Tania Mercader: “Cuando la lucha terminó, las mujeres de Magneti Marelli ya eran diferentes”

Tania Mercader fue dirigente del comité de empresa de Jaeger Iberica que consiguió la equiparación salarial en una empresa en la que las mujeres cobraban 9.000 pesetas menos que los hombres. Hoy está en Marea Pensionista y advierte del peligro de una marcha atrás en los derechos conquistados si se baja la guardia.

Tania Mercader Jaeger Iberica
Tania Mercader durante la entrevista en el Teatro del Barrio, en Madrid. Álvaro Minguito

publicado
2018-03-17 07:00:00

Lleva un lazo morado y uno amarillo en su jersey. “Llegué a Sabadell de Córdoba con 20 años, no tengo el sentimiento catalán pero sí la reflexión de que un pueblo tiene todo el derecho democrático a decidir”, explica Tania Mercader, dirigente del comité de empresa de Jaeger Iberica (hoy Magneti Marelli) entre 1982 y 1989.

Mercader asegura estar “muy orgullosa” de haber liderado una movilización por la equiparación que fue larga (siete años) y dura (varias huelgas, manifestaciones masivas, judicialización). Pero mereció la pena porque “eso abrió la puerta a otras”.

En 1982, un grupo de mujeres entra a formar parte del comité de empresa (de CC OO) en una fábrica en la que, pese a que la mayor parte de la producción recaía sobre ellas, el movimiento sindical tenía nombres masculinos. La entrada de diez mujeres al comité sirvió para dar prioridad a un asunto que se había ignorado durante años: las mujeres cobraban menos que los hombres gracias a un plus de disponibilidad que suponía en la práctica una diferencia de 9.000 pesetas en la nómina.

Hoy está en Marea Pensionista y es militante de Corriente Roja. Hablamos con ella de una huelga histórica que consiguió poner el foco (y corregir) en una concepción heredada del franquismo que normalizaba la discriminación salarial y menospreciaba el trabajo de las mujeres.

En 1989 las trabajadoras de Jaeger Ibérica protagonizan, sin sus compañeros, una huelga indefinida. ¿Cómo se llegó hasta la convocatoria de huelga?
En una empresa que tenía 600 trabajadores fijos y caso 200 temporales, el 70% de producción directa estaba en manos de mujeres. Y, sin embargo, en el año 82 nos dirigían [en el comité de empresa] solo compañeros. Entonces las mujeres decidimos presentarnos al comité de empresa, porque los compañeros no terminaban de asumir nuestras reivindicaciones pese que teníamos una discriminación de 9.000 pesetas al mes. Entramos 10 mujeres en un comité de 17 personas, y a partir de eso 337 mujeres cogimos esa reivindicación como arma de lucha para conseguir la igualdad salarial.

¿Cómo era el trabajo en Jaeger Iberica?
Hacíamos cuentakilómetros de los coches en una cadena de montaje. La caja pasaba por una prensa, ahí estaban los hombres. Y luego, en el trabajo de precisión éramos casi todas mujeres. La cuestión es que éramos especialistas todos, y no día ser que estuviéramos discriminadas.

El jefe se permitía el lujo de decir delante de la inspección y de nuestro abogado que mientras él estuviera en la empresa las mujeres no cobraríamos como los hombres

¿Cómo justificaba la empresa la diferencia de salario?
Con un plus. Era un plus de disponibilidad por el cual las mujeres ganábamos entre 8 y 11 pesetas cuando los hombres estaban ganando 83, aunque hacíamos el mismo trabajo. Se interpretaba que el hombre, como era padre de familia, tenía que cobrar más que las mujeres. Pero es que no era solo la empresa, es que incluso entre nosotras algunas también interpretaban que eso debía ser así porque nuestro salario no era vital, era de ayuda a la familia. El jefe se permitía el lujo de decir delante de la inspección y de nuestro abogado que mientras que él estuviera en la empresa las mujeres no cobraríamos como los hombres. Era paternalista y dictatorial.

