El hospital de fauna salvaje que cautiva a miles de niños cada año

Situado en el Monte del Pilar de Majadahonda, el hospital de fauna salvaje de la asociación Grefa desarrolla varios proyectos para detener la extinción de algunas especies de aves y mantiene una actividad educativa y pedagógica al margen de los escasos planes de la Comunidad de Madrid para la protección medioambiental.

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Una de las aves cuidadas por el hospital de fauna salvaje de la asociación Grefa, en Monte del Pilar de Majadahonda. Álvaro Minguito

publicado
2017-07-19 10:44:00

Una docena de chiquillos y chiquillas de unos once años están soltando con sus propias manos crías de aviones –un pájaro similar al vencejo y la golondrina–. Se ríen y se asustan cuando uno de los aviones choca, desorientado en su primer vuelo, contra una de las niñas. No es un parque de atracciones, pero cada año pasan por este lugar 11.000 niños.

El aumento del interés y la sensibilización por la naturaleza y el medioambiente ha hecho del Hospital de Fauna Salvaje de Majadahonda gestionado por Grefa (las siglas del Grupo de rehabilitación de la fauna autóctona y su hábitat) un espacio singular en el circuito educativo y de los campamentos de verano de la Comunidad de Madrid. En este lugar, niños y niñas pueden ver trabajar a veterinarios voluntarios, conocer algunas de las especies en peligro –y las estrategias para mejorar sus posibilidades de sobrevivir– y entender los peligros que el cambio climático acarreará sobre las especies de fauna salvaje.
Más de 20 personas trabajan para Grefa, la mayor parte en el centro de Majadahonda y otras sobre el terreno, en alguno de los distintos proyectos que esta asociación fundada en 1981 mantiene en Castilla y León, Pirineos, Galicia o las Baleares. Más de 300 personas pasan por allí como voluntarios cada año, especialmente estudiantes de veterinaria. El centro atiende a más de 5.000 animales cada año. En el Estado hay otros proyectos como Amus, en Extremadura o Trenca en Catalunya que se basan en principios similares: el voluntariado y la formación como medio de ayudar a las especies y aumentar las posibilidades de reversión de procesos de extinción. Procesos que vienen de largo pero que en las últimas décadas han crecido al ritmo de la sociedad de consumo.

Y funciona. Grefa ha recibido premios, la asociación y sus investigadores son invitados a simposios y conferencias internacionales, y el presupuesto anual alcanza el millón de euros, pese al desinterés que la Comunidad de Madrid muestra hacia el trabajo hecho por la asociación.

Los proyectos a vista de pájaro

Uno de sus emblemas –y el proyecto con el que echó a rodar la asociación– es la estrategia para detener el riesgo de extinción del Águila Imperial ibérica, afectada principalmente por los tendidos eléctricos. Juan Pablo Díaz, informático, entró en la asociación por amor a la fauna, y explica a este periódico los detalles de la cría de otras aves: el buitre Leonado, que a partir de la primera década del siglo ha conseguido ser uno de los pocos grandes vertebrados en salir de las listas rojas de especies amenazadas gracias a trabajos de cría y reintroducción como el que se ha hecho en Grefa, o los cernícalos primilla, la rapaz más pequeña de Europa, para los que se han instalado torres en distintas provincias que ayudarán a detener su rápido declive como especie, que comenzó con la expansión de los insecticidas con DDT.

El año pasado, el buitre negro, una especie característica de la península –esquilmado por la introducción de veneno en pequeñas piezas de carne, como conejos o extremidades de oveja– se reintrodujo después de 60 años en la Sierra de la Demanda. En septiembre, otros 15 ejemplares volverán a surcar los cielos tras su paso por una de las jaulas de aclimatación que el centro dispone en distintos puntos de España.

Hace 50 años se realizó el primer censo del Águila imperial ibérica, una de las llamadas “especies bandera” a través de la que se empezó a abordar la problemática de la escasa atención a la naturaleza, cuando no salvaje intervención en ella, practicada en España hasta fechas muy recientes. La protección legal del ave, que había comenzado un año antes, en 1966, consiguió revertir un proceso que dirigía al Águila Imperial a la extinción. Hoy, una serie de programas coordinados han permitido que el censo pase de 150 a 600 parejas en toda la península.

Otras especies, sin embargo, no corren la misma suerte, nos dice Fernando Garcés, secretario general de Grefa, que insiste en el peligro de los tendidos eléctricos y en la necesidad de que las instituciones atiendan a la alarma pulsada por la Plataforma SOS Tendidos Eléctricos, que arrancó en 2016. Cientos de miles de aves mueren cada año contra estos cableados. En 15 años, 150 ibéricas han muerto por este motivo. Son las más populares pero no son las únicas que chocan contra los postes, las águilas perdiceras, culebreras o bonelli, los buitres o el Milano Real. Las asociaciones incluidas en SOS tendidos reclaman a las instituciones soluciones y a las grandes eléctricas responsabilidades por la que es la primera causa de muerte de las aves, seguida de lejos por los venenos y los disparos de los cazadores.

El lento caminar hacia el respeto de la fauna

Para Garcés, el problema de fondo es una “tradición de falta de ética hacia la naturaleza” presente en España. El secretario general de Grefa recuerda que durante mucho tiempo y hasta entrados los años 80 se premiaba a quienes presentaban “trofeos” atrapados o cazados en contra del mínimo respeto al ecosistema. Hoy los problemas son distintos pero también acuciantes: las infraestructuras por lo que suponen de barreras a las especies, el cambio climático y la propagación de incendios relacionada con el aumento de las temperaturas, o el impacto de las especies introducidas de la mano del ser humano y su impacto sobre las razas autóctonas. Pero, poco a poco, se ha extendido una mayor sensibilización, que en Grefa se ha hecho notar en forma de donaciones y especialmente por la atención puesta en la fauna de gran parte de la población.


Hoy, muchos de los animales que llegan a este centro de Majadahonda vienen en cajas de cartón de la mano de personas preocupadas. Pese a que el combo de desconocimiento y exceso de celo tiene consecuencias indeseables, como la separación de crías de corzo por sus madres –debido a que éstas dejan encamadas por el día a los corcinos y se reagrupan por las noches– la mayor receptividad de la sociedad es una gran noticia para Garcés. No ocurre lo mismo con las instituciones. Aunque el Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente es receptivo al trabajo de Grefa y sigue financiando algunos proyectos, con la Comunidad de Madrid la situación es exactamente la contraria. En 2013, la Comunidad cortó el flujo de subvenciones nominativas, y hoy el Gobierno de Cifuentes sigue sin aportar fondos para el hospital. Garcés resume: “con la fauna hay que definir estrategias” a diez años vista, algo que, a su juicio, no han hecho los Gobiernos de Esperanza Aguirre, Ignacio González y Cristina Cifuentes. Madrid, recuerda, es la única comunidad que carece de planes para la recuperación de especies amenazadas.

Pese a los desencuentros y las dificultades, los trabajadores de Grefa no cejan en su empeño. El periodo entre abril y agosto es el más intenso, ya que se culminan los procesos de reintroducción de especies. Este año se está reformando el laboratorio para la investigación de enfermedades y patologías, y prosiguen los trabajos habituales de formación y pedagogía, investigación y necropsia, rescate, cría y rehabilitación. La fauna salvaje no es un juego, pero el entusiasmo que despierta se contagia a todas en este hospital de Majadahonda.

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