Cine
“Quiero que me enterréis enderezada”

A las mujeres que se les ha enseñado a relacionarse consigo mismas a través de las miradas de los demás, la retirada de esta mirada equivale a una muerte, a entrar en un limbo, y es en ese limbo donde se aparca a las mujeres de mayor edad.

Un fotograma de ‘Eva al desnudo’
Un fotograma de ‘Eva al desnudo’.

publicado
2018-11-19 06:00

MARGO: Yo no soy veinteañera ni treinteañera. Tres meses hace que cumplí los 40 años. Cuatro-cero. Se me ha escapado.
LLOYD: Pero para la gente tú puedes tener la edad que quieras.
MARGO: Será la que quieran ellos. Me da igual si miles de personas creen que tengo 6 o 600 años.
LLOYD: Solo importa una persona: Bill. Todo porque has vuelto a reñir con Bill.
MARGO: Bill tiene 32 y aparenta 32, lo lleva pareciendo 5 años y los seguirá aparentando 20 años más. Odio a los hombres.


En su libro Look me in the eye, Barbara McDonald y Cyntia Rich ponían sobre la mesa en 1974 una de las problemáticas que permanecían escondidas dentro del movimiento feminista: el tema de la edad pasaba totalmente desapercibido.

Llama la atención este hecho. McDonald lo explica de la siguiente manera: “Yo veía a mujeres de 60, de 70 y de 80 años que eran amigas mías, pero nunca hablaban conmigo del proceso de envejecimiento, así que asumí que trascendían este hecho”. Era algo de lo que no se hablaba y, como no se hablaba de ello, esa misma invisibilidad que manaba del miedo y de la culpabilidad conducía de nuevo al silencio.

En 1950 salieron dos películas que hacían referencia a esta problemática absurda de la sociedad: la edad de las mujeres. Y, sobre todo, a la edad de las mujeres en pantalla. Dos películas que han sido analizadas desde innumerables puntos de vista: la condición humana, la caza de brujas contra los LGTB y el enfoque feminista. En ellas, dos actrices de 40 y 50 años asumen como pueden el peso que la sociedad atribuye a esta edad, y de los conflictos generados por ella.

En Sunset Boulevard, Norma Desmond transforma la realidad para que sea como cuando ella era una estrella y para ello vive en el pasado. Y en Eva al desnudo, la actriz Margo Channing vive conscientemente su sustitución por una candidata más joven, más ávida de poder y gloria que ella con más cinismo que melancolía.

El reflejo de Hollywood lleva siendo durante mucho tiempo el reflejo de nuestras vidas.

En su análisis sobre el edadismo, McDonald y Rich demuestran la verdadera falla del sistema. Mediante la desapropiación de la muerte que se ha ido produciendo mientras el sistema económico e industrial redirigía la vida y daba la espalda a todo aquello que podía contener una semilla de fealdad y vejez, el cuerpo femenino —la figura de lo femenino como tal— ha sido cuestionada de la manera más atroz por los efectos del paso del tiempo.

Cuando en El crepúsculo de los dioses Joe le dice a Norma Desmond que no es algo malo tener 50 años sino empeñarse en creer que tiene 25 se equivoca, porque lo ve desde el punto de vista de un hombre. La edad de los hombres les coloca en una posición de sabiduría, mientras que la imagen de la mujer se ve deteriorada paulatinamente. No es deseable, ergo es invisible, no merece la pena ni reparar en ella, todo lo contrario a las multitudes que exige el ser una estrella. A las mujeres que se les ha enseñado a relacionarse consigo mismas a través de las miradas de los demás, la retirada de esta mirada equivale a una muerte, a entrar en un limbo, y es en ese limbo a donde se aparca a las mujeres de mayor edad.

Cuestión que aún pervive en la industria del cine, en forma de infrarrepresentación de papeles para mujeres de mayor edad, como bien apuntaba —por ejemplo— en forma de pulla la actriz Tina Fey en la ceremonia de los Globos de Oro de 2014: “Meryl Streep estuvo brillante en August: Osage County, su éxito demuestra que aún hay grandes papeles para Meryl Streep mayor de 60 años”.

En el film, la inolvidable reina de Broadway Margo Channing, consciente del relevo que va a producirse —de ese inevitable declive de la edad que ella intuye que se le va a achacar—, y gracias a la cogorza que alcanza en una de sus fiestas, dice cuando el personaje de Bill la interpela: “Tus invitados preguntan cuando podrán ver el cadáver. ¿Dónde está expuesto?”. “No está expuesto —contesta ella—, no hemos terminado de embalsamarlo. De hecho lo estás contemplando. Los restos de Margo Channing enderezada”. Y continúa: “Quiero que me enterréis enderezada”.

Mediante este juego de exageraciones —achacadas por sus colegas como dramatismo femenino envuelto en celos— Margo nos desvela esta discriminación.

Este rechazo a la madurez y vejez femenina también se encuentra en la publicación que Margo lee en el periódico donde dicen “que es vergonzoso que las actrices maduras sigan haciendo papeles que requieren una juventud y vigor que no tienen”.

Aunque esta cuestión, que afecta en última instancia a la imagen que tenemos las mujeres en el inevitable proceso de envejecer, esté en aras de resolverse, aún se sigue viendo como una presión añadida. Una cosa “a evitar”, disociada por completo del proceso vital.

Pese a esto, sería bueno recordar las palabras de Barbara McDonald que llegó a afirmar que había momentos en los que disfrutaba del proceso de envejecimiento. De la aceptación del paso del tiempo y las marcas que deja sobre su cuerpo.

Quizás eso mismo quería decir Margo Channing al final de la película.

MARGO: Las cosas de las que tienes que deshacerte para ir más rápido en tu carrera son las que luego tendrás que recuperar cuando quieras volver a ser una mujer.

Esa es la carrera que todas las mujeres tenemos en común, nos guste o no: ser mujeres.

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