Pepo Márquez: “Lo próximo que veremos en un festival de música será una oficina de reclutamiento del ejército”

Muy crítico con la deriva de los festivales de música, Pepo Márquez firma un manifiesto que enumera sus males y propone soluciones. En marzo se embarca en una gira autogestionada, sin precios dinámicos ni patrocinio de bancos, para explorar si aún es posible una industria musical diferente.
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David F. Sabadell El músico y activista Pepo Márquez, autor de ‘Antineutral’ (Liburuak, 2025).

Si vemos el vaso medio lleno, se puede afirmar que 13 palabras cambiaron todo en la cultura en 2025: “El fondo proisraelí KKR se hace con los grandes festivales españoles de música”. Fue el titular de un artículo publicado el 13 de mayo en El Salto que informaba sobre cómo, tras invertir en firmas israelíes de ciberseguridad, aportar capital para centros de datos y poseer la propiedad mayoritaria del conglomerado mediático que ofrece viviendas en territorios palestinos, el fondo de inversión Kohlberg Kravis Roberts, más conocido por las siglas KKR, se convirtió en 2024 en uno de los principales proveedores de ocio y espectáculos musicales a nivel mundial al adquirir Superstruct Entertainment, una empresa propietaria de unos 80 festivales de música. En España, la red de festivales bajo su control incluye eventos como Sónar, Brunch Electronik, Elrow Ibiza Amnesia, Elrow Town, Monegros, Arenal Sound, Viña Rock, FIB, Interestelar, Granada Sound, Festival de Les Arts, I Love Reggaeton, Love The Twenties, Love The 90s, Madrid Salvaje, Brava Madrid, Resurrection Fest, O Son do Camiño, Morriña Fest, Tsunami Xixón, Sonórica Festival y Caudal Fest. Además del capital procedente del fondo y de diversos patrocinadores, gran parte de la financiación de estos festivales sale de los presupuestos públicos. 

La publicación provocó inmediatamente una ola de reacciones. Apenas un día después, varios grupos y solistas anunciaron su salida del cartel de esos festivales dada la situación en Palestina, donde las Fuerzas Armadas de Israel han matado a más de 70.000 personas desde octubre de 2023. Otros manifestaron que lo estaban discutiendo porque renunciar a un contrato con uno de estos eventos no es fácil. Y muchos callaron. 

Al conocer la noticia, el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, aseguró que KKR “no es bienvenido en la cultura española” y señaló que, desde hace muchos años, se está trabajando para que “todas aquellas empresas que tienen actividad económica en los asentamientos ilegales en Palestina no puedan tener una actividad normalizada dentro del mercado único de la Unión Europea”.

El goteo de cancelaciones y músicos que se bajaron de los festivales no paró durante el verano. Tal vez las renuncias más sonadas fueron las de Residente y Judeline en el FIB o el anuncio de la banda Love of Lesbian de que no volverá a actuar en festivales pertenecientes a KKR. El 10 de octubre, los tres directores fundadores del Sónar anunciaron su adiós tras la retirada de una treintena de los artistas programados en su cartel. Este festival fue el único que ofreció la posibilidad de devolución por motivos éticos de las entradas compradas con antelación. El resto respondieron con desconcierto, mostrando preocupación por la repercusión sobre su marca y una manifiesta incomprensión ante lo que estaba sucediendo. Algunos emitieron comunicados en los que intentaban desmarcarse de KKR afirmando que estaban en contra de la violencia en Palestina y que el fondo de inversión no les imponía nada en su día a día.

Si vemos el vaso medio vacío, la tormenta pasó sin afectar gravemente las estructuras de estas empresas o sus cuentas de resultados, tampoco modificó sustancialmente la relación con la audiencia. Según los departamentos de comunicación de algunos festivales, afanados en achicar agua, este verano anómalo no les perjudicó y varios aseguraron haber celebrado en 2025 sus ediciones más exitosas, con la mayor asistencia de público. Pase lo que pase, el espectáculo debe continuar.

Toda esta movida no pilló por sorpresa al músico y activista Pepo Márquez (Madrid, 1978), pero sí alimentó su enfado y sus ganas de escribir. El resultado, pocos meses después, fue Antineutral (Liburuak, 2025), un incendiario texto que recupera la noción de los productos culturales como escenarios donde suceden conflictos simbólicos que tienen repercusiones muy materiales. En sus páginas denuncia los “efectos devastadores” para toda la cadena de valor que ha provocado la financiarización de la música en directo, especialmente los macrofestivales y conciertos de grandes audiencias. La conversión del arte en objeto de inversiones a escala multimillonaria ha ocasionado transformaciones que Márquez revisa bajo la lupa de los “marcos morales” en los que se desarrollan la producción y el consumo cultural en la actualidad. Para ello utiliza el concepto de economía moral, presentado por E. P. Thompson en un artículo de 1971, porque “permite pensar la cultura como un espacio donde las decisiones económicas deben ser juzgadas también desde criterios éticos, simbólicos y comunitarios”, y menciona a intelectuales del siglo pasado —Pierre Bourdieu, Stuart Hall, Raymond Williams— y contemporáneos —Sara Ahmed, Nancy Fraser, Naomi Klein— como las guías que ha seguido. 

Márquez justifica ese enfoque afirmando que la aplicación de la economía moral no es un gesto nostálgico sino una posibilidad de resistencia y una reimaginación del futuro. Para el autor, residente en Hamburgo desde 2022, analizar la cultura desde esa perspectiva, “y no solo desde una lógica de mercado”, implica aceptar que “cada manifestación simbólica responde a condiciones materiales concretas y, en muchos casos, que participa de forma activa en la reproducción o en la crítica del orden establecido”.

