Casas de apuestas
Crónica de un domingo de mierda en un trabajo de mierda

Cuando el juego ejerce de tentación ante la cruda realidad de la precariedad laboral.

Mac Donalds 24 horas
Un establecimiento de comida rápida abierto en domingo. Álvaro Minguito

Son las 11 de la mañana y esperamos junto a la puerta hasta que quede el último minuto para entrar. Apuramos el cigarro porque desde hace tiempo hemos decidido que no le regalamos ni un segundo a esta empresa. Mientras unos miran el móvil yo les observo. Pienso que están ojeando Facebook o Instagram. Sin prestar atención, simplemente por mirar. Desde siempre se me ha ido la vista hacia los móviles ajenos, sin ningún tipo de interés en lo que me pudiera encontrar, solo un acto reflejo. Veo un fondo verde, demasiado llamativo, y con letras amarillas: una app de apuestas. Nunca perder dinero había sido tan fácil.

Cierra esa mierda, le digo. Ya saben mis compañeros el odio que le tengo a ese tipo de prácticas y la brasa que les doy cada vez que lo veo. “Que estoy mirando resultados, además no tengo dinero en la cuenta”, me contesta guardando el móvil. Lo mismo te sirve de diario deportivo como de fondo de inversión. Ya llegamos tarde, entre el cigarro y las apuestas se nos ha ido el santo al cielo. Nos quedan 10 horas por delante en un centro comercial, un domingo que nos pagan al mismo precio que el resto de días. Igual eso de las apuestas tampoco es tan loco, todo sea por dejar esto.

Con el dinero de las vueltas Juan siempre hace lo mismo. Lo que antes dejaba al camarero ahora se lo entrega a una máquina tragaperras. “¡Qué son 20 céntimos! Para perderlos en el bolsillo los invierto”

Aunque cada mañana del último día de la semana te levantas pensando que ya queda menos para no volver más, según avanza el día te quedan hasta ratos para pasártelo bien. Entre risas y tertulias siempre aparece Pedro con la alegría que nos falta a todos para ofrecernos echar la primitiva. ¿Otra vez?, pienso yo. Ya la echamos la semana pasada y no tocó nada, vaya forma de tirar el dinero. “Chica, que es un euro, cuando nos toque ya llorarás”, me dice mientras ríe. Esta vez no participo, me parece una pérdida de tiempo. Pero hay semanas que sí, que sí lo hago, me dejo hasta cinco euros con un sentimiento de culpa horrendo pero con la esperanza de que algo pueda pasar.

Es la hora de la comida, en ese momento sabes que la mitad de la jornada está hecha, que a poco que tengas un par de clientes y la jefatura no esté muy presente es cuestión de coser y cantar. Entre broma y con algún toque trapacero acabamos saliéndonos con la nuestra y el grupo que mejor relación tenemos conseguimos comer a la misma hora. El bar de enfrente siempre es buena opción, no hay mucho más cerca y la relación con los camareros es tan buena que cualquier otra alternativa podría considerarse casi como una traición al local.

Con el dinero de las vueltas Juan siempre hace lo mismo. Lo que antes dejaba al camarero ahora se lo entrega sin pensar a una máquina tragaperras. “¡Qué son 20 céntimos! Para perderlos en el bolsillo los invierto”. Las apuestas convertidas en una operación financiera. Les repito que esa mierda va a acabar con ellos, que la banca siempre gana y una ristra de argumentos que ignoran sin pestañear. “¿Cómo me van a arruinar si no tengo ni un euro?”, me dice mientras sonríe sin mirarme. “Te van a endeudar”, pienso yo, como a tantos y a tantos otros han arrastrado esto ya.

Cada fin de semana la misma conversación. Cada fin de semana mi desesperación por hacerles entender y su esperanza por triunfar. Y yo solo me acuerdo de Antonio y su cara descompuesta cuando hace dos años perdió mil euros que luego pudo recuperar.

Abrí la puerta, no me hacía gracia aquel sitio pero las copas eran muy baratas y, antes de salir, la juventud del barrio nos reuníamos ahí. Le vi con la cara hasta el suelo y los ojos en otro lugar. Después de una hora consiguió su dinero y casi a gritos me lo llevé al cajero. Guárdalo todo, le dije, pero ni ese susto le impidió guardarse 50 euros para continuar. Después de media hora lo volvió a perder todo en la ruleta. Fue el valor de una trabajadora que arriesgando su puesto le dijo que no le daba ni un euro más. Mientras ella estuviese ahí no iba a contribuir a que alguien que podría ser su hijo se jodiese la vida de esa forma.

Antonio no volvió a jugar, pero cuántos continúan en su lugar. Cuando crees que no tienes nada que perder te arrojas a los brazos de lo que sea. Sobre todo cuando aquel reposo te promete más de lo que un Estado te puede garantizar.

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3 Comentarios
Luis 14:41 24/3/2019

Les comparto a novel psicologico un audio sobre este tema: https://tetra-el.org/psicointegracion/mente-reactiva-expectante/

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#30935 11:48 24/2/2019

El problema del juego actual, es que funciona 24 horas y no necesitas desplazamiento. La recompensa instantánea es muy adictiva. Habría que explicar que siempre se pierde, aunque ganes.

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Manuel 10:36 24/2/2019

Muy buen artículo, y muy necesario en estos tiempos. Es una lástima que tantos trajadores tengan tal derrotismo que confíen más en un golpe de azar que en la organización y las protestas. Nos iría de forma muy distinta.

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