Remedios Zafra: “La precariedad en los trabajos creativos funciona como forma de domesticación”

Un ensayo con vocación de alegato, El entusiasmo, le sirve a la profesora Remedios Zafra para alertar de los malestares que aquejan al trabajo creativo y a quienes se dedican a él.

Remedios Zafra
La escritora y profesora Remedios Zafra, en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid. David Fernández

publicado
2018-01-08 07:00:00

Hay una frase en el nuevo libro de Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) que describe con precisión un silencio histórico, atribuido al decoro, que ella pretende dinamitar. Dice así: “En algún momento de nuestra historia hablar de dinero cuando uno escribe, pinta, compone una canción o crea se hizo de mal gusto”.

En El entusiasmo, Premio Anagrama de Ensayo en 2017, Zafra, escritora y profesora de Arte, Estudios Visuales, Estudios de Género y Cultura Digital en la Universidad de Sevilla, se asoma a las condiciones en las que actualmente se produce y gestiona la cultura, puesto que —y es imprescindible el recordatorio— “nunca una creación se hace aislada del mundo material”.

Añade así una nueva capa al corpus que ha formulado en ensayos previos —también en Los que miran (Fórcola Ediciones, 2016), una muy recomendable primera incursión en el terreno de la novela—, siempre inclinado a la observación de cómo el arraigo de internet está afectando a nuestra vida.

No por previsible menos demoledora, una de las conclusiones a las que arriba su trabajo debería hacer saltar todas las alarmas ya que pone negro sobre blanco un estado de cosas insostenible: el mundo cultural, resume Zafra, “es mantenido por colaboradores a tiempo parcial, entusiastas becarios y figuras diversas para la gestión de redes”.

¿Por qué es importante analizar la precariedad en el trabajo creativo en la era digital y hablar sobre ella?
La precariedad es una de las formas más habituales que adquiere la desigualdad en el capitalismo y es importante porque hoy caracteriza los modos predominantes de trabajo en un mundo conectado. Es tan habitual que tiende a pasar desapercibida. Y me parece que esto ocurre por varias razones, entre otras: la precariedad en el trabajo creativo se camufla con altas dosis de motivación y voluntarismo; en ocasiones recibe pagos inmateriales o simbólicos que hacen sentir a los trabajadores que ya han tenido una ganancia —aunque sea un mero certificado o un mayor número de seguidores—; refuerzan la tradición de que la creación conlleva un pago ‘distinto’ —“qué afortunado soy por dedicarme a lo que me gusta”—.

Esta naturalización de las formas de precariedad en la era digital se apoya, además, en vidas online donde cada vez dedicamos más tiempo a gestionar nuestras redes y a ‘nosotros’ en ellas. Nosotros como el gran producto creativo de ahora.

¿Por qué hay que hablar sobre ella? Porque esta precariedad habla de la época que vivimos y, por tanto, trata de algo que nos está pasando, que podemos y en lo que, si en algo nos importa lo social, tenemos que intervenir. Me parece que escribir sobre ella, ayudar a pensarla, contribuye a romper el lazo de su ‘normalización’, pero también nos facilita reflexionar sobre las nuevas formas de conformación de valor en un mundo en red, la política implícita en esta economía.

Cuando el sistema cultural se sostiene en la precariedad y en la competitividad, los vínculos entre iguales corren el riesgo de fracturarse

¿Qué la hace diferente a las precariedades de otros sectores productivos?
Pienso que, ante todo, la motivación implícita en todo trabajo creativo. La vida cultural y creativa suele venir de prácticas en muchos casos vocacionales que en algún momento nos orientaron a una formación dirigida y, en otros, a transitar por determinadas aficiones con pasión y entusiasmo. Hay, por tanto, una clara expectativa.

Un joven repartidor de comida a domicilio puede compartir precariedad con un escritor cuando ambos compiten por los mismos trabajos temporales y mal pagados, pero habitualmente el trabajador creativo viene de desinflar su currículum, quitarse años y ver frustrada su expectativa profesional mientras sigue haciendo másters. Creo que es aquí, en la expectativa que los trabajadores creativos tienen sobre sí mismos después de una vida —joven y adulta— dedicada a la formación, donde se dibuja algo singular de la frustración laboral contemporánea. Expectativa que hoy se canaliza, expresa y transforma en una cultura en red.

¿Cómo afecta esa precariedad a la propia creación y a los mensajes que se transmiten desde las industrias culturales?, ¿se nota de alguna manera o pasa completamente desapercibida a los ojos de quien recibe esos mensajes?
Las formas de crear están cambiando con internet y esto tiene múltiples lecturas tanto descriptivas, y más antropológicas, como lecturas políticas y críticas. Bajo este último enfoque podríamos decir que la creación también es ahora más precaria. Varios pensadores hablan de la imagen y la obra precaria en las redes surgidas de la celeridad, la vulnerabilidad, el remix y la caducidad. Obras condenadas a ser sustituidas rápidamente por lo más nuevo, lo más visto, que se hacen y almacenan sin apenas ser vistas. Como efecto, la creación se vuelve rápida y excedentaria, apoyada en titulares que buscan resumirlo todo, emocionar y no pensar, primando la acumulación y la cantidad a la profundidad.

