Centrales nucleares
La memoria y el presente, Fukushima 2019

En una catástrofe nuclear, como en una guerra, la primera víctima es la verdad: por eso la posición de Japón en el índice internacional de libertad de prensa pasó del puesto 22, en 2011, al 67 en 2018.

Fukushima 1
Visita a la central nuclear de Fukushima en 2011. Foto: David Guttenfelder

publicado
2019-03-11 11:00

Recordando hechos pasados…

Es un dato harto sabido que hasta el 11 de marzo de 2011, funcionaron 54 reactores nucleares en Japón. La catástrofe de Chernóbil, iniciada 25 años atrás, había sido olvidada; y Japón era un país con una larga historia nuclear. Mucho antes de Chernóbil, en los años 70, se construyeron 18 reactores; en los 80, otros 16 más, y en los 90, mientras Chernóbil dispersaba radiación, se añadieron otros 15. Era evidente el exceso de potencia atómica, pero aún entraron en funcionamiento cinco reactores más en la década del 2000. En plena euforia del renacimiento nuclear iniciado en 2001, la gran industria planificaba su expansión internacional. En 2006, Toshiba adquirió Westinghouse, la empresa norteamericana de referencia en construcción de reactores.

Pero todo finalizó a las 14:46 del 11 de marzo de 2011: la tierra tembló, y una hora más tarde el tsunami arrasó zonas del país matando más de 20.000 personas. Se supo que varias nucleares estaban afectadas y se desató el pánico, no sólo quiénes vivían cerca de la central de Fukushima Daichi huyeron, dejando todo atrás, también muchas otras personas conscientes del peligro de un accidente nuclear, incluso en Tokio, a unos 200 km de distancia. Las embajadas enviaron mensajes contradictorios a sus residentes en Japón sobre evacuación y distancias de seguridad. Existen testimonios de trenes y aeropuertos abarrotados durante los primeros días, incluso se cree que algunos medios grabaron imágenes. Pero esas imágenes no se difundieron; en su lugar todos los medios repitieron las consignas del gobierno: la situación es segura, la radiactividad no llega a niveles peligrosos, confíen en las autoridades, etc.

En una catástrofe nuclear, como en una guerra, la primera víctima es la verdad: por eso la posición de Japón en el índice internacional de libertad de prensa pasó del puesto 22, en 2011, al 67 en 2018, en una bajada continua con minúsculas subidas.

Porque no se trata únicamente de mentir o de censurar; las informaciones se pueden manipular, ignorar, ser difundidas selectivamente (noticias sólo en japonés, o sólo en ingles); pero también se pueden explicar medias verdades, y demorarlas el tiempo necesario para cocinar los datos en que se basan. Se asume que las informaciones sobre radiactividad o enfermedades implican alta tecnología en la obtención y tratamiento de datos; algo que solo TEPCO (la compañía propietaria de los reactores accidentados) es capaz de gestionar.

Desde el inicio de la catástrofe hasta hoy, los reactores dañados desprenden un vapor radiactivo que proviene del agua vertida para intentar apagar el “fuego nuclear” que continúa activo. Ese vapor es más visible durante la noche, por eso, en abril de 2011, un periodista que había observado el fenómeno pidió a TEPCO que calculara la cantidad de radiactividad que emitía el vapor. El informe final se presentó el 17 de noviembre, ocho meses más tarde; en su página 12 incluye una gráfica de barras de colores descendentes con ocho fechas en la base, la gráfica no es proporcional, algo imposible dadas las cifras que representa, y muestra una progresión que va de unos 800 trillones de bequerelios por hora (el 15 de marzo), hasta unos 60 millones (el 1 de noviembre). También incorpora un comentario “(la cantidad emitida) se ha reducido en una proporción que va de 13 millones a una sola unidad”.

La combinación de demora en la información y media verdad es evidente. Teniendo en cuenta que los primeros datos son del 15 de marzo, TEPCO podía haber contestado al periodista con los datos disponibles en el momento de la pregunta, pero no fue así. La gráfica permite tres cosas: 1) amortiguar el impacto brutal de saber que se emitían 800 trillones de becquerelios por hora; 2) disimular la enorme dispersión radiactiva, situándola en un escenario de retroceso y 3), lo más importante, desviar la atención hacia la reducción de las emisiones, ocultando que la peligrosidad de una radiación no tiene nada que ver con la cantidad.

…que marcan realidades presentes,

Este es sólo un ejemplo de una pauta informativa que se extiende a casi todos los campos: los vertidos de agua radiactiva al océano, el nivel de contaminación de los suelos agrícolas, de los productos alimenticios, etc. El caso del agua es especialmente llamativo: Japón es un país húmedo, ríos superficiales y subterráneos discurren entre las montañas y el mar prácticamente cada día del año. A 24 metros bajo la estructura de Fukushima discurre una corriente que pasa por las zonas radiactivas, ya que la fisión de los núcleos de las unidades 1, 2 y 3 hundió los edificios en el suelo; se calcula en un promedio de 300.000 litros diarios el agua que circula por esa zona, ¿qué cantidad de radiación transporta ese agua hasta el océano? La respuesta es sencilla: no hay datos exactos, cada cifra es contrapuesta con otra cifra que relativiza su importancia.