Desde bien joven, Márquez se ha movido en las dos orillas del negocio de la música. Bajo la lógica del hazlo tú mismo escribió fanzines, organizó conciertos, montó sellos discográficos y tocó en grupos como el trío Garzón, hasta que el juez les amenazó y cambiaron el nombre a Grande-Marlaska, M A J E S T A D, Buena Esperanza o The Secret Society, su proyecto más personal y duradero con el que dará 13 conciertos en España en marzo para presentar su nuevo lanzamiento, el minidisco Contra toda autoridad. Pero también ha trabajado en nómina de las grandes multinacionales de la industria, macrofestivales y plataformas de streaming. Se puede decir que conoce el percal del derecho y del revés. En las páginas finales de Antineutral entona un doloroso mea culpa por haber participado hasta el tuétano en el desarrollo de un ecosistema cuyo funcionamiento hoy le resulta inadmisible.

Recientemente hemos escuchado al director Wim Wenders, presidente del jurado de la Berlinale, decir que el cine ha de mantenerse fuera de la política al ser preguntado por el doble rasero que el festival ha mantenido con respecto a Ucrania y Palestina. Es una declaración muy llamativa y que resume buena parte de lo que cuentas en Antineutral. ¿Crees que esa posición es una excusa para no hablar de un tema que puede ser controvertido o realmente hay una parte de la cultura donde se piensa eso?
Si te das cuenta, todos los discursos que abogan por una falsa neutralidad, porque decir que el cine debe estar fuera de la política es más política que cualquier otra cosa, hay que leerlos en otra frecuencia. Creo que Wenders no habla por él, habla por quien pone el dinero para la Berlinale. En Alemania, y esto lo sé de primera mano, desde el 7 de octubre de 2023 no ha habido un discurso disidente al discurso hegemónico de “estamos con el pueblo judío”. Hay una cosa que se llama la german guilt, la culpa alemana, que no se la han podido quitar de encima. Y ellos creen que, como sociedad, tienen que seguir pagando los pecados por el Holocausto, aunque tengan delante una injusticia cometida en nombre del sionismo. Creo que esa es la lectura que yo haría, que es fijarse en quién dice que hay que mantenerse fuera, que son quienes están tutelados. Wenders claramente, ya que la Berlinale no es él, hay un montón de intereses económicos ahí dentro. Y los artistas más grandes, que pierden cuota de mercado cada vez que se meten en política. Porque para ellos el mero hecho del acto cultural, o la música, es una empresa, y están viendo y velando por los intereses de esa empresa. Hay gente como Kid Rock, que es de derechas, o como el de Disturbed, que va a Tel Aviv a firmar bombas que luego se tiran en Gaza. Hay gente así. Tenemos que convivir con eso.

Por eso, antes de pensar que a la gente le ha dado un ictus y que tiene que ir directamente a urgencias, yo pienso “bueno, estos están respondiendo a unos intereses que son explícitos” y que, además, antes de salir a decir eso, Wenders ha debido de tener más de una reunión con la gente que manda en la Berlinale y le habrán preguntado si quiere mantener su puesto de curro. ¿Sí? Pues este es el discurso oficial, no te puedes salir de aquí. Y Wenders tiene setenta y pico años y probablemente le sude la polla ya el tema porque es así, es un tío que todo lo que tenía que decir ya lo ha dicho.

Entonces, creo que desde esta parte de la izquierda no debemos gastar demasiada energía en combatir un relato que no se sostiene. O, por lo menos, pongamos la energía en decir “chicos, que quien está hablando es esta gente”. Es que Los Verdes pusieron en su edificio la bandera más grande de Israel de toda Alemania. Claro, para alguien que viene como yo, con una educación política que tiene otros códigos, cuando vi eso dije “no me estoy enterando de nada”. ¿Pero no sois vosotros los de no más nucleares y toda la movida, pero qué es esto? El Sankt Pauli, el equipo de fútbol de Hamburgo, ha perdido a todas las peñas internacionales y no ha hecho ni un solo gesto por acercarse a la causa palestina. Muy al contrario. Entonces, claro, hay que entenderlo en esa clave. Y si la gente no lo entiende en esa clave y quiere entrar a todos los debates y a todos los barros, yo no voy a entrar. La cosa es que solo hay que dejarles hablar, se desautorizan.

En el otro extremo de esa relación entre cultura y política tenemos a Pablo Hasél, que acaba de cumplir cinco años en prisión.
Lo de Pablo Hasél debería darnos vergüenza a todos, tanto a los que quieren verle en prisión como a los que no queremos verle en prisión. Bueno, claramente es un mensaje. Le ha tocado a él. Y es un mensaje que manda el poder en la sombra de este país. Porque a veces nos flipamos mucho pensando que podemos derrocar a un gobierno con cuatro tuits. Pero cuando tú aprietas o cuando tú pisas el dedo equivocado, y además eres pobre, porque el problema de Pablo Hasél es que es un comunista pobre y lamentablemente no debe de tener muchos contactos para que le saquen de la cárcel… Y, además, él se ha armado de valor y en lugar de decir “oye, mira, perdón por esto” ha dicho “ah, ¿cuánto me como, seis? Pues que sean siete”. Entonces, claro, es un poco la tormenta perfecta. Ojo, no le culpo a Pablo, pero claramente quien siga creyendo en la justicia en este país y en cualquiera, pues tiene un problema claro de miopía.

