Cine e identidad Nacional española

En España existe un nacionalismo español y una manera de contar la Historia al servicio de ese nacionalismo. El cine siempre ha sido un instrumento usado para ello y hay ejemplos desde los años 30 hasta Ocho apellidos vascos

Ocho apellidos vascos
Ocho apellidos vascos, el regreso del cine costumbrista y nacionalista de los años treinta
Historiador

publicado
2017-12-01 09:28:00

En 1985 en unas conferencias en la Universidad de Belfast el historiador Eric Hobsbawm analizaba los factores que más habían contribuido a lo largo de los siglos a crear una identidad nacional en los distintos territorios europeos. Ni la existencia de un idioma, de una religión o de una etnicidad común eran factores que explicaran por sí solos el surgimiento de un sentimiento protonacional en una comunidad de habitantes: distintos pueblos estuvieron subordinados a elites que hablaban otros idiomas sin importarles ni repercutir en fracturas en imperios; ciertos nacionalismos incluyeron gentes de diferentes religiones; y la etnicidad se ha aplicado mucho más para definir y estigmatizar al “otro” del que se resalta su supuesta homogeneidad que para definir al grupo de uno mismo. Finalmente, Eric Hobsbawm concluía que el factor que más había contribuido a la creación de identidades nacionales a lo largo de los siglos había sido la conciencia de un grupo de población de compartir un pasado común, a través de iconos, liturgias o relatos comunes: banderas o símbolos, festividades, santos, el recuerdo de pertenencia a antiguos reinos, epopeyas de reyes legendarios.

Si seguimos el planteamiento de Hobsbawm, podemos defender que la memoria histórica juega un papel fundamental a la hora de consolidar un sentimiento nacional que lleve a los habitantes de un territorio a sentirse parte de una misma comunidad y un mismo futuro. Es, por tanto, un sentimiento construido, artificial y ese pasado común con sus iconos y liturgias (banderas, himnos, festividades) que une a todos los habitantes de una comunidad es en gran medida una construcción ideológica.

Claro que pocas veces se habla en un país de que su identidad nacional es artificial. Rara vez se menciona en nuestro país que nuestra identidad nacional española es construida. Tampoco se habla de nacionalismo español en España. Es más, la posición oficial, refrendada por las instituciones y extendida por los medios de comunicación, es identificar “lo español” con un sentimiento natural de hermandad entre los habitantes de esta parte de la Península Ibérica y con unos símbolos que “nos representan a todos los españoles”. Mientras, las otras identidades nacionales presentes en nuestro territorio y sus símbolos (como los propios del catalanismo, vasquismo o galleguismo) son asociados a una voluntad de “politizar”, “buscar polémica” o a una ideología nacionalista históricamente relacionada con actitudes cerradas y xenófobas, en este caso, contra lo español. Supuestamente, la bandera rojigualda monárquica, el himno o los desfiles del 12 de octubre ni son nacionalismo, ni son políticos, ni buscan polemizar, son símbolos neutrales, inocentes y despolitizados.Pero a pesar de estos argumentos defendidos cotidianamente, también en España existe un nacionalismo español y una manera de contar la Historia al servicio de ese nacionalismo. Una visión que tiende a ensalzar la importancia de algunos acontecimientos y a silenciar otros para defender que España es una entidad de orígenes inmemoriales, existente desde época antigua en un mismo territorio, y que los distintos reinos y entidades que habían existido a lo largo de la Historia en la Península Ibérica estaban destinadas a unirse en una sola nación.

