Andalucía
Teatro, Andalucía, política

El ecosistema político andaluz, en tres actos

olivas
ulleo
José María Matás

publicado
2018-10-04 01:50

acto I

En una de sus últimas entrevistas en la Casa Blanca, en diciembre de 1988, el periodista de la ABC David Brinkely, tras confesarle que se encontraba ante el único actor de cine que conocía que hubiese ocupado un alto cargo, le preguntó a Ronald Reagan si había algo de su profesión que le hubiese resultado útil como presidente. Reagan, tras vacilar un instante y en un arranque de sinceridad que difícilmente hubiese podido darse de no tener las maletas hechas, contestó: “Iba a decir que ha habido veces en este despacho donde me he preguntado cómo podría hacer este trabajo si no hubiera sido actor”. Efectivamente, si JFK había descubierto unas décadas atrás el poder de la televisión para ganar unas elecciones en las que partía en desventaja, el primer marido de Jane Wyman, como se pone de manifiesto en un documental reciente (“El show de Reagan”) consolidará el poder del medio para modelar esa imagen de esposo devoto, paladín del libre mercado y azote del comunismo que lo convertirán en uno de los dirigentes más carismáticos, además de caricaturescos, de la segunda mitad del siglo XX.

Evidentemente, ninguno de estos dos líderes norteamericanos habían descubierto el poder de la máscara. Mucho antes del nacimiento de la opinion pública en el siglo XVIII, teatro y política venían siglos actuando como inseparables compañeros de destino. De hecho, pese a que fue en la Antigua Grecia, de la mano de Gorgias entre otros, donde discurso político y estilo teatral quedaron indisociablemente unidos, no se entenderían tampoco las culturas ágrafas, como nos enseñan los antropólogos, sin una simbólica escenificación del poder del soberano.

El tópico del theatrum mundi, sea entendiendo la vida humana como una función de marionetas escenificada por los dioses, como auto sacramental para un solo y celestial espectador durante la Edad Media, o como entretenimiento para un público moderno que en su estamental distribución gustaba de mirar al tiempo que ser mirado, ha recorrido el pensamiento occidental, como señaló también Sennett, “introduciendo la ilusión y el engaño como cuestiones fundamentales de la vida social”.

Nada debe extrañar, por lo tanto, que en los arrabales de la modernidad, al hombre público le toque encarnar uno de los roles principales de esta comedia humana, tanto por su influencia social como por su naturaleza netamente dramática. No en vano, como nos recuerda Carlos Ferrera Cuesta, y por no salirnos de nuestro país, fue el propio Cánovas quien en sus Problemas Contemporáneos llegó a comparar al orador con un autor dramático que componía y representaba su propia obra recurriendo a los diálogos con el público: eran todavía los palabreros tiempos en los que un buen orador, se llamase Castelar o Echegaray, podía llegar a labrarse una carrera política adaptando los preceptos que dos milenios antes habían acuñado Cicerón y Quintiliano.

De modo que sería injusto acusar sin más a los grandes medios de masas del siglo XX, la radio y la televisión, de haber envilecido la actividad política convirtiéndola en un mero simulacro. El adjetivo “teatral” había empezado a utilizarse mucho antes en sentido peyorativo para descalificar la actividad parlamentaria y ya escritores como Larra, Valera, Azorín o Baroja se dedicaron a desenmascarar a esos histriones que desde la tribuna intentaban atrapar en sus telarañas de manipulaciones, disimulos y engaños al creciente electorado.

Pero la irrupción de estos dos grandes medios, en especial del segundo, supondrá una amplificación de esa “propiedad indisociable a las relaciones de poder”, como lo entendió Balandier, mediante la cual se liga el destino de los poderosos a la calidad de su imagen pública tanto o incluso más que a sus obras, dando paso a ese panóptico –que las redes sociales no han hecho sino extender hasta el ultimo rincón de la vida cotidiana– “en que todo tiende a ser visto y todos a convertirnos en mirones”. Las condiciones estaban dadas para la implantación de la actual dictadura de la imagen.

