Opinión
Paraguay, ¿una ‘isla’ en la pandemia?

América Latina es en estos momentos el epicentro de la expansión del coronavirus en el mundo, y Paraguay se encuentra en mitad de ese epicentro.

Paraguay Isla en la pandemia
El gobierno paraguayo reaccionó prácticamente ante el primer caso detectado en el país de infección por coronavirus decretando el cierre de los colegios, suspendiendo grandes eventos y cerrando instituciones en la segunda semana de marzo. Eduardo Tamayo Belda

Historiador y politólogo. Profesor en la Universidad Autónoma de Madrid

31 jul 2020 07:57

“Paraguay, isla rodeada de tierra”. Con estas palabras definía su país Augusto Roa Bastos, único escritor paraguayo que ha recibido el Premio Cervantes. Anclado en mitad de América del Sur y apartado, en tantos sentidos, de muchas de las dinámicas globales —actuales y pasadas—, Paraguay atravesó de puntillas o inadvertido por algunos de los principales procesos que han afectado al mundo en los últimos siglos. Pero esta no será una de esas ocasiones: la pandemia no entiende de fronteras y solo una respuesta general adecuada por parte de las instituciones nacionales, de la población del país, de las organizaciones internacionales y de los Estados amigos —vecinos y lejanos— logrará que el covid-19 no se lleve por delante no solo la vida de cientos de paraguayos y paraguayas, sino también la economía de decenas de miles de familias, si no de cientos de miles, en los próximos años. 

América Latina es en estos momentos el epicentro de la expansión del coronavirus en el mundo, y Paraguay se encuentra en mitad de ese epicentro. Este país, desproporcionadamente desconocido en Europa —incluso en España, con la que comparte historia, lengua y cultura—, ha sido —junto con Uruguay— uno de los que sufrió con menor intensidad el contagio del virus durante los meses de abril a junio. En este periodo, apenas hubo unos cuantos centenares de casos detectados de infección por coronavirus y tan solo una decena de fallecidos por covid-19. Pero este registro bajo mínimos ha cambiado en Paraguay —también ha ocurrido en Uruguay— su tendencia durante las últimas semanas.

Jair Bolsonaro es un peligro global y Paraguay tiene al enemigo a las puertas

Por desgracia, aun siendo previsible, a lo largo del mes de julio las cifras se han ido multiplicando en Paraguay y, al comenzar agosto, el país ha detectado en total unas 5.000 personas infectadas —de las que casi 3.000 ya están recuperadas— y ha registrado unos 50 fallecimientos por la enfermedad, lo que arroja unos datos relativos de 66 contagios y 0,6 decesos por cada 100.000 habitantes —España acumula hasta ahora más de 600 infectados y se sitúa por encima de las 60 defunciones por cada 100.000 habitantes—.

Brasil, hegemón de la pandemia

Al analizar la incidencia de la covid-19 en Paraguay corresponde, para empezar, ser justos y meridianamente claros: Jair Bolsonaro es un peligro global y Paraguay tiene al enemigo a las puertas. Recapitulemos: las decisiones que ha tomado Brasil con respecto a la protección —más bien desprotección— de la Amazonía, la forma en que se está comportando su Gobierno con un pequeño país como Paraguay —vecino y socio regional— en lo referente a la represa hidroeléctrica binacional de Itaipú (fundamental para la economía paraguaya), sus intentos de privatizar el acceso al agua del Acuífero Guaraní (compartido por Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina), la gestión nacional de la cultura en el país (con la supresión del Ministerio de Cultura brasileño), y ahora la gestión de la crisis de la covid-19... El cúmulo de despropósitos e irresponsabilidades empieza a ser escalofriante en Brasil, incluso para alguien como Bolsonaro.

No puede olvidarse, en todo caso, que quienes más sufren las políticas de Bolsonaro son los brasileños y las brasileñas, a quienes habría que decirles —recordarles, más bien— que no están solos, y que seguiremos aquí cuando amaine esta tormenta global populista de derechas que a ellos, como a otros, les ha atravesado. La sociedad brasileña no es Bolsonaro. Jair Bolsonaro es una pesadilla, un mal sueño, del que un día Brasil despertará; lamentablemente, por el camino está dejando un reguero de desastres, algunos de los cuales no serán fáciles de resolver.

La gestión de la crisis sanitaria del covid-19 por parte de los populismos de derechas está siendo sencillamente horrorosa: el Brasil de Bolsonaro en Sudamérica, los Estados Unidos de Trump en Norteamérica, el Reino Unido de Boris Johnson en Europa... Los tres máximos mandatarios enarbolaron la bandera racial y nacionalista ante la extensión del coronavirus hasta que la pandemia les despertó de su estupidez por la vía de los hechos, y hoy son los tres países con más fallecimientos de sus respectivos continentes.

