Tribuna
El surco feminista

Una huelga pone de manifiesto que existe una necesidad de reflexionar sobre ciertos temas, grita el silencio al que están sometidas o descalificadas las alternativas políticas y obliga a un replanteamiento que sin ella no tendría lugar.


publicado
2018-03-09 12:09:00

El hecho de tener que plantearnos si secundar o no la huelga del 8 de marzo a estas alturas lleva implícita su necesidad. Todos los días escuchamos reivindicaciones para promover una mayor igualdad en el acceso a los recursos, se habla de la brecha salarial, se ponen de manifiesto las desigualdades en el entorno laboral, doméstico, se habla de la violencia tanto física como simbólica que vivimos las mujeres día a día —en todos los ámbitos—, de cómo la pobreza tiene rostro de mujer. Pero, sin embargo, hay todavía quien piensa que, con leer algún artículo de vez en cuando o simplemente trabajando igual que los hombres para demostrar nuestra valía como mujeres —nótese el amargo sarcasmo de esta frase— es suficiente, puesto que “machismo y feminismo son lo mismo” o “el feminismo implica discriminación para con el hombre”.

La igualdad es una de esas palabras mal entendidas, y peor usadas, que van a caer en el cajón desastre que habitan sus compañeras libertad y otras ficciones

Nuevamente nos hallamos, sin duda, ante un problema de significado. La igualdad es una de esas palabras mal entendidas, y peor usadas, que van a caer en el cajón desastre que habitan sus compañeras libertad y otras ficciones. Y es que la igualdad, en el sentido en el que se la plantea desde las campañas gubernamentales o los medios de comunicación, no hace otra cosa que promover la idea de que existe una 'norma-lidad' jerárquicamente superior y a la que todos los 'otrxs', los que se hallan fuera de ella, deben tener el mismo acceso. Es decir, se considera que nosotras, como excluidas, tenemos el derecho de poder participar de ese modelo normativo hegemónico que es el varón, de raza blanca, heterosexual y habitante de ciudades, que, si bien afecta a las mujeres de forma dramáticamente directa, tiene además consecuencias socioeconómicas y políticas de una relevancia a la que cada vez le cuesta más pasar desapercibida. El lenguaje es importante, puesto que encarcela al significado y lo direcciona, y su poder radica precisamente en que las decisiones que se están tomando desde los ámbitos de lo público legitiman y reproducen esta visión de la mujer desvalida como sujeto/objeto de ayuda, que necesita —altruistamente por supuesto— la oportunidad de formar parte de aquello que es causa y consecuencia al mismo tiempo de una opresión que se filtra hasta hacer crecer geranios y rosas sin espinas a través de todo este sistema de significados y significantes manejados como verdades universales.

Pues bien, de eso trata el feminismo señores, precisamente de romper esa 'norma-lidad', de hacer visibles situaciones que permanecían ocultas o que se consideraban como el orden natural de las cosas, de romper la coherencia de los discursos, de replantear cuestiones, sexualidades, modelos normativos, conductas, y un largo etcétera de sentencias que siguen siendo fuente de represión para todas aquellas mayorías alienadas y desposeídas a las que se acusa de falta de esfuerzo o de voluntad si fracasan cuando su exclusión tiene un nombre estructural. Parece que el hecho de que estén viendo la luz numerosas situaciones de abuso o acoso es fruto de una moda, de un trending topic que se olvidará al cabo de unos días pero que, para nosotras, vendrá seguido de noches e historias interminables. Sin embargo, se trata precisamente de un ser consciente. Se trata de que esos abusos han tenido lugar durante muchos años y se consideraban tan 'norma-lizados' que muchas de las mujeres que los sufrían ni siquiera los percibían como tal, llegando incluso a culparse por haberlos potenciado —nótese de nuevo lo amargo— .

El feminismo pone de manifiesto la necesidad de visibilizar esas situaciones y de que las mujeres que las sufran sean capaces de reconocerlas para poder hacerles frente, puesto que no se puede luchar contra algo que no se percibe como objeto de lucha. Vivimos en sociedades heterogéneas y diversas, y la dinámica general está siendo cerrarlas en torno a identidades estáticas y cada vez más excluyentes. El feminismo es una herramienta para romper esta homogeneización y uniformidad, y promover la transversalidad y la multiplicidad a través de una reivindicación que no es un medio para, sino un fin en sí mismo. Sin este reconocimiento de la diferencia, poco se podrá exigir una igualdad que no trate de ejercer una asimilación forzosa a un modelo normativo que continua siendo un instrumento de dominación. No es igualdad lo que ha de llenar nuestros estómagos, sino paridad y sororidad. 

¿Es posible quebrar el discurso hegemónico sin acción directa?

Y aquí es donde entra el tema de huelga sí o huelga no. ¿Es posible quebrar el discurso hegemónico sin acción directa? Estamos viendo como, en plena era de la información, nunca hemos estado tan desinformados, precisamente por la bruma de datos y opiniones que sobrecodifican un sistema al que no todos los grupos tienen el mismo acceso. Una huelga pone de manifiesto que existe una necesidad de reflexionar sobre ciertos temas, grita el silencio al que están sometidas o descalificadas las alternativas políticas y obliga a un replanteamiento que sin ella no tendría lugar.

Se trata de una movilización para romper la rutina que termina envolviendo cualquier protesta, de interrumpir lo cotidiano, donde el simple hecho de intentar posicionarse ya tiene validez. No se trata de que la huelga en si misma sea ya punto y final. Forma parte de las muchas herramientas dentro de todo el entramado de formas de hacer. Es un punto que hace surco. Sin ella, solo habrá palabras vacías. Con ella, por lo menos estarán las calles llenas de mujeres que han decidido no quedarse de brazos cruzados mientras sus reflexiones pasean por esos 'no-lugares' reservados para toda alternativa política al orden natural de las cosas.

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