Biodiversidad
Apicultura intoxicada: agricultura, biodiversidad y plaguicidas

Es indispensable escuchar el reclamo de las organizaciones ecologistas que piden el compromiso político de todas las formaciones para reducir al 50% el uso de plaguicidas en 2023.

Abejas C Frayle 1
Foto: C. Frayle

publicado
2019-07-18 07:00

La biodiversidad global está bajo apremiantes amenazas debido al declive de la gran mayoría de los insectos del planeta, que podrían desaparecen en el próximo siglo. Gracias a la reciente publicación de una revisión de 73 artículos científicos, sabemos que el cambio de uso del suelo, en favor de la urbanización y la agricultura industrial, están detrás de estas cifras catastróficas.

Desde la II Guerra Mundial se han hecho muchos esfuerzos (y grandes inversiones económicas del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, etcétera) para intensificar la producción de alimentos con el supuesto objetivo de “paliar la pobreza y el hambre en el mundo”. La perversa estrategia política de control de la alimentación global se basa en la tecnificación del campo, fomentando la pérdida de nutrientes alimenticios con el auge premeditado de los monocultivos, la liberación indiscriminada de sustancias químicas al medio ambiente y la privatización de la vida (patentes de semillas).

Theo Oberhuber y Koldo Hernández llevan tiempo relacionando noticias, cruzando datos y organizando jornadas divulgativas en las que vinculan el declive de los insectos con el uso indiscriminado de plaguicidas en España, con específica referencia a la intolerable contaminación actual de los ríos y los alimentos que consumismos y con especial hincapié en las contaminaciones por disruptores endocrinos, su falta de control y sus riesgos sobre la salud humana (y de los que advierte la Organización Mundial de la Salud).

Desde la perspectiva de la apicultura, las abejas melíferas —también conocidas como abejas domésticas, las de mayor distribución mundial— no corren mejor suerte, y con ellas la sostenibilidad del sector apícola. En los últimos años, la Unión Europea se muestra preocupada por el declive de los polinizadores, incluidas abejas silvestres y domésticas y fomenta iniciativas en favor de su conservación. Sus directivas se ven reflejadas en planes como el Plan Nacional sobre la Conservación de los Polinizadores en la que se reconoce la amenaza de la mitad de las especies estudiadas de las que dependen, al menos el 70% de los principales cultivos para consumo humano, y el servicio de polinización, valorado en 2011 en 2.400 millones de euros.

El borrador del plan de conservación está siendo duramente criticado por buenos conocedores de la situación, especialmente por su falta de compromiso y ambición: más de 300 sustancias autorizadas son peligrosas, o muy peligrosas, para las abejas y no se está valorando su prohibición.

Europa tiene un Enfoque Estratégico para la Gestión de Productos Químicos a Nivel Internacional (SAICM), un acuerdo no vinculante desarrollado en el marco del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) en 2006, con el objetivo de lograr la gestión racional de los productos químicos durante todo su ciclo de vida, y para el año que viene —2020— asegurar que las sustancias químicas se utilicen y produzcan de manera que se tienda a la minimización de sus efectos adversos para la salud humana y el medio ambiente, siguiendo los principios de prevención, precaución y sustitución. Para ello promueve mejorar los controles sobre el uso y distribución de productos fitosanitarios (pesticidas y fertilizantes), promover prácticas agrícolas que reduzcan su uso y favorecer la transparencia de información y control. 

El borrador del plan de conservación está siendo duramente criticado por buenos conocedores de la situación, especialmente por su falta de compromiso y ambición

En el contexto de la apicultura el proyecto EPILOBEE 2012-2014, es el primer estudio epidemiológico sobre la pérdidas de colmenas de abejas, que estudió el papel de los agentes patógenos (hongos, bacterias, virus, etc.) y otros factores demográficos y zootécnicos (edad, lugar, tipo de explotación, uso de medicamentos, etc.) sin incluir el análisis de residuos de plaguicidas —que son muchos, con altas concentraciones, en todas las partes del mundo— como factores de riesgo en el declive de las colmenas.

Su aplicación en España fue implementada con los programas anuales de vigilancia piloto sobre las pérdidas de colonias de abejas melíferas (2012-2017) que han incluido el estudio de tres insecticidas neonicotinoides “por considerarlos factores importantes que pueden incidir sobre la salud de las abejas”. Estos tres insecticidas (y un fenilpirazol) fueron prohibidos en 2013 por la UE con el fin de proteger el servicio de la polinización, pero sus residuos siguen apareciendo en los colmenares de todo el mundo, España y Europa incluidos.