De hecho, tanto Trump como Johnson tuvieron que dar marcha atrás en algunas de sus primeras políticas de gestión sanitaria cuando tomaron conciencia de su incompetencia: el propio Boris Johnson casi sucumbe personalmente al virus (cuando tienes acceso a todos los cuidados necesarios, cuando dispones 24 horas al día de los equipos sanitarios más experimentados y cuando tienes los mejores medicamentos, todo es más sencillo; pero esos medios no llegan a toda la población...).

El caso de Donald Trump resulta aún más extravagante: a pesar de ser uno de los norteamericanos con mayor pánico a los gérmenes y los microbios, su insensatez, su clasismo y su arrogancia compiten con sus miedos, lo que llevó hasta la absurda circunstancia de que en la Casa Blanca todo el mundo debiera usar mascarilla menos él; en lugar de dar ejemplo, muestra a cada paso su egocéntrica personalidad y su actitud egoísta que, por otra parte, encajan como un guante con la ideología reaccionaria y neoliberal de la pandemia populista de derechas que vive el planeta (y que los españoles padecemos también, con el partido ultraderechista VOX, nuestro propio producto nacional en esa otra pandemia, aunque por fortuna para España se mantienen en los márgenes de la influencia institucional a nivel estatal).

Por su parte, Jair Bolsonaro ha repetido esa nefasta gestión pública propia de la Alt-Right occidental —la derecha alternativa, populista, neoliberal y ultranacionalista— en la emergencia global por el covid-19. Por desgracia, en Brasil se añade el agravante de tratarse de un país con terribles desigualdades socioeconómicas y, en consecuencia, con un acceso muy diferenciado de los estratos sociales a la sanidad. Por segunda vez en lo que va de crisis, a Bolsonaro le dimitió un ministro de Sanidad —cuando llevaba un mes en el cargo—, lo que es síntoma de que las presiones a las que el máximo mandatario brasileño somete a los encargados de la salud nacional son contrarias a toda lógica sanitaria o epidemiológica.

La confianza en que los países latinoamericanos sean capaces de contener la pandemia en sus territorios es cada vez menor

Por el camino, y por desgracia, acabará superándose la cifra de 100.000 compatriotas brasileños fallecidos, mientras a él le siguen dimitiendo sus responsables del área sanitaria. Sus políticas rozan la demencia, pero se trata de un individuo muy poderoso que cuenta con el apoyo económico y político de grupos de interés muy peligrosos para el país, para la región y para el planeta.

La confianza en que los países latinoamericanos sean capaces de contener la pandemia en sus territorios es cada vez menor, y la integración regional y el propio fenómeno de globalización dificultan la impermeabilización de las zonas hasta ahora menos afectadas, como es el caso de Paraguay. Además de Brasil, los otros dos vecinos de Paraguay —Argentina y Bolivia— han experimentado también a lo largo del último mes importantes incrementos en sus tasas de contagio y mortalidad debido a su proximidad con Brasil y al casi inevitable flujo y movimiento de personas y mercaderías a través de sus fronteras, a pesar de que estos dos países no acumulan, ni de lejos, los peores datos de la región en términos de incidencia del covid-19.

Paraguay: entre el acierto y el error

Vaya por delante que quien suscribe no es particularmente admirador de las políticas y procedimientos desplegados en Paraguay por el Partido Colorado en el poder, a cuyas siglas acompaña un pasado reciente dictatorial, corrupto y neoliberal; ni tampoco simpatizante de la figura del actual mandatario paraguayo, Mario Abdo Benítez —conocido como Marito—, hijo del que fuera durante años secretario personal del dictador Alfredo Stroessner, y cuya familia se enriqueció al calor de la dictadura. Sin embargo, debe reconocerse que, por parte de su Administración, se dio una respuesta inicial rápida y contundente ante la emergencia de la expansión del virus, con medidas que se demostraron acertadas para contenerla: el Gobierno paraguayo reaccionó prácticamente ante el primer caso detectado en el país de infección por coronavirus decretando el cierre de los colegios, suspendiendo grandes eventos y cerrando instituciones en la segunda semana de marzo. Escasos días más tarde, cerró sus fronteras secas, clausuró los aeropuertos y estableció un confinamiento total de la población con escasísimas excepciones.

