Teresa Claramunt, la virgen roja que no vio la República

Teresa Claramunt (1862-1931) empezó muy pronto a cobrar conciencia sobre la doble problemática que le afectaba, como mujer y trabajadora. Por eso fue protagonista como organizadora y propagandista en todos los grandes enfrentamientos de clase de la época.

Teresa Claramunt
Estudio antropométrico realizado por la Inspección de Seguridad de Barcelona para identificar a los militantes anarquistas.

publicado
2017-07-17 06:09:00

“El 14 de abril y por todos los centros republicanos por donde pasábamos, por todas partes, la bandera se inclinaba al paso del entierro, al que acudieron más de 50.000 personas en Barcelona. Su figura, ahora olvidada, ejerció una enorme influencia sobre todo entre la juventud…”. Así narraba la intelectual y sindicalista Federica Montseny el entierro de Teresa Claramunt, a quien por sus similitudes con la comunera francesa Louise Michel se la denominaba “la virgen roja”. Había fallecido tres días antes de la proclamación de la II República, un periodo en el que cristalizarían las luchas que la generación de Claramunt había sembrado durante el primer tercio del siglo XX. Ella, concretamente, con la causa obrera y feminista siempre por bandera.

En las garras de la fiera

Nacida en 1862 en Sabadell (Barcelona), su padre era un mecánico republicano que llegó a coronel en las milicias durante la I República y fue una importante influencia en la posterior politización de Claramunt. Sin embargo, su educación fue católica. Con tres años, su familia se traslada a Barbastro (Huesca). Allí, como tantos otros niños de clase trabajadora, empezó a trabajar con sólo diez años, primero en un taller con su padre y luego en una fábrica textil. En sus propias palabras, “la fiera burguesa me sujetó con sus garras explotando mi débil existencia”.

Ya de joven empezó a cobrar conciencia sobre la doble problemática que le afectaba, como mujer y trabajadora. No en vano, en la adolescencia los varones veían doblado su salario mientras que el de las chicas permanecía estancado. De regreso en su ciudad natal con 13 años, poco tiempo después empieza a involucrarse en las luchas sociales, que irían en ascenso en las primeras décadas de siglo. En 1883 participó en la “huelga de las siete semanas”, un conflicto que exigía la reducción de la jornada laboral a diez horas diarias y que acabó en sonoro fracaso debido a la violenta represión, dejando a cientos de trabajadores, incluida Claramunt, en la calle.

A partir de entonces, fue protagonista como organizadora y propagandista en todos los grandes enfrentamientos de clase de la época. Desde la huelga barcelonesa de 1902, que paralizó la ciudad durante una semana, a la huelga general de 1911, pasando por la Semana Trágica de 1909.

Sospechosa habitual

Aunque nunca se probó su participación en ningún delito de sangre, eso no libró a Teresa de verse incluida en las listas negras de revolucionarios que pagaban el pato después de cada hecho violento. Así, fue detenida tras el atentado del Liceo de 1891, que causó 20 muertos, y lo mismo ocurrió tras la bomba del Corpus cinco años más tarde.

En esta ocasión, Claramunt fue recluida y torturada en la cárcel de mujeres del Castillo de Montjuich, que vivió de la forma que relataría Soledad Gustavo: “Azuzada y perseguida por las monjas que cuidaban de aquel establecimiento, pasó muchas desazones y gracias a su energía pudo salir  lo mejor posible de sus manos… Dentro de la fortaleza y encerrada en un calabozo lleno de miserias, oyendo los lamentos de los que en otros calabozos estaban sometidos a torturas y con la horrible pesadilla de lo que sería para ella el mañana”. Similar devenir le supuso la huelga de 1911, que le supuso una condena a tres años de cárcel, la ejecución por parte de Los Solidarios del cardenal Juan Soldevila en 1923 y otros acontecimientos.

Clase y género

Claramunt desarrolló un fuerte compromiso revolucionario en consonancia con las bases del socialismo antiautoritario, con un peso extraordinario en España hasta la derrota de 1939. Éste planteaba la inauguración de un nuevo orden que fusionaría las clases sociales y al que se llegaría gracias a la creación de grandes organizaciones de masas cuya herramienta predilecta sería la huelga general, “la piqueta demoledora que ha de derribar el carcomido orden social” según expresó esta trabajadora de Sabadell.

Sin embargo, para ella el antagonismo de clase venía acompañado por el problema de la sumisión de las mujeres a los hombres, y específicamente el de las madres trabajadoras (Claramunt fue madre de cinco hijos, todos ellos fallecidos con pocos meses, lo que no era raro en aquellos años). “En el taller se nos explota más que al hombre, en el hogar doméstico hemos de vivir sometidas al capricho del tiranuelo del marido, el cual por sólo el hecho de pertenecer al sexo fuerte se cree con el derecho de convertirse en reyezuelo de la familia”, escribió.

En este sentido, Claramunt destacaba la necesidad de liberarse de la religión, como elemento fundamental en todo el entramado de dominio de género, al igual que había hecho ella: “Al tener uso de razón comprendí que el catecismo católico era muy inferior a mi moral y a mis aspiraciones, y aunque todos los católicos fueran buenos yo sería atea”. Asimismo, uno de sus argumentos predilectos para defender la igualdad de género era el desarrollo tecnológico, que en su opinión invalidaba la preeminencia de los hombres sobre las mujeres en base a la superioridad física.
Claramunt defendía la necesidad de que las mujeres tuvieran sus propias organizaciones.

Junto con otras mujeres progresistas de diferentes ideas políticas, fundó en 1889 la primera organización feminista (aunque en aquella época esta denominación se identificaba con las sufragistas exclusivamente) de España: la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona. En el seno de dicha organización, que perduró hasta 1892 y contó con una escuela nocturna de enseñanza laica, se desarrollaron veladas instructivas, conferencias y actividades recreativas.

Su feminismo no apuntaba sólo contra las instituciones y la sociedad reaccionaria, sino que no dudaba en señalar el problema de la escasa militancia obrera femenina en la esfera pública. En una conferencia en el Ateneo Obrero de Sabadell, leía la cartilla a los asistentes: “¿No es verdad compañeros que os gusta hablar de unión y de revolución social? Pues bien, si os gusta voy a dirigirme a vosotros, y empezaré diciéndoos: ¿Cómo que en este Ateneo sois más de 300 que os llamáis anárquicos y somos tan pocas las asociadas? Todos tenéis esposa e hijas o hermanas, ¿por qué no las traéis a nuestra federación?”.

Claramunt pasó sus últimas décadas prácticamente retirada de la vida pública, aquejada por graves problemas de salud generados por sus múltiples pasos por prisión. No llegó a la República ni a la posterior Revolución, pero curiosamente los franquistas no eliminaron su nombre de la calle de Barcelona que lo lleva. Su ignorancia machista les impedía reconocer la importancia de aquella mujer trabajadora y pobre que dedicó su vida a hacer avanzar la sociedad.

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