acto II

Si hay una palabra que se ha escuchado pronunciar en las últimas semanas en la política andaluza no ha sido otra que precisamente esta: ‘teatro’. Tanto se ha hablado de este término y de sus sinónimos, derivaciones e hipónimos –‘representación’, ‘escenificación’, ‘sainete’, ‘paripé’ o, mi favorita, ‘chou’– a costa de un posible adelanto electoral, tal ha sido la sobreactuación , que a buena parte del público no le ha quedado más remedio que preguntarse si en realidad no estaba asistiendo a un remake malo de una comedia shakespereana. Es lo que ocurre cuando la teatrocracia se desparrama y la tramoya queda al descubierto. Que no son ya los personajes los que se quedan varados en busca de autor, sino que, como consecuencia de esta espectacularización de hasta los acontecimientos más nimios a través del fuego cruzado de totales, de agonísticas ruedas de prensa simultáneas dirigidas a satisfacer la voracidad de esa hidra de dos cabezas que conforman los medios y la propia afición, es el espectador el que termina preguntándose a quién ha de reclamarle el precio de la entrada.

Y eso que motivos para dejarse arrastrar por el juego de las apariencias no les faltan a los principales actores políticos de nuestra tierra, empezando por una Susana Díaz urgida a mudar de piel para mantener la hasta cierto punto cómoda situación institucional de la que ha gozado en la presente legislatura. La presidenta tiene unos escasísimos meses por delante para fingir que no ha estado gobernando con la más pura expresión del nacionalconstitucionalismo español al tiempo que ensaya un escorzo imposible: subirse a la ola de aquel al que intentó tirar de la tabla no hace ni año y medio antes de que esta, razón de más para no demorarse mucho en disolver el Parlamento, empiece a declinar.

Pero este moverse para quedarse en el sitio no es nada comparado con el ejercicio que deben afrontar los demás partidos, urgidos a convencer al respetable de que son alternativas posibles y deseables a un PSOE al que nadie, después de cuarenta años, ve fuera del poder por la sencilla razón de que nadie es capaz de ver a Andalucía fuera del vagón de cola de las regiones europeas. Esta percepción difusa y paradójica, vergonzante e innombrable, aquilatada tras décadas de sinestésica identificación entre partido e institución, de que una generación de socialistas que ha echado los dientes en esas casas del pueblo llamadas ayuntamientos y diputaciones –y no en las luchas sindicales o vecinales, como resume con feliz expresión Teresa Rodríguez– es la única llamada a administrar nuestra miseria colectiva y que lo demás es o franquismo o caos, es el principal muro que deben sortear quienes aspiran a derrocar a una Díaz que cuenta no solo con el hábito que sí hace al monje de ocupar el trono de San Telmo, sino con el viento en las velas de esos importantes sectores mediáticos y empresariales a los que tan bien les ha ido bajo el ala protectora del PRI andaluz.

Así las cosas, con una Andalucía que estrena el regreso al grupo de las regiones más pobres de Europa tras agotar las reservas chinas de banderas rojigualdas, resultar confiable debería ser la primera aspiración de todo político honesto. Por eso es tan importante que incluso en Adelante Andalucía, la única plataforma electoral capaz de no hacer el ridículo apelando al significante “cambio” -pues qué modelo económico y social diferencial pueden representar PP y C's en una comunidad infrafinanciada, con tasas indecentes de paro y exclusión social, en la que se agasaja a los banqueros y se le bajan los impuestos a los más ricos- sean especialmente escrupulosos y se percaten de que no es haciendo gestos más o menos efectistas -como someter el programa a un acelerado proceso de deliberación endógena; vender casi como una inmolación la renuncia del número 1 de IU a competir en primarias con su homónima de Podemos; o hacer que esta última encabece en un complicado escorzo la lista por Málaga- como se va a estimular ese cambio cultural sin el que parece altamente improbable el vuelco electoral anhelado.