A pesar de su aparente desproporción, estas medidas eran particularmente necesarias si tenemos en cuenta la realidad socioeconómica paraguaya, que muestra un país con mínima capacidad de respuesta para atender crisis sanitarias masivas y que cuenta con escasos recursos reservados para contingencias. Además, las tasas de desigualdad son tan elevadas en Paraguay —debidas precisamente en gran medida a las nefastas políticas socioeconómicas del Partido Colorado a lo largo de las últimas siete décadas— que la incidencia social y económica de esta crisis sería también, y por desgracia, terriblemente desigual.

No obstante, Paraguay ha tenido la fortuna de encontrarse en esta crisis con Guillermo Sequera al frente de la Dirección General de Vigilancia de la Salud; nunca un 23 de agosto fue tan importante para el Paraguay como en aquel de 2018, cuando Sequera fue designado para el cargo. Los mensajes y las decisiones de Sequera están salvando vidas —que es lo más importante—, pero están consiguiendo también algo fundamental para el futuro: introducir en la sociedad y en la política paraguaya un relato social de la defensa de lo común, de los valores solidarios y del reconocimiento de lo público, desde el ámbito de la emergencia sanitaria. Su labor al frente de una institución tan determinante y presionada en este momento fue encomiable desde el principio y, avanzando la crisis, ha mantenido siempre un perfil político que no olvida la realidad social de su país, con mensajes consecuentes con esta realidad.

En términos de prevención y rastreo del virus, Paraguay no sale mal parado: hasta el mes de julio, aparece entre los diez países de toda América que más pruebas de coronavirus han realizado por cada mil habitantes, y también mantiene buenas ratios de rastreo en sus brotes —la OMS recomienda realizar entre 10 y 30 pruebas por cada nuevo caso detectado, y en Paraguay realizan hasta la fecha más de 18 pruebas de media por cada contagio confirmado—.

Sin embargo, todo lo anterior no ha impedido que también se comentan errores: en las últimas semanas parecen haberse incrementado las quejas por una deficiente gestión de las rotaciones presenciales en los puestos laborales y por las insuficientes medidas de precaución entre los trabajadores, sobre todo en áreas urbanas y entre el sector servicios. Asimismo, al Gobierno paraguayo parece que se le puede achacar haberse doblegado, durante la fase de relajación de las medidas, ante la presión de grandes empresarios y multinacionales, dándoles un poder de decisión que no les corresponde en una democracia. El ritmo de la gestión sanitaria no puede ni debe dirigirse desde los despachos de un sector extremadamente enriquecido y privilegiado que nunca —o casi nunca— ha mostrado la menor preocupación por lo que le ocurre al común de la gente de su país.

La salida de la crisis sanitaria será complicada, pero la gestión de la crisis social y económica durante los próximos dos o tres años marcará de por vida a toda una generación de paraguayos y paraguayas

La salida de la crisis sanitaria será complicada, pero la gestión de la crisis social y económica durante los próximos dos o tres años —lo que le queda de mandato a Mario Abdo— marcará de por vida a toda una generación de paraguayos y paraguayas. Y lo hará, como la crisis económica de 2008 marcó a toda una generación de españoles y españolas, debido a una gestión que abrazó la austeridad impuesta desde Europa y desde los principales organismos económicos internacionales del capitalismo. La estrategia fue priorizar el rescate económico a los bancos y la ayuda a las grandes empresas, con un Gobierno español que se plegó ante aquellas medidas antisociales y que promovió y certificó el deterioro de las condiciones laborales en España, en lugar de proteger la mayor parte del tejido social y productivo del país, formado por los trabajadores —por cuenta propia o ajena— y por las pequeñas y medianas empresas.

Una salida social a la crisis

Resulta perentorio que todo el sector con valores progresistas de Paraguay entienda y asuma el relato de la defensa de lo común por encima de los intereses privados y particulares de cada actor político, social o económico, siendo fundamental que la izquierda paraguaya se organice en torno a esos relatos (que comparte en su amplia mayoría). La izquierda paraguaya tiene claros los ejemplos nocivos a escala global, están identificados los principales enemigos de lo público tanto en Paraguay como a nivel regional, y ahora lo que toca es trabajar por construir un espacio social y político basado en un programa socioeconómico coherente, decidido y progresista. Es urgente e importante cimentar un espacio fundamentado en la ideología de lo común, de lo social; la institucionalidad paraguaya adolece de un relato socialista de los problemas del país y de su sociedad, como el que en buena parte despliega Sequera desde su Dirección de Vigilancia de la Salud —él no es el único, ni mucho menos, pero constituye el más claro ejemplo de entre las personas con responsabilidades de gobierno el país—. Fuera de esta institucionalidad, ese espacio social y político progresista es más amplio, pero todavía no lo suficiente como para cambiar la dinámica general del relato popular.