Los mensajes de las industrias culturales siguen la misma inercia, como si la maquinaria no pudiera parar, se apoyan más que nunca en aspectos emocionales e intuitivos. Y me parece que la percepción de este tipo de creación tiende a ser interiorizada como parte de los tiempos que vivimos. Es fácil habituarse a estrenar constantemente información y obra. Es lo que también hacen los niños cuando, frente a diez regalos, piden más sin haberse parado a ver qué había en los anteriores. Tengo la sensación de que hemos dejado de mirar con atención las cosas. Vamos demasiado rápido y la concentración se posiciona como una de las grandes pérdidas, o de las grandes crisis.

La profesora y escritora Remedios Zafra
Remedios Zafra analiza la precariedad laboral del sector cultural en la era digital en su nuevo ensayo. David Fernández
Afirmas que “el sistema cultural se vale hoy de una multitud de personas creativas desarticuladas políticamente”. ¿No se supone que las personas creativas, los sujetos que trabajan en/con la cultura, tienen una especial capacidad política, tanto en el análisis como en la práctica?, ¿no les ha valido para enfrentar esa desmovilización política?
Cuando el sistema cultural se sostiene en la precariedad y la competitividad, los vínculos entre iguales corren el riesgo de fracturarse. Después de la universidad es fácil encontrar a viejos compañeros compitiendo por los mismos empleos temporales, premios o becas que agranden su currículum entretanto esperan algo mejor. El concurso constante es una forma de mantener desactivadas a las personas, pues llegan a pensar que ganar a 50 personas y obtener un trabajo temporal o no remunerado es “un premio”.

De un lado, la inmersión en esa búsqueda constante de trabajo (mejor), de otro la competitividad, y como contexto un hábitat online que favorece nuevas formas de individualismo, esbozan un escenario que dificulta el vínculo político, más allá de las espontáneas conformaciones de multitudes online.

Cierto que las aristas son muchas y que el contexto cultural pareciera idóneo para una toma de conciencia política, pues la materia con la que trabajamos son ideas, expresiones, pensamiento. Sin embargo, este contexto se desactiva si no hay libertad y se sostiene en la desigualdad que provoca la precariedad, entonces priman la impostura y la inercia.

Tengo la sensación de que el capitalismo cultural anima a vivir la cultura como entretenimiento y consumo, o como intervalo que interesa pero después resbala

¿Para qué sirve entonces la creación cultural si no es para intervenir políticamente?
Coincido en que la creación cultural debe servir para ayudar a las personas a ser más libres, más iguales —socialmente—, más diversas —en nuestras formas culturales—, y claramente esto tiene una lectura política, puesto que toda creación que favorezca nuestra libertad se apoya en una toma de conciencia, en un posicionamiento disruptivo que de pronto nos permite visibilizar desigualdad o visibilizarnos en esa desigualdad.

Sin embargo, en la creación cultural contemporánea tanto las formas de trabajo como las formas de experimentar la cultura están influenciadas por viejos patrones que no terminan de ceder y nuevos que no terminan de nacer. Tengo la sensación de que el capitalismo cultural anima a vivir la cultura como entretenimiento y consumo, o como intervalo que interesa pero después resbala; es decir, como algo que no siempre llevamos a nuestra vida cotidiana.

Y pienso que tiene que ver con cómo el exceso de mundo visualizado en las pantallas genera tal saturación de noticias casi siempre negativas, que la cultura parece sucumbir a lo que ofrece el mercado dando la respuesta: “No piense, relájese, disfrute, aquí lo más vendido, lo que debe comprar/leer, lo que mermará su angustia un rato”. Las pantallas son las nuevas gestoras de grados de perturbación que toleramos, incluso de grados de autoengaño que estamos dispuestos a resistir.

¿Qué papel han jugado los sindicatos en este destrozo de los derechos laborales en la esfera digital que analizas en El entusiasmo?
La tradición de los artistas y creadores no ha sido la de un colectivo sindicado. Los mitos que han reforzado su individualismo y primar ante todo su obra frente al sueldo o retribución que esta merece han alimentado idealizadas figuras para las que hablar de dinero era de mal gusto. No obstante, el contexto no es uniforme y de muchas maneras comienzan a vencerse esas inercias, de forma que diversos movimientos asociativos empiezan a articularse de manera colectiva y reivindicativa con base en los trabajadores.

La precariedad en los trabajos creativos funciona como forma de domesticación, porque es engañosa y tiende a hacer pensar que es temporal o que es necesaria como fase para trabajos mejores, más estables
¿No podría ser la afiliación sindical una manera de articular políticamente a esa multitud de personas creativas de las que se vale el sistema cultural?, ¿por qué no sucede esto, por qué no se considera a los sindicatos como herramientas para las personas que trabajan en las culturas?
Podría serlo, pero se precisa confianza en las estructuras sindicales también salpicadas por el fango de la corrupción que tanto ha afectado la política de este país. Parece entonces necesario resignificar lo viejo o idear nuevos formatos que cumplan la función de defensa de derechos de los trabajadores.