Al público hay que plantearle que hay otra manera de divertirse, que no es obligatorio ir a estos sitios. Los festivales cambiarán cuando deje de ir público. Es la única manera

Venimos de un verano muy agitado en los festivales de música, como documentas en el libro, por el terremoto que ha causado saber que muchos de ellos pertenecen a un fondo de inversión que se lucra con negocios en los territorios palestinos ocupados ilegalmente por Israel. ¿Qué intuyes que va a pasar este año con los festivales de música?
Yo creo que lo de los festivales es una trampa. Y creo que ya está armado el discurso, tanto por un lado como por el otro. Y juegan la misma dinámica de victimismo de siempre de los festivales. Son una empresa y van a seguir adelante porque dan mucho dinero, sobre todo precisamente los que han sido comprados por Superstruct, que los compró no porque tengan una directiva blandita, sino porque dan mucho dinero. ¿Por qué no han comprado los festivales pequeños? Porque no dan dinero. Entonces, como estos fondos de inversión funcionan un poco como el algoritmo en redes sociales, no saben el contenido, simplemente ven unos y ceros, simplemente ven cifras y dicen “este sí, este no”, ahí no va a cambiar nada. Y van a demostrar que el 95% de los artistas de este país y de cualquier otro son reemplazables. Quitas a uno y pones a otro y a la peña no le importa mucho al final del día. Hombre, si anuncias a Iron Maiden y van Saratoga, pues al final se te quejarán. Pero si más o menos vas cambiando peón por peón la gente no se queja. Nada cambiará hasta que el público no cambie. Al final, los artistas están en una trampa, tanto si miras a un lado de la calle como al otro, porque hay muchos artistas que necesitan esos festivales para su propia subsistencia y yo veo muy legítimo que digan “bueno, señores, yo no estoy de acuerdo con esto, pero es que tampoco estoy de acuerdo con que maten a niños en Sierra Leona para que yo tenga un iPhone, entonces pues voy con todo”. Entonces, como vivimos en el propio sistema turbocapitalista, que está basado en un crimen tras crimen tras crimen… O sea, que hemos venido aquí en un coche… Bueno, lo que ocurre es que sí que creo que hay que afinar un poco el ecualizador de hasta dónde estamos dispuestos, como artistas, a transigir. Para mí, ser contestatario es baratísimo porque a mí no me llaman de ningún festival. Entonces mi discurso tiene que ir dirigido al público, y al público hay que plantearle que hay otra manera de divertirse, que no es obligatorio ir a estos sitios. Los festivales cambiarán cuando deje de ir público. Es la única manera. 

¿Apuntas entonces a la responsabilidad del público?
Sí, sí. El cambio de paradigma viene por el consumo. Creo que mirar hacia otro lado, o sea, mirar hacia la política, da igual porque, de hecho, está demostrado. O sea, cuando tú le das 400 pavos de un bono cultural a un chaval de 18 años, no se lo gasta en libros… Yo soy idealista, pero lo que no soy es gilipollas. Es a través del consumo por donde viene el cambio. Y está demostrado. O sea, cómo se hunde una empresa cuando dejas... Mira el problema que está teniendo Tesla. Y creo que es un ejemplo que viene muy al caso. Entonces, y además en el libro lo dejo muy claro, yo no pongo el peso de la carga de la prueba en los artistas ni en las artistas. A mí eso me parecería injusto y muy facilón también. Yo he tenido discusiones con amigas y con amigos también artistas que se dedicaban día tras día a hacer un señalamiento en Twitter de “tú mucho tal, pero bien que participas aquí”. Les decía “frenad un poco, macho, que aquí nadie ha venido a pasar la prueba del algodón a nadie, tío”.

Esto también me pareció interesante en una parte del libro, cuando hablas de la resistencia moral frente al virtue signaling [postureo ético, alardear de virtudes propias en redes sociales], que es un rasgo muy de esta época.
Claro, claro. Nada de lo que estamos hablando se entiende sin la revolución tecnológica de las redes sociales. Esta revolución tecnológica nos ha llevado a tener mucha menos memoria de la que solíamos tener. La sensación colectiva y la sensación de equipo hay que hacerla, y los equipos no son perfectos y a veces tienes que decir “deja de señalar la movida y vamos a hablarle al público”. A la gente hay que decirle que no vaya. Hay 1.200 festivales en España, tío, dejad de ir a estos 88.

¿Crees las cifras de asistencia que los festivales dieron el año pasado?
No, hombre, no. Yo he sido director de comunicación de un festival y las cifras nos las inventábamos. Qué casualidad que el Sónar anuncia que ha sido el mejor año de asistencia de toda su historia y los tres directivos que fundaron el Sónar acto seguido se van. No nos tratéis como idiotas, sobre todo es que cómo me las voy a creer si son cifras que no se auditan y que nadie puede comprobar.

Son cifras para que una agencia las difunda y salga el titular en todos los medios. 
Estas cifras de asistencia nunca le han hablado a los periódicos ni a las noticias. Les han hablado a los patrocinadores. “Tranquilos que no ha pasado nada. Hemos tenido 800.000 millones de impactos”. Y las agencias de marketing de turno les dicen a sus marcas representadas “Buah, ha ido como un tiro”. Y ahí nadie observa nada ni dice nada a nadie. Es una gran mentira, lo del marketing digital es una pantomima.

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Pepo Márquez, orgulloso miembro de una sociedad secreta. David F. Sabadell

Volviendo al tema de la responsabilidad del público, hay una frase en el libro que es una frase dura: “Cuando se paga una suscripción a Spotify se está respaldando una poderosa inversión en hardware bélico”. Es también parte de este rasgo de época, cuando parece más relevante lo que se dice que lo que se hace, pero yo no sé hasta qué punto eso de culpar al público por algo así es efectivo.
Bueno, esto es una autocrítica. Creo que la autocrítica, queriendo formar parte de un colectivo, es la única manera que hay de hacerlo. Y sí, es una frase que además está hiperbolizada porque sí, no le estás metiendo el dinero en el bolsillo a la industria armamentística. Pero es que existe un gap tan gigantesco entre lo que yo digo y lo que piensa el consumidor medio de Spotify que como no le saques de ahí con una frase que sea un poco un golpe, no le sacas nunca. A mi hermana melliza, que está igual de formada que yo, le importan tres pepinos a dónde vayan los 12 pavos o los 15, que no sé cuánto es, de Spotify, pero si yo le digo que hay alternativas y esto de Spotify empieza a ser un poco oscuro, a lo mejor me escucha.

