Opinión
Frente a la violencia machista es hora de tomar las calles
Militante de Itaia.
Este mes de julio se han cumplido diez años de la violación grupal de San Fermín. Una década desde que cinco hombres, entre ellos un guardia civil y un militar, violaron a una joven de 18 años en Iruñea. Aquel brutal episodio no solo evidenció el carácter clasista y machista del sistema judicial y la impunidad de los agresores, sino la masiva implicación y contundencia con la que se respondió en las calles. Miles de personas se movilizaron para denunciar la manera en la que se trató el caso – desde la primera sentencia judicial hasta la cobertura de los medios de comunicación– que puso el foco sobre la mujer agredida y desvió la atención de los agresores. Estas movilizaciones situaron en el centro la violencia machista que sufrimos las mujeres y promovieron una mayor conciencia contra el machismo.
La respuesta multitudinaria que se produjo no surgió de la nada. Fue el resultado de una cadena de acontecimientos enmarcados en un ciclo de movilizaciones –también a escala internacional, como Ni Una Menos, Me Too, las huelgas feministas y otras tantas luchas. Desde entonces, las leyes han cambiado, nuevos debates se han puesto sobre la mesa y se han realizado amplias movilizaciones.
Pero la violencia machista y su respuesta reaccionaria siguen más presentes que nunca. Las agresiones machistas por parte de parejas, familiares, jefes o propietarios forman parte de la realidad cotidiana; resulta estremecedor que las llamadas al 016 se duplicaron tras la reciente final del Mundial masculino de fútbol. El acoso y las violaciones durante las fiestas siguen siendo una constante y, como expresión más extrema de esta violencia, los asesinatos machistas no dejan de aumentar: en julio tres mujeres han sido asesinadas en España en menos de 24 horas. Todo esto ocurre, además, en un contexto en el que el auge de ideas reaccionarias y machistas está normalizado y legitimando la violencia y discursos contra las mujeres.
Diez años después, el impulso generado por aquellas movilizaciones parece haberse diluido. La conciencia social contra el machismo ha menguado y la necesidad social de responder a las agresiones se ha desplazado a una apatía y normalización de la violencia. Ante este repliegue, la pregunta es inevitable: ¿qué ha pasado con la combatividad y potencia social de aquellos años?
Es innegable que la lucha por los derechos de las mujeres se ha institucionalizado. Varios sectores dentro del feminismo han canalizado sus luchas y reivindicaciones en las instituciones capitalistas y en los programas de los partidos de izquierdas que actúan en ellas, apostando por leyes y reformas feministas que, nos prometían, traerían por fin la igualdad real.
En este punto, merece la pena detenerse en la Ley del Solo sí es sí, una de las principales apuestas presentada como un antes y un después en materia de violencia sexual. Y es que la ley no solo quedó marcada por la rebaja de penas a agresores, como ocurrió en el caso de los miembros de La Manada, tampoco ha trastocado el carácter machista y clasista de las instituciones del Estado encargadas de abordar la violencia machista.
El sistema parlamentario burgués no tiene ni la capacidad ni la voluntad real de acabar con la opresión de las mujeres trabajadoras
El sistema judicial sigue poniendo en tela de juicio la palabra de las mujeres y muchas denuncias continúan siendo desestimadas; la experiencia de quienes denuncian continúa siendo tan revictimizante que el 100% de las mujeres que han sufrido una violación asegura que no volvería a hacerlo. A ello se le suma el deterioro de unos servicios de atención y apoyo mermados por los recortes, y el cuerpo policial, que lejos de garantizar ninguna seguridad, nos agrede sistemáticamente bajo protección del Estado.
Si algo nos demuestra la realidad capitalista día tras día es que no se puede acabar con la opresión de las mujeres trabajadoras dentro de sus límites. El sistema parlamentario burgués no tiene ni la capacidad ni la voluntad real de resolver esta cuestión. Más allá de gestos simbólicos, hacer frente al machismo no es una prioridad programática de los partidos políticos, que se limitan a gestionar la miseria y la violencia, en lugar de combatirlas.
El fortalecimiento de la política institucional en detrimento del modelo militante y tejido organizativo, ha tenido dos consecuencias principales. Por un lado, el abandono de la perspectiva revolucionaria y de clase para hacer frente a la opresión de las mujeres de manera integral y, por otro lado, el vaciamiento de las calles, la desmovilización. Es decir que no ha servido para ganar posiciones frente al machismo, ni para fortalecer la organización revolucionaria entre las mujeres trabajadoras. Esto no es una cuestión menor; para cualquier movimiento que aspire a acabar con la opresión que sufrimos las mujeres, reforzar la organización es una condición imprescindible para multiplicar su capacidad de lucha.
Es hora de tomar las calles como hace diez años para combatir los discursos reaccionarios, señalar la impunidad de los agresores, defender a las mujeres agredidas y responder ante cualquier agresión
Hoy, esta tarea resulta más urgente que nunca. El recrudecimiento de la violencia machista y la extrema brutalidad de muchos de los asesinatos machistas que seguimos conociendo día a día ponen de manifiesto la necesidad de expandir una conciencia en contra del machismo, y de articularla bajo una fuerza política y social orientada a construir una sociedad sin opresión ni explotación de clase. Al igual que se hizo hace diez años, es hora de tomar las calles contra la violencia machista: combatiendo los discursos reaccionarios en contra de las mujeres, señalando la impunidad de los agresores, defendiendo a las mujeres agredidas y respondiendo con firmeza y contundencia ante cualquier agresión.
En ese camino, seguiremos trabajando día a día para posicionar cada vez a más gente en contra del machismo, para frenar el auge de ideas fascistas y machistas en nuestros barrios y pueblos. Es hora de tomar las calles.
Violencia machista
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Agresiones sexuales
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