Independencia de Catalunya
¿La República Catalana como construcción del espacio de todas y todos?

La proclamación de la nueva República se puede ver como una oportunidad para dejar de lado el sistema de selección e integración de las identidades basadas en la dominación del otro.

Manifestación de estudiantes en Barcelona
Manifestación estudiantil en Barcelona. Víctor Serri

publicado
2017-11-06 00:00:00

“El mundo al revés nos entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa”. 
Eduardo Galeano. Patas arriba. La escuela del mundo al revés

El pensamiento griego lo tuvo claro a la hora de separar el adentro y el afuera de las sociedades civilizadas: la política era cosa de hombres griegos con un determinado nivel de renta; mientras que las mujeres y los menores de edad, los extranjeros y los esclavos ocupaban, a un nivel inferior, el espacio de la carencia y de la subordinación, un no lugar situado fuera del espacio público y en el que los individuos se aproximaban a los animales e incluso a los objetos inanimados.

Esta tarea de delimitar el espacio antropológico y político llegará a su punto más alto con la definición que ofrece Aristóteles del esclavo por naturaleza. Con esto se refiere Aristóteles a aquellos individuos que, por sus características esenciales, están predeterminados a vivir bajo las órdenes de otros individuos.

Para Aristóteles la categoría del esclavo por naturaleza se confunde en muchos casos con la del bárbaro, el nacido más allá de las fronteras de la civilización

Partiendo de la concepción griega del logos –entendido como razón pero también como lenguaje–, y con el objetivo de determinar qué individuos están llamados mandar y cuáles a obedecer, Aristóteles pone en marcha todo un sistema de identificación, selección y representación basado en argumentos que se presentan como racionales. Dicho de manera directa: es racional aquel que habla griego, es decir, la única lengua comprensible para el que determina precisamente qué es lo que se puede considerar como racional. Todo lo que queda fuera de esta caracterización es tomado como un elemento periférico, diferente y en este sentido inferior e incluso peligroso. Se entiende entonces que para Aristóteles la categoría del esclavo por naturaleza se confunda en muchos casos con la del bárbaro, el nacido más allá de las fronteras de la civilización y que no alcanza más que a balbucear un sonido casi ininteligible cuando se lanza a emular la forma de expresarse de sus superiores.

El extranjero como bárbaro

Este esquema acabará por constituirse como el origen de todo un modelo teórico y práctico, de carácter etnocéntrico, que llegará hasta nuestros días a través de las distintas leyes de extranjería. En este sentido, cuando se acepta que a alguien se le encierre en un centro de internamiento por no tener papeles de residencia aunque no haya cometido delito alguno; cuando se acepta que haya personas que huyendo de la guerra se ven obligadas a sobrevivir en campos de refugiados a las puertas de nuestras ciudades; o cuando se acepta, en fin, que al presunto terrorista –o incluso a aquel que ha cometido de forma probada actos de terror contra la población– se le pueda abatir a tiros sin necesidad de ningún tipo de justificación moral, es que ya se ha empezado a despojar de humanidad al que es radicalmente otro, al que no se parece lo suficiente a nosotros como para incluirlo dentro de nuestro catálogo de derechos.

La ciudadanía en disputa

Algunos de estos elementos han aparecido en el proceso que ha llevado hasta la proclamación de la República Catalana. En uno de los últimos debates en el Parlament catalán y ante las acusaciones del presidente del PP en Catalunya, Xavier Garcia Albiol, a los grupos independentistas de querer crear una nueva frontera, el diputado de la Cup Albert Botran reivindicó la construcción del espacio de la ciudadanía desde una perspectiva republicana. El derecho a la nacionalidad dependería entonces de la voluntad de pertenencia libremente expresada por los habitantes de un territorio, de manera que todas aquellas personas que vivan, trabajen o deseen formar parte de la nueva República no habrían de encontrar el más mínimo impedimento por razón de su origen.

Diferentes grupos de personas migrantes residentes en Catalunya criticaron que se haya dejado fuera del referéndum del 1 de octubre a todas aquellas y aquellos que no cuentan con la nacionalidad española
En todo caso, en el camino que ha conducido a la proclamación de la nueva República ya se ha dejado entrever alguna muestra del mismo racismo institucional que se puede encontrar en la legalidad española. Así se ha podido ver en la llamada Ley de Transitoriedad, puesta en cuestión por activistas como Daniela Ortiz o Brigitte Vasallo, así como por diferentes grupos de personas migrantes residentes en Catalunya, por impedir participar en el referéndum del 1 de octubre a todas aquellas y aquellos que no cuentan con la nacionalidad española. Como apunta el politólogo y jurista Albert Noguera, para superar el carácter obsoleto de dicha ley y para incorporar elementos vanguardistas en el futuro texto constitucional, habría que poner en marcha un proceso constituyente de carácter popular, elaborado a partir de la articulación de los movimientos sociales y dejando en un segundo plano el papel de los juristas profesionales.

La República Catalana como república-refugio

Como recordaba Gilles Deleuze, en el pensamiento de Aristóteles encontramos la cumbre de un sistema basado en la representación de un conjunto de identidades jerarquizadas, en el que se limitan cuando no se eliminan directamente las diferencias reales. La alternativa se encontraría en la articulación sobre un plano horizontal de singularidades de todo tipo, en base a un sistema que ponga en contacto lo diferente con lo diferente desde la diferencia misma. En definitiva, desplazar la identidad en favor de la diversidad como hilo conductor de las relaciones políticas y sociales. Es en este sentido que la proclamación de la nueva República se puede ver como una oportunidad para dejar de lado el sistema de selección e integración de las identidades que hemos visto desde su raíz aristotélica. Para ello, es necesario que la construcción de la República Catalana conecte con la inmensa heterogeneidad que conforma la base del tejido social, desde las necesidades de las capas populares y para dar forma a las reivindicaciones de todas aquellas personas que escapan del patrón etnocéntrico –y heteronormativo– materializado en las expresiones legales y jurídicas de los Estados. Como se puede leer en un mural realizado por uno de los Comités de Defensa del Referéndum, avanzar hacia la construcción de una República de todos los colores. Sin más centro que las periferias. Sin más nosotros que las otras y los otros que con sus acciones ya han empezado a trazar la imagen de una nueva realidad. 

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