En apenas 25 años, algunas iniciativas surgidas como opciones de ocio al margen, para disfrutar de la música y de un cierto sentido de comunidad, han desarrollado un fuerte músculo empresarial y adquirido experiencia para convertirse en gigantes que asfixian el circuito musical de la ciudad en la que se instalan, chantajean a los gobiernos municipales y autonómicos para que les inyecten cada vez más fondos públicos, no se preocupan por la comodidad de sus clientes y no generan un público interesado por la música sino uno adepto a los festivales. Por si fuera poco, desde hace unos años pertenecen a fondos de inversión. ¿Dirías que en estos grandes festivales se encuentran algunas de las cosas que hacen del mundo un lugar peor?
A mí, con la información que tengo y manejo, decir que no pasa nada con los festivales me resultaría inaceptable. Que se hayan convertido en maquinarias extractivas, que es lo que son, además de generadores de una riqueza que nunca queda en el sitio, que tienen una línea directa con el músculo financiero internacional, que es en la mayoría de los casos problemático, me parece que si no hacen del mundo un lugar peor, que creo que eso es también una manera hiperbólica de decir “eh, piensa en esto”, sí, desde luego, necesitan una relectura y, sobre todo, necesitamos encontrar alternativas, que las hay. Y, también te digo, nadie se ha muerto por no ir a un festival. Entonces que el ocio pase por ahí no significa que no haya alternativas a ese ocio. Yo no deseo que le vaya mal a nadie que trabaje en un festival porque conozco a mucha gente que trabaja en un festival. Ahora bien, si tú preguntas a gente que ha ido a un festival en los últimos diez años y le dices “no me cuentes el momento álgido, cuéntame todas las incomodidades que has sufrido”. A la tercera yo ya hubiera desistido. Son sitios incómodos, cada vez más incómodos, donde el público se maltrata. Las fotos que yo vi del Mad Cool de hace un par de años o tres, yo no daba crédito. 

Deberían entrar las asociaciones de consumidores.
Que entre la política, que se está maltratando a decenas de miles de personas, qué coño es esto. Que yo te estoy cediendo el puto sitio gratis. 

¿Se puede revertir este modelo de ocio?
Revertir me parece una palabra chunga, porque de repente lo que estoy viendo es que en sitios de España están revirtiendo los carriles bici. Llega Vox a un gobierno local y de repente quitan los carriles bici. Esto me cuesta mucho explicarlo en Alemania, lo tengo que hacer con fotos.

Yo no busco revertir, yo busco redirigir o crear de cero una cosa nueva. Es que a lo mejor el margen de beneficio no puede ser tanto. No puedes tener un 80% de beneficio, te quedas con un 50%. Es que a lo mejor no se tienen que dar como viables unos planes de desarrollo de una actividad por parte de la administración pública, que sobre el papel esto es lo declarado, que tiene un 80% de beneficios. No, porque esto ya sabemos lo que implica.

Una vía podría ser decrecer, en el sentido de hacer cosas más manejables. Un ejemplo es la gira que vas a hacer con The Secret Society, autogestionada y sin intermediarios en la venta de entradas. ¿Es un modelo extensible?
¿Extensible o escalable? ¿Dices si se puede aplicar a otra gente? Sí, claro, por supuesto. Lo que pasa es que da mucho trabajo. Hay que gestionar todos los emails que me llegan de reserva de entradas. Esto es como lo de los nativos digitales. Hay gente que nos acordamos cómo era el mundo sin internet y otros que no lo conciben porque no han nacido en un mundo que no tenía internet. Entonces hay gente que su primera experiencia con la música ya era con tiqueteras, y sacarles de ahí es difícil… Pero hay que contextualizar todo, darles opciones y decir “joder, es que para mí sí que es muy importante mantener a los bancos al margen”. Como acto simbólico, yo quiero que haya un lugar en mi vida en el que no entre nada de esto. Y me tengo que esforzar de la hostia y hacer una labor didáctica y pedagógica casi con cada persona que viene a verme: “Tío, lleva 12 pavos en cash, por favor, no tengo datáfono”. Lo de las tiqueteras para mí es muy importante porque ya hicimos la gira de 2024 sin ellas antes de que saltara todo lo de Wegow, cuando la gente se echó las manos a la cabeza y hay grupos como La MODA muy jodidos, que se han quedado sin más de 100.000 pavos. Yo no quiero ser esa persona que diga “ya lo dije”, pero es que esto era por lo que yo no quería trabajar con tiqueteras, era esto porque a esa gente no le importa tu concierto, solo le interesa meterte como gastos de gestión cuanto más posible. 

Los nuevos modelos de negocio de AEG, Live Nation, Superstruct y demás es porcentaje de las entradas más porcentaje de la sala, que es mía, más porcentaje del merchandising dentro de la sala, que es mío, más porcentaje del booking que es mío. Entonces, donde antes solo había una sola fuente de ingresos, ahora hay cuatro.

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Pepo Márquez, durante la entrevista en la redacción de El Salto. David F. Sabadell

De alguna manera, la gira que vas a hacer es volver al hazlo tú mismo.
Sí, claro, es que es mi educación emocional. En 2025 he conseguido aprender a grabarme a mí mismo de manera profesional. Para mí eso, a mi edad, es el logro simbólico más importante, porque ahora ya no dependo de nadie para grabar.