Resultaría exagerado afirmar que el discurso histórico nacionalista español no ha sido modificado desde la Transición a nuestros días. Los manuales de Historia dejaron a un lado el tono épico nacionalista propio del franquismo y se abrieron a las corrientes historiográficas europeas. Sin embargo, algunos estudios han puesto de manifiesto la persistencia de ciertos rasgos heredados de la Historia tradicional: no se menciona que existió y existe un nacionalismo español ni se aborda de forma crítica el proceso de construcción del estado-nación español. Pervive en gran parte de la población (incluso de las nuevas generaciones) lo que se ha llamado un “nacionalismo banal”, omnipresente en la cultura popular y los medios de comunicación, que asocia lo “español” a un sentimiento, unos símbolos, una cultura y unas tradiciones fijas (que no parecen cambiar a lo largo del tiempo), y que no es capaz de reflexionar acerca de la evolución histórica de la identidad nacional española y su carácter artificial.
Y el cine histórico ¿En qué medida ha contribuido a la formación de una identidad nacional española en el siglo XX y en lo que llevamos del siglo XXI?

Junto a series ambientadas en otras épocas, contamos con un no desdeñable número de películas históricas -en especial sobre la época contemporánea- que hacen del pasado de España su objeto de reflexión. A efectos de simplificar la variedad de largometrajes de temática histórica las agruparemos en tres categorías en función del tipo de relato que impera en cada uno de ellos. 

Flamenco y toreros

Se refiere una serie de películas que llamaremos “costumbristas”. Se trata de películas, que aunque habitualmente están ambientadas en otras épocas, caracterizan a los españoles con rasgos y valores que se considera que le son consustanciales y que permanecen desde tiempos inmemoriales. Estamos acostumbrados a las chanzas y frases hechas poco sesudas basadas en tópicos regionales a veces crueles: los vascos secos y brutos, los catalanes serios y tacaños, los andaluces dicharacheros y vagos, los madrileños chulos, etc. Frecuentemente los tópicos también pueden asociar rasgos positivos a los ciudadanos de las diferentes regiones del Estado español sin dejar de ser por ello generalizaciones carentes de fundamento: gallardía, sentido del honor, honestidad, etc. La simplificación y la identificación de los españoles con ciertos rasgos fijos han sido comunes a diversos referentes intelectuales y políticos, desde Marcelino Menéndez Pelayo a Manuel Azaña. Conservadores y reaccionarios habitualmente hablaban de una “esencia católica” de España, mientras que algunos progresistas desesperanzados se lamentaban de la “ignorancia y fanatismo” que consideraban intrínsecos a los españoles.

Y durante las primeras décadas de cine español, la mayor parte de películas celebraban el folclore y las costumbres españolas tradicionales. En 1923 las adaptaciones de zarzuelas copaban el 50% de la producción cinematográfica española. Pero no sólo la zarzuela, sino también la comedia musical de Hollywood sirvió de inspiración para la mayor parte de películas anteriores a la Guerra Civil en un género que habría de llamarse la españolada: comedias y dramas románticos musicales ambientados en una España rural premoderna habitada por toreros, gitanos y cantantes de coplas. Los protagonistas masculinos son celosos y con sentido del honor; y las protagonistas femeninas son descaradas pero castas. Como señala José Cabeza, eran películas generalmente de tono conservador, que no sometían a crítica ni las injusticias sociales ni las instituciones políticas y morales. El mensaje era que no había que cambiar el mundo pues en este siempre había justicia: al final los malos son escarmentados y los buenos, puros de espíritu, encuentran el amor y triunfan ascendiendo socialmente.

En 1923 las adaptaciones de zarzuelas copaban el 50% de la producción cinematográfica española

En este contexto de los primeros años de cine sonoro en España fueron rotundos éxitos comerciales películas como Nobleza baturra (1935, Florián Rey) de la productora valenciana CIFESA, o Centinela, alerta (1937, Jean Grémillon y Luis Buñuel) de la productora Filmófono, que en un principio pretendía dar un cierto tono progresista a estas temáticas tradicionales. En la primera, en el Aragón rural de principios del siglo XX, Pilar (interpretada por Imperio Argentina) es acusada injustamente de haber mantenido relaciones extramatrimoniales y debe luchar para recuperar su honor. En la segunda, una mujer y su hijo abandonados por su novio es acogida por dos soldados (entre ellos Angelillo, famoso cantante de coplas de la época).Este tipo de historias nos pueden parecer un arcaico vestigio de los primeros tiempos del cine. Sin embargo, en los últimos años ha resurgido en cierta manera un tipo de comedia “neocostumbrista” en el cine europeo. Son películas que ofrecen una visión cómica y amable de los tópicos regionales y que fueron extraordinariamente bien acogidas, como Bienvenidos al Norte (2008, Dany Boon) o la taquillera Ocho apellidos vascos (2014, Emilio Martínez-Lázaro).

