Literatura
David Monthiel: “Rafael Bechiarelli es un personaje algo golfo, al que le afecta mucho el levante pero que sabe estar al liqui”

David Monthiel se está consolidando como uno de los autores de la prolífica cantera de novela negra de la Tacita de Plata. Con Las niñas de Cádiz (El Paseo, 2018) continúa la saga protagonizada por el detective Rafael Bechiarelli.

Niñas de Cádiz
Ilustración sobre 'Las niñas de Cádiz' Raúl Lucas
18 ago 2018 06:00

La luz de Cádiz es tan intensa que hay días que llega a encandilar. ¿Qué tiene entonces para que se esté convirtiendo en una cantera para la novela negra?
La luz de Cádiz es un don, como diría el poeta zamorano, pero también la ciudad —y la provincia— contienen sombras. Muchas. Y no solo por su larga historia de lugar de paso entre África y Europa, siempre estratégico para controlar el comercio de estaño en la época de los fenicios o la plata y las mercancías en la de expolio de América, sino por el trajín histórico de, por ejemplo, el contrabando, los espías como polillas alrededor del Gibraltar de entreguerras, los nazis huidos con chalé en la playa de los alemanes, los mafiosos en chanclas y bañador paseándose, el trasiego de personas y pateras, el polo de Sotogrande, la estiba del hachís y cientos de movidas más. Todo eso se da en un supuesto paraíso terrenal que, gracias a la ausencia de desamortización de los terrenos militares y a ayuntamientos valientes como el de Conil, no se tapizó de cemento con hotelazos y no sufrió el síndrome del Algarrobico.

Cádiz da para cientos de novelas negras, policiales y thrillers por su condición de lugar de paso de las rutas más sucias y por su personajeo, sobre todo en verano. En el que se triplica la población de pueblos de la costa. De bandera a bandera, que escribía Alfonso Grosso en un libro sobre la provincia —de la bandera de los EE UU en Rota a la union jack en Gibraltar— conviven los jornaleros del servicio y los turistas, las camareras de piso y los cruceristas, los asimilados y los rendidos a la fe, y, como aparecen en la novela, jipis chic, grandes traficantes, sirvientas, los apellidos más compuestos de Europa, fllamenquitos, y una gente que tiene ese pundonor en las fatiguitas, esa irredenta alegría que da la luz o una forma de vida que sabe disfrutar de las cosas a pesar de que esté hundida en la crisis milenaria, la economía sumergida y la miseria.

Sin hacer spoiler, ¿qué puedes avanzarnos de la trama de Las niñas de Cádiz? ¿Cuál es la clave que nos puede hacer entender este título?
Las niñas de Cádiz es la “segunda temporada” del detective Rafael Bechiarelli, gaditano del Mentidero y, si me apuras, habitante interior de la isla que habita dentro del viejo Cádiz, Eriteia para ser aún más localista. Un personaje algo golfo, al que le afecta mucho el levante para sus investigaciones, pero que sabe estar al liqui —como se dice en Cádiz—, atento a las cosas que pasan pues lo mismo detecta un trapicheo que sabe cómo moverse entre las altas y bajas esferas. Aquí en Cádiz, como mucha gente sabe, debajo de los adoquines hay más adoquines, viejas piedras que pueblan su historia de insignes y de olvidados.

La trama de la novela tiene que ver con la desaparición de uno de esos hijos ilustres que se deslumbran por la ciudad y su historia, por sus mujeres y sus cositas. Un inglés que decide ser gaditano que desaparece detrás de una suerte de mujer fatal. Bechiarelli tendrá que buscarlo por Cádiz y por la provincia en una road movie que lo llevará a hablar con Robert Freeman en Puerto Real —el que fue fotógrafo de los Beatles— hasta el Gibraltar de un catedrático de literatura llanito. Y además en verano. Y con levante. Ese tiempo sin tiempo en el que Cádiz se convierte en una suerte de "Cadifornia".

El título tiene que ver con una canción que Leo Delibes escribió sobre las mujeres de Cádiz —del Cádiz del XIX— que luego Miles Davis grabó con arreglo de Gil Evans en su disco Milesahead. Este leitmotiv me da para hablar de dos temas: la idolatría y el servicio. La primera por esa mitificación de una ciudad y del tópico de la mujer fatal, y el segundo entendido en dos vertientes: la del que sirve a otro por dinero y el que responde a las necesidades de las víctimas cuando tienen hambre, frío, sed.