Y no solo simbólico.
Claro, no solo simbólico. Pero es que no soy el tipo este de Nation of Ulysses, que era el único que sabía grabar de todos sus amigos. Y es un modelo escalable hasta cierto punto, pero es muy complicado. Yo tengo una suerte y es que tocamos en salas que tienen su propio sistema de ticketing, que no dependen de nadie. El Teatro del Barrio lo tiene, el Torgal lo tiene, la sala Vol lo tiene.

Un circuito.
Exactamente. Es en plan “chicos, estamos juntos en esto”. Cero gastos de gestión, el mismo precio por adelantado o en sala, precio único.

La segunda vía es el control público, dado que son eventos que reciben gran cantidad de dinero público. Dices que la apuesta por la financiación pública podría implicar una reorientación de su estrategia hacia fines de interés común y que el dinero público debería permitir articular la cultura como un derecho. Pero parece que esto no está sucediendo en los grandes festivales de música.
No está sucediendo, pero por dejación de la administración pública. Dicen que el modelo es nuevo, aunque en realidad no es tan nuevo. Lo que ocurre es que aquí, y yo también lo conozco, hay mucho dinero por debajo de la mesa. Entonces, la corrupción económica, la importante que sucede en España, no ocupa los grandes titulares. Está sucediendo constantemente, un favorcito por aquí, otro por allí... Y al final, un modelo que sobre el papel es muy atractivo de conciertos de grupos que me gustan lo que menos es es un acto cultural. Se convierte en un sistema de favores que lo estamos viendo con el Mad Cool en la Comunidad Madrid y lo hemos visto con el Primavera Sound cuando quiso hacerlo en Madrid... La política, cuando se mete en estos casos, se mete a empeorar, no a poner orden. Yo estoy seguro de que Urtasun es un pibe que tiene dos dedos de frente, pero claramente no está haciendo por atajar el problema porque hay otros más importantes, no sé si en volumen de negocio hay alguno más importante, pero yo entiendo que haya otras urgencias… Se anuncia como un logro casi histórico el que haya conseguido un millón de euros para las salas de España. ¿Sabes cuánto es el presupuesto de presupuesto de Cultura para las salas en Francia? 163 millones de euros. ¿Sabes cuántas salas cerraron en Hamburgo por la pandemia? Cero. Lo que hicieron desde la administración fue asumir el 80% de la facturación del año anterior. Qué cosa lo de pagar impuestos y que funcione.

Aquí ni siquiera hay un régimen especial de autónomos para artistas.
Para nada. No existe el Estatuto del Artista. No existe. No está aprobado. 

Qué hay más evidente de la necesidad de un sindicato que el hecho de que los propios interesados no se atrevan a formar parte del sindicato. Esa es la señal definitiva

En 2024 estuve en el festival Kalorama, en IFEMA, para ver a Massive Attack. Hacía muchísimos años que no iba a un festival y me impactó una imagen: una oficina de Idealista en la que mucha gente hacía cola para entrar.
¿Y qué daban, pisos?, ¿códigos de descuento para el alquiler?

No lo sé. Fue algo difícil de describir.
Lo próximo que veremos en un festival de música será una oficina de reclutamiento del ejército o una de promoción de la policía, de los cuerpos especiales de la policía, de los antidisturbios. “¿Quién se quiere hacer antidisturbios?”. Bueno, seguro que entraría mucha gente en festivales como Mad Cool o el Starlite o cosas así. Seguro que pones un puesto de la Guardia Civil y lo revientas. 

Es obsceno.
Claro, pero porque se ha vaciado de contenido. El sistema se perfecciona con estas cosas. El sistema asume el conflicto y lo vacía de contenido y te lo entrega como algo vendible.

Yo he acabado pensando que a lo mejor en los festivales de música nunca hubo conflicto. Es decir, tal vez se ha dado mucha importancia a la capacidad política de un festival de música y, en realidad, no se puede entender un festival de música como una herramienta para la transformación en sentido progresista sino que es algo totalmente funcional al sistema.
No, no. Pues no pienses eso. No pienses eso, porque eso es el truco. No es política, pero es muy simbólico. Porque no es lo mismo tener a Fugazi que tener a Izal. Y son dos grupos de música. ¿Por qué no es lo mismo? Por la carga simbólica. Unos, además, se acogieron a un ideario y a un relato que luego pusieron en marcha y que funcionó casi como amenaza a un sistema que funcionaba de una manera, y los otros son unos colaboracionistas.

Yo hablo de lo que tú sentiste con 16 años por ir a un concierto y lo que te cambió la existencia. Es algo tan poderoso que no podemos nosotros, desde dentro, desideologizarlo, desimbolizarlo y vaciarlo de contenido y decir “al final son diez mil personas que están drogándose y bebiendo”. No, no, no, eso es en lo que lo ha convertido mucha gente, pero el potencial que tiene una reunión de artistas hablándole de forma directa a su público, dependiendo de los artistas que pongas, es incalculable.

La tercera vía que apuntas también en el libro sería la acción sindical. Lo que pasa es que es una acción muy dificultosa porque es un sector profesional muy disperso.
Totalmente desactivado. Pero esto viene dado por las condiciones materiales. Quiero decir, cuando tú tienes al 80% de los grupos de este país que parece que lo están petando y que están a dos mensualidades de ser homeless, pues lo último que quieren es meter un poco de estrés en el sistema y, sobre todo, que los dejen de llamar a ellos. Qué hay más evidente de la necesidad de un sindicato que el hecho de que los propios interesados no se atrevan a formar parte del sindicato. Esa es la señal definitiva. Vivimos de las utopías y yo sigo pensando que en algún momento llegaremos, al igual que llegaron los actores. Llegaremos, pero es muy complicado, muy complicado.