De otro lado, me parece que la precariedad en los trabajos creativos funciona como forma de domesticación, porque es engañosa y tiende a hacer pensar que es temporal o que es necesaria como fase para trabajos mejores, más estables. Cierto que esta situación, unida a la tradición de trabajo solitario en lo creativo y la actual crisis de vínculos entre iguales derivada de la competitividad del capitalismo digital, favorece un escenario de mayor individualismo, sin embargo cabe pensar que desde la conciencia la alianza siempre es posible.

¿Qué vías existen para crear una comunidad que pueda revertir las situaciones de precariedad que describes en el libro?, ¿es reversible esa precariedad?
Este libro está escrito como un intento de situar las contradicciones y conflictos del asunto en la realidad contemporánea, pero no está construido para llegar a unas determinadas vías argumentadas o conclusiones delimitadas, sino para animar el pensamiento propio y a interpelar con un relato político. Por ello creo que es más sugerente que propositivo.

No obstante, quienes se animen a leerlo podrán transitar por vías especulativas relacionadas con la alianza, la imaginación y la mutación como “vías” lo suficientemente amplias para imaginar fórmulas más concretas y contextualizadas. Creo que ayudar a pensar, y no sentenciar lo pensado, es más coherente con la defensa de libertad que hace este libro.

Sobre si es reversible, no se trataría tanto de volver al estado anterior, sino de transformarlo y ser capaces de crear otras, mejores, condiciones. Liberar la imaginación de tanto lastre precario es un reto porque los cambios que precisamos son también estructurales.

La vanidad es el gran motor de las redes y de ello se valen las industrias digitales para las que “el yo” es el producto

¿Hasta qué punto la vocación y el ego funcionan como un engaño en estas profesiones creativas de las industrias culturales, como una coartada para aguantar condiciones inaceptables en cualquier otro trabajo? Lo aceptas porque es “tu vocación”, tu canción, tu cortometraje, tu libro, tu artículo y porque sale tu nombre.
La vocación es un asunto tan crucial como íntimo cuando lo que está en juego es “nuestro nombre”. Como si despojados de lo material nos lo jugáramos todo a ese nombre que se convierte en marca, en portada de artículos vacíos de sentido pero que cumplen las normas, en epígrafe de un currículum repleto de certificados con membrete, en interruptor de registros Google que te definen, en secuencias de números de seguidores que se acumulan. No hay motivación mayor para un humano que uno mismo, la vanidad es el gran motor de las redes y de ello se valen las industrias digitales para las que “el yo” es el producto.

¿Existe un entusiasmo que pueda acabar no haciendo el juego al sistema? De existir, ¿dónde se encuentra?
La vulnerabilidad del entusiasmo radica en convertir a los entusiastas –subordinados– en agentes partícipes de su propia subordinación. Trabajar gratis y dar las gracias es algo que podemos encontrar en quienes tienen miedo o viven situaciones de desigualdad. En el libro desarrollo esta idea en relación a pobres y mujeres que se incorporan al mercado laboral con una mayor expectativa queriendo demostrar que pueden hacerlo y que lo harán con más motivación que nadie, chocándose casi siempre con la claudicación y el abandono como algo alimentado y previsible. La desigualdad es la fuente de esta opresión derivada del abuso de poder apoyado en ese entusiasmo inducido.

Frente a ese entusiasmo que surge como estrategia para lograr un trabajo o un reconocimiento y del que se beneficia un sistema que quiere más por menos, existen formas de entusiasmo sincero relacionadas con la pasión creativa cuando se vive en libertad y con mayores grados de igualdad. Me parece que si este entusiasmo habitara un lugar sería este, el de la libertad.

Remedios Zafra presenta nuevo libro, 'El entusiasmo'
Remedios Zafra con su nuevo libro, 'El entusiasmo'. David Fernández

El trabajo creativo en la era digital aparenta ser incorpóreo, poco físico, pero afecta directamente a los cuerpos de las personas que lo realizan. ¿Cuáles dirías que son los principales accidentes laborales que sufren, en sentido metafórico y también en sentido literal?
Creo que los accidentes y heridas laborales de los trabajadores digitales tienen especialmente que ver con la ansiedad. Esa sensación de no poder abarcar lo que se quiere hacer, acceder a lo que se ha descargado, ver lo que está disponible, responder a las demandas e interpelaciones humanas y de la máquina, vivir-trabajando…

No es de extrañar que el uso de ansiolíticos y medicamentos que permiten un “entusiasmo artificial” haya aumentado tanto en los últimos tiempos. Este es un asunto que me interesa y sobre el que directa y transversalmente transita la protagonista de El entusiasmo a lo largo del libro.