¿Crees que escribir desde Cádiz y sobre Cádiz perjudica a la hora de acercarse a las novelas Carne de Carnaval y a Las niñas de Cádiz?
Es un tema recurrente que, con el tiempo, me quitaré de encima. Me refiero a eso de “escribir desde Cádiz sobre Cádiz”. Es una pregunta que se repite. ¿Por qué al novelista de Madrid, Montreal o Bucarest no le preguntan las mismas cosas sobre “el costumbrismo” o de sus paisanos? Creo que tiene que ver con una suerte de pensamiento colonial, bastante extendido, sobre las cosas de Cádiz —de la misma gente de aquí— de mucha gente que tiene prejuicios a la hora de leer historias que tienen que ver con las cosas que pasan a su alrededor. Yo lo llamaría miedo a lo cercano que nos proporciona situaciones tan absurdas como imitar localismos de Baltimore, leer novelas traducidas para cumplir con el canon anglosajón de los guays, y rechazar las que suceden a la vuelta de la esquina.

Las novelas de la saga Bechiarelli investigan eso que llamo el bilingüismo cultural: novela negra, sí, pero en un paisaje humano reconocible, con su lenguaje, con su idiosincrasia, con sus “cositas”, con sus aciertos y sus malajes. Exactamente igual que en otro lugar. En Las niñas de Cádiz se usa el leitmotiv de la canción de Léo Delibes pero también se habla de un domingo caletero con marea llena, de los viajeros románticos y de las sirvientas de los patricios con chalé en Roche. Se habla de Antonio Chacón y de Guy Debord, y de El Planeta y de Richard Ford.

¿Por qué crees que deberíamos leer esta última entrega de la saga?
Creo que esta novela está muy equilibrada entre trama y paisaje, entre el caso y su contexto. Técnicamente está mejor acabada y tiene más oficio. Es más completa que Carne de carnaval en el sentido de que el personaje principal, Bechiarelli, ya está presentado, y ahora se va más al grano de la trama. Es una novela con la que, según Daniel Ruiz, el novelista sevillano premio Tusquets, te ríes y te lo pasas bien, “un disfrute que hacía tiempo no me pasaba”, según sus propias palabras en la presentación de la novela en Sevilla. Es la novela perfecta para leer en la playa porque creo que combina diversión, entretenimiento y enjundia sobre temas tan candentes como el impacto del turismo en una ciudad costera.

Has escrito artículos en prensa —El Salto incluido—, relatos, poemas, cortos documentales, dos novelas en los últimos dos años. Incluso tienes en tu haber el corto documental La memoria fantasma. ¿Cuál va a ser el próximo berenjenal en el que te metas?
Como suelo decir, yo escribo de todo. Lo que me echen. Como Manolo Vázquez Montalbán, no hay que hacerle asco a nada si uno quiere sobrevivir dedicándose al oficio. Los artículos me dan la posibilidad de hablar de temas de actualidad, con ironía, con sentido del humor, o con pretensión de verdad para aplicar eso de “tener oído de discípulo” con la cosas cotidianas e intentar captar los temas que se hablan en las esquinas, en la cola del frutero o en las sobremesas. Siempre recuerdo ese artículo publicado hace dos veranos que parece que dio en el clavo y se hizo viral. Yo hablaba con guasa sobre la cantidad de actividades veraniegas y “el estrés” al que supuestamente nos tenía sometido nuestro alcalde. La gente pareció identificarse con la ironía de eso de “Kichi, ¡me tienes estrosá!” para analizar las diferencias entre las antiguas políticas de ocio del ayuntamiento y las nuevas. Pero también me gusta analizar lo que significa escribir desde Cádiz sobre Cádiz para hacer una narrativa que ponga el acento sobre los personajes e historias que nos rodean, como conté en los tres artículos “Los cinco mil novelistas andaluces”. Una propuesta sobre qué escribir desde y por Andalucía aprovechando toda la riqueza de la que hablaba antes y que, por lo general, se desprecia por costumbrista, por cercana, por preferir localismos más fuertes como los anglosajones o los de la HBO.

El corto documental fue resultado de un concurso del Festival de cine documental Alcances. Y estuvo nominado a los premios ASECAN. Todo un logro para haberlo rodado y montado en dos días. Hay muchos proyectos: otro corto documental, un disco libro con Javier Galiana que se titula Cádiz dentro de un piano, una novela corta titulada, de momento, Vacaciones en el mar, talleres de literatura, clubes de lectura, y sí: otra novela de la saga Bechiarelli. Parece que hago muchas cosas y que estoy todo el día escribiendo. Pero yo lo veo como un oficio en la línea artesanal. Nada de florituras y devaneos con las pamplinas de encumbrar la escritura como algo etéreo y mágico. Se trata de trabajo. Gustoso y que me encanta hacer, pero como el de un albañil.

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