Drogas
Casco Viejo, la deriva anunciada

El aumento del tráfico de drogas en el Casco Viejo de Iruña y los problemas de sociabilidad inclusiva no lo arreglan ni han arreglado las dinámicas participativas ni las dinamizaciones festivas. Por otra parte, quien pretenda arreglarlos a golpe de estigmatización, denuncia policial o de tomarse la justicia por su mano, evidencia una absoluta falta sensibilidad.

Paco Roda

publicado
2019-06-11 13:20

Hace poco, un grupo de vecinos y vecinas del Casco Viejo de Iruña se mostraban alarmados frente al creciente consumo de heroína en algunas calles del barrio. Y se preguntaban por qué. O a quién interesaba. Lo he escrito varias veces, el Casco Viejo lleva tiempo degradado. No nos engañemos. Otra cosa es que, donde unos han apostado únicamente por la dinamización ocio-tabernaria y la festivalización eterna de sus calles respondiendo así al modelo neoliberal de ocio y consumo, otros veamos una degradación residencial de semejante modelo. Y esta situación –la que denuncian algunos vecinos-, es uno más de los síntomas que emite este modelo de socialización.

Pero este hecho, grave sí, no se puede valorar, ni entender, ni ser pensado de manera aislada. Y menos aún descontextualizado, como un eslabón perdido de la cadena de acontecimientos y realidades que padece nuestro barrio. Nuestro barrio no es un festival de satisfacción, ni un bucólico territorio desconflictificado, tampoco es un barrio cohesionado. Lo es para algunos y algunas élites ideologizadas pero desentrañadas de las otras realidades ocultas. Aquí también hay agujeros negros y venas abiertas. Y ahora emergen de manera inquietante.

Quien pretenda identificar esto como un problema de convivencia miente. O trafica con la realidad a sabiendas. Esto tiene incidencia en la convivencia, pero no es un problema de convivencia. Otra cosa es que nos sirvamos de la convivencia -como mantra- para armar un interesado discurso punitivo. Porque en el Casco Viejo hay otros problemas de convivencia no nombrados, no denunciados o quizás ninguneados: la desbordante subida de los precios de alquiler e incluso de las habitaciones llegando a los 400 euros por una habitación, la expulsión de inmigrantes debido a este encarecimiento, el aumento de la pobreza severa, el abuso preocupante de alcohol entre menores de 25 años, la mala salud mental de mucha gente, la desigualdad en el uso de espacios públicos, la segregación de parte de su población, esa que no participa de procesos vecinales porque nadie conecta con sus problemas ni realidades, la soledad de muchos mayores del barrio, la saturación hostelera, el ruido-ambiente nocturno y la pre-gentrificación de una parte importante de su territorio. Eso sí genera problemas de convivencia. Otra cosa es que esto ya no importe. O a quien deba importarle no le de importancia.

Esta situación, la del aumento del tráfico de drogas, es fácil de explicar, quizás no tanto de entender y mucho menos de abordar. Aunque experiencias haberlas haylas. Y es que, en el Casco Antiguo, al menos en sus calles más olvidadas, justamente donde se ubica la mayor tasa de pobreza severa de Navarra, se concentra el tráfico de drogas, el consumo, (no olvidemos que en muchos bares del Casco Viejo se consume de manera habitual todo tipo de drogas y alcohol sin que nadie se escandalice), la violencia intravecinal o las prácticas delictivas. En estos espacios se reproducen dinámicas exclusógenas que posibilitan un escenario de atracción para la expresión de esas estrategias mencionadas. Y es que el Casco Viejo padece serios problemas de sociabilidad inclusiva que no lo arreglan ni han arreglado las dinámicas participativas ni las dinamizaciones festivas. Porque ni es el modelo adecuado y porque una parte importante de la población, la más excluida y más marginalizada, queda al margen de esos procesos. Y eso requiere de otras estrategias más globales y profesionales. Porque no lo olvidemos, somos sí, un barrio rico, por encima de la media de muchas ciudades del Estado, pero también aquí se reproduce la desigualdad económica, la lucha de clases y el racismo populista. Otra cosa es que esto ya no se nombre en algunos discursos sociales fagocitados por el buenrollismo y alta “comunitarización” institucionalizada del barrio.

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Para saber qué barrio habitamos y queremos construir, alguien con responsabilidad política debería tener en cuenta datos desde la perspectiva evolutiva y asociándolos a dinámicas de ocio, consumo, vivienda, residencia, ingresos y estilos de vida de la gente que aquí vivimos.

Quien pretenda arreglar este problema a golpe de estigmatización, denuncia policial o la de tomarse la justicia por su mano, evidencia una absoluta falta sensibilidad. Más aún, se alinea con las líneas punitivas en el tratamiento de la desigualdad y la exclusión social. Y más aún, está condenado al fracaso al desagregar el síntoma de la causa. Las poblaciones aquí denunciadas son concebidas como nuevos enemigos simbólicos –chivos expiatorios- construidos por el mecanismo de criminalización individualizada propia del neoliberalismo y también por una parte de la población que ignora las condiciones estructurales y el sistema de estratificación que funciona en nuestro barrio. Aquí, se viene a decir, peligra la convivencia por la existencia de redes y grupos de traficantes, drogadictos y otros sujetos criminalizados que viven en los márgenes y para los cuales se reclama el endurecimiento de las miradas, las penas o las expulsiones directas del barrio, en caliente o en frío. Este análisis populista no se diferencia en nada del que emite el sujeto racista que dice que las prestaciones sociales son copadas por los extranjeros o que ellos nos roban el empleo. Aquí son los yonkis, los drogadictos los que nos roban la convivencia, la tranquilidad y la homogeneidad del barrio.

Esta deriva no solo es peligrosa, sino que representa la fascistización de formas y estrategias de relación cuando no del racismo más apestoso.

*Artículo escrito antes de la agresión a un hostelero en la calle Jarauta, en la noche del sábado 8 de junio.

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