En el primer convenio no conseguimos la equiparación salarial. Te puedes imaginar: en una multinacional con 800 trabajadores y convenio propio, teníamos que demostrar que sabíamos negociar con la patronal, porque todo el mundo estaba esperando que fracasáramos al negociarl un incremento para 800 trabajadores. Aparcamos nuestra reivindicación porque no teníamos fuerza.

¿Qué es lo que aparcásteis?
Al principio lo que planteábamos era incrementar medio punto más a las mujeres hasta acabar con la discriminación. Al año siguiente lo planteamos de otra forma: acabar con la discriminación en 9 años, subiendo mil pesetas cada año. Tampoco tuvimos fuerza ese año, y además algunas compañeras tampoco acaban de ver que tuviéramos que llegar hasta el final con nuestras reivindicaciones.
Entonces encontramos un abogado al que le gustaban los casos perdidos y decidimos intentarlo a nivel judicial.

Fuimos a los tribunales para que decidieran si había o no discriminación salarial. Ganamos la primera sentencia, que anulaba el párrafo que discriminaba. Cuando empezamos negociar el convenio siguiente, la empresa nos chanteajaba: o renunciábamos a nuestra sentencia o no había convenio para todos.

Pero nosotras no podíamos renunciar: teníamos que conseguir los incrementos salariales son renunciar a nuestra sentencia, y eso nos obligaba a tener huelgas muy a menudo. La empresa decía: yo quito la discriminación salarial, le quito a los hombres lo que ganan de más. ¡Pero nosotras queríamos la equiparación para arriba! Y, sobre todo, toda la patronal estaba interesada en que esto no saliera bien, porque más empresas seguirían el mismo camino. Llegó un momento en el que teníamos cuatro sentencias favorables y la empresa no aplicaba.

En el 88 firmamos un nuevo convenio con la empresa. Teníamos ya cuatro sentencias favorables, pero la empresa presenta un nuevo recurso. Y entonces dijimos: lo que salga del Tribunal Central de Trabajo, lo vamos a aplicar. El 7 de marzo del 89 viene la respuesta, diciendo que se aplicara la sentencia del Tribunal de Trabajo. Pero no fue sentencia, sino un auto que ratificaba la anterior, y la empresa dijo que como no era sentencia no lo aplicaba. Las mujeres entramos en cólera.

Nos tuvimos que plantear que no era una huelga por un convenio sino por una injusticia, y que teníamos que convertir nuestro problema en un problema social

¿Qué herramientas os quedan cuando con cuatro sentencias la empresa sigue sin corregir la equiparación?
Planteamos huelga intermitente, en la que salieron algunos compañeros. Pero en la huelga indefinida los compañeros de trabajo nos dejaron solas. Entonces nos tuvimos que plantear que no era una huelga por un convenio sino por una injusticia, y que teníamos que convertir nuestro problema en un problema social. Ahí multiplicamos nuestras acciones: desde venir a Madrid a entrevistarnos con el Ministerio de Trabajo, con Asuntos Sociales, a ocupar un banco pidiendo que nos pagasen los atrasos, con la sentencia en la mano… Íbamos con un papel de la empresa haciéndonos las tontas diciendo que íbamos cobrar los atrasos, imagínate en la Rambla, una oficina central, y nosotras comiéndonos el bocadillo y haciéndonos las tontitas. Todo eso nos cambió: mis compañeras no eran las mismas cuando empezamos, en el 82, que en el 89. Su mentalidad había cambiado.

¿Cómo funcionaba la fábrica durante la huelga de un mes?
Llevaron a los hombres a nuestros puestos, pero la fábrica no funcionaba. Además hicimos una campaña internacional y la CGT francesa, Brasil y Alemania se negaron a hacer horas extras para hacer el trabajo que nosotras no estábamos haciendo. Fue una huelga muy larga, de 27 días, más de un mes con sábados y domingos. Los compañeros no fueron solidarios, solitas echamos para alante. Si hubiéramos estado toda la empresa, como le decía a CC OO, con un paro de cinco minutos se hubiera acabado.

¿Tenías tradición sindical cuando entraste al comité?
Yo he sido siempre trotskista, antiguamente en la Liga Comunista y ahora en Corriente Roja, y siempre me he sentido muy orgullosa de ser obrera y poder defender a mis compañeras. También he sido una militante antifranquista y además el movimiento feminista lo tenía muy incluido. Yo estaba organizada, tenía un partido. Ya en el 78 me llevé a mi hijo a la empresa.