Haber entendido, como así parece, que no basta con dejar caer una red sobre el caladero electoral que se supone habita entre el 1 y el 3 de la escala ideológica –para atrapar, en el mejor de los casos, al 15% del electorado–; así como, a diferencia de la izquierda alternativa tradicional, demostrar que se puede competir con el resto de partidos en el manejo de técnicas de comunicación política, suponen sendos avances. Pero si en paralelo, los estándares de participación, integración de la diversidad y calidad democrática que debieran ser garantes de un nuevo estilo de intervenir en la esfera pública, se ven menoscabados por inercias partidistas o lógicas de facción, la imagen de integridad y regeneración que afanosamente ha sido construida -y que parecía haber salido fortalecida tras el pulso de la división andaluza de Podemos con la dirección estatal-, corre el riesgo de asemejarse a esas figuras de poliespán que sirven de atrezzo en las campañas al enfilar la segunda semana: cuando no hay filtro de Instagram capaz de disimular las mataduras y la impresión de gravidez se ha desvanecido.

Si hay un mandamiento estético que haya sido capaz de mantenerse firme a lo largo de los últimos 2.500 años, es aquel que dicta que el arte no debe ser verdadero, sino verosímil. El arte de la política, como sabemos, está plagado de mentiras que pasan por verdades y que, por lo tanto, son verosímiles –como que la derecha gestiona mejor– y al revés, pero es evidente que es de forma general más fácil hacer pasar por genuino, incluso en tiempos posfactuales, aquello que encuentra algún sustento en la realidad tangible. Y por genuino hay que entender aquí todo aquello que contribuya -huyo deliberadamente de la palabra ‘movimiento’ para no alimentar una antinomia con frecuencia tramposa- a romper con la pasividad del espectador y a generar nuevas formas de capilaridad sobre un territorio casi siempre visto desde arriba de un modo estratégico o militar que reclama ser devuelto a su dimensión horizontal y –alejada de todo etnicismo–, regable de tierra. Aplazar esta tarea para un siempre improbable mañana –porque no hay tiempo, porque no rinde, porque hay que priorizar– para satisfacer al Moloch del infotainment moderno es dejar crecer ese estado de cosas en que lo más verosímil para una creciente parte de la población -no hay un marco más claramente perdedor para quienes desean cambiar las cosas que este- es que los políticos sean, sin distinción, unos farsantes.

Llegado a ese punto, ese público al que mandamos en su día a la grada para que nos dejara las manos libres mientras nos encomendábamos al carisma redentor de unos líderes-mercancía, puede girarse en sus asientos, en el mejor de los casos para tomar el camino de casa -hoy ya estamos en ese punto-, en el peor, para buscar refugio, como está sucediendo en otras latitudes, en formaciones ultras y otros entes taumatúrgicos. Y la grotescomaquia, tornarse tragedia.

acto III

En un momento del documental al que aludíamos al principio, se nos muestra uno de los ardides utilizados por el presidente Reagan cuando no quería responder a las preguntas de los periodistas en los exteriores de la Casa Blanca, que consistía en pasar rápido delante de las cámaras, sonriendo y llevándose las manos a los oídos como quien no puede oír nada, mientras zumbaban las hélices del helicóptero. A fuerza de repetirlo, el truco, que comenzó siendo una convención simpática, terminó caracterizando a un presidente que no quería dar la cara dispuesto incluso a utilizar en plena conferencia de prensa la entrada en escena de su esposa con una tarta en las manos con tal de evitar una pregunta incómoda.

Entre esta imagen de un Reagan escapista y, si se quiere, su obsceno remate, encarnado por un Trump desafiante que no teme encararse directamente con los periodistas acusándolos de mentir, han pasado más cosas, que no es poco, que 30 años. Entre otras, se han acelerado dos asaltos, el de las subjetividades por parte del neoliberalismo y el de lo político por lo mediático, o lo que Byung-Chul Han ha descrito como “la subordinación de lo político a las necesidades de esparcimiento ciudadanos que ya apenas pueden digerir la información política si no aparece en formato berlusconiano”.

Sin ese “anestesiamiento catódico de la vida política”, que para el citado Balandier constituía el “mal democrático”, con su economía de mentiras y verdades distorsionadas en que al ciudadano, al elector, al consumidor en definitiva, se le hace cada vez más difícil discernir “entre lo que revela la realidad y lo que no es más que un producto resultado de sus montajes y simulacros”, no hubiese sido posible la irrupción de ese esputo tuitero de la razón con pene en forma de champiñón –como puntualmente se encarga de informar La Sexta a la hora de comer– que hoy firma decretos en el despacho oval. Que un televisivo magnate antiestablishment llegue a la cima del poder político mundial no constituye una azarosa excrecencia. Es el efecto en la superficie de unas ondulaciones que venían anunciándose desde aquel canto del cisne que fue mayo del 68.