España contra el enemigo

Se resalta frecuentemente que uno de los factores más importantes en la construcción de una identidad nacional, de un “nosotros”, es la creación de un enemigo común. La formación de identidades nacionales ha tenido que superar con frecuencia conflictos y divisiones culturales y políticas en el seno de la comunidad de habitantes que, según su respectiva ideología nacionalista, se suponía que debería ser unitaria y homogénea. En este sentido, la sensación de peligro por el acecho de un enemigo (real o imaginario) ha ejercido con frecuencia como nexo de unión entre los habitantes de una nación, que, amenazados, aparcan sus diferencias para lanzarse a la lucha. Por ello, diferentes estados de todo el mundo se han servido de la conmemoración cinematográfica de batallas históricas o supuestas hazañas bélicas para reforzar el sentimiento nacionalista de la población y su adhesión a las élites políticas y económicas.

Al estado franquista no le iba a pasar desapercibido el valor del cine como instrumento ideológico y desde los primeros años de la dictadura se instauró un control estricto sobre la producción cinematográfica, que debía pasar la doble censura ideológica y moral, tanto por parte de la Administración y por parte de la Iglesia. El régimen favoreció durante los primeros años el lanzamiento de películas épicas con un nacionalismo español exacerbado. Se trata de escenarios en los que libran batalla España y la considerada Anti-España, lo “extranjero”. Lo “anti-español” ya había sido definido durante la década de 1930 por parte de los sectores derechistas que buscaban demonizar a las corrientes políticas progresistas y marxistas. Un enemigo que según el nacionalcatolicismo, estaba constituido por traidores a la patria, a las órdenes de la masonería o de los bolcheviques.

Realizando un repaso de la Historia de España en las primeras décadas del siglo XX, Raza (1942, José Luis Sáenz de Heredia) es una película que encarna fielmente ese ideario nacionalcatólico. Con guión de un tal Jaime de Andrade (seudónimo bajo el que se encontraba el propio Caudillo), Raza, aparte de por la buena ambientación (hacía sólo tres años que había terminado el principal episodio histórico al que hacía referencia, la Guerra Civil) es de obligado visionado por su nada disimulado carácter propagandístico que le dota de un aire ciertamente cómico: republicanos brutos sin afeitar que alaban a Moscú y que al mismo tiempo sirven a los intereses de Estados Unidos (pues en aquel año la España franquista todavía no disimulaba su apoyo a los nazis en la Segunda Guerra Mundial); un protagonista que salva su vida inexplicablemente tras ser fusilado por los rojos; y su hermano, que aunque había sido siempre el malo de la familia y formaba parte del gobierno republicano, termina viendo la luz al final de la película en un discurso delirante.Resulta interesante comparar esta película con otras propagandísticas de años posteriores. La posición beligerante de España hacia los Aliados se suavizará a medida que se perciba la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial como algo cada vez más inevitable. En los periódicos desaparecerán las alabanzas a Hitler y el discurso oficial pasará a defender que España, supuestamente, no había apoyado fervientemente a los nazis y que su única motivación ideológica era la lucha contra el comunismo. Si en 1942 todavía se calificaba a la “democracia” como un sistema fallido que preparaba el terreno para el comunismo (refiriéndose a los Aliados), en 1945 se destacaban los aspectos positivos de Inglaterra y Estados Unidos, se resaltaban las supuestas similitudes entre Roosevelt y Franco y se defendía que España también era a su manera una democracia (algo llamado “democracia orgánica”). En películas como Mare Nostrum (1948, Rafael Gil), por ejemplo, se relataba cómo un marino español (personificando a toda España) de buena voluntad había sido engañado por una espía alemana. Por otra parte, la propia película Raza sería autocensurada y modificada, eliminando las alusiones negativas a Estados Unidos y reforzando sus proclamas anticomunistas