¿Qué ocurrió?
En Sabadell solo había una guardería que abriera a las seis, era carísima y además ni siquiera eso me servía porque yo entraba a las seis. Entonces cuando acabó mi baja y me reincorporé a trabajar, cogí el bus de las seis menos cuarto con mi cuco y con mi teta. ¡Se lió un follón! Llegué a la fábrica y no me dejaban entrar. Y yo decía: pues tengo que trabajar, el niño que se quede aquí. Vino el jefe de personal, decía que el niño se tenía que quedar en la calle. Y yo le dije: bajo su responsabilidad usted pone un niño a las seis de la mañana en la calle. Aquello fue el 22 de noviembre... pues el día 30 de noviembre nos pagaban a todas las que lleváramos a los hijos a la guardería todo el costo. Y eso aun se sigue haciendo.

¿Has sufrido represión por tu labor sindical?
Siempre. A mí me la empresa me castigaba a estar separada de las compañeras, me ponían a trabajar con los hombres para apartarme de mis compañeros, como castigo. Pero llegamos a tener un vínculo enorme y la solidaridad era muy fuerte. He estado despedida más de una vez, pero era imposible que hombres y mujeres no estuvieran protegiéndome.

¿Qué tiene de particular el sindicalismo protagonizado por mujeres?
Teníamos que demostrar que sabíamos, porque las propias mujeres no acababan de ver que tuviéramos que ser nosotras las que gobernamos para hombres y mujeres. Esa capacidad la tenían los hombres pero, ¿nosotras? Aunque creo que las formas de lucha de Magneti Marelli no tienen que ver con las formas de sindicalismo de ahora, incluso del protagonizado por mujeres, porque ahora te eligen para cuatro años y negocias en nombre de los trabajadores, pero no les haces partícipes. Cuando yo estaba al frente, éramos meros transmisores de lo que la asamblea decidía.

Has dicho varias veces que era una cuestión social. ¿Crees que las mujeres van más allá del puesto de trabajo cuando protagonizan el movimiento sindical?
Somos nosotras las que tenemos que estar al frente para ayudar a los compañeros a que las asuman las reivindicaciones feministas. Ellos por mentalidad, por educación, no ven esas necesidades. Lo que no tenemos que hacer es estar solas.

¿Qué opinas de la huelga feminista del 8 de marzo?
Para mí una huelga es una herramienta de la clase obrera para luchar por unas reivindicaciones sociales y laborales. Entonces al utilizar una huelga solo de mujeres estamos obligando a los hombres s que sean esquiroles. Si nos dejan solas, nosotras vamos a tirar, pero yo llamo a todo el mundo porque mi compañero no es mi enemigo; mi enemigo es la patronal y los gobiernos que la defienden.

Lo ocurrido en Catalunya nos sacude una mica... dos millones de personas defendiendo unas urnas con uñas y dientes han despertado muchas conciencias

La huelga feminista, Catalunya, los pensionistas… ¿crees que son movilizaciones que indican que hay un momento de efervescencia social?
Lo ocurrido en Catalunya nos sacude una mica... dos millones de personas defendiendo unas urnas con uñas y dientes han despertado muchas conciencias. También es verdad que tenemos unas elecciones a dos días y, o sacudimos un poco la situación, o se nos va. El testigo de lo que representaba Catalunya no se ha cogido a nivel estatal. Por qué no lo cogen y se plantea ahora si monarquía o república? 

Vuestra huelga consiguió tener esa dimensión de la que hablabas, y cambiaron cosas. ¿Se acabó con la discriminación salarial?
Cuando lo nuestro cambiaron muchas leyes, ahora la discriminación es más sofisticada, las mujeres se tienen que dar cuenta de que esa es la verdadera discriminación y luchar contra ello. O llevas una lucha para no perder derechos, o te los quitan. 

Aquella movilización te costó tiempo y salud. ¿Te quitó el sueño?
Sí, pero aguantamos el tipo.

¿Mereció la pena?
Sí. 

¿Volverías a hacerlo?
Sí.

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