Hace falta construir una propuesta común de respuesta a la crisis económica que viene, y tratar de hacerla también posible en el ámbito regional. Una respuesta social que articule las deficiencias y las posibilidades de Paraguay para encarar la situación sin dejar a nadie atrás. Ese debería ser el principio esencial de todas las fuerzas políticas, sociales y económicas, evitar que la crisis por la covid-19 se lleve por delante a los grupos sociales empobrecidos, desprotegidos, y a los que habitualmente no llegan adecuadamente los servicios básicos del Estado.

A su vez, organizaciones internacionales como el Mercosur y países que anteriormente ya se mostraron solidarios y responsables hacia Paraguay, como es el caso de España, deberían poner de su parte. Los gobiernos y las sociedades latinoamericanas han de recuperar el discurso social, perdido a lo largo de la última década en favor de los planteamientos neoliberales que, por enésima vez, han demostrado ser un desastre. El covid-19 ha hundido el relato neoliberal de la privatización, y ya nadie en su sano juicio defiende muchos de sus postulados clásicos, pero no podemos olvidar que la avaricia y el ansia de poder y de privilegio siguen ahí, y que regresarán a primer plano si la respuesta no es contundente, si la apuesta por lo público y por lo común no es la suficiente y necesaria.

Si no se reabre un espacio para el discurso de las izquierdas latinoamericanas, América Latina volverá a rezagarse con respecto a las comunidades regionales que sí lo hagan

¿Puede esta situación reabrir un espacio para el discurso de las izquierdas latinoamericanas? No es que pueda, es que si no lo hace, América Latina no habrá aprendido nada de esta situación, y volverá a rezagarse con respecto a las comunidades regionales que sí lo hagan. Las izquierdas latinoamericanas están en este momento interpeladas para ser generadoras de las principales respuestas a los problemas de sus sociedades. Los modelos políticos, sociales y económicos de la derecha —especialmente el neoliberal y el ultranacionalista— se han demostrado injustos (lo que les importaba bastante poco) pero además ineficaces (lo que se suponía que era su fortaleza). Mauricio Macri, en Argentina, puede ser el ejemplo paradigmático de este fenómeno tan problemático en América Latina, pero por desgracia no fue el único ejemplo que tuvimos en la región.

La derecha neoliberal —por desgracia en algunos casos combinada con el ultranacionalismo— proclama modelos que han generado más miseria, más desigualdad, más privilegios, más inequidad, mayor concentración de la riqueza, más inseguridad y más incertidumbres de las que heredaron de los sistemas de Estado de bienestar europeos desarrollados durante la segunda mitad del siglo XX, o de los modelos socioeconómicos de la Nueva Izquierda latinoamericana de comienzos de la presente centuria. El modelo de respuesta pasa ahora por la defensa de lo común, de lo que permite incrementar el bienestar general de la mayoría, e idealmente de todos. Y eso sin olvidar dejar el margen necesario de autocrítica y de evolución de ese modelo social, que no puede ser el mismo que el de hace 20 o 30 años. Primero, porque se deben corregir los principales errores (uno de los principales es la corrupción, que no es exclusiva de la izquierda pero que también la ha acompañado). Y segundo, porque tampoco se dan las mismas las condiciones tecnológicas, sociales, ni —evidentemente— la realidad sociosanitaria.

Problemas de toda una generación

A pesar de la emergencia y la crisis sociosanitaria global generada por el covid-19, no debemos perder de vista los principales retos que tenía por delante toda la sociedad internacional antes de aparecer la pandemia en nuestras vidas —aunque esta pueda acelerar ciertos objetivos, ralentizar otros, y generar algunos nuevos—. En según qué sectores y lugares, es muy probable que nos veamos apremiados a asumir un cierto decrecimiento contenido en varios aspectos, a fin de favorecer una transición hacia modelos de gestión basados en la conciencia biosférica (por utilizar el concepto de Jeremy Rifkin). Tenemos por delante una transición ecológica generalizada y una expansión del bienestar a regiones del mundo como América Latina, donde la equidad brilla por su ausencia en numerosos países; está pendiente también la creación de sistemas generales o globales de organización que, fundamentados en la preexistencia de soberanías y en el respeto de las culturas y de las diferencias regionales, permitan ponernos de acuerdo —con determinación y celeridad— en los puntos clave de asistencia sanitaria, social y económica en torno a los cuales ya existen amplios consensos, pero sobre los que poco se ha materializado hasta la fecha.

