LGTBIQ
La guerra por la paz

Recordar la muerte de Marsha P. Johnson no empaña la mirada de las que hoy nos sabemos en un mundo en el que se logran derechos para el colectivo LGTBIQ+, en el que hay herramientas para crear comunidades, en el que las putas de todos los países se asocian, se sindican y colaboran, cuando no son pioneras en la implantación de justicia social.

Bandera bisexual orgullo Sevilla
Un manifestante ondea una bandera bisexual en el Orgullo de Sevilla de 2018 Francisco Javier Huete
Antropóloga social, integrante del Colectivo de Prostitutas de Sevilla y sindicada en OTRAS
29 jun 2019 06:00

Junio de 2019. La práctica ilícita de la extrema derecha ha irrumpido en Andalucía esta primavera, el cambio climático es un hecho, y se cumplen 50 años desde que Marsha P. Johnson arrojara una piedra contra el poder, materializado en forma de agente policial, y provocara una de las chispas gordas que encenderían la llama de los disturbios de StoneWall.

Tres hechos dramáticos han ocurrido en este mes de junio, que tienen alguna lectura menos catastrófica a mi parecer: por un lado, la extrema derecha será radicalmente eliminada de nuestras vidas, porque, en palabras del filósofo con nombre de droga, Karl Popper, “no se puede tolerar al intolerante”. Por otro lado, la consciencia del cambio climático es un hecho y no estamos a tiempo de salvar a algunas especies pero sí de hacerlo mejor, más lento, más suave y más eco. Y, por último, ese sujeto político que fuera Marsha P. Johnson ya no está entre nosotras para tirar una piedra, pero gracias a ella –y a otras– ninguna nos conformamos con las “versiones oficiales” cuando muere una puta (una activista, una trans, una racializada o, en definitiva, una superviviente situada públicamente fuera de la norma).

Aún en la posverdá más absoluta, de distorsión de información y exaltación de los estados de ánimo, a nosotras no nos engañan y hemos creado redes de contacto entre las marginadas

Recordar su muerte no empaña la mirada de las que hoy nos sabemos en un mundo en el que se logran derechos para el colectivo LGTBIQ+, en el que hay herramientas para crear comunidades, en el que las putas de todos los países se asocian, se sindican y colaboran, cuando no son pioneras en la implantación de justicia social.

Las verdades completas no las dan los medios de comunicación, que pertenecen a una cultura decadente y suicida. Así, esta causa es una invitación para conocer otra lectura, también realista, del contexto andaluz de este mes de junio. Incluso infoxicados, los medios de comunicación son diversos, tenemos acceso a ellos y capacidad de triangular datos; aún en la posverdá más absoluta, de distorsión de información y exaltación de los estados de ánimo, a nosotras no nos engañan y hemos creado redes de contacto entre las marginadas. Lo que significa que ya componemos “una excepción”, las otras, más grande, más fuerte y con capacidad para crear nuevas reglas en el tablero.

Sabemos que lo que aquí hagamos hoy tiene una repercusión en la vida de miles de personas y ya no “nos achantan” los matones, los violadores ni las urnas

Un aplauso sordo me eriza la piel. Ovaciones de esas, las otras, de las que hemos sido discriminadas a coro. La mayoría de ellas no son de color blanco ni de género normativo (masculino). Hemos diluido el ego y tenemos pensamiento de colmena.

Sabemos que lo que aquí hagamos hoy tiene una repercusión en la vida de miles de personas y ya no “nos achantan” los matones, los violadores ni las urnas. Del mismo modo que la posmodernidad ha permanecido heteronormada, insegura y plagada de opiáceos laboralistas que mantenían el discurso del esfuerzo como dignificador de la persona, nos ha traído un “laiser faire como te salga del coño” y la idea, nunca tan cierta, de que TODO puede ser de otra manera.

Ya sabemos que somos infinitas, nuestros cuerpos, nuestro placer y nuestras vidas. Que una polla no determina una masculinidad y que las hay de plástico vegano y de carne humana. Estamos juntas, celebrando el dolor, reconstruyéndonos las unas a las otras, heridas de leyes que nos excluyen, nos privan de libertad y nos matan. Pero conscientes, nunca demasiado, y realistas, serenas, guerreras, compañeras.

Este mes, sabiéndonos en “la guerra por la paz”, estamos en la fiesta recargando el combustible pa’ quemar al opresor

Sabemos cuáles son las amenazas, y estamos armándonos (debéis saberlo). Pero os cuento que nuestra arma es la cultura que hemos creado. Sabemos que las urnas solo son una versión de la realidad y estamos reclamando todo lo que es nuestro por derecho.

Los totalitarismos nos causan hastío; antiguos, mediocres, desfasados. No cambiaron desde hace 80 años. Sabemos que el temor real se tiene al ignorante. A los dictadores necios con más poder del que pueden gestionar en su juego. Pero también sabemos jugar, con nuestras reglas, en nuestro campo. Hace 50 años que empezó esta batalla y, al contrario que la de los necios, ha cambiado, ha evolucionado y ha creado la cultura diversa, fluida y de colores.

Nos mezclamos, no copamos el poder porque no nos interesa, usamos nuestros privilegios (las que los tenemos) para meter candela desde dentro. Hemos sobrevivido a las normas, no tenemos miedo del sistema porque nos ha perseguido y ha impuesto fronteras donde solo hay tierra. Sabemos que nuestros soldados mueren por racializadxs, por maricas, por putxs y por trans. Que el malo es el Estado y que quiere robar los niños a las otras que son madres. Pero este mes, sabiéndonos en “la guerra por la paz”, estamos en la fiesta recargando el combustible pa’ quemar al opresor.

Todxs son bienvenidxs a la fiesta de les supervivientes; la hemos llenado de cuidados, de memoria, de luz y color; de amor.

Puede que ellos tengan leyes pero nosotras tenemos la calle.

La calle, la noche y la fiesta.

Siempre nuestras.

¡Feliz Orgullo!

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