El 28 de marzo de 2018 el diario Japan Times informó de un estudio que calculaba en 2 billones de becquerelios por día la contaminación que la Unidad 1 enviaba al Océano Pacífico. En la misma noticia se explicaba que otro estudio, éste del año 2016, de una entidad confusa, Integrated Environmental Assessment and Management, concluía que “los niveles de radioactividad en la biota marina cerca de Fukushima fueron más bajos de lo previsto”. Es digna de mención una referencia tan rigurosa como “más bajos de lo previsto” para compensar una cifra concreta.

Es una combinación de estrategias, el 31 de enero de 2018, la Asociación de ciudadanos y científicos preocupados por las exposiciones a la radiación interna, una de las entidades que intenta contrarrestar la desinformación desplegada por el gobierno japonés y la industria para maquillar la situación existente, ofrecía una relación detallada de ejemplos documentados.

Ejemplos que iban desde la creación de páginas web en diversos idiomas que intentan tranquilizar sobre la contaminación radiactiva y sus efectos en la salud, a informes que contradicen evidencias documentadas (como la fisión nuclear aún activa o el fracaso del muro de hielo). El lenguaje es muy importante, se usan calificaciones genéricas como “reducidas”, “muy pocos casos”, “seguras”, o el “más bajo de lo previsto” ya mencionado, para calificar los resultados de pruebas o análisis, se evitan referencias comparativas numéricas o datos precisos; se usan analogías carentes de valor científico, como referencias a la radiación natural, o se realizan afirmaciones falsas sobre ausencia de incremento de enfermedades, o de la salud de los alimentos, por parte de políticos o representantes institucionales, desde un supuesto principio de autoridad.

Estas estrategias tienen cobertura desde los organismos internacionales que protegen los intereses de la industria nuclear. La Asociación Internacional de Energía Atómica (AIEA) es la más conocida, pero hay otras. Los organismos aplican métodos de probada eficacia, como la reiteración de informes supuestamente positivos. Así, el 4 de febrero de este año se informó de los progresos en el desmantelamiento de Fukushima, en base a un informe de la AIEA de noviembre de 2018, que ya había sido publicado el 31 de enero. La noticia seguía la pauta habitual de afirmaciones vagas y genéricas, y eludía el descontrol que provoca que la fisión siga activa tras casi ocho años. Unos detalles sobre la reapertura de reactores cerrados complementaban la información el 5 de febrero. Se trata de fabricar normalidad.

y refuerzan prácticas sociales de siempre.

Hace unas semanas, el 20 de febrero, se estrenó la película Fukushima The Seal of the Sun, una recreación de lo sucedido en torno a la central en las fechas del terremoto y el tsunami mediante una combinación de testimonios de personas que participaron realmente y situaciones dramatizadas. Un actor, con el papel de un periodista de investigación, actúa de hilo conductor del relato, articula la trama de ficción y da paso a los protagonistas reales. En la entrevista realizada al director, Futoshi Sato, con motivo del estreno, destaca un dato: el 26 de julio de 2016, más de cinco años después del inicio de la catástrofe, se estrenó una película de ficción que vinculaba Fukushima con el conocido monstruo japonés Godzilla (Shin Godzilla, algo así como “El nuevo Godzilla”), la película tuvo un presupuesto de 13 millones de euros, generó unos beneficios de más de 64 millones, fue producida por dos potentes compañías cinematográficas (Toho y Cine Bazar) y distribuida por todo Japón, y también a nivel internacional.

En contraste, Fukushima The Seal of the Sun, se proyecta a pequeña escala, en cines independientes, y con la participación de grupos de ciudadanos que organizan voluntariamente las proyecciones. Una catástrofe puede ser una fuente de beneficios considerables, aunque sus víctimas sean parte de la realidad cotidiana, basta con no mirar.

Febrero ha supuesto también una generosa promoción y subvención de actividades culturales y folclóricas en municipios de la prefectura de Fukushima que se consideran aptos para ser ocupados de nuevo, las actividades tuvieron una baja participación, porque los evacuados no se fían y no regresan a sus anteriores residencias.

Todo es parte de la preparación de un escenario de normalidad, porque los Juegos Olímpicos de Tokio se aproximan. Mientras tanto, la parte de la sociedad que es consciente de los peligros existentes intenta, como puede, dar testimonio de ello en este octavo aniversario, superando las múltiples barreras que el gobierno y los poderes económicos les imponen.

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