Con todo, creo que debemos ser justos también en reconocer que si una confederación de estados como la Unión Europea, con las décadas de integración política, económica y social que lleva a sus espaldas, no ha sido capaz de consensuar una respuesta rápida y decidida a la crisis socioeconómica del covid-19 en su territorio, reclamar eso mismo al Mercosur o a otros organismos latinoamericanos parece poco razonable... No afirmo que no les sea exigible, sino que no debemos pasar por alto que la experiencia reciente muestra su extrema complejidad.

Ojalá las sociedades, los gobiernos y los organismos regionales latinoamericanos den una lección histórica de cómo gestionar integralmente un problema compartido. En este sentido, el actual Brasil es un obstáculo más que una solución, pero dependerá también del resto de actores implicados —políticos, sociales y económicos— encontrar la manera de gestionar el consenso —a pesar de la enajenación de uno de los principales protagonistas—. Es claro que la expansión del coronavirus en Brasil está resultando sumamente peligrosa también para los países del entorno —y particularmente para el Paraguay, que tiene fronteras muy permeables con Brasil y masivamente transitadas en contextos de normalidad—. La actitud de Bolsonaro —apoyado por millones de brasileños cegados por la arrogancia autoritaria de este militar retirado— está siendo nociva no solo para toda la población brasileña, sino también para toda la región. El crédito regional acumulado recientemente por Brasil, principalmente gracias a Lula da Silva —también por Dilma Rousseff—, lleva varios años despilfarrándose, pero Jair Bolsonaro lo ha terminado por agotar. Por desgracia, Brasil tardará décadas en recuperar lo que ha perdido: la confianza y el cariño de sus socios y vecinos.

América Latina tiene además otro problema emergente, que creíamos olvidado: a todo lo anteriormente dicho sobre la gestión social de la pandemia es urgente añadir una reducción simultánea del nivel de intervención del Ejército en la sociedad y en la política latinoamericanas. Esta es una cuestión importante. En una acertadísima tribuna titulada Latinoamérica: Desigualdad e involución (El País, 11.12.2019), el historiador y catedrático español Álvaro Soto Carmona hacía referencia precisamente a esta preocupante deriva de militarización de la política en la región; sin duda, convendría que esos niveles de intervencionismo se redujeran drásticamente a lo largo de la próxima década.

Ante la pandemia, la izquierda latinoamericana —y en particular la paraguaya— haría bien en regenerar y madurar sus propuestas, sus modelos y sus consensos —e insistir también en sus aciertos—, para ampliar sus bases sociales y extender un relato social de esta catástrofe que nos permita, a todos y a todas, avanzar en los objetivos comunes de la solidaridad, la equidad y la sostenibilidad global. Pero también es preciso aprender de los errores, conocer las nuevas situaciones y ser capaces de generar amplios consensos políticos (progresistas) y sociales (interclasistas e interculturales) para proteger y ampliar el alcance de lo común y evitar que una parte de sus sociedades, de sus pueblos, se quede atrás, reforzando tanto como sea posible no ya las arquitecturas institucionales de la democracia, sino los mismos valores democráticos de la sociedad y los impulsos contrarios a la escalada de la militarización de la política.

Paraguay, con sus enormes dificultades, no debe parapetarse en su “isla”, sino que tiene que alzar su voz en la región y enarbolar los valores de la equidad social

En América Latina, como en Europa, es necesario fortalecer la integración afectiva nacional e internacional que, frente a la diversidad y multiplicidad de identidades, ofrezca una solución de continuidad a las diferentes respuestas y medidas ante la crisis que va a traer aparejadas la propagación del coronavirus. Una apuesta decidida por lo social, por lo común, por lo público; una apuesta, en definitiva, por todos nosotros y por todas nosotras. Paraguay, con sus enormes dificultades, no debe parapetarse en su “isla”, sino que tiene que alzar su voz en la región y enarbolar los valores de la equidad social, de la solidaridad entre los pueblos y de la integración afectiva regional por encima de los enormes problemas que está causando la pandemia.

Por desgracia —y ojalá me equivoque—, el virus penetrará más aún en Paraguay; de hecho, ya lo está haciendo. Por supuesto, para hacerle frente a la pandemia será fundamental una respuesta sanitaria nacional adecuada, decidida y coordinada con los países del entorno. Pero sin una reflexión global y un relato social y progresista del problema, no habremos aprendido nada cuando la tormenta amaine. Y no conviene olvidar que en Paraguay llueve muy a menudo y, cuando llueve, llueve mucho.

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