Tecnología
Tecnocapitalismo frente a soberanía tecnológica

La tecnología atraviesa nuestras vidas (y necesitamos construir discursos críticos al respecto).

Medialab
Tres personas trabajan en Medialab. David F. Sabadell

publicado
2017-12-30 07:00

Hasta hace apenas diez años, las principales empresas que dominaban las bolsas del mundo eran petroleras, farmacéticas o financieras. El año pasado, The Economist ya situaba cinco corporaciones tecnológicas (Apple, Alphabet, Microsoft, Amazon y Facebook) entre las siete empresas globales con mayor valor de mercado.

Ellas son las principales promotoras –y beneficiadas– de esta sociedad altamente tecnologizada e interconectada, que es concebida como el paradigma de progreso y bienestar y que se impone sin apenas contestación en todo el planeta.

Autoras como Shoshana Zuboff llaman a esta realidad capitalismo de la vigilancia, un sistema que alimenta y está sostenido por una sociedad de la hipervisibilidad y la exhibición: Google define nuestras búsquedas en un mundo en el que la información es poder, Facebook o Tinder configuran nuestras relaciones personales, Airbnb reconstruye las normas del turismo y la vivienda y Amazon y Alibaba emergen como mercados globales de masas.

Hoy, la información sobre nuestras pautas de consumo, nuestras preferencias afectivas o nuestras opciones políticas quedan a merced de empresas que las usan con el único fin de aumentar su lucro, vendiéndolas al mejor postor (por ejemplo, a Trump, que centró en las redes sociales su estrategia electoral). Y lo peor es que la mayor parte de las veces, somos nosotras mismas las que se los entregamos.

En este mundo de las smarts cities, de las quedadas por redes sociales y del activismo digital, las mayorías estamos en una situación de creciente desposesión, quedando enormemente limitada nuestra capacidad para incidir en las políticas públicas.

La información transita a través de infraestructuras que son privadas, como es también privado el sistema de gestión de los datos, la organización automatizada de los servicios públicos y la producción de los contenidos digitales (estén estos vinculados a los medios de comunicación o a la ciencia médica, la producción alimentaria o incluso a la industria militar).

Este es el nuevo capitalismo: el capitalismo informacional –de la privatización de los datos y la vigilancia– y cognitivo –del control del conocimiento basado en la inteligencia artificial.

EL CICLO TECNOPOLÍTICO DEL 15M: HACIA LA SOBERANÍA TECNOLÓGICA

Este es también el momento histórico en el que se han desarrollado los movimientos que en los últimos años han transformado nuestra realidad política, desde el 15M hasta los gobiernos municipales del cambio. Y en el camino, la democratización de las tecnologías ha jugado un papel fundamental (desde los ensayos con la red n-1, o la eclosión de los laboratorios ciudadanos, hasta las actuales herramientas de participación y diseño colaborativo en marcha en ayuntamientos como Madrid, Barcelona, Zaragoza o A Coruña).

Un papel fundamental, pero insuficiente: el movimiento municipalista y en general, las distintas expresiones sociales y políticas enfrentadas al capitalismo, siguen teniendo la necesidad de construir un discurso crítico y propositivo en este ámbito. Para Gerardo Pissarello, primer teniente de alcalde de Barcelona, esta alternativa tiene un nombre: “Conquistar soberanía tecnológica para el bien común”.

¿Y esto cómo se hace? El pasado mes de octubre se reunieron en A Coruña activistas, movimientos sociales e instituciones locales para trabajar sobre el tema desde un enfoque multidisciplinar, en el marco del encuentro sobre Municipalismo, Autogobierno y Autogestión (MAC3).

Más allá de compartir el diagnóstico, se trazaron unas líneas clave para avanzar en el reto, que pasan por volver a poner en el centro la dimensión política de las tecnologías y por empoderar a la ciudadanía para que reconozca y ejercite su capacidad de decidir también en este ámbito. Varios ejes se indicaron como fundamentales: transitar desde las licencias privativas y las tecnologías cerradas al software y el hardware libre; del capitalismo informacional a los comunes digitales y de datos, controlados por las comunidades que los generan; de las redes sociales corporativas a las redes políticas democráticas, para la participación y la incidencia política; de la aceptación acrítica del liberalismo tecnológico a la construcción de relatos críticos con respecto a las relaciones entre tecnología, capitalismo y democracia; de la desconexión actual al establecimiento de redes a múltiples escalas (empezando por la intermunicipal) que trabajen en estas direcciones.

