Medio rural
La Rioja desvertebrada

Las áreas de montaña configuran la fisonomía de la región y albergan recursos tan valiosos como el agua, el aire o la vegetación. La falta de integración de las áreas de montaña en los flujos comerciales con el Valle del Ebro ha generado un desequilibrio territorial enorme. 

Peroblasco
Peroblasco, una localidad de montaña enclavada en el valle del Cidacos. La Rioja Mikel Ricondo

publicado
2018-02-02 09:15

La Comunidad Autónoma de La Rioja cuenta con una superficie de 5.000 km2 distribuida a lo largo de 120 km desde oeste a este y de unos 80 km de norte a sur. Estas dos unidades geográficas, valle y montaña, configuran la fisonomía, clima, comunicaciones y culturas de la región y definen dos espacios diferenciados, pero conectados entre sí. A saber: El Valle del Ebro, con unas altitudes entre los 400 y los 700 m. y el Sistema Ibérico, cuyas cumbres más elevadas llegan hasta los 2250 m. De oeste a este, cadenas montañosas de altitud decreciente se disponen paralelas entre sí y perpendiculares al Ebro, en cuyos valles se encajan los cursos fluviales que desembocan en este río.

Las zonas de montaña desempeñaron en el pasado un importante papel demográfico y económico y albergaron numerosas actividades ganaderas, mineras, agrícolas e industriales. El aprovechamiento energético de los cursos fluviales contribuyó al desarrollo industrial de las montañas españolas. En el caso de La Rioja, fueron los sectores textil y del calzado los que se desarrollaron gracias a la energía hidroeléctrica desde mediados del siglo XIX hasta su práctica desaparición a finales de los años cincuenta del pasado siglo.

En la actualidad, en las localidades situadas en altitudes superiores a los 700 metros, que representan casi la mitad de la extensión regional, solo vive el 2,5% de la población

El proceso de declive económico y de pérdida de población comenzó a ser visible en algunas comarcas de la montaña desde la segunda mitad del siglo XIX, se intensificó en el primer cuarto del siglo XX y fue definitivo en los años cincuenta, sesenta y setenta.

En la actualidad, en las localidades situadas en altitudes superiores a los 700 m., que representan casi la mitad de la extensión regional, solo vive el 2,5% de la población, lo que da cuenta de un declive que viene prolongándose desde hace tiempo y cuyas consecuencias son visibles ahora con nitidez.

Desequilibrio territorial

La pérdida de efectivos humanos en la montaña ha modificado por completo el discurrir de los flujos de personas, materia y energía en la región, ya que, en la actualidad, todos ellos se concentran en las vías que discurren paralelas al Ebro y sus afluentes, quedando las áreas de montaña en una posición marginal.

Este hecho ha tenido y tiene importantes consecuencias en cuanto a la articulación y vertebración del territorio. A saber: abandono de las tierras que habían sido de cultivo y comienzo de los procesos de matorralización y bosquización, incremento del riesgo de incendios, extensas zonas densamente pobladas de vegetación y de difícil acceso, disminución o desaparición de los servicios en los pueblos, falta de vitalidad económica, envejecimiento…

Y todo ello tiene su transposición en las zonas de valle, donde la saturación de las vías de comunicación o la ocupación para fines residenciales de zonas que habían sido de huerta, son algunos de los efectos más visibles. Los problemas de la actual N-232 y sus dramáticas consecuencias, es quizás el ejemplo más evidente de esta situación y la consecuencia de un modelo de vertebración territorial desequilibrado.

Desde la creación de la Comunidad Autónoma ha tenido lugar un crecimiento continuado de la ciudad de Logroño y su área de influencia y este proceso ha discurrido paralelo a un incremento de su influencia política y administrativa. De modo que, al no existir entidades intermedias dotadas de funciones y competencias, todas las relaciones entre los pueblos y la capital son unidireccionales, sin que el territorio pueda mostrarse, identificarse o valorizarse.

Las Mancomunidades existentes, siendo numerosas, no fueron creadas ni desempeñan en la actualidad una función de representación territorial, siendo frecuente que cada ayuntamiento pertenezca a cuatro o cinco mancomunidades diferentes que gestionan servicios diversos (Servicios Sociales, Residuos Sólidos, Aguas, Turismo…).

Los tres Grupos de Acción Local, que gestionan programas de desarrollo rural dentro de la Iniciativa Comunitaria LEADER, tampoco desempeñan una función de articulación de región porque no se asientan sobre las comarcas naturales ni tienen este tipo de objetivos en su funcionamiento.

Una organización municipal muy fragmentada

En la actualidad, La Rioja cuenta con 172 municipios y unos 250 núcleos habitados, a los que habría que añadir los más de cuarenta núcleos que se fueron deshabitando en los últimos cincuenta años.

Desvitalizaión del terrirorio en datos
57 municipios cuentan con menos de 100 habitantes, de los cuales, 15 se encuentran en áreas de valle y 42 en zonas de montaña, de ellos, 11 municipios tienen menos de 20 habitantes. El 70% de la población de la región se concentra en 10 municipios y solo 31 superan los 500 empadronados
Además, estas cifras han de ser matizadas, ya que la población de derecho, es decir, la que está empadronada, es muy superior a la población de hecho, la residente. Aunque no se cuenta con datos precisos sobre este desfase, en los pueblos de montaña, la población residente se sitúa entre un 20 y un 40% por debajo de las cifras oficiales, variando según municipios. Por lo que si se depurara el censo hasta contabilizar sólo los residentes, las áreas de montaña de La Rioja no superarían los 4.000 habitantes, de los cuales 2.500 residen entre Ezcaray y Arnedillo.

Se trata, por tanto, de un problema no solo, o no estrictamente demográfico, sino de un modelo de articulación territorial que desde hace casi un siglo está demostrando su incapacidad para generar vida y actividad en las montañas.

Concentración de la población en siete localidades del Valle del Ebro, elevada fragmentación municipal, bajísimas densidades demográficas en la Sierra, existencia de municipios inviables por su escasa o nula población residente… esta sería la fotografía de la distribución de la población en el territorio riojano. Se trata, por tanto, de un problema no solo, o no estrictamente demográfico, sino de un modelo de articulación territorial que desde hace casi un siglo está demostrando su incapacidad para generar vida y actividad en las montañas.

Por ello, si se desea revertir los procesos señalados, resulta indispensable cambiar el modelo de organización territorial, favoreciendo la consolidación de entidades intermedias como las comarcas, descentralizando servicios, aplicando políticas de atracción de población, facilitando el acceso de las personas a los recursos que ofrece el territorio, aplicando transparencia y participación en la acción pública, situando a las montañas en el corazón de la región.

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