La ciudad sumergida

Madrid tuvo playa: en los años 30, pozas, embalses y piscinas eran lugar habitual de recreo de los vecinos.

piscina
A la altura de la Estación del Norte, la piscina La Isla tenía tres piletas y un club social con salón de baile, gimnasio y solárium. Archivo El Salto

publicado
2017-08-24 14:38:00

El escaso caudal del Manzanares ha sido ridiculizado y mucho. Sin embargo, tiempo antes de la fiebre de las obras públicas y la contaminación industrial, era costumbre ir a bañarse en el río, a las pozas de la sierra y los arenales de la ciudad. Los vecinos, fuesen vestidos de calle, con o sin bañador, se remojaban cerca de las orillas, donde las lavanderas tenían instalados sus tendederos de ropa.

En el siglo XVII se habilitó una zona de baños bajo el Puente de Segovia, dividida para hombres y mujeres, con reglamento de seguridad que prohibía el acceso a “los niños menores de doce años, a las caballerías y a los borrachos”. Esto de bañarse y pescar en el Manzanares llegó hasta los años 60 o 70 del siglo pasado, cuando los límites de contaminación no lo aconsejaban.

Con la última remodelación de Madrid-Río, han vuelto los peces y los pescadores. Muchas nos relamíamos con la promesa del edil pintoresco que quería volver a celebrar naumaquias en los estanques del Retiro y la Casa de Campo, así, versión transformers, pero mucho nos tememos que no vamos a ver nunca esas absurdas maravillas…

A pesar de la poca consideración que guardamos hacia el río, se nos olvida con frecuencia que esta ciudad es agua y que los afluentes corren bajo nosotras. El antiguo Madrid estaba surcado de riachuelos y en sus fuentes se recogían las aguas que caían de las torrenteras; por ejemplo, del arroyo Leganitos o de su vecino, el del Arenal. En época de lluvias eran tan fuertes que se construyó un gran puente entre los dos. Para poder construir más zonas residenciales, en el siglo XVIII ambos fueron soterrados. De la memoria de Arenal y Leganitos solo quedan las calles que llevan su nombre, pero a más de treinta metros bajo tierra todavía están el puente y los cauces rápidos del agua.

Agua medicinal

El agua del Leganitos, que los vecinos decían era medicinal, a finales del XIX decidió ser explotada en unos baños públicos de la Cuesta de San Vicente que incorporaron las primeras piscinas públicas de Madrid. El Niágara se llamaba este complejo con dos grandes piletas (una para hombres y otra para mujeres, esta última un poco más pequeña), donde el cliente podía nadar, además de disfrutar de un servicio de restaurante y gran jardín. Las zonas de baño fueron compradas por el Club Atlético de Natación. Este sería el germen del Club Canoe, antes de que lo derribaran y construyeran el hotel Príncipe Pío (y su legendario cine…), pero volvamos a las piscinas…

En los años 30, las modas europeas sobre la vida al aire libre, el amor a la naturaleza y el naturismo fueron recogidas en los idearios de la II República. En Madrid se construyeron numerosas instalaciones para fomentar una ciudad en armonía con el medio ambiente; de ahí la proliferación de parques, fuentes, arboledas y, por supuesto, piscinas públicas.

El Manzanares fue objeto, por primera vez, de una atención a su limpieza y encauzamiento, para que los madrileños pudiesen disfrutar del baño con seguridad. No solo eso, sino que se realizaron a partir de 1931 dos proyectos fabulosos.

El primero creó un gran embalse de agua del río, muy cerca del Hipódromo de la Zarzuela. Los vecinos tuvieron su verdadera Playa de Madrid (1932), un enorme espacio con arenales alrededor del embalse, presa y edificios recreativos, diseñados por el arquitecto Muñoz Monasterio (autor del Estadio Bernabéu).

Este lugar se hizo popularísimo en la década de los 30, por su precio económico, las zonas para practicar deportes como el remo y la belleza del enclave. Fue destruido en la guerra civil, si bien se reconstruyeron algunas obras en los años 50, pero sin embalse ni presa, habilitando unas espléndidas piscinas. Solo queda como recuerdo en el callejero el nombre de “Carretera de la playa”, cerca de Cardenal Herrera Oria. Bueno, y un magnífico complejo de recreo ultra caro. En los años 50, el franquismo construyó el Parque Sindical, aquella mega piscina que marcó las vidas de media ciudad.

En 1931 comenzó el otro proyecto. Esta vez justo encima del Manzanares, aprovechando una de las islas que existen (o existían) en su cauce. Luis Gutiérrez Soto (el arquitecto del edificio Barceló) diseñó la estructura, que parecía un buque de vapor varado en el río, con la proa orientada hacia el sur. Este impresionante edificio, lleno de detalles en cristal y formas redondeadas, una verdadera sorpresa en el centro de la ciudad, alojaba tres piscinas, una de ellas cubierta, y un club social con salón de baile, gimnasio, solárium y restaurante.

La piscina La Isla estaba a la altura de la Estación del Norte, y fue frecuentada por lo más selecto de la sociedad de la época, que había trasladado el Club Canoe a sus instalaciones. Por desgracia, quedó medio destrozada en la guerra. El complejo quedó devastado definitivamente en unas inundaciones a finales de los años 40, hasta que estas obras a las que nos tiene acostumbrado el Ayuntamiento terminaron por sepultarlo bajo lo que más gusta en esa casa, el hormigón. No hay más que ver lo que han hecho en Madrid-Río, tapar el agua y hacer agujeros para que salten unos tristes chorritos.

Gracias al deseo de acercar a la gente la afición por una práctica que hasta entonces estaba reservada a zonas residenciales de la clase alta, caros clubs privados y hoteles, se inauguraron diversas piscinas a lo largo de Madrid. Donde ahora se encuentra la clínica de la Moncloa, se construyó la piscina El Lago. En el barrio de Ciudad Lineal, las piscinas Mallorca y Formentor. En la Dehesa de la Villa, la Tritón.

Más tarde, como recuerdo de las piscinas de los años 30 y símbolo de un tiempo muy extraño, los años del franquismo, donde se mezclaban gente muy rica, famosos internacionales y americanos de la base de Torrejón, y porque todavía permanece en pie, intacta y protegida por sus propietarios, recordamos la piscina Stella, que también parecía un barco, mejor dicho, un crucero de lujo varado en tierra.

No era para menos, al haber sido diseñada por Fermín Moscoso del Prado, quien había creado el Club Náutico de San Sebastián, que a su vez inspiró el edificio de la piscina La Isla. Stella es un bello edificio comenzado en 1947, cerca de la actual plaza de Arturo Soria, que se puede atisbar desde la carretera de La Coruña. Además de la piscina, Stella disponía de todos los lujos, bolera al aire libre incluida. Ojalá nuestros actuales dirigentes echaran un vistazo a esta obra antes de seguir con las capas de cemento.

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