Malvinas, El Tarajal y las cunetas españolas: la necesidad de ponerle nombre a las víctimas

Fruto de un reclamo histórico, 88 soldados argentinos enterrados como NN tras morir en la guerra de las Malvinas han sido identificados.

Prisioneros argentinos en Port Stanley, Malvinas.
Prisioneros argentinos en Port Stanley, durante la Guerra de las Malvinas, en 1982. Wikipedia

publicado
2017-12-06 16:55:00

El Comité Internacional de la Cruz Roja ha confirmado la identificación de 88 cuerpos de soldados argentinos muertos en el conflicto contra Gran Bretaña de 1982. La investigación es el resultado del trabajo de un año de un equipo internacional y responde a un viejo reclamo de las Asociaciones de excombatientes, que además piden que se sepan las causas del deceso en cada caso. Según testimonios de los supervivientes, muchos figuran como soldados muertos en combate cuando en realidad habrían muerto “de hambre, frío o por negligencias de sus superiores”.

La identificación de estos cuerpos adquiere una enorme relevancia para las familias que llevan 35 años sin poder saber si el cuerpo de su familiar desaparecido es uno de los que está enterrado en el cementerio Darwin de las Islas Malvinas, bajo la placa genérica de “soldado argentino solo conocido por Dios”. Los estudios han permitido identificar 88 de un total de 121 cuerpos enterrados.

La guerra por la soberanía de las Islas Malvinas se inició el 2 de abril de 1982 con el desembarco de tropas argentinas en el archipiélago y concluyó el 14 de junio de ese año con su rendición ante las fuerzas enviadas por el Reino Unido. En el conflicto murieron 255 británicos, tres isleños y 649 argentinos, de los que 121 estaban enterrados como "NN".

Desde un primer momento se decidió que fueran las propias familias las que decidieran si querían acceder a esta posibilidad de identificación, y hubo quienes prefirieron no saberlo

Este proceso ha estado rodeado de una gran carga emocional. Desde un primer momento se decidió que fueran las propias familias las que decidieran si querían acceder a esta posibilidad de identificación, y hubo quienes prefirieron no saberlo. De igual modo, queda por ver cuál es el deseo de las mismas respecto a qué hacer en cada caso: si los restos seguirán en el mismo lugar o serán llevados a las ciudades donde vivían. No sería de extrañar que pese a la distancia, las dificultades burocráticas y los costes del viaje que separa las Malvinas de cualquier región argentina, muchas familias decidan que los cuerpos continúen en el mismo cementerio de Darwin. 

Por lo pronto, según ha anunciado el Gobierno argentino, una vez se traslade la información en forma confidencial a cada una de las familias, se organizará un viaje a las islas, para poder poner a cada tumba identificada el nombre del soldado correspondiente.

El derecho a la identidad

Dicen que, recientemente, cuando Ascensión Mendieta recuperó el cuerpo de su padre, Timoteo Mendieta, asesinado y desaparecido por la dictadura franquista dijo: “Pobre padre mío, se ha pasado casi toda la vida bajo tierra”. Ese “bajo tierra” representa la soledad, el silencio, la historia congelada, la distancia irreparable. Un stop vital que toda familia necesita recobre su transitar hasta el final, aunque ese final sea un lugar en un cementerio al que llevar unas flores.

Puede esgrimirse, y seguramente no falte verdad, que no es lo mismo el caso de una desaparición que el de una muerte confirmada, segura, como la de los soldados en Malvinas. Y sin embargo el valor de ese cuerpo, de esos huesos o conjunto de restos sepultados en un lugar incierto, la posibilidad de identificarlos, de ponerles un nombre, resulta igual de importante para todas las familias.

No es lo mismo, nunca fue lo mismo el tener los restos que no. La familia cuyo hijo o hija va a la guerra y lo regresan muerto, puede velar los restos, sepultarlos, cumplir con el ritual fúnebre, llorar la pérdida. Como personas necesitamos saber qué ha pasado con nuestros seres queridos, dónde están, recuperarlos, tenerlos con nosotros. Cerrar un círculo de dolor, poner fin a una historia inconclusa de años, a una historia de vida. Aunque sean sus restos, aunque sean sus huesos.

“Su tono me sorprendió. De repente me percaté de que las reconstrucciones que los padres hacían se basaban únicamente en suposiciones e hipótesis sin verificar. Nada demostraba que sus hijos siguieran vivos. Pero nada demostraba lo contrario. Y no saber qué suerte habían corrido sus hijos desaparecidos es la triste condena de los padres y las madres. Quienes no encontrarían la paz hasta el día en que hallaran un cuerpo sobre el cual derramar las lágrimas que habían contenido durante demasiado tiempo. Hasta ese día no podrían recomenzar sus vidas”, relata en su libro Quemar la Frontera el periodista italiano Gabriele del Grande, tras encontrarse con familiares de jóvenes emigrados de los que nunca más han vuelto a saber.

En la historia reciente de España encontramos muchos ejemplos, demasiados, de cuerpos sin identificar. Desaparecidos o enterrados en fosas comunes, o más cercanos aún, sepultados en tumbas sin nombre y con la fecha en que ha sido encontrado el cuerpo. Nuestros cementerios en las ciudades de la frontera sur están llenos de lápidas torpemente talladas en el cemento con la inscripción “Inmigrante nº”.

El caso reciente más sangrante es el de las víctimas de la tragedia de El Tarajal, ocurrida en el amanecer del 6 de febrero de 2014, cuando 14 jóvenes murieron al intentar cruzar a nado a la ciudad de Ceuta, en medio de un operativo represivo de control fronterizo que incluyó pelotas de goma y las ilegales devoluciones en caliente.

De los fallecidos, los nueve cuerpos recuperados en territorio marroquí fueron rápidamente identificados, de los cinco enterrados en España, sólo uno tiene nombre y apellido comprobado, pese a los esfuerzos de las familias que incluso han enviado sus muestras de ADN para ser cotejadas, y tres años después aún esperan respuesta.

Parece difícil esperar algo más del Gobierno español, atendiendo a la negativa histórica por recuperar los cuerpos enterrados en las fosas del Franquismo. Al fin y al cabo, unos y otros cuerpos han sido víctimas de las políticas del mismo Estado que debería preocuparse por identificarles.

“Y habrá que contar, / desenterrar, emparejar, / sacar el hueso al aire puro de vivir. / Pendiente abrazo, / despedida, beso, flor, / en el lugar preciso de la cicatriz", canta Pedro Guerra en su canción Huesos.

Las familias lo necesitan. Nuestras sociedades, también.

1 Comentario
Anónima 19:47 8/12/2017
Excelente reportaje. Quizá debería leerlo Rajoy, Gonzalez, Aznar y Zapatero. Son autores por omisión en el caso de nuestros muertos olvidados y despreciados. No se si la historia los comprenderá, condenará o absolvera. Yo los condenó y maldigo, ojalá la memoria de su trato para con ellos los persiga hasta el fin de sus días. AMEN
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