¿Qué poder tiene componer canciones, escribir libros o hacer viñetas, frente a todo lo demás, en esa dirección de orientarnos hacia un futuro mejor?
Yo creo que es bidireccional. Por un lado, en lo más personal, cualquier manifestación artística supone una aportación al colectivo de tu visión, de tus ideas, de tus emociones... Y eso es humanizar el discurso y todo lo que vaya en favor de la humanización de las cosas creo que es súper positivo. Lo primero que aprendemos la gente que hacemos canciones es que no podemos controlar lo que siente otra persona cuando escucha lo que hacemos. Y eso es increíble porque, en el fondo, en lugar de generar conflicto, de generar división, lo que genera es una unión muy potente. 

En cuanto a lo colectivo, el arte no deja de ser una manera de documentar la realidad. Y creo que, de cara al futuro, tenemos la responsabilidad de contarle a la gente a la que nunca vamos a conocer cómo entendíamos nosotros las cosas que nos estaban pasando, qué hicimos y qué aportamos. Quizás suene un poco ñoño decirlo, pero hay mucho más potencial o para mí hay mucho más potencial de satisfacción en una canción, digo de escuchar una canción, que en muchas otras acciones que tengo a mano. Yo ahora, además, he tenido estos meses como una experiencia de querer volver a escuchar discos y canciones que sabiendo que no eran buenos, sí que formaron parte de mi biografía emocional, de la adolescencia y demás. Y he vuelto a escuchar a Sunny Day Real Estate, Nirvana, Bruce Springsteen, aunque a Springsteen nunca he dejado de escucharle, Dire Straits, Queen… Y de repente me he sentido muy aliviado porque me he acordado de cosas que de otra manera no me podía haber acordado y he pensado “hostia tío, qué guay que yo pueda tener a mano una herramienta para llevarme a todos esos momentos”. Sé que suena ñoño, pero creo que tener la posibilidad de experimentar eso, que es muy sencillo, y que además ahora se va a convertir o se ha convertido casi en un acto de subversión por todo el tema del algoritmo, Spotify y demás… Pero tener un rato para ponerte una canción y decir “qué guay es esta canción”... No hace falta que sea la mejor canción del mundo. Ojalá mis hijas tengan sus referentes y dentro de 40 años, cuando yo ya no esté, le den al play y digan “bah, tío, esta canción me recuerda a…”.

¿Crees que eso puede pasar con la música de ahora?
Sí, sí, por supuesto que sí. Y, además, no creo que haya que ser intervencionista en eso. Simplemente tienes que dar tiempo a la gente.

Yo tengo más dudas por cómo se consume ahora la música: todo es mucho más rápido, mucho más fugaz.
Muchas veces cuando estamos mirando eso, también estamos dejando de mirar que hay mucha otra gente que se queda embobada con una canción, y esto pasa mucho. Y, de hecho, la industria saca canciones porque se han convertido en la nueva unidad de medida, ya no es el disco. Entonces igual no les pasa con discos enteros, pero es que a lo mejor dentro de 40 años no saben lo que es un disco entero. 

Decías que no sabes qué puede sentir la gente al escucharte. Luego está también la cuestión de la interpretación, que tú puedes tener muy claro lo que quieres trasladar, tanto en las letras como en la forma de hacer, y luego la gente hace su interpretación y ahí poco poder tienes tú.
Yo he abandonado cualquier intento… No sé si alguna vez lo tuve, pero tengo claro que, para mí, mis canciones son una cosa y para ti son otras. Y está guay así y nunca voy a ir a decirte, a no ser que tú me proactivamente me preguntes qué es esto y yo te lo puedo explicar si me acuerdo. Yo me acuerdo, y tú te los has tragado igual que yo, de los discos de hardcore que te explicaban lo que era cada canción, y ahora creo que eso no tenía ningún sentido. ¿Por qué nos explicábamos todo hasta la obsesión? No tiene ningún sentido porque estás desautorizando a la persona que escucha a que escuche lo que quiera.

¿Hasta qué punto dirías que tu actividad tiene como objetivo facilitar ese futuro deseable?
En teoría, sueño con que algo que yo haga o diga sea lo suficientemente influyente como para que se ponga en marcha un mecanismo que haga que las cosas sean mejores. Por lo menos ser el mecanismo del starter, luego ya que otro meta la primera. Yo tengo mucho cuidado, desde hace mucho tiempo, en qué decir y en cómo decirlo. Y creo que es por esa conciencia y porque soy consciente de que tengo un público muy pequeño pero que me escucha con mucha atención y yo soy responsable de, al menos, no ser un capullo si puedo evitarlo.

¿Te sientes más cerca de ser un artista, un propagandista o un profeta?
Un profeta seguro que no. Mira, yo nunca me he considerado un músico porque soy autodidacta y porque a mí no me importa tanto crear algo que no exista, sino hacer algo que sea propio. Y en ese sentido sí que me siento, y más últimamente, más artista. Propagandista no porque no dedico demasiado tiempo a la propaganda. Pero artista sí.

¿Entiendes que alguien pudiera calificar tu trabajo como moralista o que te acusaran de eso?
Sí.

¿Y qué responderías?
Nada, está todo bien. Insisto, eso es parte también de la libertad que tiene la otra persona de interpretar lo que yo hago. Está todo bien. Yo probablemente tenga una carga moral, al final no nos podemos desprender de todo lo que somos, pero creo que es positiva. No lo hago para dar el explicote a nadie ni para decir cómo hay que hacer las cosas pero sí que me interesa muchísimo y siento —y más desde que soy padre porque la cabeza te hace click y no hay marcha atrás— la obligación de ser optimista y de transmitir un mensaje positivo, porque si no, hagas lo que hagas, serás un mal padre. Porque tú no puedes legar a tus hijas una actitud y una visión del mundo en el que ellas no quepan.