En Clavícula, Marta Sanz escribe sobre el daño físico de una trabajadora cultural y Belén Gopegui ha abordado los aspectos laborales de un gigante tecnológico multinacional de hoy como Google en su última novela. Tu ensayo también trata el asunto de las condiciones de trabajo. ¿Se ha roto una especie de mordaza o tabú sobre la cuestión material de quienes crean?, ¿a qué crees que obedece esa ruptura?
Las condiciones materiales de trabajo cultural han cambiado fuertemente con internet y al compartirlas no solo hablamos de quienes crean como profesionales de la cultura, sino que hablamos de facetas cotidianas en la vida de todas las personas conectadas que hoy vivimos y creamos en las pantallas.

Supongo que esta desjerarquización de la creación como algo que nos interpela a todos, aunque en distinto grado, genera un interés mayor porque hablando de nosotras hablamos de muchas personas. Y hablamos de personas que “tienen cuerpo”, que se ensucia, engorda, disfruta, duele y se cansa… Escindir del trabajo intelectual esta realidad ha supuesto un sesgo también político, en tanto los cuerpos y sus cuidados eran “cosa de mujeres”.

Sobre esa posible mordaza que sugieres, quizá merecería una reflexión más pausada, pero advierto que los pobres que trabajaban no tenían tiempo para escribir sobre cómo trabajaban. Hoy las personas pobres y precarias también crean y, a poco que tengan conciencia política, hablar sobre sus condiciones de trabajo es algo que fluye.

Por otra parte, por fin empiezan a escucharnos y a leernos a las mujeres. Y esa es una de las grandes mordazas, que hasta hace bien poco las mujeres no podíamos ser creadoras, o nuestra creación venía previamente denostada o encorsetada en publicaciones que nos querían solo enseñando la cocina, soñando con el amor, como amantes o esposas y como cuidadoras de los otros, y no de sí mismas.

Allí donde los trabajos de contextos culturales y creativos son más precarios, los trabajos siguen estando feminizados

No parece casualidad, en efecto, que las tres seáis mujeres. ¿Afecta de modo distinto la precariedad del trabajo creativo a hombres y mujeres?, ¿hay también una respuesta diferente ante ella por parte de unos y otras?
Siento una hermandad intensa con las mujeres escritoras, especialmente con mujeres como Marta y Belén, con quienes sintonizo en muchas formas de ver el mundo. Sobre tus preguntas, pienso que afecta de modo distinto, porque las mujeres todavía seguimos –no por voluntad propia– atadas a las herencias de los cuerpos y los cuidados, precedidas de una imagen y un cuerpo sobre el que todos se reservan el lujo de opinar, y faltas de historias que vengan escritas desde nosotras, libres de patriarcado.

Allí donde los trabajos de contextos culturales y creativos son más precarios, los trabajos siguen estando feminizados y la respuesta también es distinta, pues mientras a los hombres se les anima a buscar algo mejor, la expectativa puesta en muchas mujeres es animar a la renuncia por la familia, a una jornada más flexible o más corta, con menos sueldo, que le permita cuidar a hijos, enfermos o ancianos. Esa expectativa que silenciosamente atraviesa nuestra vida cotidiana alimentando la resignación y negando la capacidad de reacción.

Vencer esa tendencia asimétrica hace que el plus de entusiasmo de las mujeres en los trabajos creativos sea si cabe mayor y la carga a sus espaldas también, porque se espera que “claudiquen”. ¿Cómo no va a dolernos el cuerpo?, ¿cómo no vamos a reivindicar que los hombres que leen y piensan también tienen cuerpo –y manos para cuidar– como nosotras que también leemos y pensamos?

