Insólita Península
Baños de otoño en Somo

El baño extemporáneo se caracteriza por la falta de previsión y por la certeza del bañista de que el contacto con el agua le otorgará una felicidad efímera. En Somo, el Día de Todos los Santos de 2019, el Cantábrico llegaba frío y con fuerza, y merecía la pena nadar para no quedarse helado.

Somo
Playa de Somo, en Santander. Javier de Frutos
Javier de Frutos

publicado
2019-12-27 06:00

Hubo un tiempo en el que el mar era un lugar insalubre en el que solo se aventuraban los pescadores y los marineros, que procuraban no mojarse. Pero ese tiempo terminó en la segunda mitad del siglo XIX, y un nuevo sentido de la modernidad incorporó una visión del mar renovada, en la que las playas comenzaron a ser un lugar apetecible y las aguas un terreno en el que adentrarse. En la Península, Santander y sus baños de olas fueron pioneros en esta aproximación. Hoy en día, frente a la capital cántabra, en las playas de Somo, la celebración del mar como lugar de juego y salud puede disfrutarse bien entrado el otoño.

Me incorporé a esa celebración una tarde de noviembre. Los surfistas, con sus trajes de neopreno y tumbados sobre las tablas, esperaban las olas dejándose llevar por la marea. Contemplados desde la orilla, sorprendía el extraño orden de su juego y la paciencia con la que aguardaban el movimiento adecuado del mar para situarse sobre la ola que les estaba reservada. Caminaban sobre la arena paseantes sin prisa. Los surfistas novatos recibían en tierra las instrucciones para su bautismo. Un fotógrafo trataba de capturar los movimientos sobre el agua.

Parecía el escenario adecuado para un baño extemporáneo, inesperado, el mejor de los baños posibles. Y a ese baño breve y conciso me dediqué para reivindicarlo hoy en esta página.

El baño extemporáneo se caracteriza por la falta de previsión y por la certeza del bañista de que el contacto con el agua le otorgará una felicidad efímera. En Somo, el Día de Todos los Santos de 2019, el Cantábrico llegaba frío y con fuerza, y merecía la pena nadar para no quedarse helado. Así que me entretuve en trazar largos sin principio ni fin mientras observaba a los surfistas buscar las olas que rompían. En algún momento, levanté la mirada y contemplé la bahía de Santander, la silueta fuera del tiempo del Palacio de la Magdalena y la tarde que caía a una velocidad muy lenta, como si la noche no tuviera ninguna prisa en llegar a este paréntesis de calma sin propósito.

Ya fuera del agua, copié el ritual que observé a mi alrededor y me enfundé en una suerte de poncho alargado, con tejido de toalla, que los bañistas de aguas frías utilizan para cambiarse. Bajo la capucha y protegido del frío, como un monje agnóstico solo entregado a la contemplación del mar, me dediqué a no hacer nada, que —ahora me doy cuenta— es una disciplina que aparece con frecuencia en este recorrido peninsular. No hacer nada en Somo invita a pensar en los usos del mar desde que la modernidad decimonónica lo inventó como un lugar de disfrute. Usos que cada vez se han vuelto más sofisticados y variados, con disciplinas deportivas recién nacidas y trajes inventados para ellas, con aficionados al mar dispuestos a entregarse a juegos que nadie ha imaginado todavía.

Me alejé poco a poco de la orilla y ascendí hasta el lomo de una duna. Desde ese balcón pude observar las maniobras de los barcos que se acercaban al puerto de Santander: un ir y venir lento para encontrar el paso adecuado y atracar.

Me seguí alejando, ya fuera de la playa, y fui a parar a una pista de skate en la que un grupo de jóvenes ejecutaba movimientos sobre el cemento no muy distintos a los de los surfistas sobre las olas. Continué yéndome y aparecí en un aparcamiento de furgonetas: un parque móvil de vehículos nómadas.

Me fui del todo mientras anochecía y tuve la impresión de que en Somo se superponían todas las capas posibles del mar de otoño: la ciudad costera a lo lejos (con sus recuerdos arquitectónicos de los primeros veraneantes), el ajetreo de los barcos al aproximarse al puerto, la ligereza de los bañistas de las olas, el horizonte contemplado desde una duna, la calma de los paseos marítimos y los usos deportivos de los terrenos vecinos a la arena.

En la entrada de la playa de Somo, un cartel con forma de tabla de surf informa de seis reglas básicas para practicar este deporte de forma respetuosa. Guiado por este ejemplo, incorporo aquí seis sugerencias para disfrutar del baño extemporáneo de otoño: no vaya equipado con nada que sugiera su voluntad de bañarse; disfrute del contraste de la temperatura cuando su cuerpo se quede helado en el primer contacto con el mar; abstráigase de lo que sucede a su alrededor y concéntrese en el deseo de sumergirse en el agua; nade con fuerza, pero sin afán de llegar a ningún lado; observe el horizonte y hágase el muerto durante unos segundos, y, sobre todo, incumpla las cinco sugerencias anteriores y respire hondo.

¿Cómo llegar?
La playa de Somo recibe a los bañistas frente a Santander e insinúa el cierre oriental de la bahía.

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1 Comentario
#45234 6:46 30/12/2019

Buen artículo, ha definido muy bien una playa que frecuento como paseante, bañista y surfista. En el pie de la foto pone playa de Somo, Santander; este dato es erroneo, creo que sería más acertado poner playa de Somo, Cantabria. Gracias

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