Los Sonic Youth de ‘Daydream nation’: cuando el pasado era el futuro

El requiebro más inverosímil y la ausencia total de prejuicios eran reglas no escritas que definieron la ambición de discos como Daydream nation, el quinto álbum de Sonic Youth, publicado hace 30 años.

 Sonic Youth, 'Daydream nation'
Sonic Youth en 1988

publicado
2018-05-25 06:00:00

Fue un 18 de octubre de 1988 cuando las estanterías de las tiendas de discos comenzaron a recibir las copias de Daydream nation, el quinto álbum de estudio de Sonic Youth. Desde las barricadas indies, se podía palpar la expectativa generada por sus dos anteriores trabajos, Evol y Sister, pero jamás el grado de ambición finalmente materializado entre los surcos de las cuatro caras resultantes.

Los neoyorquinos se encontraban en plena exaltación de sus poderes, y lo iban a mostrar mediante un destilado sin par a la hora de refocalizar fuentes de conocimiento. El fin: su negación del rock & roll como forma consensuada de la canción popular.

Con tal objetivo, la obligación venía predefinida: armar una colección de clásicos que no solo enfatizaran su pulso vanguardista, sino condensarlo bajo melodías reconocibles, siempre bajo la sensación de estar ante melodías nunca cerradas, sino permeables ante cada nueva escucha.

La suma dificultad de dar con esa unicidad siempre estará asociada a un cúmulo de coincidencias; en este caso, basadas en una tan sencilla de entender como complicada de darse: el estado de gracia de todos y cada uno de los componentes del grupo.

De los fraseos a lo Patti Smith de Kim Gordon a la batería inflamada de Steve Shelley, la materia prima devino en himnos generacionales para los hijos bastardos de la era Reagan. Hitos como “Teenage riot”, “Silver rocket” y “Hey Joni” no fueron fruto de una composición al uso, sino bajo el impulso de querer empujar los tiempos hacia delante.

Desde la hipnótica intro con la que echa la alfombrilla roja, Daydream nation marcó un nuevo punto de referencia mental para toda la semántica underground. El final de una labor comenzada en la explosión arty de la no wave neoyorquina.

Desde dicho enfoque, su filtrado del krautrock alemán propulsa la dinámica suicida de “Cross the breeze”. Por su parte, “Eric’s trip” resuena como una demonización grotesca del canon hendrixiano. Asimismo, mientras “The sprawl” condensa todos los aspectos identificativos de la psicodelia opresiva, heredada de los discos de Amon Düül II, “Teenage riot” es impregnada por un tono arábigo vertido como difuminante del edulcoramiento épico del estribillo.


Desde la otra orilla, la fantasmagorización en slow motion del tramo final en “Total trash” es tanto un guiño al “Back from somewhere” de Hüsker Dü como también de las posibilidades de una música que desechaba la simplicidad castradora del punk, para alcanzar cauces de pesadilla alucinógena.

Ya sea desde el recuerdo al Brian Eno ambient, a los afrofuturistas del jazz o a la insurgencia rítmica de la Plastic Ono Band, Sonic Youth absorbían conceptos antitéticos, en principio, con los contornos de la herencia hardcore. Sin embargo, grupos como Minutemen no dejaban de ser una especie de Captain Beefheart jugando a hacer post-punk, mientras que Gone fishing, el fabuloso segundo lp de Flipper, sonaba como si los P.I.L. de Metal box se hubieran chutado en vena toda la discografía de Sun Ra.

Daydream nation vino a cerrar no solo su trilogía fundamental, con Evol y Sister como capítulos anteriores, sino que también se convirtió en el tercer vértice de un triángulo completado por Double nickels on the dime, de Minutemen, y Zen Arcade, de Hüsker Dü. Dos dobles álbumes en los que la filosofía punk bullía absorta en la libertad de recordar al Miles Davis eléctrico en “Dreams reocurring” o en cómo insertar ostinatos de jazz progresivo entre tonadas zeppelianas con background de musique concrete en “Standing by the sea”.

El todo vale no se circunscribía a una praxis condenada a la literalidad o al formato canción, sino al desechado de los prejuicios con toda era musical. No hay más que recordar que el grupo favorito de Butthole Surfers era uno tan denostado como Grand Funk Railroad o que Big Black encontraron su fórmula a base de industrializar el groove funk de James Brown.

El requiebro más inverosímil y la ausencia total de prejuicios eran reglas no escritas que definieron la ambición de discos como Daydream nation, publicado el mismo año que, desde el otro lado del charco, My Bloody Valentine empezaban a experimentar con las bases funk de Public Enemy, pero también cuando Hüsker Dü se separaron y Minutemen ya no existían.

Ese también fue el año en que Nirvana comenzaron a despuntar. Fue, precisamente, la posterior eclosión del trío de Seattle lo que definió la constatación del fin de la gran excursión culminada en Daydream nation.

Así como en el hip hop se estaban dedicando a reescribir su propio pasado mediante el uso marcial de samples soul y funk, lo mismo habían realizado Sonic Youth en materia rock: reimaginar la materia doom metal, hard-rock, punk, jazz, funk y krautrock bajo la transgresión noise, donde la electricidad no es un muro infranqueable de ruido, sino un gran collage de sonidos pasados renaciendo con tremor arty: la aceptación del pasado únicamente bajo mirada desafiante, regeneradora, jamás recreacional.

Dicho espíritu se fue al traste en cuanto el filtrado cosechado por Sonic Youth devino en patente. Las bandas surgidas bajo el boom de Nirvana no querían oír hablar de grupos de los años 70 ni de estilos como el jazz. La recreación de Daydream nation (casi) siempre fue parcial, bajo un enfoque que no profundizaba en sus mimbres. Fue como levantar un muro con toda música donde no rezumara la marca indie en sus genes.

De repente, Sonic Youth, Hüsker Dü y Pixies pasaron a ser el molde de un sonido que ellos mismos habían estructurado bajo perspectiva historicista. Desde la cosecha británica, Jesus & Mary Chain y My Bloody Valentine conformaron un estado mental de kilómetro cero que la mayoría de bandas aplicaron a su forma de entender la filosofía indie: el rechazo de toda fuente anterior a discos como Daydream nation o Psychocandy, de Jesus & Mary Chain, el mismo que, en su momento, Penelope Trip pregonaban como el verdadero comienzo de la música…

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La progresiva tendencia a la autolimitación de las derivas noise, y del indie rock en general, sembraron un camino donde la experimentación quedó reducida a taras de fabricación como los primeros Mercury Rev, Pavement o lunáticos como Thinking Fellers Union Local 282.

Los nuevos reyes de la materia indie eran grupos como Weezer, ejemplo crónico de la consolidación de una música que, en su esperada canalización hacia las masas, había desechado la posibilidad de metabolizar las ansias renovadoras en cauces sónicos que quebraran los límites de la accesibilidad en la memoria colectiva.

Pero ni fue así, ni los propios Sonic Youth supieron reverdecer los logros labrados en su obra cumbre bajo nuevas propuestas de ataque. En su lugar, pasaron de mirar hacia atrás bajo pose cuestionadora a hacerlo con devoción. Lo que había sido vanguardia, pasó a convertirse en fabulosa anomalía ombliguista. Como en Dirty y Experimental jet set, trash and no star, clásicos siempre reivindicables, pero carentes de la tracción visionaria de un pilar de nuestra cultura como Daydream nation.

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