10 Comentarios
jorgealejandrosuarezrangel 11:15 10/1/2018
Antes que nada, felicitarle por su articulo, cuyo nivel discursivo está muy por encima de la discusión corriente. Considero necesario expulsar de una vez la palabras arte y cultura de las discusiones. Aquí usted ha descrito situaciones creativas y laborales, de forma tan clara y honesta, que no pude evitar observar como esas muletilla se entrometían por todos lados sin utilidad alguna. En su manifiesto primario, los creadores de la danza butoh se manifestaron en contra de titulos como "erudición" o "virtuosismo", pues consideraban que el alma podía comunicarse con el cuerpo, sin necesidad de ningún título nobiliario.
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un Artista. 15:43 17/3/2018
Hay que seguír creando. No hay que desesperar... tanto talentosos/as que veo arrojar su hermoso talento a baules en el sótano de su corazón. Basta de eso! No lo arrojen! Arropenlo cada noche junto a ustedes.. abrazenlo junto a sus sueños y no desesperen. ... no se si nos ira mejor. Pero se que es necesario continuar y no dejarse ganar porque ellos quieren que lo hagamos, y no jajaha jamás! Mi alma vive y late por esto... jamás lo dejaré y hasta mi último aliento cuando diré los amo y ame cada segundo de mi vida donde sufrí y lati todo lo que significa ser artista en este largo y perdido mundo llamado Chile. Besos a todos
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Milo 1:00 21/3/2018
No me gustó la nota, con tintes de victimización y sentimiento antisistema.
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Anónima 22:45 20/3/2018
Precariedad intelectual, s-pain s-así. Palabras huecas. Elites fofas para masa amorfas
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RJ CASTAÑEDA 16:41 14/2/2018
No soy artista, pero mi hija si lo es, y este magnífico ensayo de la profesora Zafra me aclara las preocupaciones que de mi hija recibo en relación a su trabajo. Gracias
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Luis Ricardo 14:29 21/1/2018
Brillante ensayo. Quiero compartir con ustedes que se han desclasificado informes de la CIA que revelan la intervención de la agencia en el ámbito cultural de México, fundando revistas y coopetando intelectuales, como Ramón Xirau y Juan Rulfo.
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Daud Peña 14:20 17/1/2018
Excelente artículo y de gran extensión, porque aplica en varias ciudades en tiempo y espacio....gracias....!!!!
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Anónima 12:23 14/1/2018
Muchas gracias por el interesante artículo. Tal vez os interese tambien esto: https://m.facebook.com/congresoprekariart/?ref=bookmarks https://www.ehu.eus/es/web/congreso-prekariart
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Entusiasmo 14:25 10/1/2018
Remedios Zafra: “La precarietà nei lavori creativi funziona come forma di addomesticamento” Un saggio con vocazione d’arringa, El entusiasmo, della professoressa Remedios Zafra per allertare dei malesseri che lamenta il lavoro creativo e chi vi si dedica. C’è una frase nel nuovo libro di Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) che descrive con precisione un silenzio storico, attribuito al decoro, che lei vuole far saltare. Dice così: “In un qualche momento della nostra storia parlare di soldi quando uno scrive, dipinge, compone una canzone o crea è diventato di mal gusto”. Ne El entusiasmo, Premio Anagrama di Saggio nel 2017, Zafra, scrittrice e professoressa di Arte, Studi visivi, Studi di genere e Cultura digitale nell’Università di Siviglia, si affaccia alle condizioni nelle quali attualmente si produce e gestisce la cultura, considerando che - ed è imprescindibile ricordarlo - “mai una creazione si fa isolata dal mondo materiale”. Aggiunge così un altro strato al corpus che ha formulato in saggi precedenti - anche ne Los que miran (Fórcola Ediciones, 2016), una prima consigliata incursione nel campo del romanzo -, sempre inclinato all’osservazione di come il radicamento di internet stia influendo sulle nostre vite. Non per prevedibile meno demolitrice, una delle conclusioni alle quali giunge il suo lavoro dovrebbe far saltare tutti gli allarmi giacché mette nero su bianco uno stato di cose insostenibile: il mondo culturale, riassume Zafra, “è mantenuto da collaboratori a tempo parziale, entusiasti tirocinanti e diverse figure per la gestione di reti”. Perché è importante analizzare la precarietà nel lavoro creativo nell’era digitale e parlarne? La precarietà è una delle forme più abituali che assume la disuguaglianza nel capitalismo ed è importante perché oggi caratterizza i modi predominanti di lavoro in un mondo connesso. È così abituale che tende a passare inosservata. E mi sembra che ciò accada per diverse ragioni, tra queste: la precarietà nel lavoro creativo si nasconde con alte dosi di motivazione e volontarismo; in alcune occasioni riceve una paga immateriale o simbolica che fa sentire i lavoratori d’aver ottenuto un beneficio - anche se solo un certificato o un maggior numero di seguaci (followers) -; rinforzano la tradizione per cui la creazione comporta una paga “diversa” - “che fortunato sono per dedicarmi a quello che mi piace” -. Questa naturalizzazione delle forme di precarietà nell’era digitale si appoggia, tra l’altro, su vite online laddove dedichiamo sempre più tempo a gestire le nostre reti e “noi” nelle stesse. Noi stessi come gran prodotto creativo di questo tempo. Perché