¿Dirías que el objetivo de lo que haces es un objetivo compartido con proyectos periodísticos como puede ser El Salto?
Sí, claro, claro. Pero es que en mi cosmovisión de las cosas yo soy una pieza más de un engranaje mucho más grande. Sí, sí, claro. Y de escritores y de películas y documentales. Mi idea de todo esto es de nube, todos pertenecemos a la misma nube. Tenemos diferentes formas de precipitarnos, pero pertenecemos a la misma nube. Hay una conexión emocional y política y demás, pero no tienen que estar 100% de acuerdo. Yo no creo en la totalidad de las cosas. Yo no soy totalitarista. Yo sí que creo en el equipo y en mi equipo cabe mucha gente. Mucha gente diferente, además.

Viendo cómo están las cosas, ¿dirías que hemos fracasado?
No, porque yo creo que nuestro trabajo nunca va a terminar. Soy una persona insatisfecha por naturaleza. Por supuesto tengo pequeñas victorias, pero nunca va a llegar la gran victoria final. Nunca jamás. Yo solo puedo ver todo esto como mi aportación a algo más grande. Nadie será libre hasta que el último ser humano sea libre.

Pepo Márquez - 2
Pepo Márquez aprovechó una breve escala en Madrid para visitar la redacción de El Salto. David F. Sabadell

Tenemos que hablar del elefante en la habitación: el libro lo publica Liburuak, que es la editorial de Last Tour, la empresa organizadora del festival BBK Live en Bilbao, que ha sido acusada de participar en ese estado de cosas. ¿Por qué lo publicaste con ellos?
Es algo que no me incomoda en absoluto. Fue una cosa que pensé mucho, porque a mí también me ponía contra mi propia contradicción. Y lo hablé con mucha gente, entre ellos gente muy combativa como La Furia o Fermin Muguruza. Y pensé que es más importante que mi mensaje llegue a que se quede en un nicho de autenticidad. Y luego pensé en Rage Against the Machine, que es uno de mis grupos favoritos y solo tienen un EP en Revelation Records [una discográfica independiente especializada en hardcore] cuando ya eran famosos. Tú imagínate la de veces que habrá pasado en la historia que grupos tan importantes como RATM, por el momento y por el mensaje, que se han quedado en la sombra porque decidieron ser más auténticos… Bueno, yo creo que era una oportunidad que no debía desaprovechar por el mensaje, dado el momento en el que estábamos. Únicamente por el mensaje, porque a mí por el libro me han pagado 500 pavos. Quiero decir que no era una oportunidad económica. Quería que tuviera impacto, que llegara, y Liburuak tiene los canales. Salí en Gara a doble página con un discurso súper incendiario en muchas cosas. Yo estoy muy agradecido. ¿Qué quieres que te diga? En realidad, la contradicción la tienen ellos, no yo. Porque los que tienen que cambiar son ellos. Me parece muy bien que me saquen a mí un libro. A ver si de repente suena la campana desde dentro. Voy a cumplir 48 años. Tío, yo quiero cambiar el sistema, pero claramente mi táctica es cambiarlo desde dentro. Claramente. No concibo ya la otra, no tengo tiempo para la otra.

Hace un par de años entrevisté a Miguel Brieva y hablando de esto, los canales por los que llegan los mensajes o los canales a los que la gente se expone, él en un momento dado me preguntaba qué pasaría si todo en Netflix fueran relatos ecotópicos. Y él mismo respondía que el día después habría una revolución mundial. Yo tengo dudas. Creo que la audiencia juega con los mensajes que recibe, de algunas cosas se ríe y otras se las toma muy en serio. No estoy seguro de que si existiera esa plataforma de streaming que emitiera otros relatos, eso cambiase la mentalidad de la audiencia.
Yo tendría que entender en qué estaba pensando Miguel para poder saber… Yo lo veo un poco una boutade, también un poco hiperbólico. No conozco a Miguel Brieva personalmente, le conozco por su trabajo, tengo un par de cómics suyos… Estoy en contra de la uniformidad de pensamiento, pero lo que pasa es que estoy más en contra de que alguien quiera destruir a la otra mitad de la sociedad. Entonces, claro, eso no es incompatible. Que la gente no sea ecologista, y que haya alguna gente que diga “yo el coche lo uso hasta para ir al baño”, es también un poco culpa de los ecologistas por no haber sabido comunicar algo. Porque los datos son los datos, igual que el feminismo. Tú a mí no me puedes decir que no es importante para las mujeres. Lo que ocurre es que ha puesto encima de la mesa la ultraderecha el relato de que mucho feminismo no es bueno.

La gente no es tonta, pero hay gente que no tiene los intereses que tenemos nosotros y hay gente que no tiene el tiempo. Es que hay mucha gente que curra 15 horas al día y que cuando les vienes a hablar y decir “no, es que la sensibilidad no sé que” te dice “mira, ¿sabes qué? Que te quites de mi vista porque te voy a matar porque tengo hambre”. Yo creo que es importante que se ponga el mensaje que uno quiere que sea visible porque siempre tiene impacto. No hay ningún mensaje ahí fuera que no reverbere en algún sitio.