Y esto, porque, como escribió Amador Fernández-Savater en un artículo de 2015 que merece la pena recuperar ahora, lo que se ve en el exterior del teatro viene proyectado desde el interior, razón por la cual, en pleno “año del cambio”, el pensador se lamentaba “de la ocupación total de la mente social (pensamiento y mirada, atención y deseo) por lo que ocurre en la escena” y contraponía nuestra atención al más nimio gesto procedente de cualquiera de las rutilantes estrellas de la nueva política, con la que le dispensábamos al que debía ser “nuestro centro de gravedad: nosotros mismos, nuestra vida y nuestros problemas, lo que estamos dispuestos a hacer y lo que ya hacemos, las prácticas que inventamos más o menos colectivamente, etc”.

Esta “hipersensibilidad” hacia los estímulos que vienen del escenario, de la tribuna, de las pantallas, combinada con la indiferencia hacia lo que sucede en nuestro mismo plano, esa descorporeización animada por la aceleración incesante de imágenes -el tiempo capitalista de la red opuesto al tiempo de la comunidad y los cuidados- casan con la disolvente concepción de la sociedad como un teatro y con la visión de algunos pesimistas tecnológicos (no necesariamente tecnofóbicos) recientes, que frente a esa visión arcádica de las nuevas tecnologías y de las redes sociales como panacea de la participación democrática, destacan su papel como inhibidores de acción social, al limitar la cooperación y la crítica política y generar, como afirma César Rendueles, una realidad social disminuida, no aumentada, condenada a minar nuestra sociabilidad.

En el fondo de todo, opera aquí lo que Alberto Santamaría, en un ensayo reciente (En los límites de lo posible. Política, cultura y capitalismo afectivo) denomina el “principio Aub”, entendido como la habilidad del poder para generar una especie de trama, fábula o narración que “invade los recintos vitales de cada sujeto” y que produce una “arquitectura invisible al tiempo que altamente coercitiva”. Una arquitectura que lo abarca todo compuesta, como en un plano diseñado en autocad o en una imagen de photoshop, por multitud de capas entrelazadas entre las que desempeña un papel crucial (con doble candado) la esfera mediática. Pensar que sabiendo interpretar una encuesta, grabando en alta definición o dominando el arte de la impresión digital, se va a subvertir el orden establecido, forma parte de la fantasía de quien creyendo ser marionetista, descubre un día ser un guiñol abandonado a la mera apariencia por la necesidad de surtir de contenido a una opinion pública fabricada precisamente para generar “ciudadanía de baja intensidad” y sofocar cualquier anhelo de transformación social a base de insinuar atajos que no conducen a ninguna parte.

Al final, no se trata de abrazar cualquier absurda (y funesta) tentación de transparencia total o autenticidad que no tenga en cuenta –Santiago Alba Rico nos ha advertido reiteradamente sobre esto– la “condición antropológica del hombre”, como si pudiésemos vivir sin mediaciones, empezar de cero o al margen de nuestra época. Pese a todo lo dicho más arriba, del mismo modo que hemos interiorizado la ficción de que en las democracias representativas es el pueblo el que gobierna, tampoco podríamos vivir en sociedad sin esa condición de civilidad que representa la máscara, incluyendo el lenguaje, ese que con un grito lanza a los hombres a la batalla, pero que permite también echar a pelear (solo) las ideas desde las tribunas de los parlamentos. Se trata más bien de trascender el tablero de juego de aquellos a los que en teoría nos enfrentamos –sus reglas, sus herramientas, sus tiempos, sus espacios, sus marcos físicos y mentales, su Canal Sur…– para no tener un día que salir con las hélices en marcha de una residencia oficial, o peor, para no convertirnos en aquel niño del que hablaba Remedios Zafra en su ultimo ensayo que, desde el asiento trasero de un coche, con sus gadgets sin batería, intenta ampliar con los dedos sobre el cristal la imagen de una vaca que pasta en el campo.

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1 Comentario
#23966 15:52 4/10/2018

¡Qué pedazo de artículo! Mi más sincera enhorabuena.

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