"Una actividad prescindible que, además, te gusta"

Todavía existe una aristocracia cultural, pero la mayoría somos trabajadores que no reivindicamos nuestros derechos, porque quejarse no queda bien: te dedicas a una actividad prescindible que, además, te gusta

Obreros y estudiantes
Manifestación en febrero de 1986 con el lema "Obreros y estudiantes unidos y adelante". Archivo Diagonal
Marta Sanz

publicado
2017-05-03 14:19:00

Cada vez que escribo tomo la palabra desde la conciencia del privilegio. Después de dos décadas, existe una comunidad de lectores que dedica su tiempo a mis relatos y el proceso de comunicación literaria se cumple. 

Con la escritura intento descubrir orden en el caos o, al revés, busco quebrar la claustrofobia del molde civilizatorio o poner bajo la lente la violencia sistémica. La palabra significa cuando llega y, en esa llegada conflictiva —se interponen el mercado y el filtro del gusto dominante—, soy una trabajadora autónoma autoexplotada. 

Mi marido está parado y yo con mis músculos me aferro a la fibra de la clase media y viajo a encuentros literarios, colaboro con mil publicaciones, hago crítica, doy charlas, imparto clases, voy a clubes de lectura, presento libros… Soy una privilegiada que critica el sistema desde cierta posición de centralidad, me desgasto en mi obcecación o en mis contradicciones, y cada día me duelen más la clavícula y el iris del ojo. Mis enfermedades son el precio que pago por mi pluriempleo.

Todavía existe una aristocracia cultural, pero la mayoría somos trabajadores que no reivindicamos nuestros derechos, porque quejarse no queda bien: te dedicas a una actividad prescindible que, además, te gusta
Todavía existe una aristocracia cultural, pero la mayoría somos trabajadores que no reivindicamos nuestros derechos, porque quejarse no queda bien: te dedicas a una actividad prescindible que, además, te gusta. El adjetivo prescindible lo merecemos: hace años nos comportábamos bufonescamente, como palmeros de un mundo que algunos imaginaron como el mejor de los
posibles.

El holograma de la libertad conquistada relega la cultura al espacio espectacular y le resta su sentido desvelador, transformador, educativo, su raigambre pejiguera…

Se hace demagogia y expresar un juicio contra el “gusto” de la mayoría parece un desprecio hacia los menos privilegiados: jalear el imperio de lo cuantitativo, lo que no se piensa dos veces y sale del corazón, la creencia de que existe una opinión pura, no desvirtuada por la ideología dominante, no parece sin embargo una manera de ejercer la democracia, sino de justificar el desbaratamiento de la escuela pública.

Los pobres blancos —poor whites de Faulkner— alzan a Trump al poder como ejemplo de pudrición democrática: para estos votantes, el discurso de izquierda es un asunto de actores pijos que posan. Algo de razón tienen.

En el populismo neoliberal se devalúa el conocimiento: se confunde el saber con la falta de frescura —publicitaria— y con la incapacidad para encontrar fórmulas salvadoras que se hallan en los valores empresariales del emprendimiento y la resiliencia.

El self-made man de Silicon Valley no tiene estudios superiores. La self-made woman tampoco. La estulticia nos iguala, pero no nos hará libres.

Se esgrime el imperio del corazón frente a la soberbia de la inteligencia: frente a la posibilidad de que el resentimiento, que nos convierte en airados tuiteros y televidentes, se torne en un sentido crítico que cuestione monopolio, desigualdad, el terror de convertirnos en publicistas de lo que nos mata.
Quienes activan una idea de literatura como forma ideológica que amplía la visión del mundo tienen razones para sentir temor
Quienes activan una idea de literatura como forma ideológica que amplía la visión del mundo tienen razones para sentir temor. La ruedecilla de la rentabilidad relacionada con un perverso deber ser de la literatura —entretenida, fácil, irónica, cursi, conmovedora, anestésica, cosmética, esperanzadora, política y retóricamente correcta, reconocible…— puede expulsarlos de ese mercado donde algunos encontramos hueco porque la inquietud política aún tiene su público.

Hoy se nos obliga a satisfacer al cliente. A pedir perdón por soberbios, empollones, mesiánicos, abstrusos, gilipollas.

0 Comentarios

Destacadas

Agresiones sexuales
Universidades y acoso sexual: ‘cum laude’ en silencio
Pikara Magazine y El Salto publican una actualización del informe #AcosoEnLaUni, en el que se repite una constante: muchos abusos siguen en la sombra.
Ahora Madrid
Venden en Wallapop el programa de Ahora Madrid por tres euros

Un anuncio en el conocido portal de venta de artículos de segunda mano Wallapop, firmado por Manoli C., ofrece el programa “seminuevo”.

Comunidad de Madrid
Menores hacinados en un ‘búnker’

El centro de primera acogida de Hortaleza tiene 35 camas, pero ha llegado a albergar a 150 jóvenes. Los chicos del ‘Claruja’ viven hacinados tras cruzar África y atravesar el Estrecho.

Libertad de información
Absuelto el periodista Boro

Boro, periodista de La Haine, estaba acusado de atentado a la autoridad y lesiones, delitos por los que se enfrentaba a dos años de cárcel y al pago de 6.200 de responsabilidad civil, por hechos ocurridos tras la manifestación Jaque a la monarquía en abril de 2014.

Cine
El cine ya mostró la América de Trump

El sorpasso de Trump en las elecciones presidenciales de 2016 provocó un cisma en la nación del dólar. Pese a la debacle emocional, el cine de esas tierras había anticipado el dibujo de un electorado afín a su ideología y proclive a las políticas del mandatario estadounidense.

Últimas

Pista de aterrizaje
Silvia Agüero: “El antigitanismo es otro macho al que hay que derribar”
Silvia Agüero es promotora de la campaña internacional contra la violencia etno-obstétrica La revolución de las rosas romaní.
Medio rural
Neocolonialismo minero: ¿por qué las poblaciones locales no pueden decidir sobre los proyectos?
2
El derecho de los pueblos contra la explotación salvaje de sus recursos del colonialismo debe comenzar a reivindicarse en nuestro propio territorio.