Patrimonio cultural
El Turó de la Rovira de Barcelona, ¿coherencia con el modelo de ciudad?

A lo largo de todos estos años, el proceso de turistificación de las baterías antiaéreas del Turó de la Rovira ha desencadenado, como era de prever, toda una serie dinámicas contraproducentes para la zona y sus vecinos y vecinas.

Batería antiaérea del Turó de la Rovira
Batería antiaérea del Turó de la Rovira, un mirador a la ciudad de Barcelona Álvaro Minguito

Observatori d'Antropologia del Conflicte Urbà (OACU)


publicado
2019-08-06 06:46

Solo hay un lugar en Barcelona donde poder tener una panorámica de 360º de la ciudad, el Turó de la Rovira. En la actualidad, este espacio patrimonial forma parte de la red del Museu d’Història de Barcelona (MUHBA), habiéndose convertido en uno de los espacios más visitados de la capital catalana, aunque también, y debido a ello, entre los que sufre una mayor presión turística. Aprovechando que este año se cumple el décimo aniversario de la aprobación del primer documento de la estrategia turística de la ciudad, quizás pueda ser un buen momento para revisar la historia reciente de este lugar, ejemplo significativo de cómo la planificación, en colaboración con las dinámicas del capitalismo turístico, acaban por integrar importantes referentes de la memoria colectiva local.

En 2009, el Gobierno del entonces alcalde por el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), Jordi Hereu, aprobó el primer Pla Estratétic de Turisme de la Ciutat de Barcelona, con horizonte 2015. La iniciativa respondía a uno de los aspectos recogidos en el Pla d’Actuació Municipal (2008-2011): promover un modelo de turismo que potenciara el equilibrio entre residentes y turistas, preservando los valores de la ciudad. Entre sus tres principios básicos se encontraba una apuesta decidida por un tipo de turismo coherente con el modelo de ciudad; un equilibrio en la relación existente entre visitantes y turistas, y la búsqueda, bajo cualquier circunstancia, de la sostenibilidad social, económica, medioambiental y patrimonial de Barcelona. El Pla perseguía evitar los guetos y los barrios exclusivamente turísticos y apostaba firmemente por la cultura como eje vertebrador de la oferta turística.

A Hereu, y a su Gobierno de coalición con Iniciativa per Catalunya – Els Verds (ICV), no les dio mucho tiempo a ver como crecía y se desarrollaba su criatura, ya que en 2011, el PSC abandonaba, por primera vez desde la reinstauración de la democracia en 1979, la sede de la Casa Consistorial. Eso sí, en el trayecto pudo de llevar a cabo algunas de las propuestas recogidas en el Pla Estratègic, en concreto, la idea de fomentar la distribución de las rentas generadas por el turismo, como actividad básicamente económica, al conjunto del territorio de Barcelona, esto es, desconcentrar el turismo. Para ello, entre otras cuestiones, Hereu impulsó la recuperación de las baterías antiaéreas del Turó de la Rovira, las cuales, tras un proyecto de dignificación y mejora de los accesos, llegó incluso a ganar, en 2012, el Premio Europeo del Espacio Público Urbano otorgado por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) en colaboración con otras instituciones similares de nivel europeo.

La llegada de Convergència i Unió (CiU) y el alcalde Trias a la principal institución de la ciudad solo unos meses después de la inauguración de los, también conocidos, como bunkers del Carmel, con una visión business friendly y una intención decidida por dejar su impronta, desarticuló, en gran medida, los tímidos intentos realizados por los socialistas por gobernar el turismo de la ciudad.

Mapa de la batería antiaérea del Turó de la Rovira
Batería antiaérea del Turó de la Rovira, en Barcelona. Álvaro Minguito

Para Trias, el Pla Estratègic había realizado un buen diagnóstico de la situación pero había errado en sus conclusiones y propuestas. Los convergentes creían que la capital de Catalunya tenía que apostar claramente por la Marca Barcelona; convertirse en uno de los principales destinos de turismo internacional; atraer a los cruceros —y los cruceristas— a su Puerto; definir claramente la oferta turística; valorizar sus infraestructuras y mejorar y ampliar el abanico de recursos gastronómicos y hoteleros.

Para ello, la estrategia era clara: descongestionar el centro de la ciudad; mejorar las conexiones internacionales del aeropuerto; eliminar la excesiva burocracia administrativa para el sector turístico; aplicar con firmeza la normativa municipal existente (como la Ordenanza Cívica); mejorar la financiación de la promoción turística; luchar contra la negativa percepción sobre el turismo que empezaba a instalarse entre los vecinos y vecinas de Barcelona, y elaborar un plan de movilidad y señalización adecuado. Todo ello sin olvidar algunas de las máximas típicas de las formaciones de tinte conservador: la mejora de la seguridad, la limpieza y la iluminación de su espacio público y el fomento de la colaboración público-privada.