Un reto enorme, pero que ya ha sido ensayado con éxito: no olvidemos que Wikipedia, la enciclopedia libre y colaborariva, se ha convertido en apenas 17 años de vida en el primer sitio de referencia del mundo, con cientos de millones de consultas mensuales.

Municipalismo y tecnopolítica para el cambio

Las transformaciones que están operando en el ámbito de las tecnologías no sólo influyen –y se retroalimentan– en los mercados globales: condicionan y contribuyen de manera determinante a los actuales procesos de transformación social y, más concretamente a las plataformas municipalistas que gobiernan algunas de las principales ciudades del Estado.

Todas ellas nacieron y se desarrollaron poniendo en el centro la participación ciudadana y la colaboración. Todas desarrollaron espacios híbridos (digitales y analógicos) de deliberación y toma de decisiones que ahora, en las ciuades donde se gobierna, han trascendido al espacio político para entrar en el insitucional, hasta el punto de transformar el modo en el que se diseñan y ejecutan las políticas públicas locales. Y los resultados están siendo sorprendentes.

Ciudades donde las prácticas verticales y clientelares de distribución presupuestaria llevaban décadas enquistadas, como Compostela, Cádiz o Valencia, cuentan ahora con presupuestos participativos. Los laboratorios ciudadanos, abiertos y colaborativos, son ya una realidad funcional y cuentan con el apoyo de las entidades municipales en A Coruña (Co-Lab), Madrid (MediaLab Prado) y Zaragoza (Etopía). Y las formas de democracia directa se abren paso en las diferentes ciudades del cambio, teniendo como uno de sus ejemplos más desarrollado redes políticas como Decidim y Consul, que ya funcionan en Barcelona y Madrid.

Estamos ante un cambio de paradigma. Un cambio que es aún muy precario. El relato tecnopolítico no ha terminado de calar en muchos de estos nuevos gobiernos que además, se ven encorsetados por una legalidad que no está actualizada y una sangrante falta de autonomía local, tanto a nivel de recursos como, sobre todo, en lo relativo a la toma de decisiones sobre cuestiones fundamentales. En paralelo, una parte importante de activistas han entrado a formar parte de la institución, dejando un vacío en los movimientos sociales que presionaban por los cambios.

Todas estas dificultades fueron abordadas en el Taller de Tecnopolítica del MAC3, donde se identificaron dos líneas de trabajo determinantes a desarrollar en los próximos años para avanzar en la construcción de la soberanía tecnológica desde lo local.

Por un lado, desde el “dentro” el diseño de políticas públicas que supongan la migración a tecnologías libres (software y hardware, pero también redes, infraestructuras y protocolos libres); el establecimiento de políticas de datos que salvaguarden la privacidad personal y garanticen el acceso y el control público; la transformación organizacional (concienciando, capacitando y motivando al personal que trabaja en las instituciones); la innovación social en el ámbito del trabajo (apoyando las nuevas formas de economía colaborativa); y la compra pública con criterios sostenibles.

Por otro lado, desde el “afuera”, la puesta en marcha de un ecosistema de movimientos sociales, consultoras, laboratorios y observatorios que estén en posición de acompañar dando soporte y auditando los cambios que se vayan implementando en las instituciones. Y que presionen para llegar a avances.

Todo un reto que solo será posible afrontar en la medida en que establezcan redes operativas de coordinación y colaboración intermunicipal. Redes en el marco de las cuales se realice un mapeo de las herramientas ya ensayadas y se elaboren análisis de las debilidades y fortalezas de cada una de ellas. En las que se desarrollen y documenten experiencias y debates que sirvan como base a la hora de aplicar políticas. Que creen colectivamente el relato común de la soberanía tecnológica.

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La fe tecnológica impregna nuestra cultura y, por ende, el sistema educativo. Por eso, conviene reflexionar sobre las certezas “tecnoentusiastas” que nos transmite el marco cultural que caracteriza al mundo moderno. Frente a la idea suicida de que “algo se inventará in extremis”, la autora nos recuerda la importancia de generar procesos colectivos para priorizar hacia donde destinamos los recursos escasos. Esto será necesario para poder desarrollar una tecnología que no altere las leyes básicas de funcionamiento de la vida, que genere justicia  social, que no concentre poder, que huya de los intereses corporativos y que pueda ser universalizable.

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