Contigo empezó todo
El falso cura vuelve al maquis

Nuestro protagonista se lamenta para sus adentros porque prevé que pasará tiempo antes de poder volver a disfrutar en directo de los reflejos de su jugador favorito.

Deportivo A Coruña
El portero del Deportivo de A Coruña, Juan Acuña ‘Xanetas’, para un gol del equipo rival.

publicado
2018-04-01 06:20

El sacerdote que no es sacerdote sonríe en la grada del viejo estadio de Riazor cuando el árbitro pita el final. “Menos mal que está Xanetas”, agradece para sus adentros el cura que no es cura mientras enfila la salida. Llueve, como es costumbre, en A Coruña. ¿Cuántas veces habrá visto un partido así? El equipo visitante dominando y creando ocasiones, desbaratadas una y otra vez por un hombre que parece un gato: Juan Acuña, ‘Xanetas’, portero del Deportivo de La Coruña. Como esta tarde de diciembre de 1943, con el resultado de 1-0 frente al Oviedo.

El Deportivo no es precisamente un prodigio en ataque, pero Acuña, con el apoyo de su férrea defensa, ha sido el portero menos goleado de la Liga en las dos últimas temporadas, en las que el equipo ha acabado en los satisfactorios cuarto y noveno puesto. En particular, ganar en Riazor es misión imposible para los equipos visitantes. Acuña es la estrella local, no sólo por lo demostrado en el campo sino también fuera del mismo. No en vano, el joven portero ya ha rechazado fichar por grandes equipos como el Barcelona, Real Madrid o Atlético de Madrid.

Nuestro protagonista se lamenta para sus adentros porque prevé que pasará tiempo antes de poder volver a disfrutar en directo de los reflejos de su jugador favorito. “Buen partido, eh ¿padre?”, le saluda un guardia civil al salir del estadio. El falso cura asiente con la cabeza y aprieta el paso, mientras recuerda las paradas que ha visto en todos estos meses de convalecencia desde que fue operado en marzo, tras un accidente con su arma. Ya lleva tiempo recuperado, pero ha permanecido en la ciudad, haciendo preparativos para su regreso al monte. Mientras entra en casa de su prima, donde ha estado refugiado durante su convalecencia, se imagina cómo sería una vida normal en un país normal. Con María y con sus dos hijos, un trabajo decente y en la grada de Riazor cada dos fines de semana. Desecha esos pensamientos. “Para vivir en ese país, primero hay que ganar”. Mira al sacerdote que aparece en el espejo y sonríe al intentar calcular las veces que ha burlado al enemigo desde que A Coruña cayó en el ’36 y él se echó al monte.

El día que cambió su vida

Todo empezó ese fatídico 18 de julio, cuando se despediría para siempre de su trabajo en una lechería, de sus fiestas en la noche coruñesa y de su vida familiar y también política con su pareja y madre de sus niños María Pérez, con quien compartía afiliación a la Sociedad Republicana Radio Comunista en Curtis. No se lo pensó mucho antes de enrolarse en la columna antifascista que se dirigía hacia A Coruña, que se disolvió al conocerse que el Ejército golpista ya dominaba la ciudad. Muchos compañeros volvieron a sus casas y lo pagaron con su vida, pero él ya se olía que habría consecuencias. Ante la disyuntiva de elegir entre intentar reanudar su vida cotidiana bajo el fascismo o mantener viva la lucha, ya sabía que la primera no era una opción real. Siete años más tarde, no se arrepiente de la decisión, aunque desde luego en aquel momento no pensaba (o no quería pensar) en tres años de guerra, la derrota y, hasta el momento, cuatro años más de combate guerrillero. En todo caso, la vuelta a la vida pública era un imposible desde aquella vez que participó en una requisa de armas en Fisteus y, poco después, de dinamita en la estación de Teixeiro. En ese momento ya sólo quedaba un hogar, el monte, y una compañía predilecta, sus armas. El falso cura, para quien la violencia era totalmente ajena antes de 1936, es consciente de que ahora es capaz de describir con absoluta precisión cada una de ellas: las pistolas, las granadas de mano, los dos fusiles y el par de rifles.

No diga “maquis”, diga “foucellas”

Mientras se prepara algo de cena, ya sin disfraz, Benigno Andrade, llamado ‘Foucellas’ por su pueblo de origen, piensa que pese a su falta de experiencia previa, en estos siete años ha destacado en la lucha en el monte. Han sido su olfato, descaro e intuición los que le han permitido seguir con vida, dar golpes inesperados y ganarse el reconocimiento de sus hombres. En ello han ayudado, debe reconocerlo, las valiosas informaciones proporcionadas por su hermana Consuelo, que trabaja en el cuartel de la Guardia Civil.

Especialmente desde hace dos años, cuando fue identificado y empezaron la persecución contra él, sabe que su nombre inspira esperanza a muchos y miedo a otros. Por eso es importante su vuelta al monte, que además él asume con optimismo. Mientras observa por la ventana la constante lluvia, piensa que las cosas pintan bien tanto en fútbol como en política. Con Acuña, el Deportivo puede aspirar a todo. Por otro lado, las noticias de la guerra europea hacen pensar en la victoria aliada y la posibilidad de que el fascismo caiga también en España. No será hasta 1945 cuando Foucellas compruebe con amargura que su equipo desciende a Segunda División y que los aliados no intervendrán en España. Él no se rendirá, hasta su captura y muerte por garrote vil en 1952. En todos estos años, los maquis, los guerrilleros, los “fuxidos” de Galicia serán también conocidos como “os foucellas”.

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1 Comentario
Daniel Seijo 16:52 1/4/2018

De esos relatos que da gusto leer una y otra vez.

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