asilo en un país de la Unión Europea, donde sigue haciendo incidencia política a través de diversos medios para que El Salvador avance en materia de derechos humanos.

Quienes defienden el modelo único de familia tradicional están defendiendo también la violencia, pues es el modelo donde hay mayores índices de feminicidios y de abusos a niños y niñas

Igual que Karla, muchas mujeres trans en El Salvador son privadas de libertad. Vuestra organización trabaja con ellas, ¿cuál es su situación y en qué consiste vuestro trabajo?
La situación en las cárceles de El Salvador es muy difícil, especialmente para las personas LGTBI y todavía más para las mujeres trans. Hombres y mujeres van a penales diferentes. Al no tener una identidad, nosotras tenemos que ir con nuestra expresión a un penal de hombres. Este es un eje de trabajo que Karla Avelar desarrolló en Comcavis. Desde entonces hemos trabajado en bajar los índices de violencia en las cárceles, donde ella misma fue abusada por más de cien hombres cuando fue privada de libertad por un delito que no había cometido, sino que se defendió ante una agresión. Sufrió violencia sexual de los internos y también de los funcionarios de seguridad. Es una realidad muy habitual. Además, no tienen una dieta alimenticia adecuada, no hay los medicamentos necesarios, hay una alta tasa de VIH… El sistema de salud no da abasto y, en definitiva, no se les asegura el derecho.

Muchas mujeres trans se hicieron operaciones artesanales, como el inyectarse aceite en sus pechos, lo que les ocasiona problemas. Con toda la violencia que sufren, es muy fácil que reciban golpes en esa zona y muchas veces acaban muriendo. Tampoco les permiten acceder a los programas de reinserción social y laboral, lo que dificulta que puedan abandonar el trabajo sexual al salir. Dentro de las cárceles hay un hacinamiento, con miles y miles de personas. La violencia es exacerbada y el Estado hace caso omiso de las denuncias que estas personas hacen ante los directores y los mandos superiores de los centros penitenciarios.

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Bianka Rodríguez visitou varios centros galegos co proxecto O Mundo Que Queremos. Pablo Santiago

Tú también sufriste violencia desde la infancia, explotación laboral, atentaron contra tu vida… Después de pasar por todo eso, ahora eres activista. ¿Qué reflexión haces desde tu posición actual?
Fue muy difícil. Mi reflexión la dirigiría a los padres y madres, para que entiendan que ser trans o lesbiana no es algo innatural o no biológico. Lo único que difiere de un hetero a un gay es su orientación, únicamente. Cuando una niña o un niño trans nace, solo difiere su identidad, pero el niño sigue siendo el mismo, sólo que tiene que adoptar los patrones con los que se siente identificado. Ese mensaje es primordial. Ahora hay líderes y movimientos antiderechos abanderados por la protección de la vida y la familia, pero modelos de familia hay muchos, también en El Salvador. Hay familias de abuelos, de madres solteras, de tíos y sobrinos…

Quienes defienden el modelo único de familia tradicional están defendiendo también la violencia, pues es el modelo donde hay mayores índices de feminicidios y de abusos a niños y niñas. ¿Defienden eso? Creo que tienen una idea equivocada. Hay una frase habitual en las marchas LGTBI: “Luchan a favor de la vida, pero cuando nace LGTBI le quitan los derechos”. ¿De qué están hablando? Hablan de amor, hablan de dios… Yo soy una persona creyente, pero no voy a generar odio para perjudicar a otras personas.

Ante lo que llaman “ideología de género”, los grupos antiderechos practican una ideología del odio que exacerba la violencia y la desinformación. Si vivimos en una sociedad educada en la que disminuir la desigualdad vamos a construir una sociedad justa y equitativa. Gracias a las feministas de hace 50 años, que hoy llamarían feminazis, hoy las mujeres pueden tener voz.

Que hagan una reflexión sobre la educación para toda la sociedad. Ser LGTBI no es una diferencia. Yo no discrimino a nadie por su religión, lo mismo deberían hacer ellos. La lucha social puede generar paz, que es lo que buscan nuestras sociedades, vivir en ambientes armoniosos y pacíficos. Allí podremos convivir todos y tener un mundo donde quepamos todas las personas.

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