Pobreza
La India tribal: migración y miseria

A pesar de que la Constitución de India les garantiza un estatus especial para salvaguardar sus derechos y su cultura, los 104 millones de habitantes de las tribus de India continúan sufriendo pobreza y desnutrición.

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Ameena carga a dos de sus hijos en brazos de camino al punto donde trabajará el resto del día sacando arena para vender en el sector de la construcción. Lys Arango

publicado
2019-08-14 06:51

Hace 14 años, Reena entró en el mundo dando tumbos. Nació en la orilla del río, donde su familia trabajaba en el negocio de la arena. Lo que pudo ser motivo de alegría por su llegada, se convirtió en llanto por la muerte de su madre, que sufrió una hemorragia posparto sin ningún médico cerca que pudiera socorrerla. Desde entonces, su destino quedó indisolublemente maniatado a las injusticias históricas contra las tribus de India y una vida vagabunda en busca de trabajo.

Hoy Reena, de la tribu sahariya, se mueve con su hermano al compás de las estaciones del año, que le proporcionan empleo en el campo o en las zonas urbanas. La temporada anterior trabajó en la cosecha de la caña de azúcar y ahora vive en el río Parvati, donde recoge arena para el mercado de la construcción. Las condiciones son de extrema pobreza y, por consiguiente, la malnutrición, una epidemia. “Mi sobrino pequeño cayó enfermo”, cuenta Reena. “Se quedó flaco como una lombriz, así que pensamos que moriría, como tantos otros, pero conseguimos llevarle al centro de salud a tiempo”, explica. Sin embargo, el pequeño, que padecía desnutrición aguda severa, nunca terminó el tratamiento porque la familia volvió a migrar. “No tenemos más remedio que movernos para poder sobrevivir”, se justifica.

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Un camión sale del río cargado con piedras recogidas por los migrantes, que se venderán después en el mercado de la construcción. Los migrantes ganan una media de 50 rupias al día. Lys Arango

Y es que, a pesar de que la Constitución de India les garantiza un estatus especial para salvaguardar sus derechos y su cultura, los 104 millones de habitantes de las tribus de India continúan sufriendo pobreza y desnutrición. “Los niños son los más afectados”, explica Sachin Sharma, coordinador de proyectos de Acción contra el Hambre en Baran, que lleva desde 2011 trabajando con comunidades migrantes en las regiones de Rajastán y Madhya Pradesh. Lo más alarmante es que, según datos del Gobierno indio, la brecha entre las comunidades tribales y el resto de la población se está ampliando. Durante 15 años, la cifra de niños tribales con problemas de malnutrición se ha mantenido en un 54%, frente al 20% del resto de la población. “La migración constante en busca de medios de vida y condiciones climáticas adversas agravan su sufrimiento”, asegura Sharma.

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Badulal, a la derecha, toma un descanso junto a dos compañeros. La jornada de trabajo dura una media de 15 horas . Lys Arango

En el río Parvati, la jornada comienza a las seis de la mañana. Primero, Reena y su cuñada, Ameena, preparan el desayuno a un paso del refugio, construido a base de telas y plásticos. Roti (pan) y té negro son los alimentos con los que se sustentarán el resto del día. A las siete, la familia se pone en marcha y, con las herramientas al hombro, caminan hacia el río, sorteando charcos y rocas, hasta el punto donde montan el campamento y empiezan a extraer arena. Toda la familia trabaja, excepto los dos niños pequeños, de dos y tres años, que corretean alrededor de sus hermanas de seis y ocho años, que emplean el rastrillo para quitar las piedras. Los mayores, Reena, su hermano y su cuñada, hacen el trabajo más duro: extraer arena con la ayuda del pico y la pala para después amontonarla a un lado hasta que obtienen la suficiente para llenar un camión. Ganan una media de 50 o 60 rupias (apenas un euro) al día.

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Agua en el río Parwati. El consumo de este agua es uno de los principales focos de enfermedades entre la población que habita a orillas del río. Lys Arango

“Dentro de un mes emigraremos de nuevo para trabajar en la cosecha de trigo”, cuenta Reena. “Después el algodón y luego de regreso al río”, continúa. Es cierto que existe una gran diversificación de empleo estacional entre la cosecha del trigo, el arroz, la caña de azúcar y el algodón, así como las actividades forestales y el sector de la construcción, las minas y los trabajos ferroviarios. Pero esta diversificación tiene doble filo, ya que, según explica Sachin Sharma, “por un lado, es un mecanismo de supervivencia que permite a la población tribal encontrar ingresos, mientras que, por otro lado, constituye una nueva forma de explotación, ya que se caracteriza por los bajos salarios, el trabajo infantil, los abusos de contratistas sin escrupulosos y el ciclo de endeudamiento aparentemente inquebrantable”.

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Una familia sahariya prepara la comida antes de comenzar la jornada de trabajo. Lys Arango

Babulal, el hermano de Reena, de 25 años, achaca el empobrecimiento de su comunidad a la marginación de su pueblo natal, situado en el Estado de Madhya Pradesh: “No nos llegan los servicios públicos, ni se puede conseguir trabajo de los que el gobierno subsidia. Solo el 10% de la gente de mi aldea tiene empleo. Nadie —continúa Babulal— tiene un pedazo de tierra propio. Si queremos trabajar, no nos queda más remedio que arrendar las tierras de las castas altas. Nosotros preferimos migrar, aunque paguemos un alto coste”.

Las migraciones estacionales entre comunidades tribales ilustran uno de los mayores desafíos contemporáneos a los que se enfrenta India: la separación entre el paradigma del desarrollo y la lucha por la reducción de la pobreza para las poblaciones más marginadas de la sociedad. “Los servicios de salud y atención médica en áreas tribales han sido descuidados durante mucho tiempo y, para cerrar la brecha, es necesario reconocer el problema, así como construir una hoja de ruta para el futuro”, dice Sharma. Pero hasta que esto ocurra, Reena y su familia seguirán siendo víctimas de su tiempo, al renunciar a un hogar y ser absorbidos por el remolino aniquilador de los vagabundos de la cosecha.

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