bisogna parlarne? Perché questa precarietà ci parla dell’epoca che viviamo e, quindi, di qualcosa che ci sta succedendo, in cui possiamo e, se ci importa qualcosa il sociale, dobbiamo intervenire. Mi sembra che scrivere su di essa, aiuti a pensarla, contribuisca a rompere la corda della sua “normalizzazione”, ma ci facilita anche una riflessione sulle nuove forme della conformazione di valori in un mondo in rete, la politica implicita in questa economia. "Quando il sistema culturale si sostiene sulla precarietà e la competitività, i vincoli tra uguali corrono il rischio di fratturarsi." Cosa la rende diversa dalle precarietà d’altri settori produttivi? Penso che, prima di tutto, la motivazione implicita in ogni lavoro creativo. La vita culturale e creativa viene solitamente da pratiche in molti casi vocazionali che in un qualche momento ci orientano a una formazione guidata e, in altri, a transitare per determinati interessi con passione ed entusiasmo. C’è, quindi, una chiara aspettativa. Un giovane che consegna cibo a domicilio può condividere la precarietà con uno scrittore quando entrambi competono per gli stessi lavori temporanei e mal pagati, però abitualmente il lavoratore creativo viene costretto a sgonfiare il suo curriculum, togliersi anni e veder frustrata la sua aspettativa professionale mentre continua a fare masters. Credo sia proprio qui, nell’aspettativa che i lavoratori creativi hanno su se stessi dopo una vita - giovane e adulta - dedicata alla formazione, che prende forma qualcosa di singolare della frustrazione lavorativa contemporanea. Aspettativa che oggi si canalizza, esprime e trasforma in una cultura in rete. Come influisce questa precarietà alla creazione stessa e ai messaggi che si trasmettono dall’industria culturale? Si nota in un qualche modo o passa completamente inosservata agli occhi di chi riceve questi messaggi? Le forme di creazione stanno cambiando con internet e questo ha molteplici letture tanto descrittive, e più antropologiche, come letture politiche e critiche. Sotto quest’ultimo punto di vista potremmo dire che anche la creazione è adesso più precaria. Vari pensatori parlano dell’immagine e l’opera precaria nelle reti sorta dalla velocità, la vulnerabilità, il remix e la caducità. Opere condannate ad essere sostituite rapidamente per qualcosa di più nuovo, più visto, che si fanno e immagazzinano senza quasi essere viste. Come conseguenza, la creazione diventa più veloce ed eccedente, appoggiata su titoli che cercano di riassumere tutto, emozionare e non pensare, dando più importanza all’accumulazione che alla quantità o la profondità. I messaggi dell’industria culturale seguono la stessa inerzia, come se la macchina non potesse fermarsi, si appoggiano più che mai su aspetti emotivi ed intuitivi. E mi sembra che la percezione di questo tipo di creazione tende ad essere interiorizzata come parte dei tempi in cui viviamo. È facile abituarsi ad inaugurare costantemente informazioni ed opere. È quello che fanno anche i bambini quando, di fronte a dieci regali, chiedono di più senza essersi fermati a vedere cosa ci fosse nei precedenti. Ho la sensazione che abbiamo smesso di guardare con attenzione le cose. Andiamo troppo veloci e la concentrazione si posiziona come una delle grandi perdite, o delle grandi crisi. Affermi che “il sistema culturale si rifà oggi a una moltitudine di persone creative disarticolate politicamente”. Non si suppone che le persone creative, i soggetti che lavorano con e nella cultura, hanno una speciale capacità politica, tanto nell’analisi come nella pratica? Non gli è valso per affrontare questa smobilitazione politica? Quando il sistema culturale si sostiene sulla precarietà e la competitività, i vincoli tra uguali corrono il rischio di fratturarsi. Dopo l’università è facile trovare vecchi compagni competendo per le stesse occupazioni temporanee, premi o sovvenzioni che accrescano il loro curriculum mentre aspettano qualcosa di meglio. Il concorso costante è una forma di mantenere disattivate le persone, giacché arrivano a pensare che vincere su 50 persone e ottenere un lavoro temporaneo o non remunerato è “un premio”. Da un lato, l’immersione in questa ricerca costante di lavoro (migliore), dall’altro la competitività, e come contesto un habitat online che favorisce nuove forme di individualismo, abbozzano uno scenario che complica il vincolo politico, più in là delle spontanee conformazioni di massa online. È certo che le pieghe son tante e che il contesto culturale sembrerebbe idoneo per una presa di coscienza politica, giacché la materia con la quale lavoriamo sono idee, espressioni, pensieri. Ciò nonostante, questo contesto si disattiva se non c’è libertà e si sostiene sulla disuguaglianza che provoca la precarietà, acquistano dunque più importanza l'impostura e l’inerzia. "Ho la sensazione che il capitalismo culturale spinga a vivere la cultura come intrattenimento e consumo, o come un intervallo, che interessa ma dopo scivola." A che serve dunque la creazione culturale se non per intervenire politicamente? Concordo con che la creazione culturale debba servire ad aiutare le persone ad essere più libere, più uguali - socialmente -, più diverse - nelle forme culturali -, e chiaramente ciò ha una lettura politica, giacché ogni creazione che favorisca la nostra libertà si appoggia su una presa di coscienza, su un posizionamento che stravolge e d’improvviso ci faccia rendere visibile la disuguaglianza e renderci