España: segundo productor, primero de plaguicidas

España cuenta con una gran tradición apícola, desarrollada y mantenida gracias a un clima muy favorable para el establecimiento de la subespecie Apis mellifera iberiensis, que permite su actividad la mayor parte del año. Nuestra relación con las abejas de la miel, es profunda en el tiempo y en su significado, con cientos de años de historia compartida y un relevante arraigo cultural del que hoy tenemos constancia gracias al conocimiento arqueológico de la famosa escena de recolección de miel de en la Cueva de la Araña (Bicorp, Valencia), una pintura rupestre del epimesolítico declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

En la actualidad, es reconocido como uno de los principales productores del mundo y parece que la crisis financiera desde 2008 favorece a este sector, pero las estadísticas pueden ser engañosas y las abejas aquí también se están muriendo. Europa es el segundo productor de miel del mundo después de China (Eurostat) y España el segundo productor de la UE, además nuestra apicultura está muy valorada en el comercio exterior gracias a las floraciones silvestres de las típicas de las plantas aromáticas mediterráneas.

España es el primer consumidor de plaguicidas de la UE

De media, un kilo de miel importada en la UE en 2016 costaba 2.23 euros, mientras que un kilo de este producto exportado de terceros países costaba 5.69 euros. La miel es el tercer producto más adulterado del mundo; definido como una sustancia dulce y natural sobre la que se han establecido criterios, de dudoso cumplimiento, en cuanto a su composición específica (Directiva 2001/110/CE), y un producto muy valorado comercialmente por sus saludables características como recurso energético no procesado y bajo en grasas. Para garantizar que la miel importada respete los estándares comunitarios se están tomando medidas con el fin de armonizar los controles fronterizos y del mercado interno. Próximamente se establecerá un programa de trazabilidad que garantice el origen y la calidad a toda la miel en el territorio comunitario, así como la protección de los y las apicultoras y consumidoras, que esperemos sea lo suficientemente exigente.

Todo intento de proteger nuestra salud va en una buena dirección, pero quién conozca el sector desde dentro se dará cuenta de que parece que las amenazas solo vienen de fuera (de la UE), y siendo las que llegan de gran importancia y seriedad y una amenaza a la seguridad y soberanía alimentaria, debemos hacer un ejercicio de autocrítica.

España es el primer consumidor de plaguicidas de la UE. De los 20 Estados miembros de los que se dispone de datos completos, España, Francia, Italia y Alemania representaron el 79% de las ventas notificadas en 2016. Estos países son también los principales productores agrícolas, ya que en conjunto representan el 46% de la superficie agrícola utilizada (SAU) total y la mitad del total de sus tierras cultivables (47%).

La aplicación de la Estadística sobre Comercialización de Productos Fitosanitarios permite conocer —o lo pretende— las cantidades de sustancias activas (por categoría funcional y clasificación química) contenidas en los productos fitosanitarios comercializados (y se entiende que utilizados) en la agricultura de nuestro país. Desde el año 2016 y en adelante las clasificaciones que se mostrarán en los resultados de estos informes estadísticos no especifican la utilización de varias de la subcategoría plaguicidas, entre las que se encuentran los insecticidas organofosforados, sustancias ampliamente extendidas.

Diferentes investigaciones revelan que se han detectado más de 100 residuos pesticidas diferentes y sus metabolitos en abejas, polen, miel, cera y en el equipo apícola

Por lo que en contra de cualquier intento de aplicación de la SAICM, y al menos en lo que a la transparencia de liberación ambiental de productos insecticidas se refiere, la información de utilidad pública cada vez es más opaca. Estos insecticidas organofosforados son de especial interés para la apicultura por varios motivos: en el caso de los insecticidas existe un potencial de daño evidente fuera del objetivo para insectos polinizadores como las abejas, pero incluso cuando los insectos no son el objetivo (como en el caso de fungicidas y herbicidas), pueden verse afectados directa o indirectamente tanto por los ingredientes activos como por los supuestamente inertes (adyuvantes, disolventes, etc.) de las composiciones comerciales. Además, la normativa española en materia de apicultura establece medidas específicas para el tratamiento veterinario de una enfermedad común producida por un ácaro (la varrosis), obligando a aplicar al menos un tratamiento acaricida al año (otoño), o lo que es lo mismo, obligando a introducir en las colmenas sustancias químicas o biológicas (de entre las 14 autorizadas actualmente) con efecto acaricida, y en muchos casos también insecticida, como en el caso de los organofosforados.

Según el último informe del MAGRAMA, más del 60% de los tratamientos se aplicaron incorrectamente durante la campaña 2016 y algunos no están siendo efectivos en el control de éstos patógenos. Hechos que revelan una fomentada contaminación química de los productos de consumo humano y aparición de resistencias. Recientemente, varias voces denuncian la presencia de estos insecticidas organofosforados en nuestros platos.

Remedio poco popular

Afortunadamente, existen alternativas a los “remedios químicos” también para la apicultura prometedoras técnicas de control biomecánico y desinfección (sin sustancias químicas) que han demostrado ser eficaces en el control de enfermedades prevalentes sin causar ninguna repercusión en la cosecha de la miel o en el desarrollo las colonias. Sin embargo estas técnicas no agresivas son poco populares en el sector.