Si en estos casos se recurría a revisitar en pasado más inmediato (Guerra Civil y Segunda Guerra Mundial) también se apelaría al espíritu nacionalista con películas ambientadas en un pasado más lejano. Agustina de Aragón (1950, Juan de Orduña), por ejemplo, retrata a un pueblo aragonés heroico en su lucha contra los franceses. Alba de América (1951) del mismo director, pretendía ser una respuesta al film Christopher Colombus (1949), en el que la conquista española de América no era retratada muy favorablemente.

Películas que reivindican la memoria de sectores marginados u olvidados


Otras películas históricas, sin embargo, muestran la otra cara de ese pasado nacional supuestamente glorioso y heroico. Aquí la nación ya no es un frente homogéneo de patriotas buenos que luchan unidos contra un invasor extranjero o traidor a la patria. Se rememoran, por el contrario, episodios incómodos para el discurso nacionalista oficial, episodios en los que fuerzas españolas realizaron actos injustos, de crueldad o represión sobre ciertos colectivos. Un tipo de relato, por tanto, que suele ser desdeñado por las instituciones, que temen que pueda provocar fisuras en la comunión emocional del individuo con su nación o incluso hacerle renegar de la misma.

El tono bélico nacionalista, siempre preparado para la guerra, que dominó los discursos oficiales de los estados occidentales durante la primera mitad del siglo XX y que pretendía mantener a sus ciudadanos en un estado de movilización patriótica permanente, se fue relajando progresivamente. Ello permitió no sólo que el pensamiento antibelicista adquiriera una mayor influencia, sino que fuera posible que en gran parte de Europa y América el nacionalismo y su discurso maniqueo (en el que la siempre pura nación se enfrentaba a los siempre malvados enemigos) fuera sometido a crítica, explorando algunos de los episodios del pasado que habían sido silenciados por ser deshonrosos al sentimiento nacional. Fue sobre todo a partir de la década de 1960 cuando, en un clima general contestatario, los jóvenes alemanes reprocharon a sus padres el pasado nazi; el rechazo a la política exterior de Estados Unidos se hizo más patente entre sus ciudadanos, que ya no creían que su gobierno actuara como el garante de las libertades del mundo (sobre todo con la llegada de noticias de la actuación norteamericana en Vietnam); y en nuestro país, al mismo tiempo que crecía la oposición al régimen, se fue incorporando la visión de los vencidos en la Guerra Civil, de aquellos que durante más de 30 años habían sido vilipendiados y demonizados como enemigos de España.

sembraron la duda de que el Alzamiento Nacional fuera un acto bondadoso o una cruzada heroica contra los enemigos de España

Si ya en la década de 1950, con los trabajos de Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem era posible encontrar en el cine español un tono crítico hacia la realidad cotidiana del franquismo, a partir de los años 70 algunas películas comenzaron a abordar de forma diferente a la oficial el acontecimiento histórico que servía de legitimidad al propio régimen franquista: el Alzamiento Nacional de 1936. Quizá los primeros directores españoles que se atrevieron a retratar de forma crítica la Guerra Civil y la Posguerra no fueron en un principio demasiado explícitos. Sin embargo, sí sembraron la duda de que el Alzamiento Nacional fuera un acto bondadoso o una cruzada heroica contra los enemigos de España. No había sido una gesta, sino un acto injusto y brutal. Entre las primeras películas que rescataban en parte la memoria de la España vencida en la Guerra Civil se encontraban El jardín de las delicias (1970, Carlos Saura), La prima Angélica (1973, Carlos Saura), El espíritu de la colmena (1973, Víctor Erice) o Pim, pam, pum… fuego (1975, Pedro Olea). Creo justo destacar entre ellas El espíritu de la colmena, no sólo por su ambientación, su atmósfera y su aplaudida fotografía, sino también porque introduce (de forma original) la Posguerra vista desde los ojos de una niña.