Mi duda viene más bien por establecer esa relación causa-efecto, pero no creo que porque existiera esa plataforma de streaming con otras películas fuera a haber una revolución.
De hecho, ya existe YouTube desde hace 20 años y no he visto ninguna revolución, más bien al contrario. Yo es que creo que el mundo no es tan difícil de entender. Quiero decir que aquí hay unos intereses económicos muy potentes que, además, son los de los propietarios de los medios de producción, los canales... Y entonces el relato es este y luego a nosotros nos tienen un poco bailando entretenidos. Con esto nos hacemos un poco los rebeldes.

“Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época”, que escribieron Marx y Engels en La ideología alemana.
Claro, claro, pero es que sigue siendo así. Entonces, lo que sí que creo es que tenemos más a mano que nunca la creación de pequeñas alternativas y de pequeñas comunidades. Esto es un poco altermundista, pero lo de piensa global y actúa local es verdad. Yo vivo en una ciudad como Hamburgo, donde no me cabe ninguna duda de que hay peña supremacista blanca. ¿Pero sabes qué? Que esa peña supremacista blanca es más ecologista que supremacista blanca. Entonces aquí todo el mundo tiene que ir en bici. Yo, que no soy supremacista blanco, pero también soy ecologista, digo “Ah, bueno, pues a mí qué más me da”. Todo es público en Hamburgo. Yo pago cero euros por la educación de mis hijas hasta que terminen la universidad. La universidad es gratuita. Si esa gente tiene estas parafilias, mientras que tenga un relato colectivo de que el cambio climático existe y se combate así… Si para que todos tengamos una mínima convivencia, esta peña va a pegar gritos al estadio del Sankt Pauli y pensar que los palestinos son unos terroristas, ya gestiono yo esa movida, pero aquí se ha polarizado tanto que es que de repente todo el relato es o A o B y entonces el que es ecologista no puede ser de derechas. Pero no es incompatible no querer la destrucción global del mundo que te ha hecho vivir de puta madre con a quién votes o a quién reces.

¿Hasta qué punto la esperanza se ha convertido en un producto más?
Joder, es una buena pregunta, me la tendrías que haber hecho la primera. Volviendo a Fugazi, no es lo que te vendan, es lo que tú compres. Por supuesto, hay gente que te vende la esperanza con una intención de sacar beneficio de ese miedo tuyo. Hoy venía en un taxi en Sevilla y tenía puesta la Cope y estaban anunciando Securitas Direct y lo primero que decían es “contra robos y okupas”. Y dices es que ya colocan todo el relato, te lo colocan ahí. Y da igual que no haya ni robos ni okupas, porque como lo han oído en la Cope, pues lo hay. La esperanza es una condición humana y muchas veces hasta una enfermedad, porque muchas veces es también ir en contra de lo que ves, de lo que tú ves. Pero a mí me ha servido saber que estoy obligado a creer en una realidad mejor para salir adelante en muchas situaciones recientes de mi vida y yo no he perdido la esperanza, y no la he perdido por mí, no la he perdido por la gente a la que quiero. No la he perdido por mis hijas, no la he perdido por nadie. Y quiero poner a disposición mi privilegio por lo menos para sostener la esperanza en otros. Vivimos en una era de hiperconexión total donde la gente está igual de sola que siempre, si no más. Porque, además, tienen la sensación de que todo el mundo está haciendo cosas de la hostia menos ellas y menos ellos. Y esa frustración, que es lo que está llevando al colapso social y a gente de 14 años a quitarse la vida, tiene que hacernos replantear nuestro discurso como adultos en esta sociedad. Entregar un discurso que sobre que no pasa nada es muy esperanzador. Ayer lo dije en mi charla de Sevilla: “Si apagáis las redes sociales y si os quitáis de Spotify, no pasa nada”. Eso es lo que temen las plataformas, que nos demos cuenta de que no pasa nada y que muy probablemente en una semana viviríamos mejor.

Con menos ansiedad.
Sin ansiedad, sin ningún estrés, sin FOMO. ¿Cómo no vamos a estar obligados a por lo menos transmitir un poco de esperanza? Sobre todo en la música, donde hay gente que se cree mucho unos papeles de autodestrucción total. Hay gente muy influenciable porque todavía no están formados, es gente muy joven que les está llegando una movida que son modelos que les van a destruir. Tú imagínate que a nosotros, en lugar de meternos a Kurt Cobain cada mes en alguna revista que pillaras por ahí, nos lo meten cada minuto en redes sociales. Hubiéramos tenido el cerebro chamuscado y la tasa de suicidios de nuestros colegas hubiera sido terrorífica, si no la nuestra propia.

Tener un poco de empatía no es rentable económicamente. Si la empatía fuera rentable viviríamos de puta madre. Pero es que, claro, la empatía no es rentable, no es rentable para los planes de reconstrucción de Gaza que alguien como Trump dijera, en el caso de que tuviera empatía, “aquí no podemos construir seis mil hoteles porque esto es un canteo, porque nos hemos bajado a 100.000 personas aquí y están enterradas ahí y no podemos…”. Es que eso sería empatía. Pero es que no es rentable. Por eso desconfiamos de alguien que se ofrece a ayudarnos en algo. Y yo ahora tengo que educar a mis hijas en un equilibrio entre no pensar eso, no vivir en esa desconfianza vs no confiar en todo el mundo porque son mujeres y son pequeñas y yo no soy ciego. Yo no vivo en un pueblo donde todos nos conocemos, entonces les tengo que decir “chicas, nadie os va a hacer daño, pero hay gente que…”.

Y son de fuera también.
Pero son rubias, computan como alemanas. Si fueran negras… Bueno, a lo mejor no viviría allí. Esto funciona así. Igual que tenemos que alentar el discurso de la bondad y la esperanza, la empatía y todos los valores en los que creemos, también tenemos que armar a nuestras hijas, sobre todo para decirles que el mundo puede ser un sitio complicado y hay que estar un poco alerta aquí.

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