visibili nella stessa. Ciò nonostante, nella creazione culturale contemporanea tanto le forme di lavoro quanto le forme di sperimentare la cultura sono influenzate da vecchi schemi che non cedono e di nuovi non del tutto nati. Ho la sensazione che il capitalismo culturale spinga a vivere la cultura come intrattenimento e consumo, o come un intervallo, che interessa ma dopo scivola; vale a dire, come qualcosa che non sempre portiamo alla nostra vita quotidiana. E penso che ha a che vedere con come l’eccesso di mondo visualizzato sugli schermi generi tale saturazione di notizie quasi sempre negative, che la cultura sembra soccombere a ciò che offre il mercato dando la risposta: “Non pensi, si rilassi, si diverta, qui quanto più venduto, quello che deve comprare/leggere, quello che diminuirà la sua angustia per un po’”. Gli schermi sono i nuovi gestori di gradi di perturbazione che tolleriamo, includendo i gradi di auto-inganno che siamo disposti a resistere. Che ruolo hanno giocato i sindacati in questa distruzione dei diritti lavorativi nella sfera digitale che analizzi ne El entusiasmo? La tradizione degli artisti e creatori non è stata quella di un collettivo sindacale. I miti che hanno rinforzato il suo individualismo e dato importanza innanzitutto alla sua opera di fronte a salario o retribuzione che la stessa merita hanno alimentato idealizzate figure per le quali parlare di soldi era di mal gusto. Nonostante, il contesto non è uniforme ed in molti modi cominciano ad abbattere tali inerzie, in questo modo diversi movimenti associativi cominciano ad articolarsi in maniera collettiva e rivendicativa con base sui lavoratori. "La precarietà nei lavori creativi funziona come forma di addomesticamento, perché è ingannevole e tende a far pensare che sia temporanea o che sia necessaria come una fase per avere poi lavori migliori, più stabili." Non potrebbe essere l’affiliazione sindacale un modo di articolare politicamente questa moltitudine di persone creative delle quali si vale il sistema culturale? Perché non succede questo, perché non si considera ai sindacati come strumenti per le persone che lavorano nella cultura? Potrebbe essere, ma c’è bisogno di fiducia nelle strutture sindacali anch’esse schizzate dal fango della corruzione che tanto ha influenzato la politica di questo paese. Sembra dunque necessario ridare significato al vecchio o ideare nuovi formati che compiano la funzione di difesa dei diritti dei lavoratori. D’altra parte, mi sembra che la precarietà nei lavori creativi funzioni come forma di addomesticamento, perché è ingannevole e tende a far pensare che sia temporanea o che sia necessaria come una fase per avere poi lavori migliori, più stabili. È certo che questa situazione, unita alla tradizione del lavoro solitario nella creazione e la attuale crisi di vincoli tra uguali derivata dalla competitività del capitalismo digitale, favorisce uno scenario di maggiore individualismo, ciò nonostante resta spazio per credere che con coscienza l’alleanza è sempre possibile. Che vie esistono per creare una comunità che possa invertire le situazioni di precarietà che descrivi nel libro? È reversibile questa precarietà? Questo libro è scritto come un tentativo di porre le contraddizioni e conflitti sul tema nella realtà contemporanea, non è costruito per arrivare a determinati obiettivi argomentati o conclusioni delimitate, ma per spingere il pensiero proprio e interpellare un racconto politico. Per questo credo che sia più suggerente che propositivo. Nonostante, chi lo leggerà potrà transitare per via speculative relazionate con l’alleanza, l’immaginazione e la mutazione come “vie” sufficientemente amplie per poi immaginare formule più concrete e contestualizzate. Credo che aiutare a pensare, e non sentenziare su quanto pensato, è più coerente con la difesa della libertà che fa questo libro. Sul se è reversibile o meno, non si tratterebbe tanto di tornare allo stato precedente, ma di trasformarlo ed essere capaci di creare altre, migliori, condizioni. Liberare l’immaginazione da tanta zavorra precaria è una sfida perché i cambi di cui abbiamo bisogno sono anche strutturali. "La vanità è il grande motore delle reti e di ciò si valgono le industrie digitali per le quali “l’io” è il prodotto." Fino a che punto la vocazione e l’ego funzionano come un inganno in queste professioni creative dell’industria culturale, come un alibi per resistere a condizioni inaccettabili in qualsiasi altro lavoro? Lo accetti perché è la “tua vocazione”, tua canzone, tuo corto, tuo libro, tuo articolo e perché c’è il tuo nome. La vocazione è un tema tanto cruciale quanto intimo quando ciò che è in gioco è il “nostro nome”. Come se spogliati dal materiale ci giocassimo tutto per quel nome che si trasforma in marca, in copertina d’articoli vuoti di senso ma che compiono le norme, in epigrafe d’un curriculum pieno di certificati con intestazione, in interruttore di registri Google che ti definiscono, in sequenze di numeri di seguaci (followers) che si accumulano. Non c’è maggiore motivazione per un umano che se stesso, la vanità è il grande motore delle reti e di ciò si valgono le industrie digitali per le quali “l’io” è il prodotto. Esiste un entusiasmo che possa finire non facendo il gioco del sistema? Se esiste, dove si trova? La vulnerabilità dell’entusiasmo mette radici nel convertire gli entusiasti - subordinati - in agenti partecipi della propria subordinazione. Lavorare gratis e dire grazie