Los resultados de este tipo de política no se hicieron esperar. Proliferaron las solicitudes de licencias para nuevos equipamientos hoteleros (hoteles, hostels, albergues, etc.) y se alcanzaron cotas nunca vistas en la privatización del espacio urbano (mesas y sillas de terrazas) y en la masificación de determinados lugares emblemáticos, hecho que llevó, incluso a la institución de controles de acceso en sitios como el Parc Güell.

En lo que respecta al Turó de la Rovira, su conversión en nuevo referente turístico y simbólico de la ciudad bajo la excusa de la distribución de las rentas y la desconcentración turística, fue más allá de la inicial solicitud y participación del vecindario en procesos en post de la merecida dignificación de la memoria de un lugar que simbolizaba la labor de los perdedores de la Guerra Civil, así como la aportación de la inmigración de otras partes del Estado al desarrollo y al crecimiento económico de la propia ciudad de Barcelona.

La inclusión del Turó en los circuitos del Capital han conllevado la mercantilización de su espacio, su conversión, desde la memoria de un espacio (republicano, obrero, furtivo), a una nueva atracción incrustada en las principales guías y mapas de Barcelona.

La llegada de Barcelona en Comú al Ajuntament en 2015 supuso un antes y un después en las políticas turísticas que había conocido la ciudad desde hacía décadas. La aprobación del Pla Especial Urbanístic d’Allotjaments Turístics (PEUAT), instrumento legal que perseguía regular la implantación de establecimientos turísticos —hoteles, hostales, albergues, residencias colectivas de alojamiento temporal y apartamentos de usos turísticos—, así como la elaboración y el desarrollo de un nuevo Pla Estratègic de Turisme 2020 que, con sus limitaciones, volvía a poner en el centro del debate la gobernanza turística, se encuentran en el haber de su actuación municipal.

En el debe, una Ordenanza de Terrazas que no ha acabado de limitar la privatización del espacio público urbano y no ha contentado a nadie, ciertas contradicciones con respecto al desarrollo de infraestructuras como el Puerto o la generación de un efecto centrifugador en instalaciones y visitantes ocasionada por algunas de las medidas adoptadas. Con respecto al Turó, los comunes respetaron la Modificación del Plan General Metropolitano (MPGM) de 2010 que habían impulsado los socialistas, el cual, entre otras cuestiones, contemplaba la expropiación de hasta 300 viviendas y la pavimentación-urbanización de actuales zonas verdes con el objetivo de establecer definitivamente el Parc dels Tres Turons, al cual se remataría mediante la celebración de un concurso internacional de ideas.

Las últimas elecciones han dado como resultado el denominado Acord d’Esquerres per al Govern de Barcelona entre Barcelona en Comú y los socialistas. Tras el reparto de carteras, estos últimos han vuelto a ostentar responsabilidades en el área de turismo con, entre otros, el encargo de desarrollar el Pla Estratègic aprobado en el mandato anterior, mantener y revisar parcialmente el PEUAT, renovar y ampliar sectorial y territorialmente el Consorci de Turisme —ente encargado de la promoción turística—, mantener la línea de trabajo desarrollada hasta el momento en relación con el control de los apartamentos turísticos irregulares y avanzar en la gestión del montante correspondiente a Barcelona de la tasa turística recaudada por la Generalitat. Con respecto al Turó, el Acord señala dar continuidad a las acciones en torno al Parc, pero sin mencionar una revisión de la propuesta del MPGM 2010.

A lo largo de todos estos años, el proceso de turistificación de los bunkers ha desencadenado, como era de prever, toda una serie dinámicas contraproducentes para la zona y sus vecinos y vecinas: gentrificación, masificación, especulación inmobiliaria, disneyficación, homogeneización comercial, etc. La inclusión del Turó en los circuitos del Capital han conllevado la mercantilización de su espacio, su conversión, desde la memoria de un espacio (republicano, obrero, furtivo), a una nueva atracción incrustada en las principales guías y mapas de Barcelona.

Su coherencia con el modelo de ciudad sería total, pero no con aquel que siempre representó los anhelos de la clase política progresista de la ciudad —una vibrante y dinámica ciudad del Mediterráneo—, sino otra al servicio de la atracción de inversiones y turistas, de masificación y expulsión de sus vecinos y vecinas.

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