Diferentes investigaciones revelan que se han detectado más de 100 residuos pesticidas diferentes y sus metabolitos en abejas, polen, miel, cera y en el equipo apícola. La cantidad de cualquier pesticida individual frecuentemente detectada en la colmena puede no ser suficiente para causar la muerte de las abejas (toxicidad aguda), pero las combinaciones de todas estas sustancias puede tener efectos acumulativos. Cómo no pensar que los puedan tener también sobre la salud de las personas que los consumimos. Sin embargo, los informes de residuos de plaguicidas en los alimentos de la Autoridad Europea para la Seguridad de los Alimentos no incluyen productos apícolas como la miel, el polen o el propóleo.

Los estudios de residuos plaguicidas en muestras de abeja, polen y cera procedente de relevantes zonas apícolas de la Península revelan el ambiente tóxico en el que se desarrollan los insectos polinizadores en zonas geográficas con presiones agrícolas muy diferentes. Y el cenit de estas situaciones son objeto de noticia todos los años en regiones como Murcia o Valencia donde se denuncian muertes por intoxicación directa de las abejas y en concreto por insecticidas organofosforados.

Esta situación de creciente utilización e impacto de los plaguicidas sobre la seguridad alimentaria y la biodiversidad global, es una demostrada realidad en nuestro país, y requiere de un enfoque socioecológico para comprender los patrones actuales e históricos en los que se basa.

El acceso a la información y la transparencia de los datos sobre su utilización son indispensables para poder valorar la realidad que nos acecha y, junto con los valores sociales y ambientales de las personas que los aprueban y aplican; desde los apicultores, ganaderos, apicultores y jardineros, hasta agencias reguladoras, legisladores y los consumidores, marcan la tendencia insostenible.

Existen alternativas a los “remedios químicos” también para la apicultura prometedoras técnicas de control biomecánico y desinfección (sin sustancias químicas) que han demostrado ser eficaces en el control de enfermedades

Metodológicamente, este enfoque implica medir el conocimiento y los valores individuales, junto con las condiciones del mercado (por ejemplo, precios, disponibilidad). Algunos investigadores han señalado que con frecuencia existe una brecha entre el conocimiento de los problemas ambientales y la capacidad de abordarlos. Una de las razones es que los mercados de bienes con externalidades negativas, como los plaguicidas, por lo general no valoran los recursos de forma exhaustiva. Además, es fundamental reconocer que la necesidad legítima de manejar las plagas subyace al fenómeno del uso de plaguicidas, particularmente en la agricultura y en el control de vectores o agéntes patógenos.

En consecuencia, los esfuerzos para proteger a los polinizadores de los impactos de los plaguicidas, y por extensión muchas otras especies incluyendo a los seres humanos, deben conciliar las necesidades de control de plagas y favorecer estrategias de control integrado.

cambiar el paradigma agroindustrial

Las prácticas de manejo de plagas cambian continuamente, impulsadas por factores que van mucho más allá de la toma de decisiones de las personas con acceso a ellos, y demasiado a menudo alimentadas por el lobby médico-famacéutico y agrícola, acaparado por tan solo seis corporaciones internacionales.

En este sentido una ciencia multidisciplinar con compromiso ambiental, social y político como la agroecología ofrece valiosísimos ejemplos y oportunidades de cambio para producir alimentos libres de toxinas y cambiar el paradigma agroindustrial hacia un modelo ambiental y social, justo y necesario, en el que poder desarrollar plenamente nuestros derechos dentro aquel binomio inseparable de medio ambiente y salud humana. Movimiento social y ciencia que demuestra que aplicando la “ecología de los saberes”, y dando especial protagonismo a los locales e indígenas, junto a las ciencias aplicadas y la voluntad política, se puede llegar a alimentar a toda Europa en 2050 sin utilizar los plaguicidas, como lo demostrará cualquier región que se lo proponga.

Es indispensable escuchar el reclamo de las organizaciones ecologistas que piden el compromiso político de todas las formaciones para reducir al 50% el uso de plaguicidas en 2023, y ante las actuales negociaciones en la articulación y subvenciones de la Política Agraria Común es de igualmanera imprescindible escuchar las propuestas de coalición Por Otra PAC que piden el compromiso europeo por una agricultura ecológica libre de agrotóxicos, que fomente sistemas productivos descentralizados, y una alimentación de cercanía, reconociendo el trabajo oculto de las mujeres en el agrosector y la titularidad de todas las campesinas; agricultoras, ganaderas y apicultoras, incluidas.

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2 Comentarios
Jorge 18:08 18/7/2019

No seáis mentiroso y tecnoptimistas, desarrollar semillas modificadas que resistan herbicidas no reduce su uso, al contrario. Es mas hay estudios recientes de que el daño está siendo mayor porque se ha generalizado el tratamiento con fungicidas y herbicidas que lleva incorporado a priori la propia semilla, está devastando los insectos que pasan algún ciclo de su vida en el suelo y lógicamente del resto de la microbiota que allí habita.

La tecnología nos conduce más rápido al exterminio

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Jorge Ruiz 9:35 18/7/2019

No hay método mejor para reducir el uso herbicidas (no pesticidas), que autorizar los transgénicos y la tecnología CRISP.

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