è qualcosa che possiamo trovare in chi ha paura o vive situazioni di disuguaglianza. Nel libro sviluppo quest’idea in relazione a poveri e donne che si inseriscono nel mercato del lavoro con una maggiore aspettativa volendo dimostrare che possono farlo e che lo faranno con più motivazione di tutti, scontrandosi quasi sempre con la sottomissione o l’abbandono come qualcosa d’alimentato e prevedibile. La disuguaglianza è la fonte di questa oppressione derivata dall’abuso di potere appoggiato su questo entusiasmo indotto. Di fronte a questo entusiasmo che sorge come strategia per ottenere un lavoro o un riconoscimento e di cui si beneficia un sistema che vuole di più per meno, esistono forme d’entusiasmo sincero relazionate con la passione creativa quando si vive in libertà e con maggiori gradi d’uguaglianza. Mi sembra che se quest’entusiasmo abitasse un luogo sarebbe questo, quello della libertà. Il lavoro creativo nell’era digitale appare incorporeo, poco fisico, ma influisce direttamente sui corpi delle persone che lo realizzano. Quali diresti sono i principali incidenti lavorativi che soffrono, in senso metaforico ed anche in senso letterale? Credo che gli incidenti e le ferite dei lavoratori digitali hanno specialmente a che vedere con l’ansia. Quella sensazione di non riuscire a far tutto quanto si vorrebbe, accedere a quanto scaricato, vedere ciò che è disponibile, rispondere alle richieste e domande umane e della macchina, vivere-lavorando… Non c’è da sorprendersi se l’uso d’ansiolitici e medicine che permettono un “entusiasmo artificiale” sia aumentato tanto negli ultimi tempi. È un tema che mi interessa e sul quale direttamente e trasversalmente transita la protagonista de El entusiasmo durante il libro. In Clavicula, Marta Sanz scrive sul dolore fisico di una lavoratrice culturale e Belén Gopegui ha affrontato gli aspetti lavorativi di un gigante tecnologico multinazionale di oggi come Google nel suo ultimo romanzo. Il tuo saggio tratta il tema delle condizioni di lavoro. Si è rotta una specie di censura o tabù sulla questione materiale di chi crea? A cosa credi obbedisca questa rottura? Le condizioni materiali di lavoro culturale sono cambiate fortemente con internet ed al condividerle non solo parliamo di chi crea come professionista della cultura, ma parliamo di aspetti quotidiani della vita di tutte le persone connesse che oggi vivono e creano in uno schermo. Suppongo che eliminare la gerarchia della creazione sia qualcosa che ci interpella tutti, anche a diversi livelli, generi un interesse maggiore perché parlando di noi parliamo di molte persone. E parliamo di persone che “hanno un corpo”, che si sporca, ingrassa, si diverte, fa male e si stanca… Dividere dal lavoro intellettuale questa realtà ha supposto una direzione anche politica, in quanto i corpi e la loro cura erano “cosa da donne”. Su questa possibile censura che suggerisci, forse meriterebbe una riflessione più lenta, ma io noto che i poveri che lavoravano non avevano tempo per scrivere sul come lavoravano. Oggi le persone povere e precarie creano anche e, non appena hanno coscienza politica, parlare delle proprie condizioni di lavoro è qualcosa di fluido. D’altra parte, finalmente cominciano a leggere ed ascoltare le donne. E questa è una delle grandi censure, fino a ben poco fa le donne non potevamo essere creatrici, o le nostre creazioni venivano precedentemente sminuite o rivestite in pubblicazioni che ci volevano solo insegnando cucina, sognando l’amore, come amanti o spose e a prendere cura degli altri, e non di se stesse. "Laddove i lavori di contesto culturale e creativo sono più precari, i lavori continuano ad essere femminilizzati." Non sembra un caso, di fatto, che le tre siate donne. Influisce in maniera diversa la precarietà del lavoro creativo a uomini e donne? C’è anche una risposta diversa ad essa da parte di uni ed altre? Sento una fratellanza forte con le donne scrittrici, specialmente con donne come Marta e Belén, con le quali sono in sintonia su tante forme di vedere il mondo. Per quanto riguarda le tue domande, penso che influisca in maniera diversa, perché le donne continuano ancora - non per volontà propria - legate alle eredità dei corpi e la loro cura, precedute da un’immagine e un corpo sul quale tutti si riservano il lusso di opinare, e mancanza di storie che vengano scritte da noi, libere dal patriarcato. Lí dove i lavori di contesto culturale e creativi sono più precari, i lavori continuano ad essere femminilizzati ed anche la risposta è diversa, giacché mentre agli uomini li si spinge a cercare qualcosa di meglio, l’aspettativa posta in molte donne è spingere alla rinuncia per la famiglia, per una giornata più flessibile o più corta, con uno stipendio minore, che le permetta prendersi cura dei figli, i malati o gli anziani. Questa aspettativa che silenziosamente attraversa la nostra vita quotidiana alimentando la rassegnazione e negando la capacità di reazione. Vincere questa tendenza asimmetrica fa sì che il plus d’entusiasmo delle donne nei lavori creativi sia se possibile maggiore ed anche la carica sulle loro spalle, perché ci si aspetta che si “sottomettano”. Come può non farci male il corpo? Come non rivendicare che gli uomini che leggono e pensano hanno anch’essi un corpo - e mani per prendersi cura - come noi che leggiamo e pensiamo?
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Anónima 16:54 9/1/2018
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